Cada quien va hacia su verdad, según su audacia,
el gusano por un hueco, el hombre por una parábola.

A. Voznesenski

Fiel a su concepción de la naturaleza de los seres vivos, Pedro Labarca, nacido en Chincolco, no creía en la vocación del científico. Existe simplemente la curiosidad, decía, tentada luego por las circunstancias biográficas (“los estímulos del ambiente”) a elegir una dirección o cualquier otra. La adaptación es un fenómeno incesante, no aspira a la obra terminada. O como dijo en una de sus escasas entrevistas: “El camino es lo que importa, no qué camino”.

El camino que conectó la curiosidad de Labarca con las neurociencias fue sinuoso. Las hormigas y la poesía lo impresionaron desde niño, pero se decantó por lo segundo: siendo un adolescente, ya tenía resuelto que iba a ser poeta. Alguna vez le intrigó el caso de una persona esquizofrénica que hablaba en metáforas, pero la biología le interesaba muy poco el día que entró a estudiar Biología en la Universidad de Chile, básicamente por presiones familiares. El padre, de izquierda, creía en el progreso y soñaba con tener un médico en la familia. El hijo, más de izquierda, creía en la revolución y se farreó todo el primer año haciendo política. En cuanto a la carrera, “nada me permitía pensar que hubiera algo interesante en el asunto… hasta que conocí a ese par”.

Ese par fueron Humberto Maturana y Francisco Varela, animadores intelectuales de una facultad todavía chica, donde la convivencia era cercana y una tradición científica propia −cosa rara en nuestra historia− comenzaba a tomar forma. Labarca encontró allí una manera de entender a los seres vivos y, sobre todo, de construir el conocimiento: la importancia de generalizar los problemas, de tomar distancia para ver el gran esquema. La especialización es inevitable, pero seguir mirando “el fenómeno biológico como un todo”, se convenció para siempre, es lo que hace posible “aportar un nuevo conocimiento de verdadero valor”.

Por esos años conoció también al inquieto Joaquín Luco, cuyos experimentos, además de convertir a la cucaracha chilena en celebridad internacional, incubaron en Labarca la fascinación por el sistema nervioso. La “travesía científica” de Luco, de hecho, fue el tema del único ensayo de cierta extensión que dio a la imprenta, y el principal registro de sus propias fijaciones como biólogo. Compartía con Luco la “mirada integrativa”, la aspiración de hilvanar el inframundo de la neurona con la ecología de las conductas. No era ese el enfoque predominante en los años 70. Tras la Segunda Guerra Mundial, una revolución en los instrumentos de medición permitió hurgar en la actividad electroquímica de las células nerviosas, con resultados tan exitosos que no había tiempo de ampliar el foco. De las células pasaron a las moléculas, y del vago estudio de las emociones a los complejos modelos matemáticos que Labarca aprendió de otro maestro de generaciones, Mario Luxoro, “el gran jefe de la tribu”.

El caso es que Luco, formado a la antigua, quería aprovechar los avances del enfoque reduccionista para volver al plano general. Entonces recurrió a la cucaracha. El connotado insecto, al perder sus dos patas delanteras, necesita una de las cuatro restantes para limpiar sus antenas, por lo que al cabo de una semana aprende a pararse en tres. Con experimentos “simples y elegantes”, Luco descubrió huellas eléctricas de ese aprendizaje en las sinapsis del animal, y así, dirá Labarca, “fue el primero en mostrar que las neuronas cambiaban cuando un bicho aprendía”. Salto a lo macroscópico que tuvo un amplio eco en el mundo científico, aunque una lamentable circunstancia marginó a la cucaracha de los estudios posteriores: la cucaracha gringa (Periplaneta americana) nunca aprendió a pararse en tres patas.

Expulsado de la Universidad de Chile después del Golpe y reintegrado al año siguiente para terminar la carrera, Labarca inició en 1975 el periplo de rigor por la academia estadounidense. Trabajó en los laboratorios de Harvard, luego se doctoró en la Universidad Brandeis y cursó un posdoctorado en la Universidad de California, lugares donde contó con los medios para realizar experimentos de alta complejidad (“descubrí que las células epiteliales hacían trampa”, por ejemplo) y trató con científicos de primera línea, constatando que sus maestros chilenos tenían una sola cosa que envidiarles: el presupuesto.

