Hay que tener cuidado con las palabras. No tanto porque construyan la realidad, sino más bien porque la indican. A través de ellas nos relacionamos con el mundo y, para bien o para mal, con ellas lo reconocemos. Sin palabras, no podríamos siquiera habitarlo, tampoco valorarlo. Por lo mismo, es importante saber tomar distancia de la “corrección política” y del “decir las cosas como son”. Se trata de dos actitudes respecto del lenguaje muy extendidas en nuestro medio y que, no obstante presentarse como opuestas, funcionan como espejo una de otra. Quizás sin buscarlo, ambas colaboran a polarizar los términos de nuestras discusiones, así como a volver triviales esas mismas palabras que nos permiten comprender el mundo: no tratamos de entender sino de etiquetar (para luego invalidar).

La primera actitud se funda en la esperanza de dominar al lenguaje. Se desconfía de él por todo lo que oculta y el objetivo final es desarmarlo hasta que logre (aunque sea violentamente) mostrar la realidad del modo en que gustaría a quienes lo promueven. De más está decir que tal esfuerzo está destinado al fracaso. Pero igualmente vana es la pretensión de decir las cosas como son. Por lo general, quienes se identifican con esta actitud no hacen mucho más que los políticamente correctos: presentar la realidad como se les antoja. Aunque en este caso, en lugar de temerle al lenguaje, se lo desprecia. Aparentan atreverse a decir lo que nadie más, cuando en verdad lo que hacen es simplificar los hechos, como si fueran evidentes, transparentes. La ilusión implícita es que se trata simplemente de una cuestión de disposición para que las cosas se muestren del mismo modo ante todos y con la misma claridad. Como si el camino y la interpretación del mismo fueran una sola cosa.

Diversas figuras políticas han adoptado esta última actitud, teniendo sus mejores expresiones en los incorrectos Trump y Bolsonaro. Chile no se quedaría atrás y varios empiezan ya a indicar a José Antonio Kast como el representante local de ese espíritu, cuya última muestra sería la entrevista realizada en Mesa Central el domingo pasado. El líder de Acción Republicana planteó allí una hipótesis polémica, desconociendo que la muerte de Camilo Catrillanca haya sido un asesinato. “Para mí no fue un asesinato, fue un procedimiento que terminó en una lamentable tragedia”, sentenció el exdiputado UDI. Las reacciones, obviamente, no se hicieron esperar. Y una vez más las redes sociales fueron inundadas con declaraciones escandalizadas frente a la inaceptable frase de Kast. Pareciera entonces que hubiéramos encontrado a nuestro propio Trump criollo que, de la misma forma bruta y tosca, hace creer que dice las cosas como son, las cosas que nadie más quiere decir.

Sin embargo, si escuchamos con detalle la entrevista nos daremos cuenta que Kast habló, al menos esta vez, con sumo cuidado. A pesar de las embestidas de los periodistas, se preocupó por dejar en claro su posición: le parece importante destacar que no fue un asesinato a sangre fría, que en la muerte de Catrillanca no hubo intención de matar. Kast tiene claro, y con razón, que la investigación del caso sigue en curso y por lo mismo sabe que es legítimo plantear hipótesis alternativas. En ningún momento le quitó gravedad al hecho, ni tampoco pretendió justificarlo.

No es esta columna una defensa de Kast ni a su posición en esta materia (discutible en múltiples puntos), sino una crítica al modo en que se lo aborda. Es un buen signo que una sociedad esté atenta a denunciar discursos políticos simples, que reducen o manipulan la realidad de acuerdo a sus intereses. Dicho de otro modo, una sociedad sensible al “decir las cosas como son”. El problema es cuando en esa denuncia renunciamos nosotros mismos a la idea de que la realidad es compleja y que se resiste a la lógica del blanco o negro. Las reacciones hiperbólicas y escandalizadas impiden cualquier crítica razonable (y precisa), a tal punto que terminan por volverse irrelevantes. De paso, no hacen más que censurar y cerrar materias de discusión, presentando a los que piensan diferente en su peor versión posible. Se trata de una estrategia cada vez más dominante, pero no por eso menos riesgosa. Si la aceptamos, no nos sorprendamos luego cuando nadie oiga nuestras palabras si nosotros mismos fuimos los primeros en trivializarlas.