Patricia Torres, dirigenta social de Lo Hermida: “Aquí hay más miedo por la hambruna que por el Covid”

Gentileza Patricia Torres

Patricia Torres, dirigenta social de Lo Hermida: “Aquí hay más miedo por la hambruna que por el Covid”

El gran golpe económico para sus vecinos fue el estallido social y el virus sólo vino a rematar lo que ya habían perdido: sus trabajos y su libertad. Patricia habla de la angustia como emoción permanente, del insomnio de los adultos y del estrés de los niños. “Nos dicen que debemos confinarnos, pero nosotros llevamos siete meses encerrados”, resume.

Patricia tiene calle. Su saber no viene de las grandes cifras económicas o de cómo se comporta la curva del coronavirus. Ella maneja información porque está ahí, en terreno, enterada de lo que viven las familias de la villa Santa María en la zona de Lo Hermida en Peñalolén. 

A la realidad política-social, ella le pone rostros.

Si se habla de hacinamiento, Patricia Torres Poblete piensa rápidamente en el departamento del primer piso del block que está justo frente al suyo y donde viven 18 personas: 8 niños y 10 adultos. 

Y cuando escucha sobre la crisis económica, ella no piensa en el porcentaje de cesantes. Se le viene a la cabeza la vecina que la acaba de llamar porque no tenía gas para cocinar. La vecina trabajaba como empleada doméstica y ganaba 20 mil pesos diarios. Desde el estallido social está sin trabajo y escasea la plata para comprar el pan. Es madre sola y con tres hijos. 

Patricia Torres tiene 56 años. Es la presidenta de la Junta de Vecinos número 19 del emblemático barrio de Lo Hermida. Lleva 20 años trabajando en el mundo social. Vive en un departamento con su marido –conserje en un edificio en Vitacura-, sus dos hijas y una nieta de 9 años. Dice que “gracias a Dios no nos ha faltado para echarle algo a la olla, aunque a mis vecinos sí y eso me angustia mucho”.

Junto a esa angustia está la situación de su padrastro postrado, su madre que lo cuida, su hermana contagiada de coronavirus junto a su pareja. No los puede ir a a ver porque Paty tiene un perfil médico de riesgo: tiene obesidad debido a un problema de tiroides, hipertensión y diabetes. 

Al teléfono, se le escucha una voz alegre. Y a pesar de que se muestra como una mujer aguerrida, confiesa que carga con una sensación de angustia que la atrapó en octubre del año pasado y que no la ha soltado más. 

“Mira, yo he tenido una vida bastante sacrificada, pero no me quejo. Nunca me he quejado”, señala  al recordar que tenía 12 años cuando comenzó a trabajar. Acompañaba a su madre a lavar y planchar la ropa en casas particulares. Luego la ayudaría a vender el pan amasado en el pasaje donde vivían. “La verdad es que lo único que lamento es no haber podido estudiar más. Llegué hasta octavo básico. Me hubiese encantado ser asistente social”, cuenta la señora Paty, como le dicen todos en el barrio.

Hasta octubre del año pasado vendía dulces y bebidas a a la salida de la escuela del barrio. No era mucho, “pero hacía mis luquitas”, sostiene. 

Ahora trabaja con su máquina de coser haciendo mascarillas. Pero la mayor parte de su tiempo lo dedica a resolver el complejo día a día de sus vecinos. “Estamos en una situación desesperante. Los que podemos nos rasguñamos con nuestras uñas, pero hay muchos que no pueden. Se viene algo heavy”, señala. 

¿Cómo se está viviendo la pandemia en tu barrio? 

-Estos días han sido caóticos. Ya tenemos personas con Covid, pero lo que más preocupa es que aquí el virus comenzó con los niños. Al frente de mi casa ya hay dos niños contagiados: uno de 6 años y la niñita de 1 año. Ahí viven 18 personas que no están acostumbradas al encierro. Es gente de muy bajos recursos. No saben qué hacer. No tienen ni pañales para los niños. Ha sido complicado. Y por el otro lado, están los que no se han contagiado, pero están pasando hambre. 

“Estos días han sido caóticos. Ya tenemos personas con Covid, pero lo que más preocupa es que aquí el virus comenzó con los niños. Al frente de mi casa ya hay dos niños contagiados. Ahí viven 18 personas que no están acostumbradas al encierro” 

¿Qué tan compleja se ha puesto la situación económica?

-Muchísimo. Recién me llamó una vecina contándome que ni siquiera tiene para comprar un cuarto de carne molida para hacer unos tallarines. Me decía: “señora Paty, estoy desesperada. Ya no les puedo seguir dando puro pan a los niños”. Eso me decía. Es bien terrible lo que está pasando.

