*Entrevista realizada por Claudio Alvarado Rojas, director ejecutivo de IES.

Imagino que hoy tienes poco tiempo para leer, pero eres un aficionado a la historia y las humanidades. ¿Cuánto te aportan estas reflexiones en tu actividad política cotidiana?

-Yo le asigno especial importancia a la lectura, tanto para la vida personal como en este cargo. Alguna vez le escuché decir a Carlos Peña que leer a los grandes autores de la filosofía política es el equivalente a conversar con las mentes más brillantes que ha producido la humanidad, y eso obviamente tiene un valor en sí mismo, más allá del placer que significa la lectura. 

¿Qué lees habitualmente?

-Me gusta mucho la literatura. En particular la novela del siglo XIX, la primera mitad del siglo XX y del boom latinoamericano. Pero en los últimos años le he agarrado un creciente afecto a la filosofía política. Te aporta herramientas para entender lo que significa la vida política, la actividad política; en definitiva, para entender el valor moral de una actividad que es tan importante, pero que a su vez está tan depreciada.

Se cree que a los políticos les importa poco la discusión de ideas. ¿Es así?

-Hasta cierto punto, porque en la política actual domina la inmediatez. Lo que importa son las respuestas cortas y rápidas, más que las reflexiones profundas. Pero también hay que ser justos y reconocer que en todos los sectores existen políticos que tienen inquietudes intelectuales. Eso está muy presente en la derecha, y en la izquierda ha sido algo permanente. De hecho, creo que es en la derecha donde se ha producido una profundización de esta mirada más reflexiva, más intelectual, y ha sido muy positiva. No solo para tener una mejor performance, sino para haber logrado en la última década el respaldo mayoritario de la ciudadanía dos veces.

¿Por qué?

-La centroderecha hoy tiene mejores herramientas para interpretar los anhelos, temores y la diversidad de la clase media. Por eso creo que el respaldo fue tan masivo y sorprendente. En la elección del 2017, hubo 55% de apoyo al Presidente Piñera. El gran desafío es cómo dotamos al sistema político y a la sociedad de una mejor capacidad para tomar decisiones civilizadamente, reduciendo la confrontación y la polarización, que a mi juicio son las grandes amenazas. Esta polarización extrema, que no solo se ha producido en Chile, sino también a nivel global, está generando que caigamos en una trampa de inmovilismo; por ejemplo, en pensiones, en salud, en materia tributaria. Y en la medida en que la ciudadanía percibe ese inmovilismo, tiende a distanciarse de la política y de los políticos. Luego siente una gran frustración y tiende a ignorarla, lo que da paso al gran problema de la democracia moderna, que es el populismo.

Pero da la impresión que a la derecha le cuestan las reflexiones e ideas, en particular aquellas que involucran nuestro pasado reciente. Navega entre un ala dura, a ratos nostálgica del Chicago-gremialismo ochentero, y otra que quiere apropiarse del legado de la Concertación. ¿Cómo resolver esa ecuación?

-Discrepo. Cuando uno mira la última cuenta presidencial hubo dos temas que surgieron con mucha fuerza. Uno fue la reflexión en torno a los desafíos de esa nueva clase media, pero la otra gran novedad fue sobre construir un acuerdo para modernizar las principales instituciones políticas. El progreso depende en gran medida de tener instituciones políticas que den cuenta de las necesidades de la ciudadanía, pero que también estén legitimadas y sean inclusivas.

Sin embargo, al pensar en esas reformas vuelve a emerger la diversidad en el oficialismo. Y Sebastián Piñera ganó en segunda vuelta flanqueado por Felipe Kast a un lado, y por José Antonio Kast y Manuel José Ossandón, por otro. ¿Cómo se articula ese pluralismo?

