Alfredo Castro, actor: “Lo he pasado pésimo”

Alfredo Castro, actor: “Lo he pasado pésimo”

Tras el estreno de “Tengo miedo torero” se ha llenado de halagos por su actuación. De todos modos, su año ha sido traumático. El Teatro La Memoria, del cual es propietario, sigue cerrado. Le cuesta generar recursos. Está angustiado por la política, por Chile, por el mundo. Y no ve salida.

Este martes, durante la mañana, Alfredo Castro, el actor, cometió una audacia: después de casi doscientos días de encierro, salió bruscamente de su casa por al menos dos horas. Tomó un vehículo y, atónito, cruzó la ciudad con cara de extranjero. 

Se dirigió a grabar unas cápsulas ideológicas en favor del Apruebo. Su viaje lo realizó en perfecto estado de salud, con su habitual aspecto de hombre sin edad, pero su ánimo estuvo vulnerable.

-Sentí miedo.

Es, según parece, el miedo del torero. Ocurre que últimamente, Alfredo ha estado muy emocional. La pandemia y el éxito de la película que protagoniza, “Tengo miedo torero”, el hit de Pedro Lemebel, lo han descompuesto. La pandemia lo tiene empobrecido y el éxito tal vez lo tiene abrumado. De manera que Alfredo Castro está encerrado desde el 15 de marzo con los nervios de punta. Y con ese cuadro sicológico salió a la calle.

-Sentí terror y a la vez me emocioné.

-¿Qué le emocionó?

-Lo que iba viendo. Todo. Y, bueno, vi poquísima gente.

Y entonces murmura enigmáticamente:

-Uf. La ciudad…

La pandemia y el éxito de la película que protagoniza, “Tengo miedo torero”, el hit de Pedro Lemebel, lo han descompuesto. La pandemia lo tiene empobrecido y el éxito tal vez lo tiene abrumado.

Ha llegado tan sólo hace unos minutos desde su encuentro con la urbe, con la ciudad a medias. Respira agitado, como si se hubiera topado de frente con un estornudo. Y entonces recuerda que cuando llegó a ese estudio una maquilladora se le lanzó al pómulo armada estéticamente con un algodón; Alfredo opuso resistencia, retrocedió y se llevó a cabo una pugna sanitaria: maquillarse y exponer al actor al contacto físico o no maquillarse. Finalmente Alfredo salió victorioso y fue filmado con ojeras.

-¿Cómo lo ha pasado este tiempo?

-Pésimo. Ha sido espantoso. Recién salí hoy día… Ah, bueno, el otro día fui a ver mi teatro…

-¿Y qué vio?

-Tristeza.

Alfredo es dueño del Teatro La Memoria y, desde hace seis meses, todas las mañanas despierta con el ceño fruncido: el teatro está cerrado y abrirlo por una sola jornada tiene un costo mínimo de 400 mil pesos. 

Alfredo grita: “¡Ni cagando puedo pagarlo!”. Alfredo vendió una casa y una camioneta para levantar ese teatro. Alfredo se está arruinando por el arte. Hoy rasguña el sustento con el seguro de cesantía y talleres on line (“Es interesante por la democratización que se produce: tengo alumnos de Vitacura y otros de regiones sin recursos”). 

Admite que sacó el 10% de la AFP sin tanto jolgorio: la AFP le calculó su pobreza y su futura pensión será de 130 mil pesos.

Alfredo grita: “¡Ni cagando puedo pagarlo!”. Alfredo vendió una casa y una camioneta para levantar ese teatro. Alfredo se está arruinando por el arte. Hoy rasguña el sustento con el seguro de cesantía y talleres on line.

-Entonces -continúa- ese día que fui al teatro me paré en el escenario. Estaba solo…

-¿Qué hizo?

-Miré el vacío. Todo vacío. Para uno que es actor eso es muy desolador.

-¿Y cómo están sus colegas?

-Hay once salas de teatro que están en la calle. Hay gente que está en la ruina, pero no lo dice…

-¿Entonces cómo lo sabe?

-Porque veo que ponen avisos diciendo: “Vendo cámara fotográfica”. O: “Vendo esta chaqueta de cuero”. No es explícito, pero está pasando. Es la vergüenza de la precarización.

-La gente piensa que usted tiene un buen pasar…

-Todavía hay imbéciles que me gritan: “¡Y todos los millones que ganó en la tele!”. Es porque no saben…

Se despeina, alza un brazo. Vemos aquí, desde Zoom, a una leyenda de 64 años con nerviosismo. Vemos al padre de Agatha, su única hija, la heredera, y a quien debe pagar sus estudios.

Aquí está el Frula, el Lazlo, el Tony Manero, el hallazgo que la crítica internacional elogia por su actuación en “Tengo miedo Torero” y que actualmente no ve salida. Aquí, totalmente estresado, se encuentra nuestro Al Pacino.