Volvió al país en 1985, obligado a buscar “un proyecto que fuera original y que no fuera caro”. Esto implicaba la siempre delicada elección de una compañera de ruta, con miras a una relación armoniosa y sostenible en el tiempo. Eligió a la mosca del vinagre.

La Drosophila melanogaster apenas tiene una neurona por cada diez millones de las nuestras, pero tanto nos parecemos los animales de este planeta que eso le basta para ser casi humana. Sus mecanismos de aprendizaje y memoria, al menos los de corto plazo, son los mismos que operan en nuestro cerebro. Dependemos, moscas y ciudadanos, del mismo prodigio: la extrema flexibilidad del sistema nervioso para cambiar sus parámetros a partir de la experiencia.

Varias de sus primeras investigaciones, centradas en el metabolismo que permite recordar y olvidar a las moscas, las realizó junto a Ramón Latorre (Premio Nacional 2002), quien en 1987 lo invitó a sumarse al CECs, el centro de estudios creado en Santiago por Claudio Bunster y que el año 2000 se trasladó a Valdivia, donde Labarca vivió desde entonces. “Nos entretuvimos mucho –recuerda Latorre−, porque trabajábamos con moscas inteligentes y moscas tontas. Teníamos una escuela de moscas y les enseñábamos cosas, pero hay moscas mutantes que no aprenden, o que se olvidan muy rápido”.

Columna de Patricio Fernández: Pedro Labarca en Chincolco

Labarca rabiaba contra los darwinistas de moda que usaban frases de Darwin para fundamentar sus ideas reaccionarias cuando no directamente sus privilegios, y sospechaba que no lo habían leído más allá de esas frases, porque según él la evolución tenía más de ayuda mutua que de egoísmo, más colaboración que triunfo de lo fuerte sobre lo débil.

Labarca se enfocó luego en los neurotransmisores, las moléculas que permiten el intercambio de información entre neuronas. La plasticidad de la sinapsis (el “sitio de diálogo” entre las células nerviosas) fue acaso el fenómeno biológico que más lo apasionó. Vale decir, la capacidad de las neuronas para modificar permanentemente las reglas de su conversación. Si esos términos de intercambio se mantuvieran inalterables, la memoria no existiría. “Las neuronas no hacen siempre lo mismo, porque todo el tiempo se están haciendo y deshaciendo conexiones entre ellas que cambian el comportamiento de cada una”, resume Latorre, y aprueba la analogía con una red de softwares que se reconfiguran a sí mismos según cómo los usan. “Algo que va a ser muy difícil que hagan los computadores”, agrega.

Tal es la complejidad de esos mecanismos que recién los estamos descubriendo, y los conocimientos que Labarca sumó a esa causa se adentran en laberintos electrofisiológicos a los que no intentaremos acceder acá. Valga consignar que tras años de producir distintas formas de plasticidad neuronal en el laboratorio, y de jugar con los genes que modulan la liberación de neurotransmisores para regular la permeabilidad de las neuronas, partía por explicar lo siguiente: “El sistema no se puede desarmar en pedacitos”.

***

Según quienes lo conocieron, Pedro Labarca pensaba rápido y trabajaba lento. De hecho, publicaba poco. “Hay que ser serio”, decía, “hay que dedicarse”. De modales distraídos e ideas fijas, encontraba caminos inesperados pero los recorría a tientas, buscando al diablo en los detalles.

El neurobiólogo Andrés Couve, actual ministro de Ciencias, trabajó con Labarca en el CECs de Valdivia y, tras las palabras que corresponden a su investidura, entra en detalles:

−La cabeza de Pedro era una confluencia muy curiosa de rigor y originalidad. Porque era extremadamente riguroso en su manera de abordar los problemas científicos, en el manejo de la información, en el diseño del experimento. Pero al mismo tiempo, era de esas personas que tienen una arquitectura intelectual propia, muy profunda, muy ingeniosa, entonces a todo le encontraba otra vuelta. Y era de una informalidad absoluta.

