Fernando Pairican: “El pueblo mapuche no cree en la palabra de los chilenos”

Foto: Agencia Uno - Diseño: Marcelo Calquín.

Fernando Pairican: “El pueblo mapuche no cree en la palabra de los chilenos”

Historiador y académico, cree que el incumplimiento de la palabra es un factor clave para entender el conflicto entre el pueblo mapuche y el Estado de Chile. A esa desconfianza, se suma -dice él- el rol de una derecha agrícola que se opone a la autonomía. Aquí afirma que el gobierno está ocupando al pueblo mapuche “como una manera de unificarse y evitar más crisis internas”.

Nuevamente, el foco está puesto en la Araucanía. El semáforo quedó encendido en rojo desde que, el fin de semana del 1 de agosto, un grupo de personas se enfrentó con otro grupo de manifestantes mapuches que se habían tomado cinco municipios de la zona. 

Apareció el racismo en su peor forma: la violencia verbal y física. Y volvió a hacerse visible el humo de los incendios, la activación del conflicto en una zona que históricamente vive en alta tensión.

El historiador Fernando Pairican no observa los acontecimientos desde la fría distancia de un académico. Este largo conflicto del pueblo mapuche con el Estado de Chile es parte de su historia. Él es mapuche y las demandas de su pueblo son sus demandas también.

Posdoctorante del Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR) de la Universidad Católica, académico de la Universidad de Santiago y de la Alberto Hurtado, Pairican se ha dedicado a investigar, yendo a las fuentes. Ha escrito ensayos, columnas y es autor del libro “Malón. La rebelión del movimiento mapuche. 1990-2013” y de la “Biografía de Matías Catrileo”. También dirige la colección de Pensamiento Mapuche Contemporáneo de Pehuén Editores.

“El pueblo mapuche no es un pueblo de guerreros –comenta en una descripción previa-. Es un pueblo que lucha, que ha luchado en su historia, pero para poder pactar y negociar políticamente. Es un pueblo de parlamento, de diálogos. Y eso es lo que los voceros de los presos políticos dicen: nosotros queremos parlamentar, dialogar, conversar. Esa es la tradición política de nuestro pueblo”, afirma este doctor en Historia respecto al punto en que se encuentran las conversaciones con el gobierno. 

Foto: Agencia Uno – Diseño: Marcelo Calquín.

-El enfrentamiento entre civiles, la quema de alcaldías, ¿marca un punto de inflexión o es parte de un eterno retorno de un conflicto no resuelto?

-Es el retorno de un conflicto no resuelto, pero que adquirió una dimensión más claramente racial. Por muchos años era mal visto el racismo, aunque siempre existió. Es el racismo silencioso, que hoy ha pasado a ser un racismo abierto, público. Hay varios factores que influyen como, por ejemplo, que el Estado no ha hecho nada para educar a la población chilena en torno a los derechos de los pueblos originarios. Como mapuche, yo no tengo problemas racistas. Son los no indígenas los que ejercen el racismo contra nosotros. 

-Dices que ese racismo siempre estuvo. ¿Por qué ahora aparece de una manera directa?

-Al plantear los mapuches la recuperación de tierras y tomar algunos lugares como los municipios, aparece la reacción del mundo conservador de agricultores en contra del pueblo mapuche y de sus líderes. Es una manifestación concreta de la diferencia racial que existe entre el indígena y el no indígena. Y hoy se manifiesta en un odio hacia los miembros de los pueblos originarios.  

“Es el racismo silencioso, que hoy ha pasado a ser un racismo abierto, público. Hay varios factores que influyen como, por ejemplo, que el Estado no ha hecho nada para educar a la población chilena en torno a los derechos de los pueblos originarios. Como mapuche, yo no tengo problemas racistas. Son los no indígenas los que ejercen el racismo contra nosotros”.

Y a ti, ¿qué te pasó con esas imágenes? ¿Pena, rabia?

-…Me dio un poco de rabia. Hemos sido incansables en plantear distintas formas para solucionar nuestras demandas. Las generaciones que nos antecedieron, ya en la década de los 80, plantearon la idea de la autonomía, de avanzar en espacios interculturales. Un poco de eso quedó consagrado en la ley indígena del año 90. También se planteó avanzar en el convenio 169 de la OIT. Pero la derecha de la Araucanía siempre se ha opuesto.

-¿Por qué?

-Creen que el convenio 169 de la OIT va a significar la división del país. Y no es así. Nuestro proyecto histórico es la autonomía para nuestro pueblo. Pero la autonomía no significa la división del país. 

Manifestantes llegan a la segunda comisaría de Carabineros en apoyo a los detenidos de la marcha por los presos mapuche. Crédito: Agencia Uno

-¿Y qué significa entonces?

