*Por Patricio Fernández.

El entierro de Pedro Labarca fue formidable. La misa, más allá de las sentidas e inteligentes palabras destinadas al difunto, se mantuvo dentro de los cánones acostumbrados. Lo extraordinario fue lo que vino después.

Se supone que Pedro le dijo un día a su hija Agustina que le gustaría ser sepultado en Chincolco, su pueblo natal. A esas alturas, poco y nada tenía que ver Pedro con Chincolco. Tras estudiar en la Universidad de California y hacer clases en North Carolina, trabajó en la Universidad de Chile y de ahí se fue como investigador al Centro de Estudios Científicos (CECS), en Valdivia, donde se instaló en una casa a orillas del río Cruces.

Yo, al menos, nunca lo escuché hablar de Chincolco, y eso que lo escuché hablar de montones de cosas, porque cuando Pedro se largaba a hablar era como un aluvión: sus palabras se tropezaban persiguiendo multitud de ideas desbocadas que a veces daban en el blanco y otras salpicaban todo alrededor, arruinando convenciones y lugares comunes.

Labarca rabiaba contra los darwinistas de moda que usaban frases de Darwin para fundamentar sus ideas reaccionarias cuando no directamente sus privilegios, y sospechaba que no lo habían leído más allá de esas frases, porque según él la evolución tenía más de ayuda mutua que de egoísmo, más colaboración que triunfo de lo fuerte sobre lo débil.

Le gustaba de la biología el que nada funcionaba solo, y quizás por eso sus explicaciones se volvían tejidos repletos de hebras, laberintos en los que uno se extraviaba con facilidad, pero de los que se salía con un intraducible entendimiento, una sospecha nueva, una confusión luminosa. La verdad es que Pedro rabeaba todo el tiempo, aunque sin rabia verdadera. Rabeaba para que el aire se moviera y el ambiente se agitara, porque lo quieto le olía a muerte y lo suyo era la vida.

Al menos eso pensaba yo –que como buen biólogo, lo suyo era la vida- hasta que llegamos a Chincolco. Chincolco es un pueblo de 10.000 habitantes al interior de Petorca, en una zona que alguna vez fue verde, pero que tras años de sequía se ha vuelto un semi desierto con cactus, espinos y uno que otro pimiento. Sobre una ladera está el cementerio y hasta ahí llegaron su única hija y su ex esposa, y ningún otro pariente, porque Pedro dejó de hablar con sus hermanos, exiliados en Costa Rica, hace años. Miento, en el campo santo se apersonó el último de los Labarca de Chincolco, un hombre de piel curtida y pelo duro, cuando supo que alguien con su mismo apellido sería enterrado ahí. Era un tipo solo este Pedro Labarca.

Amigos y amigas cargamos el féretro a pulso hasta llegar a un hoyo pedregoso junto a un montículo con tres palas clavadas y unas cuerdas para bajar el cajón. El cura del pueblo llegó preguntando quién era el muerto y repitió varias veces que a semejante hora (las 15 hrs), un lunes como ése, él podría estar durmiendo siesta o viendo tele, pero ahí estaba, acompañándonos. Leyó un pasaje bíblico, recitó dos o tres oraciones rápidas y se fue con el dinero recaudado. Solari dijo unas palabras y yo también dije algo: que recordaba a Pedro Labarca enclenque y liviano como un faquir, libre de compromisos, con las manos en los bolsillos de un abrigo verde y su cabeza de hueso asomada como la de una tortuga por el agujero de su caparazón.

A continuación, comenzamos a tapar el hoyo turnándonos las palas. Sobre una cruz de tablas de madera alguien escribió su nombre con lápiz pasta. Y sería todo.

Poner inteligencia en la belleza: la ciencia de Pedro Labarca (1950-2019)

Fue con el cerebro de una mosca que Pedro Labarca, Premio Nacional de Ciencias Naturales 2004, hizo sus principales aportes a la comprensión del ser humano. Cuando entró a la universidad, solo le interesaban la poesía y la política, pero en las clases de Francisco Varela y Humberto Maturana se encontró con otro mundo.