“Todavía hay imbéciles que me gritan: ‘¡Y todos los millones que ganó en la tele!’. Es porque no saben…”.

-Cómo no vamos a tener rabia en Chile- murmura-, si en el poder hay gente incapaz de hacer algo. Si uno ve en la televisión a payasos como Lavín y Vidal.

Alfredo grita:

-¡No hay dignidad! ¡Es como si el otro no existiera!

-¿No le gusta Piñera…?

-Está tan loco. Para mí, él es como una Primera Dama de Chile, digo, pensando en los que creen en esa figura.

-¿Por qué sería una Primera Dama?

-Se dedica a cortar cintas, a entregar cajas, qué sé yo…

Ante la consulta de cómo ve el futuro, Alfredo comprime su decepción y sólo dice una palabra: “Peor”. Piensa que el planeta agoniza. Se acaba el agua. Estalló la rabia en todos los continentes. Proyecta una ola mundial de infelicidad.

-Perdone- interrumpe el reportero, parcialmente asustado-, lo noto frágil, Alfredo…

-¿Yo?

-Lo noto en el suelo- insistimos, serios.

Castro suelta una carcajada que, a juicio del reportero, resulta excéntrica.

-Naaa- revela Alfredo-…¡Yo siempre soy así! ¡Soy un enfermo de la sensibilidad! 

-¿Qué implica eso?

-Ser intenso, expresivo…jajaja…

-Jajaja…

El momento es simpático: Alfredo ríe porque sí y el reportero ríe porque sí. En Zoom estallan dos carcajadas sin asidero. Alfredo dice que a veces es risueño y que otras veces es apagado. A veces grita, en otras se encapsula. Es dramático. Se pone nervioso antes de actuar, imagina que se le olvidará el libreto. En cada película, afirma, empieza de cero. Y así, con toda seguridad, ocurrió con Tengo miedo torero. 

-Estoy feliz por Pedro Lemebel- afirma con otros ojos. A Alfredo esta película le cambió la mirada.

Pedro El Grande

Pedro Lemebel, al parecer, odiaba a Alfredo Castro. Hace años Pedro y Alfredo vivían muy cerca, en un sector plagado de inteligentes, y se topaban en el barrio. Cuando eso ocurría, ambos inmediatamente cruzaban a la otra vereda. 

-Yo me sentía como una rata frente a Pedro. Una miserable rata que trabajaba en teleseries- confiesa Alfredo. 

Pedro solía vagar por las calles en compañía de intelectuales. Críticos literarios, poetas de rulos, narradores del futuro, posmodernistas, todos fumando y a las risas. Alfredo los veía y se sentía ridículo por trabajar en televisión, memorizando diálogos sin espesor. En ocasiones, Pedro y su grupo pasaban al lado de Alfredo Castro y ahí el escritor exclamaba:

-¡Miren, amigos, ahí está el actor, jajajaja! 

Y la tropa lo secundaba: 

-Jajaja, sí, el actor.

Y Alfredo Castro agachaba la cabeza, acomplejado.

Un día, eso sí, Lemebel llamó a Castro y lo invitó a un programa de radio. Alfredo atacó al instante.

-Para qué me invitas…si yo te caigo como el pico- le dijo frontalmente.

-Pero mi mamá te adora- le dijo Pedro, inmutable.

Desde entonces se hicieron amigos.

Y tiempo después, en una borrachera, con las neuronas bañadas en pisco sour, entre brindis, Pedro Lemebel nominó a Alfredo Castro como el actor que debería encarnar a La Loca del Frente, la protagonista de “Tengo miedo torero”, la persona que se enamora de un guerrillero.

“Yo me sentía como una rata frente a Pedro. Una miserable rata que trabajaba en teleseries- confiesa Alfredo”. 

-Y era un tremendo desafío- añade el actor.

Y, en fin, luego de quince años, de disputas por los derechos, de traslado de productoras, de ira, celos, de perder en el Fondart, la película se lleva a cabo bajo la dirección de Rodrigo Sepúlveda y narra la historia entre un travesti y un galán con acento mexicano que posee ideas revolucionarias.

-Yo creo que Pedro Lemebel estaría contento con los resultados- asegura Alfredo.

-¿Qué tipo de estado de ánimo le genera este éxito?

-Emoción. Me emociona. 

-Lo intuía…

-Es que además de interpretar a un personaje clave en la historia de nuestra literatura, siento que ahora la Loca del Frente será el rostro de los desplazados.

La emoción, a su vez, también es matemática: en dos días logró 170 mil espectadores. Ya es la segunda película más vista este año en Chile. Alfredo, por su parte, es tildado de titán por la prensa extranjera. Lo elogian en España y en Francia. El actor, luego del hundimiento psíquico de los primeros meses del año, vuelve a la gloria y con alegría lanza una frase que ya parece refrán:

-Esto le hará bien al cine chileno.

-¿Cómo era Pedro Lemebel?