Y el confinamiento, ¿cómo lo están viviendo? Porque eso implica no poder salir a trabajar tampoco. 

-Nos dicen que debemos confinarnos, pero nosotros llevamos siete meses encerrados desde que empezó el estallido social. El estrés ha sido doble.  Para nosotros el estallido nunca se acabó. Seguimos escuchando disparos en la noche. Y ahora viene lo que es el Covid. Doble estrés.

¿Qué dicen sus vecinos? ¿Qué les pesa más: el miedo al virus, el tema económico?

-Lo que más les está pesando es la hambruna. El hecho de no tener nada para echarle a la olla todos los días; que no hay para comprar pan. Y uno lo ve. Yo veo cuando la gente sale a comprar y que van con uno o dos pancitos en la bolsa. Antes los veías pasar con una bolsa llena.

“Nos dicen que debemos confinarnos, pero nosotros llevamos siete meses encerrados desde que empezó el estallido social. El estrés ha sido doble… Para nosotros el estallido nunca se acabó. Seguimos escuchando disparos en la noche”

¿En qué minuto empezó la hambruna, como tú dices? ¿Ahora?

-No. Esto empezó con el estallido social. Obviamente que con el Covid aumentó. Lo que pasa es que acá mucha gente trabaja en la feria. También muchas señoras trabajaban de nana y no podían salir en las mañanas porque no había locomoción o les daba miedo llegar en la tarde y que te agarrara un balazo. Ahí ya hubo una psicosis. Y la parte económica está muy complicada. Aquí ya se puede hablar de pobreza y y de hambre. 

¿Cree que hay más miedo por lo económico que por contagiarse?

-Si, yo lo veo. Hay más temor por la hambruna que por lo que pueda pasar con el Covid.

¿Y cómo ha estado el tema económico para ustedes? 

-Yo siempre he sido bien aperrada. Con el último sueldo completo que recibió mi marido –porque ahora va 3 días a la pega y se queda 3 en la casa-, yo decidí no pagar las letras que teníamos pendientes y así invertir todo en mercadería y en un poco de carne. Me compré un saco de harina, un saco de cebollas, un saco de papas. 

Bien previsora…

-Claro, yo dije: “Esta cuestión se viene fuerte. Algo va a pasar más adelante y hay que estar preparados”. Me ayudó mucho haber tomado esa decisión, aunque mi esposo no quería. Tuvimos una discusión porque él es muy ordenado con las cuentas. No le gusta quedar debiendo. Yo dije: “Esto lo hacemos no más”. Y gracias a Dios con esa despensita hemos podido pasarla. 

¿Sólo tienes el ingreso de tu marido?

-Sí. Una de mis hijas es tía de párvulos, pero no está trabajando ahora. Y yo empecé a hacer mascarillas y las vendo a 500 pesos. La cuestión no es para hacerte rica, sino para poder comprar el kilo de pan diario. 

Igual no es mucho, ¿no?

-Mira, si todos los días vendo 4 o 5 mascarillas, para mí es formidable. Con eso tengo para el pan. Además tengo dos buenos amigos ricachones, como les digo yo, y vinieron a dejarme una caja con mercadería. Con eso he ayudado a mi gente también. Mi hermana y mi cuñado están con el Covid. Mis padres viven en la parte de abajo de la casa y él esta postrado.  Entonces, vivo con angustia. Mi mamá me llama. No tiene plata. Está el tema de los pañales y cómo ir a dejarle las cosas.  Y es desesperante. A veces colapso con tanta cosa. 

Y el encierro no ayuda a descomprimir mucho tampoco…

-Es terrible. Yo que sufro crisis de pánico y las dos veces que he salido a la calle, me desespero. Me empieza una angustia tremenda, unas ganas de llorar, una impotencia. 

¿Por miedo a contagiarte?

-La verdad es que yo tuve más miedo con el estallido que ahora con el virus. Uno tenía temor de que si estabas en un paradero, te podía llegar una bala. Desde ahí nunca más pude dormir bien. 

¿Dormías poco?

-No, negrita mía, no dormía nada. Me vino vértigo. Pánico. A mis hijas las hacía dormir en una pieza del rincón por miedo a que pudiera llegar una bala desde afuera. Yo me sentaba en una silla de escritorio que tengo, y ahí me quedaba toda la noche mirando por la ventana. Olvídate las cosas que vimos. Un noche llegaron unas camionetas negras sin patente y se bajaba gente con escopetas. 

¿Y no se sentían interpretados por las demandas sociales?

-Sí, pero no así. Los jóvenes nos decían: “Estamos luchando por ustedes, para que tengan mejor pensión y una dignidad distinta en la salud”. Pero nosotros le decíamos que esa no era la forma. Que estaban dañando a su propia gente. Muchos vecinos les decían: ¿Por qué a nosotros? 

