Adelanto de libro: El Negro Palma. Retorno desde el Punto de Fuga

Luego de la reaparición de Ricardo Palma Salamanca en Francia tras 20 años en la clandestinidad, el periodista Tomás García lo contactó para entrevistarlo como parte de tesis. Así fue como nació el libro “El Negro Palma: Retorno desde el punto de fuga”, publicado por Ceibo Ediciones.

CAP. V. “EVADIDOS”

LA RUTA DESPUÉS DEL HELICOPTERO

Cuando los cuatro frentistas cruzaron finalmente la Cordillera de los Andes, ocultos para no ser descubiertos por los guardianes de la frontera, pudieron por fin sentir algo de calma. Un minúsculo alivio que, con el paso de las horas, se agigantó. Porque una vez en Buenos Aires tendrían la suerte de reencontrarse con viejos compañeros de armas –y por qué no, de amores y dolores-, dispuestos a refugiarlos frente a la adversidad que es inherente al título de “fugitivos”. Fue entonces cuando Ricardo volvió a verle el rostro a su vieja compañera. Se reencontraron con Miska, pero no fue momento de regresar a una relación que había terminado meses antes que cayera El Negro, ni menos de conversar sobre pendientes que en algún momento fueron urgentes. Ya habría tiempo para darle rienda suelta a charlas inconclusas. Por esos días, la mayor preocupación, al menos para Ramiro, era sacar a sus “hermanos” del país transandino ante eventualidades que pudieran llevarlos a todos de regreso a la cárcel. Además, Hernández estaba convencido que, en algún sitio, la lucha popular puesta en pausa por la cárcel debía continuar. 

Con ese argumento comenzó una larga ruta que los trasladó hasta La Habana, para luego que el gobierno cubano se enterara de su ingreso con pasaportes falsos, fueran despachados con urgencia desde la isla. Si se llegaba a confirmar que los fugitivos chilenos estaban efectivamente allí, y que llevaban cerca de tres meses en Cuba, se desataría un gran problema para el país que había retomado hacía poco relaciones diplomáticas con Chile. Al menos, el Chele se encargó de darles a elegir un nuevo destino y así varios frentistas se fueron con Ramiro a México. Miska, en cambio, le tomó la mano al Negro y convenció a Gutiérrez Fischmann que el mejor lugar para ellos sería Buenos Aires. Allí comenzó la nueva vida de ambos.

Ricardo Palma Salamanca junto al comandante Salvador, tras el escape de la CAS.

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Brzovic Pérez conocía la ciudad. Había vivido por cerca de cuatro años en la capital argentina y había tenido que hacerse una rutina para sobrellevar la clandestinidad estando lejos de sus amigos y familiares. Tras su salida del país, Miska tomó algunos talleres de danza y más tarde cursó clases de periodismo, oficios que, dice ella, le sirvieron en el futuro. “Leí mucho también, y viví con diferentes militantes que me daban esperanza de que todo iba a cambiar. Al final, los compañeros que era simples compañeros, se transformaron en una verdadera familia”, afirma Silvia. 

Un año después, se instaló junto a Ricardo en un pequeño departamento del barrio Vicente López, al norte de Buenos Aires. Por esos días, El Negro todavía no perdía el miedo de volver a la cárcel. Estaba inquieto, ansioso, temía que de un tirón lo montaran en un auto para luego regresarlo a las entrañas de La Bestia. Sí, una vez más. Y era difícil controlar todo eso; a veces, incluso, dice Ricardo, le aterraba salir de la casa. Quizás por esa razón, la tarea que le encargó Ramiro mientras se sumergía en las cristalinas aguas cubanas le sirvió para distraerse y, de a poco, retomar su vida. 

– ¿Te das cuenta lo que me acabas de pedir? – le preguntó El Negro a Ramiro cuando éste se lo propuso-, escribir un libro es como parir, y lo único que yo he hecho es moldear unos cuantos versitos de dudosa calidad.