-Significa dotarnos de nuevas estructuras, ya sea a través de los municipios o de las mismas comunidades, y de mecanismos democráticos para poder enlazarlos con la estructura del Estado. Pero hay una derecha que se ha opuesto permanentemente a los derechos colectivos del pueblo mapuche. Lo ha hecho en el Parlamento y a nivel local. Eso es lo que se manifiesta muy nítidamente en esta crisis a la que se suman nuevas generaciones de jóvenes mapuches. 

-¿Ese es un nuevo fenómeno? ¿El rol de los jóvenes en estas demandas?

-Hay nuevas generaciones de mapuches con altas expectativas que no han sido canalizadas. Te hablo de mujeres y hombres mapuches educados en las escuelas públicas y en las universidades y que ven que no tienen opciones para desarrollarse. Los mapuches que viven en el campo tampoco han visto los beneficios de este modelo económico que se dice tan exitoso. 

“Pero hay una derecha que se ha opuesto permanentemente a los derechos colectivos del pueblo mapuche. Lo ha hecho en el Parlamento y a nivel local. Eso es lo que se manifiesta muy nítidamente en esta crisis a la que se suman nuevas generaciones de jóvenes mapuches”.

-O sea, además del reconocimiento de las tierras, ¿hay una demanda más amplia?

-Sí. Hay una nueva generación de indígenas para la cual  ya no basta solamente con la distribución de tierras. Hoy día el tema es político. Y, como es político, necesitas una transformación de la estructura del país en torno a la Constitución, pero también en torno a la educación, al acceso a los trabajos. Hay que reimaginar un nuevo tipo de país.

-Durante el estallido social, fue notorio el despliegue de banderas mapuches. ¿Dirías que los jóvenes, en general, tienen otra cercanía con el tema?

-Lo veo en mis alumnos. Transversalmente, los jóvenes entienden y apoyan los derechos de los pueblos originarios. Para ellos el movimiento mapuche es su movimiento. Es su relato histórico. Y ocupan las banderas como un símbolo de mayor democracia. No de violencia. Hay una aspiración por construir un país plurinacional, con perspectiva intercultural y avanzar en torno a los derechos colectivos. 

Manifestantes llegan a la segunda comisaría de Carabineros en apoyo a los detenidos de la marcha por los presos mapuche. Crédito: Agencia Uno.

EL ROL DEL MINISTRO

-Hay reivindicaciones históricas, pero la razón del conflicto actual tiene que ver puntualmente con los presos y las huelgas de hambre que sostienen hace semanas en apoyo al machi Celestino Córdova. ¿Cómo se desanuda esa situación?

-Hay una suma de distintas cosas.  Yo he sido muy crítico sobre el caso Luchsinger-Mackay. Ese fue un acto terrible que no puede volver a suceder. Pero dicho eso, me parece que no puedes ocupar un solo caso para impedir avanzar en un nuevo pacto. Si Mandela pudo hacerlo con el Apartheid, cómo Chile no va a poder. Yo llamo a los agricultores de la zona a poner de su parte más tolerancia. Ese fue un hecho terriblemente excepcional, pero no hay que mirarlo con sed de venganza. 

-¿Y crees que hay sed de venganza?

-Es lo que estoy observando. Ellos tienen el caso Luchinser-Mackay como una bandera de lucha para impedir los avances del pueblo mapuche. Así no se va a poder llegar a un punto de interculturalidad. Por eso yo les solicito a los agricultores de la zona, que sean un aporte para reducir los niveles de violencia y seguir avanzando hacia un nuevo contrato social en torno a los derechos fundamentales de los pueblos originarios. No los observo en eso. Terminé de escribir mi libro sobre el siglo XIX y veo que es una historia que se repite. Hay dinámicas históricas en que algunos agricultores han ocupado los mismos argumentos para impedir el avance de los derechos del pueblo indígena.

“Yo he sido muy crítico sobre el caso Luchsinger-Mackay. Ese fue un acto terrible que no puede volver a suceder. Pero dicho eso, me parece que no puedes ocupar un solo caso para impedir avanzar en un nuevo pacto. Si Mandela pudo hacerlo con el Apartheid, cómo Chile no va a poder”.

-El ministro del Interior se ha referido al tema de los presos políticos. Ha dicho que en Chile nadie está preso por sus ideas, sino que por sus delitos. Y aquí hay delitos investigados y sancionados por los tribunales de Justicia…

-Creo que uno de los problemas que tenemos en este país es que la derecha entiende la política como una guerra. De hecho, están en guerra contra ellos mismos. Esa pulsión de guerra la ponen contra un enemigo común con el fin de generar un apoyo al interior de sus filas. Si en los años 70 fue el anti comunismo, hoy -con la crisis de legitimidad que tiene su coalición política- ocupan al pueblo mapuche como una manera de unificarse y evitar más crisis internas que las que ya tiene. Y esa crisis se representa muy bien en el ministro del interior actual.

