Paula y el oso de los ojos tristes

Paula y "Venita" en Zaporozhie, URSS, 1977 - Imagen cedida por Cristián Pérez

Paula y el oso de los ojos tristes

Una soleada mañana de fines de 1973, Paula y su mamá llegaron hasta la Embajada de Finlandia. Su papá estaba refugiado en ese recinto gracias a la ayuda del diplomático Tapani Brotherus, uno de los personajes de la serie “Héroes invisibles” y al que cientos de chilenos le deben la vida. Para mitigar la tristeza de la niña frente a un padre a punto de partir al exilio, el diplomático le regaló un gran oso gris plateado. Ésta es la historia que nace a partir de ese delicado gesto.

Martes 11 de septiembre de 1973, en el jardín infantil de la Universidad Técnica del Estado (UTE). Paula y cuatro compañeros, acompañados por dos educadoras, estaban acostados en el piso de la sala bajo las mesas, alejados de las ventanas destrozadas por impactos de balas. Soldados disparaban sin contemplación contra el jardín con sus fusiles de guerra. La imagen de los proyectiles incrustados en la pared de la sala, y el sonido ensordecedor de las ráfagas, jamás se le borrarán de la memoria.

Paula tenía cuatro años, ojos verdes chispeantes, cabello rubio largo y desordenado. Su padre era funcionario de la universidad y dirigente del sindicato; su madre estudiaba Pedagogía en el mismo lugar. Era una niña feliz con una vida normal, que, desde ese día, como a tantos niños y niñas de padres de izquierda, le cambió para siempre.

Ese martes iba a ser muy importante para la comunidad universitaria y el país. El presidente Salvador Allende, en el marco de la “Exposición por la vida… ¡Siempre!” de las Jornadas Antifascistas de la UTE, anunciaría en el Foro Griego un plebiscito en el que se consultaría por la continuidad de su Gobierno. Un hecho que pudo cambiar la historia.

Paula tenía cuatro años, ojos verdes chispeantes, cabello rubio largo y desordenado. Su padre era funcionario de la universidad y dirigente del sindicato; su madre estudiaba Pedagogía en el mismo lugar. Era una niña feliz con una vida normal, que, desde ese día, como a tantos niños y niñas de padres de izquierda, le cambió para siempre.

Paula tenía un papel muy significativo en el acto. Al término del discurso del presidente, ella le iba a entregar un pequeño ramo de flores de parte de los niños del jardín. Su madre, en representación de los estudiantes, le entregaría un gran ramo de flores al mandatario. 

En lugar del acto cívico, la UTE fue invadida por militares. Estudiantes, profesores y funcionarios fueron detenidos. Las dependencias ametralladas, la oficina del rector destruida por obuses de artillería. La madre de Paula también fue apresada, y al gritarle a los militares que la dejaran ir a buscar a su hija que estaba sola en el jardín, estos riéndose le respondieron que ese lugar ya no existía, que había sido bombardeado, y que los niños estaban muertos. 

Foto carné; en Osorno, enero de 1974. Crédito: Imagen cedida por Cristián Pérez.

El miércoles 12, después de pasar la noche en el jardín escondida bajo las mesas, junto a sus educadoras, Paula se reencontró con su madre. Se ve en brazos de su progenitora, entre una pared de concreto en Avenida Ecuador y una fila de militares. Se trasladaron al departamento de la abuela, porque su casa en calle Santo Domingo fue allanada por la denuncia de un vecino revanchista. Allí, los militares destrozaron sus juguetes y la casa de muñecas; la misma casa donde se escondía y una vez rodó por la escalera, dando un gran susto a mamá.

Paula, en la inocencia de sus cuatro años, no sabía que su padre fue detenido en la UTE y trasladado al Estadio Chile -hoy llamado Víctor Jara-, para después pasar por el Estadio Nacional, sufriendo apremios y torturas. A comienzos de noviembre fue liberado, pero imposibilitado de quedarse en Chile. Junto al periodista Hernán Barahona, quien rescató las últimas palabras de Allende, se refugiaron en la Embajada de Finlandia con la ayuda del encargado de negocios Tapani Brotherus, uno de los personajes de la serie “Héroes invisibles”, al que cientos de chilenos le deben la vida. En ese lugar permanecerá unas semanas hasta que en diciembre de ese año abandonó Chile con destino a la RDA y luego a la Unión Soviética. 

El miércoles 12, después de pasar la noche en el jardín escondida bajo las mesas, junto a sus educadoras, Paula se reencontró con su madre. Se ve en brazos de su progenitora, entre una pared de concreto en Avenida Ecuador y una fila de militares. Se trasladaron al departamento de la abuela, porque su casa en calle Santo Domingo fue allanada por la denuncia de un vecino revanchista.

Una soleada mañana de fin de año, Paula y su mamá llegaron hasta el recinto diplomático. La mamá deseaba que la niña viera a su papá antes de salir del país. En brazos de la madre, vio cómo se abrió la puerta y al fondo del patio divisó a su padre que le hacía “adiós” con la mano. Es solo un momento que rememorará por siempre. 

La invade la tristeza. Ya se iban cuando nuevamente se abrió la puerta y aparece Tapani Brotherus con un gran oso que dejó en brazos de la niña, para que la ayude a mitigar la pena de la despedida. Ese gesto de humanidad, ante el dolor de una niña que podría ser su hija, lo retrata totalmente.

El oso gris plateado de pelaje brillante, de unos 40 centímetros de alto y ojos tristes, fue llamado “Venita”, porque su madre le decía así debido a una vena azul en su nariz. El muñeco tendría un papel central en su niñez, porque será el recuerdo del papá que no puede abrazar; y, en el destierro, rememorará a Chile. 