-Sí, lo sé… Salimos de ahí y ya podemos hacer cualquier cosa, incluso escribir un libro, -lo alentó Ramiro.

Sin muchas expectativas, pero con urgente necesidad, Hernández le pidió al Negro escribir la historia del Frente y, particularmente, de la operación Vuelo de Justicia, a la que él y sus tres compañeros le debían la libertad. Había sido una acción épica, digna de los libros de historia, pero Ramiro creía que el relato rodriguista no podía hacerlo cualquiera. Tenía que escribirlo alguien que hubiera vivido y cargado con los contrapesos de una lucha ya extinta. Se sabía que El Negro era un buen lector, y cierto manejo tenía en la escritura probada en la revista Incesto, así que calzaba con el papel de cronista. La verdad de las cosas es que entre los frentistas no había mucho para regodearse. La rutina que mantuvo Palma duró varios meses: escribía por la mañana, encerrado en una pieza; a la hora de almuerzo salía a comer y luego volvía a sentarse frente al computador. “Fue una etapa algo mágica”, recuerda Miska, pues mientras El Negro escribía su primer libro, ella cuidaba de su primer embarazo. De hecho, cuando el manuscrito llegó a Santiago para ser publicado, Miska estaba casi a punto de dar a luz a su hijo.

Te das cuenta lo que me acabas de pedir? – le preguntó El Negro a Ramiro cuando éste se lo propuso-, escribir un libro es como parir, y lo único que yo he hecho es moldear unos cuantos versitos de dudosa calidad.

El libro El Gran Rescate -que originalmente se titulaba Desflorando al Viento, aunque por “motivos comerciales”, dice él, este nombre terminó secundando al título-, causó el vitoreo de algunos y el rechazo de otros. Como “muy lúdico” lo calificó el ministro Lamberto Cisternas, a cargo de la investigación de “la fuga del siglo”. A la derecha, en cambio, no dejó de escandalizarle que el asesino de su emblemático líder, Jaime Guzmán, anduviera de literato por el mundo.

Sin embargo, y pese a que el libro sacó a relucir la victoria del Frente, Ricardo y Silvia estaban más bien hastiados. Hacía meses que rondaba en sus cabezas la idea de irse de allí y buscar otros rumbos, alejados de la militancia, de la política dura, de los riesgos que no podían correr con un bebé que ya mamaba en los brazos de Miska. Entonces, aceptaron la oferta de Marcela Mardones y Raúl Escobar, hecha a través de un correo electrónico, y se marcharon sin avisarle a la Dirección Nacional hacia su nueva casa: San Miguel de Allende, México.

EL TESORO SE QUEDÓ EN MÉXICO

Cuando le comenté al Negro que quería conversar sobre su vida en México, me dijo que tenía que hablarlo con Miska primero. Que era una decisión de ambos; que había que darle una vuelta antes de hacer pública la “otra parte” de sus vidas. La desconocida. Ese capítulo en el que no eran Ricardo ni Silvia, tampoco chilenos, sino que mexicanos nacidos en Puebla. El capítulo donde no tenían familiares que presentar porque habían muerto, mexicanos como cualquier otro mexicano, y que básicamente así versaban sus vidas. No había más. ¿Quién iba a ponerlo en duda? Hasta el día de hoy su hablar suena chilango. 

El asunto lo zanjó Miska: no iban a referirse a su vida en tierras mexicanas. “Es el mayor tesoro que tenemos y no lo quiero revelar”, me aclaró antes de tomarse el último sorbo de té cerca del barrio Le Marais. “Fue lo mejor que nos pudo pasar”, agregó, “era la oportunidad de reinsertarnos en lo social; nadie sabía nada de nosotros y entonces partimos desde cero”. Tuve que conformarme. Aun así, El Negro habló sobre un aspecto importante de esa nueva vida: la identidad. Plantarse como otra persona en otro lugar del mundo.