-Un tipo brillante. Una personalidad única. Pedro era el escándalo, el talento. Era el que trató de besar a Ricardo Lagos, el rebelde, el que hizo relevante a muchos que vivían en silencio. Pedro son todas sus crónicas. Sus textos de amor, las novelas rosas. 

-¿Sintió presión, Alfredo?

-¿Presión de qué?

-De estar a la altura de lo que Pedro Lemebel veía en usted…

-Yo sentía la presión de la comunidad LGBT. Me tenía nervioso el que no les gustara.

-¿Les gustó?

-Sí…

Y Alfredo dice que Pedro es Pedro, Pedro es el Zanjón de la Aguada, Pedro es conciencia social. Él, Pedro, asegura, siempre supo de dónde venía. 

-¿Qué pensaría Pedro Lemebel del Chile actual?

El actor suspira, teatral. Se rasca la cabeza.

-Pedro estaría furioso. 

-¿A qué se refiere?

-Estaría enojado, pero a la vez estaría orgulloso que hoy todos estén hablando de La Loca del Frente. Y todos hablan con admiración de Pedro, menos la derecha.

“Pedro estaría enojado, pero a la vez estaría orgulloso que hoy todos estén hablando de La Loca del Frente. Y todos hablan con admiración de Pedro, menos la derecha”.

Yo no les creo

-¿Y usted, Alfredo, está indignado?

-Muy indignado- responde secamente.

-¿Qué lo indigna más?

-Es todo…¡todo! 

-¿Habrá un Estallido Número 2?

-¡De todas maneras!

-¿Usted quiere que haya paz?

-Pero que primero haya justicia- afirma con claridad.

-¿Cuáles son sus causas, Alfredo?

-Educación, acceso a la cultura, salud.

-¿Qué opina de los encapuchados?

-Mira, hay chicos que van fuerte, pero, detrás de ellos venimos varios pelotudos que protestamos tranquilos y estamos en otra.

-¿Es partidario de neutralizar al encapuchado?

-Ese es un rollo ético bien complejo…

Y queda pensando.

Este hombre pasa la vida confeccionando pensamientos. Uno de ellos es rotundo: “No creo en ningún político”.

-¿Ninguno?

-Ninguno. No creo en ellos.

-¿Cree en el plebiscito?

-Sí, claro. El Apruebo es el camino.

-¿Le gustaría ser constituyente?

-Claro que sí.

-¿Y le gustaría ser político?

-No. Porque yo los mataría a todos.

“Claro que me gustaría ser constituyente”.

Y de pronto Alfredo pone otra vez esa cara de melancolía. Revela que está enojado porque días atrás, en una postulación a un fondo, le exigieron adjuntar cinco cartas que acrediten que él, Alfredo Castro, actor profesional desde hace cuarenta años, es un actor profesional desde hace muchísimos años. 

“Imagínate que Tito Noguera deba hacer eso mismo…no tiene sentido”, se agita. Se angustia otra vez y eso no es sorprendente: ocurre que Alfredo es un angustiado con pergaminos. Asiste a terapia desde los doce años.

-Fui un niño muy solo en medio de una familia muy feliz.

-¿Sus padres eran bohemios?

-No, no. Pero nos criaron en completa libertad.

-¿Le hicieron bullying?

-Muchísimo…

-Lo siento, Alfredo.

-Mucho… Me molestaban porque siempre estaba solo.

-¿Por qué estaba solo?

-Porque no me era fácil hacer amigos.

Pero creció. El niño que se escondía en todas partes, como si todos los días buscara desaparecer, comenzó a expresarse en los escenarios.

-Sí- afirma Alfredo-…algo de mi niñez tengo que tomar en mis roles…

Hay una pausa.

Alfredo pregunta:

-¿Estoy muy loco, huevón?

-Noo…

-Es que es por ser tan sensible. Por algo soy actor.

-Ahora se le ve mejor, Alfredo…

-¿Si?

-Sin duda. Está con otro color.

-Si yo no estaba tan mal…

-Ya volverá a abrir su teatro, Alfredo.

-Gracias, pero… no sé… ¿sabes lo que yo tengo ganas? 

-¿Qué?

-Que ocurra lo que recito en una obra, un extracto de una película que dice: “Yo no quiero realidad. Yo quiero la fantasía”.

-Inspirador- opina conmovido el reportero.

Pero creció. El niño que se escondía en todas partes, como si todos los días buscara desaparecer, comenzó a expresarse en los escenarios.

Alfredo sonríe. Le ha vuelto el brillo al héroe de las tablas, a Al Pacino de Providencia. Y ahí afirma, resignado: 

-Es que hoy fue un día duro. Hoy salí a la calle después de mucho tiempo…

-¿Y qué cree que le pasó?

-Hoy, amigo, tuve un exceso de realidad- y se queda mirando la pantalla fijamente, sin cortar, como si se fuera a instalar allí un día entero. Haciendo nada, esperando a que todo pase.

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