-¿Cómo? ¿Por qué?

-Sin ser peyorativo, pero el actual ministro del Interior no es el más lúcido de la derecha chilena. Lo que pasa es que muchas otras personas de ese sector, no quisieron sumarse al gobierno. Por eso termina él a cargo. ¿Y qué es lo primero que hace? Viajar al sur para encender la mecha del conflicto étnico. ¿Por qué lo hace, creo yo? Porque como hay una pérdida de apoyo en la derecha, el gobierno necesita aleonar a los leales. Esos leales son las personas de derecha más dura que están asociados al campo. 

Fuerzas Especiales rodean a manifestantes de la marcha por los presos mapuche en las calles aledañas a la segunda comisaría de Carabineros. Crédito: Agencia Uno

-¿Dices es que el ministro Pérez está usando la causa mapuche para clavar banderas en su mundo político?

-Yo creo que sí.  En este contexto, ellos usan el conflicto mapuche -con toda su dinámica- para generar una fila de apoyo en torno a lo que se viene con el proceso constitucional. Y el conflicto mapuche les suma, les sirve para hablarle al conjunto de la derecha que no está de acuerdo con el cambio constitucional, que critica el estallido social, que no comprende las demandas de indígenas y les permite aleonarlos en torno al Rechazo que se viene con el plebiscito.

“Sin ser peyorativo, pero el actual ministro del Interior no es el más lúcido de la derecha chilena. Lo que pasa es que muchas otras personas de ese sector, no quisieron sumarse al gobierno. Por eso termina él a cargo. ¿Y qué es lo primero que hace? Viajar al sur para encender la mecha del conflicto étnico”.

-¿Y cómo entran aquí hechos concretos como la toma de las municipalidades?

-La toma de las municipalidades están en torno a una presión para poder visibilizar la realidad de la prisión política y la demanda en torno a los cambios de medidas cautelares, que es algo que está en el Convenio 169 de la OIT. Y que incluso insta a las naciones  a abordar el régimen penitenciario de otras maneras.

-¿Hay negociación posible? O sea, ¿es realmente factible que puedan cumplir condena en sus casas en un marco jurídico que en Chile rige para todos por igual?

-Lo que solicitan los werken de los prisioneros políticos es una mesa política de alto nivel. En palabras del vocero Rodrigo Curipan, se quiere discutir la situación de los presos políticos en base al Convenio 169 de la OIT que permitiría medidas distintas a la prisión de cárcel, como arrestos domiciliarios, arrestos en sus comunidades o incluso en otra cárcel donde se les permitiría desarrollar la agricultura. Los werken han dado opciones reales para poder llegar a un acuerdo. No están solicitando la libertad ni que se les conmute las penas. Lo que están solicitando es poder modificar sus medidas cautelares a otras formas de prisión. 

-El ministro Víctor Pérez mencionó también que en la zona hay grupos armados, financiados. ¿Eso permite el diálogo o lo endurece? 

-Ese es un discurso añejo para un contexto nuevo. El problema de la elite de este país es que siempre ve un enemigo externo para justificar el hecho de no hacer las transformaciones políticas que se necesitan. Es un discurso clásico y que la derecha lo repite cada cierto tiempo. La diferencia es que hoy tenemos investigadores e investigadoras mapuches que hemos revisado las fuentes para decir que eso no es cierto. No hay nada que lo acredite. 

“Los werken han dado opciones reales para poder llegar a un acuerdo. No están solicitando la libertad ni que se les conmute las penas. Lo que están solicitando es poder modificar sus medidas cautelares a otras formas de prisión”.

LA VIOLENCIA

-Se ha visto es un rebrote de la violencia en la zona. ¿Se han radicalizado las posiciones?

-El tema es la respuesta de los sectores conservadores. En la Araucanía los avances de los derechos indígenas, se ven detenidos por una respuesta de sectores que se oponen. No quiere decir que nos odien, pero diría que no les caemos muy bien. Es lo que se puede observar en algunas cartas al director que han publicado en El Mercurio en las ultimas dos semanas.

-¿Eso explica el uso de la violencia como arma política?

-El pueblo mapuche ha usado la violencia como instrumento solamente en aquellos momentos en que la palabra no ha sido respetada. Así fue en la guerra de Arauco o en la resistencia a la ocupación de la Araucanía. La crisis que vemos ahora tiene que ver con el no respetar la palabra empeñada por el gobierno de Chile y no reconocer el Convenio 169 de la OIT. 