– ¿Cómo creaste a Esteban Solís Tamayo, fotógrafo? ¿Fuiste realmente otro?

-No realmente. El civil, a diferencia de las personas que tienen formación militar, ve la identidad de una forma determinada. Yo tuve que reconstruir ese tipo de existencia. En este tipo de vida los detalles dejan de ser trascendentes. Todo puede ser intrascendente. En la vida civil, el rollo nominativo es muy importante. Para mí dejo de ser así a mis 16 años. En esta vida [la clandestinidad] no tiene ninguna importancia; la identidad es cómo te planteas ante el mundo. No es convertirte o no en otra persona. 

– Pero tenías que relacionarte de todas formas con los mexicanos. Incluso, me imagino, existía la posibilidad de toparte con algún chileno…

-En lo personal éramos los mismos y teníamos una rutina normal. Tenían que ser historias cortas, de memoria rápida. Yo no me relacionaba con todo el mundo y las personas que me conocían nunca me cuestionaron. Es típico que te pregunten por tus hermanos, tus tíos o tus padres. Yo, en cambio, tenía que construir una historia rápida para contestar todo eso. Sin embargo, me fue sencillo. Había chilenos que vivían ahí y yo me relacionaba con ellos, pero claro, existía el temor que pudieran reconocerme. Me movía con recato y vivíamos una vida completamente normal. Aunque, claro, siempre existía el bicho de encontrarte con alguien que habías conocido antes. 

– Y si alguien hubiera gritado tu nombre, ¿sabías cómo reaccionar? A Galvarino Apablaza le pasó en Argentina que cuando la policía gritó su nombre para detenerlo, ni siquiera dio la vuelta, pues hacía años que había dejado esa identidad atrás. 

-Algo así me pasó en un país, pero no te diré en cuál. Una vez me pareció ver a Esteban Zabala, mi amigo, y me dio terror. Para mí era una situación de peligro, así que me metí rápido en un supermercado para despistarlo. Cuando lo vi hace poco le pregunté si es que había sido así, pero me dijo que no había andado en esos lugares por esos años. Probablemente fue una persona que se parecía mucho, pero a mí me aterraba esa posibilidad. Ese sí que era un temor permanente.

Tomás García Álvarez es el autor del libro “El Negro Palma. Retorno desde el Punto de Fuga”, de Ceibo ediciones.

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Adaptarse a París no ha sido sencillo para ningún miembro de la familia Palma Brzovic. En San Miguel de Allende tenían una vida hecha que rodaba como cualquier otra. Con inconvenientes y alegrías, claro, con ferocidad y felicidad al mismo tiempo. Empezar de cero nunca es fácil. En México, mientras el miedo al presidio comenzó a esfumarse y El Negro y Miska -ahora como marchanta de arte- aprendían los códigos para moverse en la ciudad colonial, la nueva vida fue madurando. Tomando color mientras criaban a su hijo mayor y, años después, también a su pequeña hija. Viviendo alejados de la experiencia política que marcó sus vidas.

A principios de los dos mil, cuando tuvieron que buscar una alternativa escolar para el primero de los dos “animales” -como Ricardo se refiere con cariño a sus hijos-, dieron con la Escuela Carrusel. Fue allí donde conocieron a la periodista y dramaturga Mónica Hoth, a cuyo hijo Bruno le tocó ser compañero del hijo de Emilio y Marcela, y del de Ricardo y Silvia. Claro que para ella los apoderados no se llamaban así. De hecho, recién supo sus nombres reales cuando volvieron a ser ellos, los de antes. Para Mónica eran Ramón y Patricia, Esteban y Pilar. Dos parejas aparentemente inseparables, con intereses comunes, pero también con distinguidas diferencias. 