La percepción de Ramón Latorre es coincidente:

−Yo creo que en Pedro, más que la lógica, primaba una gran intuición para meterse en los problemas adecuados, combinada con una inteligencia que tenía una estética muy desarrollada. Entre otras cosas, escribía muy bien. Y compartíamos mucho esa mirada: la ciencia, sin belleza, no atrae, no resulta. La exigencia de trabajo siempre es enorme, pero si combinas eso con una buena estética y andas detrás del problema adecuado, ahí está el secreto del éxito. Y creo que eso fue lo que le permitió a Pedro hacer ciencia de frontera en una época mala, con pocos fondos.

A ese elenco de atributos, en apariencia los del genio que consagra su vida a un gran enigma y lo resuelve, Latorre agrega otro que corrige esa expectativa:

−A Pedro le pasaba que, por ser tan imaginativo, no le gustaba quedarse mucho tiempo haciendo lo mismo. Entonces se cambiaba de tema. Cuando estábamos con las moscas, se puso a trabajar entremedio las raíces moleculares del olfato, después se metió en la fisiología del espermio, en los últimos años se dedicó a los extremófilos del altiplano… Y en todos esos campos hizo aportes, algunos muy valiosos. Pero con ese perfeccionismo suyo, de tratar de llevarlo todo al extremo, a veces dejaba cosas en el tintero. Por ejemplo, tenía un par de papers muy bellos sobre los efectos del litio en las conexiones nerviosas, y nunca los publicó.

Cabe citar acá estas líneas del aludido: “Las obras, como las casas, no se terminan nunca. Parecen terminarse, pero siguen haciéndose, revelándose en sus detalles, acogiendo a su habitante después del prolongado y venturoso viaje. Porque es grande la aventura y dura y bella de descubrir y descubrirse”.

A la neurobiología, aseguraba Labarca, le faltaban “herejes” dispuestos a trabajar con las múltiples dimensiones del cerebro. Sin miedo al error, porque “quizás las miradas nuevas que inventemos van a estar equivocadas, pero eso lleva a otras miradas”. De Joaquín Luco, en el citado ensayo, admiraba su temprana “inclinación a la audacia y a la independencia de criterio”, inusual en la ciencia chilena de los años 30. Ni siquiera dejaba de elogiarle esa cualidad al momento de describir los errores que cometió el joven Luco llevado por su arrojo. Pero Labarca, él mismo, fue un hereje poco dispuesto a equivocarse. O muy dispuesto, siguiendo esta reflexión suya, a hacerse responsable de su herejía:

“El riesgo que corre el que tiene talento creativo es digno de considerarse con respeto, porque no son muchos los que muestran disposición a asumirlo. La retribución, si llega, es el privilegio de participar en el derribamiento de la frontera entre lo particular y lo general, cuando lo particular, sea una sinapsis, una molécula de ARN mensajero o un patrón de difracción de rayos X, adquiere su lugar, llena el espacio preciso y devela un universo”.

El ministro Couve profundiza en los avatares de la creatividad:

−Muchas veces tuvimos diferencias. Era difícil estar siempre de acuerdo con Pedro. Tenía una visión muy singular, muy incisiva, y eso generaba diferencias. Pero eso mismo hacía que la discusión fuera mucho más atractiva, porque se llenaba de puntos de vista. Y Pedro sabía discutir con un sentido del humor extraordinario.

Concluye Latorre:

−Era un tipo al que quieres tener al lado, porque era un hervidero de ideas constante. Era de esos científicos todo terreno, uno de esos delanteros movedizos a los que puedes poner en cualquier lugar del ataque y cada tanto mete un gol. Y después de hacer el gol, se cambia de lugar. Yo no sé si se aburría o se enganchaba con otra cosa, pero necesitaba moverse.

Sobre esa necesidad podrían echar luz estos versos de Neruda que Labarca, sin razón aparente, inserta mientras escribe sobre Luco:

Es aromático volver el rostro
sin otra dirección que la pureza.