-Sobre la base de asumir que hoy Chile Vamos es mucho más que una alianza electoral. Hay valores que son muy compartidos, como el respeto por los derechos humanos, donde hemos tenido una evolución importantísima. No tenemos miradas divergentes, a diferencia de la izquierda que ha tenido una involución muy preocupante, especialmente a partir de lo que pasa en Venezuela y el rechazo de ciertos sectores al informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas

Hay quienes han criticado ciertas decisiones del gobierno, como el cambio de opinión sobre identidad de género o los recientes titubeos con la llamada “autonomía progresiva”. ¿Cómo ves esas críticas?

-Es complejo configurar decisiones comunes. Por eso, como coalición resolvimos que en temas valóricos primará la libertad de acción. Es imposible establecer órdenes, porque se apela a las convicciones más íntimas. En identidad de género, lo que se buscó fue hacerse cargo de un debate que era relevante, pero sobre la base de principios propios de nuestra coalición, como el derecho preferente de los padres de educar a sus hijos. Lo mismo con el matrimonio igualitario. Son las bancadas y los partidos los que tienen que tomar ciertas definiciones. Hay otras materias, como el aborto, donde la coalición no tiene diferencias. Al final del día, para que el buque navegue bien en aguas turbulentas hay que tener mucha cohesión.

¿Y no podría fragmentarse el oficialismo? Por ejemplo, dejando muchas de esas banderas al mundo que hoy encarna José Antonio Kast… 

-Es que no creo que se estén abandonando a otros mundos. Creo que cada partido representa una identidad y una visión. No es casualidad que la coalición tenga cuatro partidos y que haya algunos autores, como Hugo Herrera, que hayan planteado cuatro grandes vertientes ideológicas en la centroderecha: la liberal, la conservadora, la nacional y la socialcristiana. Cada partido tiene la responsabilidad de interpretar a su electorado, y al gobierno le corresponde cumplir su programa. 

El  momento político global

Como miembro de Evópoli, ¿con qué tipo de liberalismo te identificas? 

-Algunos dicen que el liberalismo es un árbol que tiene un tronco común y muchas ramas divergentes, incluso algunas medias retorcidas. A mí me interpreta bien un liberalismo moderno y gradual, que uno encuentra en autores como Popper, sobre la base de valores como la dignidad humana, el respeto a las decisiones de los individuos o la justicia social, que complementan la idea de libertad y autonomía. Adam Smith escribió la “Teoría de los sentimientos morales”, donde establece la empatía como valor fundamental de los individuos. El liberalismo tiene esta combinación de mirada individual con un componente social.

¿Y cómo calza tu visión del liberalismo con el momento político mundial? 

-Algunos han hablado de una suerte de recesión democrática. No sé si la democracia liberal está en crisis, pero sí enfrenta desafíos de tremenda envergadura. Hace poco estuvo Fukuyama en La Moneda, y planteó que la gran amenaza de la democracia liberal es el surgimiento del populismo y caudillismo, que barren con las instituciones democráticas. El caso más feroz es Venezuela, que a partir de una experiencia democrática ha destruido a uno de los países más prósperos y avanzados de la región en poco más de una década. Creo que hay una crisis del multilateralismo, que es la gran construcción humana post II Guerra Mundial. La Unión Europea, las Naciones Unidas como instancias de resolución de controversias de manera pacífica, hoy eso está haciendo agua, por ejemplo, en temas como la migración o el cambio climático.

También estuvo Patrick Deneen en La Moneda, quien plantea que el liberalismo fracasó. ¿Qué piensas al respecto?

-Me llamaran la atención las críticas de Patrick Deneen. Reconozco que no las comparto, pero creo que hay que escucharlas con atención. Él planteó que el liberalismo conduce a una neutralización de las diferencias, cosa que es contra intuitiva con lo que uno observa en las sociedades que adscriben a un modelo de democracia liberal, que son más diversas, más plurales. Lo que sí comparto es que hay una intolerancia mayor a la diferencia. Hay una suerte de dictadura de lo políticamente correcto, y es un problema que hay que mirar con atención. 

¿Cuál sería tu principal crítica a Deneen?