En Ramón y Patricia relucía un sentido “social” y de “servicio”, que en varias oportunidades desembocó en trabajo comunitario, incluso años después en la conformación de una escuela de pedagogía Waldorf llamada Árbol de Vida. Pilar y Esteban, en cambio, preferían estar al margen de la actividad social. Eran recatados, un tanto distantes, y su mayor preocupación eran sus hijos. “Se les veía plenos con ellos. Eran muy amorosos, muy amorosos, totalmente. Recuerdo haber visto a Pilar muy feliz cuando estaba embarazada. Eran muy cercanos a sus hijos, los querían mucho y lo demostraban”, recuerda Hoth. 

Sobre la pareja, dice la dramaturga mexicana, hay algo más: quien siempre llevaba la batuta era Pilar. “Esteban no era de mucha iniciativa. Al menos yo percibía que Pilar era la que determinaba lo que se iba a hacer y lo que no, desde cambiar el garrafón de agua hasta salir a comprar algo. A ella se le veía aterrizada, en cambio Esteban era más melancólico”, sentencia la mujer de cabello canoso que destaca en el circuito cultural san miguelino.

 Algo parecido ocurría con Emilio: a ojos de Mónica Hoth, cuando invitaba a ambas parejas a su casa, percibía una gran complicidad entre Esteban y Ramón. Una amistad, si se quiere. Tal vez una hermandad -en clave frentista- que se traducía en bromas de un lado a otro y que también tenía ese qué, propio de la relación de hermanos donde hay uno mayor y otro más pequeño, y donde uno sigue al otro. En este caso, Esteban seguía a Ramón. Pero no era una relación de subordinación. No era que Emilio comandara a Ricardo. Nada de eso. Pero sí había en esa amistad un acompañamiento permanente, una influencia, un sostén entre ambos. Se habían cuidado las espaldas mutuamente y coordinado para cazar a los criminales de lesa humanidad. Y esa complicidad se proyectaba en esa nueva y clandestina  vida en libertad.

– ¿Cómo era tu relación con Emilio? -Le pregunté al Negro en uno de nuestros encuentros.

“Él es una muy buena persona, pero es un delincuente”,  lanzó de primera como un dardo, muy parecido al que recibieron varias otras personas que fueron o siguen siendo parte de su vida. Dice desconocer su real participación en los casos de secuestro que se le imputan en México, por los cuales la Fiscalía General del Estado de Guanajuato lo condenó a una pena de sesenta años de presidio. Aclara, eso sí, que le tiene respeto. “Estuvimos juntos hasta el final, porque sabíamos que podíamos contar el uno con el otro. Era muy intuitivo, pero tapaba muchas cosas. Yo lo dejé de ver dos años y medio antes de aparecer en Francia. Él ya no me hablaba, se había enojado por algo y su incapacidad emocional le impedía reparar sus relaciones. Era inflexible y se notaba que venía de la escuela de Ramiro. Y, sí, es una gran persona… pero lo que pasa es que es emocionalmente escurridizo, ¡y un mentiroso!”.

En una entrevista otorgada a la revista mexicana Proceso, respondida por Escobar Poblete en formato de cuestionario por su desventajosa condición de prisionero, el exfrentista dice algo parecido acerca del Negro. Habla acerca de la “inestabilidad” y eventos no resueltos que le desordenaban la vida a Ricardo, y que desde muy joven “arrastraba una serie de frustraciones, indecisiones y traumas por situaciones familiares, sin haber encontrado alguna terapia que hubiera sanado ese cuadro psicológico”. Como sea que fuere, y aun cuando ambos de modo cruzado ventilen supuestos desequilibrios, lo cierto es que se mantuvieron juntos durante un buen tiempo. 

“Estuvimos juntos hasta el final, porque sabíamos que podíamos contar el uno con el otro. Era muy intuitivo, pero tapaba muchas cosas. Yo lo dejé de ver dos años y medio antes de aparecer en Francia. Él ya no me hablaba, se había enojado por algo y su incapacidad emocional le impedía reparar sus relaciones. Era inflexible y se notaba que venía de la escuela de Ramiro. Y, sí, es una gran persona… pero lo que pasa es que es emocionalmente escurridizo, ¡y un mentiroso!”.