Y eso generó el miedo del que hablas…

-Claro, porque veías que la gente lo empezó a perder todo. Un señor de acá tenía su quiosquito en el centro. Le iba relativamente bien. Ahora quedó de brazos cruzados. Uno los ve llorar de impotencia. El estallido social dejó una herida profunda en muchos de los que vivimos acá. Entonces, es cierto el coronavirus nos tiene con miedo, pero fue más fuerte lo otro. Es que fue heavy.  Yo no podía dormir con la angustia. Me tuvieron que recetar pastillas.

Y está la incertidumbre también…

-Eso es terrible. Es cosa de escuchar a la gente de aquí. En mi block, por ejemplo, la mayoría de la gente más adulta, se sienta en las escaleras y conversa. ¿Y qué vamos a hacer si esto no para? ¿De qué vamos a vivir? Varios vienen a pedirme si tengo pastillas para dormir. Se la llevan deambulando en la noche. Es raro. En el día todo está en silencio. No escuchas a nadie, pero en la noche te das cuenta de que hay mucha gente sufriendo de insomnio. No están pudiendo dormir tranquilos y, a la larga, eso afecta la salud.

“En mi block la mayoría de la gente más adulta, se sienta en las escaleras y conversa. ¿Y qué vamos a hacer si esto no para? ¿De qué vamos a vivir? Varios vienen a pedirme si tengo pastillas para dormir”.

¿Qué es lo más imperioso para ustedes ahora: asegurar la salud o la economía?

-La comida. Porque donde hay niños, es imperativo tener el pan. Puedes andar todo el día con mascarillas. Te puedes proteger, pero ¿cómo proteges a los niños si no tienes nada que darles de comer? Yo veo mucha desesperación. 

En todos tus años de dirigente social, ¿recuerdas otro momento así? 

-Me acuerdo del 73. Cuando empezó el estallido y no teníamos dónde comprar o había que hacer filas en los supermercados, tuve esa sensación. Y ahora, cuando empezó lo de la pandemia, también me pasó lo mismo. Me puse a llorar. A mi mamá le pasa lo mismo. Me dice: “Nunca había sentido tanta angustia como ahora. Tengo miedo de lo que viene”. Es que muchos creen que esto no va a terminar con la pandemia. 

“Puedes andar todo el día con mascarillas. Te puedes proteger, pero ¿cómo proteges a los niños si no tienes nada que darle de comer? Yo veo mucha desesperación”

¿Tú también lo crees?

-Sí, se me imagina que lo del estallido social se va a venir con más fuerza porque la gente está sin trabajo, están atosigados por sus deudas.  Y ahora lo del virus… Porque aquí todos dicen que el Covid nos ataca a todos por igual, pero cuando hablamos de hambruna, no nos ataca a todos por igual. Hasta ahora, en el barrio alto no les ha faltado leche ni queso, pero en las poblaciones se nota. De hecho, en otras villas de aquí ya empezaron con las ollas comunes. 

¿Cómo evalúan la entrega de cajas del gobierno?

-Fue caótico. Por salud mental, casi no veo noticias, pero cuando avisaron lo de las cajas del gobierno, nadie entendió mucho. Empecé a averiguar con los chicos de la municipalidad, pero decían que eso lo veía netamente el gobierno. Mi problema es que la gente se vuelca inmediatamente a la junta de vecinos. Justo me había conseguido unas cajas de alimentos con un amigo que siempre me ayuda mucho y que es de la Viña Cousiño. La gente las vio llegar, pero solamente eran 10 cajas para los casos Covid. La mayoría de la gente pensaba que eran las cajas de gobierno y nos reclamaban, pero era un aporte privado para los casos más complicados.

“Todos dicen que el Covid nos ataca a todos por igual, pero cuando hablamos de hambruna, no nos ataca a todos por igual. Hasta ahora, en el barrio alto no les ha faltado leche ni queso, pero en las poblaciones se nota”

Eso quiere decir que es un buen aporte lo de las cajas…

-Yo no sé si habrá sido bueno esto del Presidente de ofrecer las cajas. Va a ser un tremendo problema.

¿Por qué?

-Porque dicen que la caja puede servir para dos semanas por lo menos, pero un paquete de tallarines no te va a durar 15 días. Tampoco un
kilo de arroz en una casa donde hay 4 ó 6 personas. Apurado te durará una semana. Entonces, claro, es como para acallar un poco el grito de la gente, pero no creo que sea la solución. Claro que en muchos hogares se va a recibir con alegría, sobre todo los adultos mayores, pero en otros hogares no. Acuérdate de mí: más de algún grupito va a empezar a tirar las cosas y decir que es humillante. Por eso creo que será más un caos que una solución.


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