La pureza, en todo caso, bien podía hallarse en los canales iónicos de una mosca transgénica. Labarca no veía sacrilegios en la ingeniería genética −un campo de investigación, alertaba, al alcance del erario nacional− sino la promesa de aliviar durante el presente siglo las temidas enfermedades neurológicas. La paranoia ante los avances de la biología: un derroche de sensibilidad. “Esa fantasía romántica de que un terrorista se va a encerrar en una cueva y va crear una bacteria maléfica para matar gente es una alucinación, una insanidad. (…) Es probable que algún imbécil trate algún día de hacer alguna imbecilidad, pero mayor peligro no hay. (…) Para hacer algo así, hay que juntar muy buena gente con conocimiento sólido en distintas áreas. Y por formación, esa gente siempre tiene una visión ética de las cosas”.

Más que los piadosos apocalípticos, sin embargo, lo sacaban de quicio los darwinistas utópicos, especialmente aquellos que hacen sociología a partir de Darwin y formulan ideales de progreso anclados al principio de la selección natural. Más aún, estimaba que el paradigma evolutivo debía ser revisado a partir de fenómenos que Darwin no pudo tener a la vista, como la evolución por simbiosis o la transferencia horizontal de genes (el intercambio de genes entre individuos y no vía descendencia, habitual en microorganismos), evidencias de que mucha de la diversidad biológica presente en la Tierra no tuvo su origen en la selección natural.

Algún vínculo tenía con esto el objeto de estudio que lo ocupó en los últimos años: los extremófilos. O sea, la microfauna que habita los ambientes más extremos de Chile, desde salares altiplánicos a glaciares temperados. A partir de 2004 lideró un proyecto que implicó la instalación de un laboratorio con tecnología de punta junto al Salar del Huasco, a 3800 m sobre el nivel del mar, entre Pica y Bolivia. En sus lagunas, que permanecían casi inexploradas por la ciencia, comunidades de microalgas, protozoos y crustáceos microscópicos se las arreglan para soportar concentraciones de sales hasta cuatro veces superiores a la del mar, altísimas radiaciones solares, treinta grados de variación térmica y los diluvios del invierno boliviano.

Comprender cómo lo hacen interesa a disciplinas tan diversas como la ecología y la genética molecular −y de paso, a la economía, dado el potencial biotecnológico latente en muchos microbios−, pero no es difícil adivinar que Labarca, en la huella de los primeros exploradores científicos del territorio nacional, se sentía también haciendo patria, palabra que solía usar para referirse a Chile.

El libro ¿Por qué Chile es Chile?, editado por el Consejo de la Cultura para el Bicentenario, incluyó un cuidado artículo de Labarca acerca de la relación que el país ha sostenido con su ciencia y su paisaje. Allí hizo notar que los conquistadores españoles entraron a Chile al mismo tiempo que en Europa se publicaba Sobre el movimiento de las esferas celestes, la obra maestra de Copérnico que dio inicio a la ciencia moderna. Comenzaba así una revolución de la cual “España y sus colonias permanecerán prácticamente ajenos. Un cisma cultural, un verdadero cataclismo irá apartando la cultura hispánica de otras culturas europeas”.

De esa ajenidad fuimos herederos. Científico fue sinónimo de extranjero y ni siquiera le tomamos el peso a la gloriosa excepción, el abate Molina, “un relámpago fortuito y maravilloso” que atravesó el valle central en pleno siglo XVIII. “El abate Molina es, fácilmente, el más grande sabio que ha dado Chile, y su primer científico. Apologista apasionado de su patria, a la cual nunca pudo regresar”.

Así, hubo que esperar hasta los años 60 del siglo XX para asistir a un “mini boom” de la investigación científica en Chile. Otro cataclismo, el de 1973, canceló ese vuelo cuando ya se intuía el despegue, pero el legado quedó en pie y lentamente, de los años 80 hasta acá, se fue construyendo sobre él. Que la ciencia la hacen los otros, que la tierra solo premia nuestro empeño, han dejado de ser premisas atendibles. Que el paisaje está ahí para arruinarlo, también. Labarca, entonces, se pregunta por el siglo XXI. “¿Lograremos usar el conocimiento para poner inteligencia en la belleza de este país tan bello?”. Lo que está en juego, como hace cinco siglos, es ser o no ser actores de una nueva era de la humanidad. Por ello se responde: “Qué tal si lo intentamos”.