En San Miguel de Allende, Emilio montó una revista de deportes llamada Deportivo San Miguel y luego otra llamada Espiral, en la que Esteban Solís Tamayo colaboraba con fotografías y, de vez en cuando, con algún texto de su autoría. En la edición de noviembre de 2012 se puede leer un artículo acerca de una organización campesina de mujeres dedicadas al cuidado de la tierra. En él, El Negro anotó: “Me gustó aquello sobre la conciencia de la tierra. Es una consigna efervescente (…) Eso es cultura, pienso, una construcción de sentido en constante transformación. Nuestros hijos, a los que alimentamos, a los que mitigamos su sed, han crecido en una zona de contaminación de las aguas profundas, que debemos limpiar”. Junto al texto, se ve un par de fotografías de las mujeres dedicadas a la apicultura, la agricultura y la vida comunitaria.

– ¿Te acuerdas de la revista Espiral? … Por esos días estabas cerca de Emilio, -le dije.

– ¡Puf!… Esa revista era una mierda. No lo que escribíamos, pero sí la idea que tenía Emilio cuando le dio con todo eso de la espiritualidad. En todo caso, debió haberse dedicado a eso el hueón. Nos salvamos muchas veces, pero mira las contradicciones de la vida: él me salvó cuando me sacó de la cárcel, y al final me cagó porque terminé apareciendo de nuevo.

ESTEBAN SOLÍS TAMAYO

Cuando conversé con la periodista mexicana Ana Luz Solís, del portal Web News San Miguel, me dijo que los exfrentistas habrían comprado sus nombres. Nombres que en el pasado le habrían pertenecido a dos niños muertos en Puebla; nombres que finalmente terminaron cargando los fugitivos chilenos. Pero esa información terminó no siendo real. Lo desmintió Emilio en su entrevista a la revista Proceso en abril de 2019, y lo aclaró también Ricardo sentado en un café de París. Su nombre mexicano tenía una razón de ser: Esteban, por su amigo Esteban Zabala; nacido el 4 de julio, por su amigo Ignacio Iriarte, Cururo.  Y podría decirse que ambos fueron los únicos que lo acompañaron más allá de los recuerdos. Estuvieron con El Negro en esa nueva identidad inventada mediante la fotografía que se llevó el día que lo rescató el helicóptero, la misma que terminó adornando el velador de su habitación en San Miguel de Allende.

– ¿Te llevaste la foto cuando escaparon de México?

-No alcancé a llevarme casi nada. Fue tan rápida la salida que tuve que dejarla ahí. Al menos sé que alguien la guardó y que está a salvo.

El Negro me comentó que esa foto era importante para él. En ella estaban sus amigos, sus mejores amigos.  Era de los pocos recuerdos físicos que tenía sobre su vida en Chile. “En ese, tu país”, me dijo con ironía, tal y como lo hizo cada vez que habló sobre Chile. Me dijo también, después de acomodar el bolso de su cámara Canon y pararse para ir al baño, que la fotografía siempre ha sido su pasión. Por eso, cuando se montó esa nueva vida, retomó la segunda arma que había dejado pausada antes de caer en prisión en 1992. “Hubo un momento en que el Frente me dejó de mantener, o sea, cuando deja de existir y ya no me mantiene. Y lo único que sabía hacer era tomar fotografías. Dentro del circuito fotográfico me reconocían porque decían que era un buen fotógrafo. Muchas veces también tuve que tomar fotos en matrimonios, porque eran bien pagadas. ¡Pero me cagaban las fotos de matrimonio!”. 

– ¿Y qué te gusta fotografiar? – le pregunté, recordando las fotos que alguna vez vi en una actividad de amigos y familiares por el asilo político.

