Columna de Ernesto Águila: Plebiscito y elección de constituyentes: una sola contienda

Columna de Ernesto Águila: Plebiscito y elección de constituyentes: una sola contienda

El acuerdo del 15 de noviembre de 2019 que dio paso al plebiscito de entrada y al itinerario constituyente debe ser entendido como un mandato popular y no como la transferencia a la élite política de la responsabilidad de definir la nueva Constitución.

A medida que pasan los días resulta más evidente que el plebiscito del 25-O y la elección de convencionales constituyentes del 11 de abril de 2021 son una sola gran partida. Tanto es así que la Constitución del 80 puede morir la noche del 25 de octubre y resucitar el 11 de abril. 

Los sectores más lúcidos de la elite transversal del status quo así lo han comprendido y han optado por sumarse al Apruebo, intentando reducir el significado del plebiscito del 25-O (el arte de disimular la derrota), concentrando su energía en la elección de convencionales constituyentes del 11 de abril. Junto con ello, ir perfilando los contenidos de un nuevo texto constitucional, procurando la máxima continuidad con el existente.

La táctica elegida tiene algo de judo: no oponerse a la fuerza del adversario sino usar su fuerza para derrotarlo; no exponerse en el escenario más desfavorable sino concentrarse en el siguiente que parece más decisivo. El cálculo tiene cierta base: el bloque conservador está más unido para la constituyente que para el plebiscito; tiene relativamente claro cuáles son los contenidos a defender; posee, además, una cierta sofisticación que le permite identificar la “sala de máquinas” dentro de un texto constitucional y, por tanto, aquello que se puede conceder en términos retóricos sin soltar las “riendas del poder”. 

¿Significa que avanzamos de manera ineluctable hacia un escenario de mantención del status quo? ¿O que lo que viene es una trampa más que una oportunidad? En realidad, lo que va a ocurrir no está escrito en ninguna parte y dependerá de lo que se haga o se deje de hacer. 

Lo primero que se echa de menos en el campo opositor es una “estrategia constitucional”. Lo que se observa hasta ahora son vagos llamados a la unidad, un debate desordenado de contenidos, dispersión de las fuerzas y la ausencia de un núcleo dirigente capaz de liderar el proceso constituyente desde una perspectiva transformadora. 

El nudo principal parece ser la fragmentación y la falta de unidad del mundo social y político que empuja un cambio constitucional de fondo, es decir, de quienes buscan una genuina ruptura con la República neoliberal consagrada en la Constitución del 80. Frente a ello las invocaciones a la “unidad de todos” resultan vacías y estériles si no se aborda la profunda desconfianza que existe entre los actores políticos y, de manera más determinante, entre el mundo social y la elite política. 

¿Cómo abordar, en poco tiempo, un problema tan complejo y con un alto componente de subjetividad como es la pérdida de confianzas? No parece que exista otro camino que construir un acuerdo programático constitucional cuya legitimidad sólo puede provenir de su enraizamiento en el movimiento que el 18 de octubre de 2019 dio origen al actual proceso constituyente. De lo que se trataría, por tanto, es de elaborar y concordar el programa constitucional del 18-O. 

No es, por tanto, un acuerdo entre especialistas o directivas de partidos sino uno que nace de los contenidos y aspiraciones expresados en los cientos y miles de cabildos, reuniones y asambleas locales, territoriales y temáticas que se realizaron a partir del 18-O. Si los contenidos de este acuerdo no reconocen su origen ni se nutren de ese poder destituyente/constituyente que irrumpió el 18-O no será posible construir una unidad creíble ni superar la fractura entre lo social y lo político, principal fuente de la desunión y fragmentación actual.

En este sentido, el acuerdo del 15 de noviembre de 2019 que dio paso al plebiscito de entrada y al itinerario constituyente debe ser entendido como un mandato popular y no como la transferencia a la élite política de la responsabilidad de definir la nueva Constitución. El camino más corto para un fracaso del proceso constituyente es la consolidación del intento de buena parte del actual sistema de partidos de suplantar el poder constituyente del 18-O.

Pero, ciertamente no se trata sólo de definir contenidos constitucionales sino también de abordar el asunto de la representatividad de las listas de convencionales constituyentes. Este tema se suele abordar desde el tópico de los independientes. Ello conduce a equívocos porque independientes los hay tanto entre los partidarios del Apruebo como del Rechazo. Sin ir más lejos, los que redactaron la actual Constitución se autodefinían como independientes. El punto y el desafío es otro: conformar la lista unitaria de quienes quieren un cambio constitucional de fondo, expresiva del pueblo movilizado el 18-O, asumiendo y haciéndose cargo de que buena parte de ese movimiento no milita en partidos y recela profundamente de éstos. 

La pandemia ha reducido drásticamente las posibilidades de que el mundo social del 18-O pueda constituir listas propias. Se tramita un proyecto de ley que busca reducir las exigencias para la conformación de listas de independientes. De prosperar o no dicho proyecto, lo fundamental seguirá siendo la conformación del programa constitucional del 18-O y de una sola lista de convencionales representativa de ese proyecto. 

Si el mundo del 18-O finalmente no entra a la Convención Constitucional, y se queda mirando desde la calle, con una mezcla de indiferencia y rabia, la legitimidad y éxito del proceso constituyente se pondrá en cuestión, y la presión destituyente desde fuera de la Convención Constitucional será más intensa. 

La noche del 25-O debiera traer una importante noticia: el fin de la Constitución del 80 y con ello de la etapa histórica de la República neoliberal y de la democracia tutelada. La gran incongruencia de la estrategia conservadora es que la derrota del Rechazo a secas o del Rechazo camuflado como Apruebo significará que la voluntad popular se habrá expresado con claridad en favor de salir del marco constitucional actual. Intentar resucitar algo ya muerto por la soberanía popular conduciría a instalar una Constitución zombie que no resolvería la crisis sino más bien la ahondaría a poco andar. 

Si el mundo del 18-O finalmente no entra a la Convención Constitucional, y se queda mirando desde la calle, con una mezcla de indiferencia y rabia, la legitimidad y éxito del proceso constituyente se pondrá en cuestión, y la presión destituyente desde fuera de la Convención Constitucional será más intensa.

Pero ésta es una obra en dos actos. El desafío siguiente al plebiscito del 25-O es el 11 de abril de 2021. El 88 enseñó que se puede ganar un plebiscito y perder el posplebiscito. La clave del actual momento político radica en la capacidad de articular tanto en términos programáticos como de candidaturas al pueblo del 18-O. Ello implica reconstruir en poco tiempo los nexos de confianza entre el mundo social y político. No parece sencillo, pero no se vislumbra otro camino.


*Ernesto Águila es analista político y académico de la Universidad de Chile.

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