-Deneen también planteaba que el liberalismo conduce a un mayor individualismo, y que éste termina generando más dependencia del Estado, atentando contra la autonomía. Ahí creo que hay una confusión, porque no es que haya una mayor dependencia del Estado. Lo que vemos es que tenemos una sociedad de clase media con individuos mucho más “desintermediados”, que se dejan representar menos y que reclaman más autonomía. Hoy hay una sociedad civil más vigorosa que antaño, que se expresa de otra manera. Marcha en las calles, se expresa contra el cambio climático, usa las redes sociales, pero esta noción de dependencia y destrucción de las comunidades y de los grupos intermedios no me parece efectiva. Sí que pueden estar mutando, pero no comparto que el liberalismo en sí haya fracasado. Tiene problemas graves, pero que se pueden trabajar.

Y miras el populismo con escepticismo…

Creo que el populismo es uno de los mayores problemas de la democracia moderna. La democracia está teniendo dificultades para procesar los temas más fundamentales para la gente. Tenemos una crisis del estado de bienestar, del sistema de pensiones, problemas de estancamientos en el crecimiento, y el sistema democrático no los está procesando a la velocidad que se requiere. En la medida que el sistema político no produce respuestas apropiadas, se está generando un caldo de cultivo para el surgimiento del populismo de derecha a izquierda. Como lo que hemos visto con “Podemos” en España, en Hungría o en Italia, que son populismos bastante heterodoxos.

¿No hay un reduccionismo al calificar como populismo aquello que desagrada? ¿Qué pasa con la ciudadanía que elige esos dirigentes llamados populistas?

-La izquierda suele caer en esa soberbia intelectual de atribuir el triunfo de alternativas distintas al populismo o a la ignorancia. No se da cuenta que es porque han ido perdiendo la capacidad de construir respuestas apropiadas para la ciudadanía en los tiempos modernos. Hoy la izquierda se conduce más por el espejo retrovisor que por el parabrisas delantero, y creo que hay que mirar con atención por qué la gente ha optado por alternativas que uno podría calificar como populismo. Hay que tener cuidado con tildar de populista a cualquiera que se aleje de las alternativas más tradicionales. En las décadas del 60 y 70 la democracia estaba amenazada por factores externos, como los totalitarismos. Hoy los riesgos son internos y propios de las dificultades de la democracia moderna. Un ejemplo es lo que está pasando con el cambio tecnológico. Cómo vamos a abordar los desafíos de la inteligencia artificial, el big data, que pueden incluso suponer una alternativa más eficaz para la toma de decisiones que el sistema democrático.

Pero hay quienes plantean que ese tipo de toma de decisiones o manifestación de preferencias puede terminar con la mediación política. ¿Cómo lo ves tú?

-Es la idea del transhumanismo, de que habrá una sociedad posliberal. Sospecho que eso no va a ocurrir, pero vamos a tener que abordar algunos temas que surgen de esa disyuntiva, y por eso hay que tener la capacidad de abordar reformas institucionales, porque las instituciones del siglo XX ya no van a responder al siglo XXI. 

El legado de Piñera

Estamos próximos a la mitad del segundo gobierno de Sebastián Piñera. ¿Cuáles son las prioridades de La Moneda? 

-Tenemos dos grandes objetivos. Uno que tiene que ver con impulsar un conjunto de reformas  indispensables para que Chile alcance el desarrollo integral, con el foco particular en la clase media. Estamos hablando de reformas a las pensiones, tributaria, a la salud y a la educación con el foco en la primera infancia. En segundo lugar, contribuir a crear un clima de mayor diálogo y acuerdo entre los distintos sectores políticos, con la participación de la sociedad civil. Ese fue el sello que quiso imprimir el Presidente cuando convocó a cinco acuerdos nacionales, siendo el primero y más exitoso el acuerdo por la infancia.

¿Cuáles son los resultados de todo esto?