– Me gusta el arte de difuminar la realidad y que no haya una preponderancia de un elemento por sobre otro. Por eso no me gusta fotografiar a personas, y por eso desenfoco mi fotografía, para que haya un concepto de totalidad, de colectivo, más que destacar una particularidad. Desde que aparecí, me dicen que mis fotos tienen un contrapicado que permite establecer una relación entre el cielo y la libertad. Yo no lo había pensado, pero me hace sentido. 

Recurrentes se hicieron las tomas al cielo cuando Esteban Solís comenzó a trabajar con drones. Esas aeronaves que parecen pequeños helicópteros y que hoy por hoy utiliza la policía para fotografiar desde las alturas lo que sucede aquí abajo. Claro es que en los tiempos en que Palma protestaba por el fin de la dictadura no había nada de eso. El asunto es que Esteban trabajó con drones en producciones audiovisuales mucho tiempo después de prenderle fuego a varias micros por allá por los años ochenta, y mucho después de escribir su segundo libro en el que cuenta algo de eso: de las protestas, del fin de la dictadura, de la guerrilla en El Salvador, de la transición cuando llegó Aylwin al poder. El protagonistas de ese libro es Vasco, un frentista escéptico de los tiempos, de las banderas, de las consignas que adornan las victorias antes siquiera de alcanzarlas. Y resulta que muchos de los pensamientos del personaje parecen ser sus propios pensamientos. Después de conversar con él y luego de retomar su libro, aquella similitud parece una certeza: Vasco es Palma. Cuando le pregunté por qué su segundo libro se llama Una Larga Cola de Acero, Ricardo me respondió que era una suerte de “analogía” que reunía dos cosas: todo lo vivido en su vida militante y un simbolismo de su vida familiar. “De chico, mi papá compraba figuras de acero y yo las odiaba. Me críe con un pescadito que tenía una cola que se movía. De ahí viene el nombre una larga cola de acero”.

Esa fue la primera y única vez que escuché salir de su boca algo relacionado con su padre. Y no volvería a hablar de él, si es que no era en genérico. Siendo parte de ese gran paquete familiar que enterró ante la eventualidad de volver a caer. “Para mí estaban todos muertos, no en el sentido físico, sino que en lo simbólico. Y esa fue una decisión mía para poder seguir viviendo. Mi familia se iba a transformar en un riesgo y yo no iba a arriesgar mi libertad por ver a un familiar”, confiesa Palma sin inmutarse.

– ¿Y qué hay de tu mamá? Ella era muy cercana a ti…

– Sí, pero creyó ser mi portavoz y me transformó en un héroe. Todo eso fue un error, porque yo no le di el derecho de hacerlo. Yo era un mocoso que participó en la lucha contra la dictadura y en la transición, como cualquier otro. No soy ningún héroe. Cuando nacieron mis dos “animales” me di cuenta que hay que poner ciertos límites para que no hagan ciertas cosas. Conmigo no fue así.

Un par de meses antes de escucharlo decir eso, Mirna me había dicho que ella nunca pretendió influir en la vida del Negro, ni en la de ninguna de sus hijas. Las cosas se dieron así porque simplemente no pudo evitarlas. Sabían que militaba en el Partido Comunista, la veían moverse por una causa que ella llama “la de todos los chilenos”, pero jamás, jamás, dice Mirna, les dijo a sus hijos cómo tenían que hacer las cosas. 

-Nada de eso de que yo era la jefa y cuestiones por el estilo. Yo, en todo el cuadro de vida de un muchacho, estaba ahí. Era su mamá. No fui la impulsora ni estimulé deseos de madre en ninguno de ellos. Fueron decisiones personales de cada uno. Yo dejé que los tres hicieran lo que sentían que tenían que hacer, sin presionarlos a meterse en nada-, asegura categóricamente Mirna.

Titulo: El Negro Palma
Editorial: Ceibo
Autor: Tomás García Álvarez
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