#14deFebrero: Cuatro historias para seguir creyendo en el amor en pandemia

Tinder, amor a distancia, reencuentros, citas en supermercados. A pesar de las restricciones del Covid, son muchas las parejas que lograron ingeniárselas para mantener encendida la llama del romance. The Clinic recopiló testimonios de algunos de estos tórtolos, cuyo amor ni siquiera el virus fue capaz de destruir.

De Tinder a casarse fuera del país 

“Renuncié, había vendido mis muebles, mi departamento y me vine a Santiago a vivir con mis papás para ahorrar plata. No tenía nada y empecé a colapsar, porque es normal, soy persona. Decía: ¿Qué voy a hacer? ¿Qué pasa si no lo veo nunca más? ¿Y si esto va a durar solo dos años y me arrepiento? ¿Qué hago? ¿Cómo me encuentro con él?”.

María Ignacia Thedy (32) y Joel Urtasun (32) se conocieron por Tinder en Los Ángeles en febrero de 2019, cuando ella dirigía una clínica dental y él trabajaba poniendo en marcha un parque eólico. Era domingo, y él -español-argentino- volaría al país trasandino al viernes siguiente para pasar una semana con su familia. Se vieron todos los días de esa semana, y cuando volvió, se encontraron en Santiago, antes de que Joel volviera a Zenotz, su pueblo en el País Vasco. Decidieron que en tres meses él volvería para volver a verse. 

Siguieron su relación por cámara y el 28 de marzo, para el cumpleaños de Joel, se pusieron a pololear y él adelantó su viaje. Así se mantuvieron durante el año, a distancia, pero se vieron unas tres o cuatro veces más. La última fue para Navidad y Año Nuevo, cuando en China los brotes de coronavirus ya habían comenzado. Los enamorados se decidieron a estar juntos y compraron un pasaje a España para María Ignacia. “El vuelo era el 1 de abril” cuenta la dentista.  

-El 17 de marzo cerraron las fronteras. Los proyectos de Joel son como por 3 meses y en ese entonces él estaba en Reynosa, en México. Cerraron también España, así que él se terminó quedando como 8 meses, más o menos la misma cantidad de tiempo que estuvimos separados. Volvimos a la cámara en pandemia, pero yo no sabía qué hacer: no podía trabajar porque había renunciado y los dentistas tampoco podíamos atender. Me quedé en casa y aprendí a tocar piano. 

“Fue súper difícil” ese período, cuenta María Ignacia. Había más peleas y mucha incertidumbre de su parte, porque Joel seguía trabajando y recibiendo sueldo normal, pero ella no tenía nada. Sólo estaba a la espera por él. “Pero nos amamos mucho: veíamos películas online, juegos, y él me llamaba cada vez que podía en verdad”. Ella “siempre estaba para él” porque no salía para cuidar a sus papás que eran población de riesgo.

Pero empezó a moverse y entró a un movimiento llamado “Love Is Not Turism”. Le escribía por redes al ministro de Relaciones Exteriores, pero sin tener respuesta, hasta que en agosto España cambió su legislación para parejas binacionales y permitieron la entrada de personas que demostraran un año de convivencia. Juntó mil papeles: transferencias bancarias que le hizo Joel, pasajes de 2019 para ir a verla, conversaciones de WhatsApp, invitaciones a matrimonios, etc. “Primero no me aceptaron, porque no tenía convivencia. Sin embargo, insistí y les dije: Yo aunque quisiera convivir un año con él, no puedo, porque Joel trabaja viajando. Podría ser su señora ahora, pero él estaría igual en otro país”. Y la aceptaron: compró pasaje y se fue 4 días después.

Viajó con el permiso especial y conoció a la familia de Joel. “Al tercer día allá, me llevó a San Sebastián, una playa maravillosa en el norte de España. Y conocimos un parque de diversiones con vista a toda la ciudad, donde hay una montaña rusa que pasa por los cerros muy bonita. Ahí me pidió matrimonio”. Se casaron el 8 de octubre y ahora ambos viven felices en Zenotz, España. 

-Lo logramos, aunque en algún momento fue crítico. Yo igual en algunos momentos de locura máxima le decía “ya no quiero más, estoy colapsada”, pero el amor fue más fuerte siempre. Siempre hemos peleado un montón por estar juntos y mira donde estamos ahora.

Amor a primera vista (¡con mascarilla!)

Javiera Bello (21) vive en Colina, pero regularmente visita a su papá en Maipú. Ahí, solía toparse con Felipe Oyarce (23), un vecino del que no sabía nada, pero con el que había una extraña conexión.

En julio de 2020, se lo encontró en el negocio del barrio. Ella estaba entrando y él saliendo con sus compras. Sus miradas se cruzaron y él la saludó. Ella se quedó pensando si lo conocía, y solo le sonrió de vuelta, pero estaba con mascarilla, por lo que Felipe creyó que no había tenido respuesta. 

“Hola Javi, vivo cerca tuyo y nos vemos siempre” le escribió a Felipe a fines de julio, junto con una solicitud de amistad en Facebook. “Haciendo memoria me acordé de él. Estaba sorprendida, pero igual lo encontré psicópata”, dice riendo. 

Ese primer mensaje bastó para que no se separaran nunca más. Hablaban durante todo el día, todos los días. Al principio por chat, luego por teléfono y videollamadas. “A veces nos quedábamos toda la noche conversando, sobre todo los fines de semana”, recuerda.

Luego de tres semanas hablando sin parar, se juntaron en una plaza en Maipú. Se dieron su primer beso y Felipe le declaró su amor. Continuaron viéndose con permisos temporales hasta que en septiembre le pidió pololeo en la playa. 