-¿Y cuál es la palabra que no se respetó?

– Los compromisos de Nueva Imperial de 1989. Ese acuerdo, en su debate original, hablaba sobre el reconocimiento constitucional y hablaba sobre avanzar en espacios de autonomía, como forma de ejercer los derechos de autodeterminación. Hasta el día de hoy no tenemos ese reconocimiento constitucional, menos la posibilidad de debatir sobre la autonomía. 

“El pueblo mapuche ha usado la violencia como instrumento solamente en aquellos momentos en que la palabra no ha sido respetada”.

Para poner todas las posturas. Este gobierno, y los anteriores también, han dicho que no pueden sentarse a conversar cuando hay violencia. ¿Cómo establecer un diálogo, entonces?

-Estoy terminando de leer el libro de Ian Kershaw  sobre la Historia de Europa. Él habla de la capacidad que tuvo el modelo liberal europeo para sentarse a conversar cuando se ejercía violencia. El apartheid también se sentó a negociar con altos niveles de violencia. Ojalá no existiera violencia, pero existe. La historia de la humanidad se ha construido con hechos de violencia. La historia política de este país, también.

Habitantes de Curacautín se enfrentan contra comuneros mapuches que se tomaron el municipio. Crédito: Agencia Uno.

Por ende, me parece extraño que cuando el pueblo mapuche exige dialogar, le digan que tiene que dejar la violencia. No es que a mi me guste. Sólo me pregunto si no es una justificación para no avanzar en el diálogo político. Me pregunto si no será una excusa, un maquillaje, para no pactar. Si yo estuviera en su lado político, creo que es hora de negociar y dialogar ante lo que estamos viviendo como sociedad. 

-Igual es complejo negociar con la amenaza sobre la mesa, ¿no?

-Es que la ausencia de diálogo es un síntoma de las promesas incumplidas. Se requiere de diálogo serio, concreto, profundo, en que la palabra empeñada sea realmente respetada por la estructura política de este país. Yo creo que es clave que lleguemos a un acuerdo político para poder canalizar, a través de la vía democrática, la expresiones de violencia que se están viendo. El proceso constitucional que se avecina, es un gran momento para poder hacer esos cambios.

“Me parece extraño que cuando el pueblo mapuche exige dialogar, le digan que tiene que dejar la violencia. No es que a mi me guste. Sólo me pregunto si no es una justificación para no avanzar en el diálogo político. Me pregunto si no será una excusa, un maquillaje, para no pactar”.

-¿Bajo qué marco debiera darse ese diálogo, a tu juicio?  

-Los pueblos originarios tienen que entrar con escaños reservados, como pertenencia étnica. Pero además los partidos políticos deben incorporar a miembros de los pueblos originarios para poder debatir una nueva Carta Magna. Ese momento histórico da el espacio para canalizarlo. 

-Este gobierno planteó un nuevo dialogo liderado por Alfredo Moreno. ¿Qué pasó? ¿Por qué se cortaron esos puentes?

-Se cortaron porque todos los Presidentes y ministros de Desarrollo Social que viajan a la zona, van con la palabra, prometen soluciones y luego no pasa nada. Al final, el pueblo mapuche no cree en la palabra de los chilenos. Nuestro pueblo, sobre todo el que vive en el Wallmapu, todavía cree en la palabra. Ellos no tienen problemas en que vaya un ministro y que puedan conversar. Lo que les molesta es la ausencia de respeto en la palabra empeñada. Terminan siendo promesas incumplidas y una vez más, ellos las sienten como un engaño. 

-¿Esa podría ser una de las razones del enojo?

-Yo creo que sí. Que no se haya cumplido la palabra que varios gobiernos han dado al pueblo mapuche y a sus líderes. Porque, además, los líderes mapuches hablan con sus comunidades, les creen y luego quedan mal parados. Los más jóvenes ya no están creyendo. Porque la palabra no ha fallado una sola vez. Los más jóvenes están cansados de todas estas promesas incumplidas. 

-¿Se han radicalizado?

-No. Lo que veo es que una nueva generación de mujeres y hombres mapuches que no se sienten representados en este modelo de desarrollo económico y que solicitan a través de la autonomía –como una forma de ejercer la autodeterminación- un cambio o un nuevo pacto para poder avanzar hacia un nuevo tipo de democracia para todos.

“Nuestro pueblo, sobre todo el que vive en el Wallmapu, todavía cree en la palabra. Ellos no tienen problemas en que vaya un ministro y que puedan conversar. Lo que les molesta es la ausencia de respeto en la palabra empeñada. Terminan siendo promesas incumplidas y una vez más, ellos las sienten como un engaño”.

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