-Ya tenemos varias leyes aprobadas, como la reforma del Sename o la de imprescriptibilidad de los delitos sexuales contra menores. Algo muy positivo es la mayor apertura en sectores de la oposición a llegar a acuerdos en materia tributaria, con la apertura de la Democracia Cristiana, que requirió coraje y una definición política muy profunda. Porque no es fácil desmarcarse del propio sector. Ahora vemos que en materia de pensiones se suma el Partido Socialista, que por primera vez se desmarcó del Frente Amplio y el Partido Comunista. La gente quizá no espera grandes cosas de los políticos, pero sí nos pide que al menos en temas fundamentales tengamos la capacidad de ponernos de acuerdo.

Mencionas varias reformas: salud, educación, pensiones, tributaria. ¿Es posible hacer todo eso en lo que resta de gobierno?

El programa de gobierno lo elaboramos considerando un horizonte de ocho años. Vamos a hacer el máximo esfuerzo para concretar la mayor cantidad de tareas posibles. Este año esperamos concretar la reforma previsional y la tributaria, tener una nueva ley de migraciones y avanzar con reformas sociales como la sala cuna universal y la construcción de la red clase media protegida. En materia institucional, posiblemente algunas de las reformas se van a proyectar hacia el siguiente gobierno, porque como sector asumimos la continuidad de Chile Vamos.

Pensando en esa continuidad, ¿La Moneda tiene candidato?

-La Moneda no tiene candidato, salvo el que Chile Vamos determine a través del mecanismo que defina, primarias u otro, para representar al sector.

¿Y Gonzalo Blumel tiene candidato?

-No. Estoy soy muy coalicionista. Lo que se resuelva, idealmente en primarias del sector, es lo que todos vamos a apoyar. 

¿Cuál el legado que, según tú, dejará este gobierno? ¿Por qué será recordado?

-Si uno mira el primer gobierno del Presidente Piñera, el gran legado fue mostrar que la centroderecha tenía las capacidades y las condiciones para gobernar. En el caso de este segundo gobierno, el gran sello va a ser de naturaleza social, donde encauzamos a Chile hacia el desarrollo integral, sobre la base de hacernos cargo de las inquietudes, temores y aspiraciones de la clase media. 

Pero con ese foco en la clase media, ¿no hay un riesgo de olvidar a los más postergados?

-Quizá nos falta visibilizarlos de mejor manera. Si hay un gran compromiso con la clase media, hay uno aún mayor con los niños del Sename. Este año vamos a hacer todos los esfuerzos para aprobar la reforma que termina con el Sename y crea el nuevo Servicio de Protección de la Infancia. Hay que entender que la pobreza ha cambiado. Ya no es como en la década de los 90, cuando el 40% o 50% de la población estaba en situación de pobreza y marginalidad. Hoy día la pobreza, más que ser un espacio fijo donde tú te estacionas a lo largo de tu vida, es una suerte de ascensor, de movilidad o retroceso social. El foco en la clase media y la clase media vulnerable apunta a que quienes logran ascender en la escalera de la movilidad social no retrocedan.

¿Cómo se compara todo esto con Michelle Bachelet II? Su gobierno logró cuajar reformas y cambios que durarán décadas. ¿El gobierno de Piñera II dejará un cambio equivalente?

-No solo se trata de dejar cambios, sino que estos produzcan efectos positivos. No digo que no haya habido aportes positivos en el gobierno de la presidenta Bachelet, pero algunos son extremadamente discutibles. Lo más importante es que Chile Vamos ha ido consolidando una mirada que apunta a una vocación de mayoría, con un sello social profundo y con una visión reformista que es distinta a la de la izquierda más dura. Porque lo nuestro no es un reformismo utópico. Es un reformismo gradual. Popper plantea que el único reformismo responsable y democrático es el gradual, porque todos los que son utópicos producen más daños que beneficios.

Una izquierda “antigua en ideas”

¿Cómo ves a la izquierda en estos últimos años? 