LABARCA EN CHINCOLCO

*Por Patricio Fernández.

El entierro de Pedro Labarca fue formidable. La misa, más allá de las sentidas e inteligentes palabras destinadas al difunto, se mantuvo dentro de los cánones acostumbrados. Lo extraordinario fue lo que vino después.

Se supone que Pedro le dijo un día a su hija Agustina que le gustaría ser sepultado en Chincolco, su pueblo natal. A esas alturas, poco y nada tenía que ver Pedro con Chincolco. Tras estudiar en la Universidad de California y hacer clases en North Carolina, trabajó en la Universidad de Chile y de ahí se fue como investigador al Centro de Estudios Científicos (CECS), en Valdivia, donde se instaló en una casa a orillas del río Cruces.

Yo, al menos, nunca lo escuché hablar de Chincolco, y eso que lo escuché hablar de montones de cosas, porque cuando Pedro se largaba a hablar era como un aluvión: sus palabras se tropezaban persiguiendo multitud de ideas desbocadas que a veces daban en el blanco y otras salpicaban todo alrededor, arruinando convenciones y lugares comunes.

Labarca rabiaba contra los darwinistas de moda que usaban frases de Darwin para fundamentar sus ideas reaccionarias cuando no directamente sus privilegios, y sospechaba que no lo habían leído más allá de esas frases, porque según él la evolución tenía más de ayuda mutua que de egoísmo, más colaboración que triunfo de lo fuerte sobre lo débil.

Le gustaba de la biología el que nada funcionaba solo, y quizás por eso sus explicaciones se volvían tejidos repletos de hebras, laberintos en los que uno se extraviaba con facilidad, pero de los que se salía con un intraducible entendimiento, una sospecha nueva, una confusión luminosa. La verdad es que Pedro rabeaba todo el tiempo, aunque sin rabia verdadera. Rabeaba para que el aire se moviera y el ambiente se agitara, porque lo quieto le olía a muerte y lo suyo era la vida.

Al menos eso pensaba yo –que como buen biólogo, lo suyo era la vida- hasta que llegamos a Chincolco. Chincolco es un pueblo de 10.000 habitantes al interior de Petorca, en una zona que alguna vez fue verde, pero que tras años de sequía se ha vuelto un semi desierto con cactus, espinos y uno que otro pimiento. Sobre una ladera está el cementerio y hasta ahí llegaron su única hija y su ex esposa, y ningún otro pariente, porque Pedro dejó de hablar con sus hermanos, exiliados en Costa Rica, hace años. Miento, en el campo santo se apersonó el último de los Labarca de Chincolco, un hombre de piel curtida y pelo duro, cuando supo que alguien con su mismo apellido sería enterrado ahí. Era un tipo solo este Pedro Labarca.

Amigos y amigas cargamos el féretro a pulso hasta llegar a un hoyo pedregoso junto a un montículo con tres palas clavadas y unas cuerdas para bajar el cajón. El cura del pueblo llegó preguntando quién era el muerto y repitió varias veces que a semejante hora (las 15 hrs), un lunes como ése, él podría estar durmiendo siesta o viendo tele, pero ahí estaba, acompañándonos. Leyó un pasaje bíblico, recitó dos o tres oraciones rápidas y se fue con el dinero recaudado. Solari dijo unas palabras y yo también dije algo: que recordaba a Pedro Labarca enclenque y liviano como un faquir, libre de compromisos, con las manos en los bolsillos de un abrigo verde y su cabeza de hueso asomada como la de una tortuga por el agujero de su caparazón.

A continuación, comenzamos a tapar el hoyo turnándonos las palas. Sobre una cruz de tablas de madera alguien escribió su nombre con lápiz pasta. Y sería todo.