En enero de 1974, Paula y su madre viajaron hasta Osorno para despedirse de la abuela materna, y celebrar el cumpleaños de la niña. Allí sacaron el carné de identidad, y de regreso en Santiago una visa para la RDA y un pasaje otorgado por ACNUR facilitaron el exilio. En los últimos días de abril abandonaron Chile. Paula actualmente se ve caminando en el aeropuerto de la mano de su madre, y muy apretado contra su pecho, “Venita”: el único juguete que se llevó. Es el comienzo del destierro para una niña que acababa de cumplir cinco años. Destierro que, según los griegos, es el peor castigo para los seres humanos.

La invade la tristeza. Ya se iban cuando nuevamente se abrió la puerta y aparece Tapani Brotherus con un gran oso que dejó en brazos de la niña, para que la ayude a mitigar la pena de la despedida. Ese gesto de humanidad, ante el dolor de una niña que podría ser su hija, lo retrata totalmente.

En Alexanderplatz una fotografía muestra a Paula radiante con su pelo alborotado, después de haber intentado trepar el reloj mundial. Su madre, en cambio, refleja la incertidumbre del exilio. Recuerda que en esa ciudad su mamá le compró una chaqueta roja con la que viajó a la URSS. A mediados de 1974 la familia se reunió en Moscú. Paula nada recuerda de esos momentos, salvo que en Zaporozhie (Ucrania), donde se trasladaron definitivamente, “Venita” dormía con ella, y era su juguete preferido. 

Paula y su madre en Alexanderplatz, Berlín Este, mayo de 1974. Crédito: Imagen cedida por Cristián Pérez

El tiempo va pasando, Paula junto con otros niños y niñas chilenas asistían a un internado para hijos de revolucionarios en la ciudad de Ivanovo. Durante nueve meses del año permanece en el colegio, y en junio regresa a su casa en tren. En la estación la esperaban sus padres con un ramo de flores, y enseguida cargaban las maletas en un taxi y partían al departamento de la calle Ukrainskaya N°8. Paula entraba corriendo al hogar, sin mirar a sus catitas, directo a su cuarto donde acostado la esperaba el oso de los ojos tristes. El rito se repite durante cinco años.

Paula, como todas las niñas, va creciendo: se interesó por la lectura, el deporte, el amor. El oso dejó de compartir su lecho, pero siempre está presente, vigilando desde una silla de su cuarto. Su imagen recuerda a la familia, como ninguna otra, que no están allí por su voluntad sino por la arbitrariedad de la dictadura militar. 

En la estación la esperaban sus padres con un ramo de flores, y enseguida cargaban las maletas en un taxi y partían al departamento de la calle Ukrainskaya N°8. Paula entraba corriendo al hogar, sin mirar a sus catitas, directo a su cuarto donde acostado la esperaba el oso de los ojos tristes. El rito se repite durante cinco años.

Paula vestida de huasa para el 18 de septiembre de 1977 en Zaporozhie, URSS. Crédito: Imagen cedida por Cristián Pérez.

En 1984, diez años después de la partida, las condiciones políticas han cambiado en Chile debido a las protestas populares. Su padre aparecía en la lista de los que pueden retornar. La familia decidió regresar porque “nosotros éramos exiliados políticos y no económicos, y mis padres consideraban inconcebible quedarse en la URSS si podían volver a su patria”. 

Una tarde calurosa de finales de junio de 1985, la familia comenzó el regreso. Es el momento en que once años de vida se desarmaron en un instante. Su mejor amiga soviética corrió por la estación llorando y haciendo adiós. “Vita se quedó parada en la punta del andén, y así es como la recuerdo porque nunca más la he vuelto a ver”, rememora. El destierro es doblemente cruel, se desarma la vida al partir, y se desarticula la vida que se ha construido en la patria adoptiva al retornar. Para una persona que salió siendo niña y regresa como adolescente es más inhumano. 

El viaje de retorno fue arriesgado, pues era la primera familia completa que vuelve a Chile directamente desde la Unión Soviética. En Zaporozhie se quedaron los recuerdos de la vida soviética: las fotos, los libros, cartas y objetos. ¿El oso? No. En un bolso especial, “Venita” también regresó a la patria de donde nunca debió salir. 

El destierro es doblemente cruel, se desarma la vida al partir, y se desarticula la vida que se ha construido en la patria adoptiva al retornar. Para una persona que salió siendo niña y regresa como adolescente es más inhumano.

En junio de 1985, Paula ya de 16 años llegó a Chile; la esperaba su abuela paterna. Santiago era “gris, frío, pobre y toda la gente se viste igual”, recuerda. A la familia no le es fácil la vida en su país. Vigilados por la CNI, con escasas opciones de trabajo y estudios, son largos años de inestabilidades y necesidades. Hubo frecuentes cambios de casas, donde el oso jamás se quedaba atrás, y la separación de los padres. El Chile soñado en las conversaciones del ostracismo en la URSS no existe. La solidaridad no es habitual, abunda la desconfianza especialmente con los retornados. Para estudiar hay que pagar y Paula tiene poco dinero, y sus problemas con el idioma producto del destierro limitaban sus posibilidades de ingresar a la universidad. Con dificultad consiguió una beca Fasic que le permitió cursar Fotoperiodismo en un instituto de la capital. 

Años más tarde, ya con el retorno de la democracia, Paula consiguió rearmar su vida después de tantas alteraciones. En una esquina de su departamento, sentado en su silla, “Venita”: el oso de los ojos tristes envejecido por los años es silente testigo de la grandeza de Tapani Brotherus, del dolor de niños y niñas que debieron partir al destierro y de la compleja reinserción en la patria que los vio nacer. 

*Cristián Pérez es historiador del CIP, Universidad Diego Portales.

Comentarios
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