La centroizquierda cometió el error de renegar de sus propias banderas y éxitos. Siempre los proyectos políticos tienen luces y sombras, pero tengo la impresión de que el periodo de la Concertación fue más de luces que de sombras, y al momento de renegar de eso abjuran de todo lo que fue su propia construcción, y se rinden de una manera bastante incomprensible frente a una izquierda más joven, pero más antigua en ideas. Por ejemplo, rechazan esta idea del gradualismo democrático y adoptan una actitud de reformismo refundacional. Otro error profundo significó entender una suerte de maximalismo político en cuanto a los objetivos a perseguir, en particular en el segundo gobierno de la Presidenta Bachelet, donde pusieron como único objetivo reducir o eliminar la desigualdad, sin preguntarse si hay desigualdades injustas y otras que son más justas, que surgen de la propia diferencia, o si el costo sería pasar encima de la clase media, incluso caricaturizándola con conceptos como “los patines” o el denostar la educación particular subvencionada. 

¿Qué efectos tuvo esa actitud?

-Eso hizo que perdieran la sintonía con los sectores medios, que son tan dominantes en la sociedad. Pasaron a formar parte de una oposición que está muy confusa y desorientada. Chile no solo necesita un gobierno que haga bien la pega, y una centroderecha que esté a la altura, sino una oposición que haga buena oposición, y que tenga un compromiso con la democracia. En el libro “Cómo mueren las democracias” se plantea que ellas funcionan cuando hay un respeto a la legitimidad de los adversarios políticos, pero también cuando se entiende la política como una práctica que surge desde la moderación y el cambio gradual. Eso se extravió en  la izquierda.

¿Cómo explicas ese renegar del propio pasado?

-Es difícil saberlo. Daniel Mansuy plantea que se debe a que la transición fue una suerte de ejercicio de negación de las ideas, y que la discusión quedó suspendida durante un buen tiempo por los temores que significaba la transición. Yo creo que se hizo una lectura equivocada de los movimientos sociales, en particular del movimiento estudiantil, que surgieron en el primer gobierno de la Presidenta Bachelet y explotaron en el primer gobierno del Presidente Piñera. Fue una interpretación voluntarista y antojadiza de un rechazo a la construcción que habíamos hecho como país en las últimas tres décadas. Cuando lo que la clase media estaba planteando era que hay aspectos que se tienen que corregir, pero no que había que cambiarlas de plano ni menos retroceder lo que se había dado en los últimos treinta años. El gran error es renegar de lo que se hizo, sentir una suerte de vergüenza respecto del país que hemos construido entre todos en los últimos 30 años. Yo insisto, es un país que tiene muchísimas más luces que sombras, más razones para estar orgullosos que para estar avergonzados, y más razones para ser optimistas del futuro que pesimistas en lo que viene.

Por último, en la campaña presidencial hablaste de articular mérito con solidaridad. ¿En qué debiera traducirse esa articulación?

-La mejor experiencia política para la centroderecha es cuando logramos articular las distintas vertientes que tiene el sector, la construcción de una suerte de revival de lo que fue la fusión liberal-conservadora. Porque la centro derecha tiene una vertiente conservadora que es muy importante, y ahora una creciente vertiente liberal que se ha ido fortaleciendo. Creo que las tenemos que compatibilizar. Esta idea de articular el mérito con la solidaridad representa una combinación virtuosa, porque el mérito por sí solo puede ser muy duro de tragar, en el sentido de que produce ganadores y perdedores, y no es justo construir una sociedad de ganadores y perdedores, exclusivamente. Por otra parte, la solidaridad por sí sola también puede resultar muy injusta cuando no se combina con el mérito, porque significa que el esfuerzo, el compromiso que las personas ponen en sus proyectos de vida, no tienen mayor retribución. Esta combinación de mérito con solidaridad, o de libertad con mirada social, también responde a estas vertientes conservadoras y liberales. Es una alternativa que hay que seguir profundizando en nuestra coalición y sector.