Tres meses después, en Año Nuevo, Felipe la sorprendió otra vez. “Quiero formar una familia contigo. Estoy muy enamorado de ti”, dijo, mientras Javiera comenzaba a llorar de emoción. Felipe sacó un anillo, le pidió que se casara y ella aceptó, aún conmocionada, pero muy feliz.

A la semana siguiente recibirían otra gran sorpresa: iban a ser papás, ¡de gemelos! Hoy están planeando su matrimonio y también su nueva vida en familia: en marzo se irán a vivir juntos.

Primera cita en un supermercado

El match en Tinder ocurrió un día después del cumpleaños de ella y un día antes del de él. En un día de marzo, cuando el gobierno anunció por primera vez el estado de excepción constitucional por la avanzada del coronavirus y apenas un par de días antes del primer fallecimiento por la enfermedad en Chile. 

Bárbara (24) y Vaslov (26), sin saberlo aún, encontraron el amor en medio de la catástrofe.

La conversación a través de la app de citas fluyó rápidamente. Ambos hallaron un tema en común en la imposibilidad de poder festejar sus cumpleaños con amigos y familiares. También, en lo incierto que se veía el futuro trabajando desde casa, ya que esa misma semana ambos habían comenzado a realizar sus funciones laborales telemáticamente, lo que en esa época era una novedad para casi todos los chilenos. 

Los mensajes continuaron durante tres semanas. Los temas de conversación se ampliaron a la pasión por el básquetbol, deporte que Vaslov practica y que Bárbara solía ir a ver durante su adolescencia, la que pasó en una ciudad al sur de Chile. Por el deporte se dieron cuenta que tenían conocidos en común. 

En abril, decidieron que ya era la hora de conocerse, pero las medidas sanitarias no lo permitían. ¿Qué permiso se necesitaba para conocer a un amor? Culebreando las restricciones, acordaron una primera cita en un supermercado Líder en un punto medio entre la casa de ambos. Vaslov se ofreció a irla a buscar en su auto y ayudarla con las bolsas, a ella le gustó ese gesto. Ambos sacaron sus permisos de abastecimiento de insumos básicos en la comisaría virtual.

El día del encuentro el automóvil de Vaslov no arrancó, había estado tanto tiempo sin moverse que la batería se había agotado. Pese a la complicación, decidió ir a pie, llegó al punto de encuentro en la tienda antes que ella.

Bárbara que no supera el metro sesenta lo distinguió a lo lejos, le llamó la atención su altura de basquetbolista. Tras el nervioso encuentro de toda primera cita, juntos comenzaron a conocerse entre los pasillos del supermercado, un lugar íntimo que desnuda esencias con cada producto que es depositado en el carro, y que carece de las distracciones que tiene una cita tradicional como el alcohol, la música o la trama de una película en cartelera.  

A pesar del escenario, ambos se conectaron. Cuando las bolsas ya estaban empacadas al final de la correa transportadora de la caja, acordaron caminar juntos al departamento de ella. Vaslov llevó un saco de papas al hombro y un bidón de jugo en sus manos. Después de esa caminata no volvieron a separarse. 

Tras poco tiempo de citas en la casa de cada uno, que quedaba a pocas cuadras de distancia, Bárbara y Vaslov comenzaron a pololear. Incluso en junio viajaron dos semanas al sur, a la casa de los padres de Bárbara y teletrabajaron desde allá.

En el retorno a Santiago acordaron irse a vivir juntos, ambos dejaron sus departamentos y decidieron buscar una nueva casa donde empezar de cero. 

Sobre su primera cita en un supermercado Bárbara asegura que no la cambiaría por nada del mundo, aunque asegura que independientemente del lugar el encuentro se hubiese dado de la misma manera. “Yo siento que estaba destinada a conocerlo. Y eso pasa para todas las parejas. Da lo mismo el lugar en el que sea, si se tiene que dar, la conexión sucederá en cualquier parte”.

Un reencuentro interrumpido

Valentina (26) y Daniel (27) se conocieron hace tres años en una fiesta y se llevaron muy bien, pero el asunto no llegó más allá porque ambos estaban pololeando con otras personas en ese minuto. En julio de 2020, cuando ya habían terminado con sus parejas y gracias a una amiga en común, que les hizo gancho, volvieron a hablarse. 

Conversaban todos los días por Instagram y Whatsapp, hasta que dos semanas después, Daniel le pidió que se juntaran un viernes. Valentina aceptó, pero al llegar el día su salud decayó producto de una enfermedad autoinmune que padece, la enfermedad de Crohn, y tuvo que hospitalizarse de forma urgente. Ella le dijo que en dos días volvería a estar bien y se podrían juntar, pero terminó permaneciendo ahí más tiempo de lo esperado. 

A pesar de que la cita presencial quedó en espera, Daniel le escribía todos los días para saber cómo se sentía, cómo le estaba yendo con los exámenes y le daba ánimo a la distancia. Entre los audios, canciones y videos chistosos que él le enviaba, Valentina pudo encontrar momentos de felicidad dentro de su solitaria habitación en la clínica. “Lo que hizo fue demasiado especial para mí, porque apenas nos conocíamos y ya estaba muy pendiente de mí. Me hizo sentir demasiado acompañada y me daban ganas de mejorarme para poder salir pronto y verlo”.

Luego de un mes, llegó el día. A Valentina la dieron de alta, volvió a su casa y un par de días después, en compañía de la amiga en común, Daniel la fue a ver. El reencuentro fue con distancia social y mascarilla, pero nada de eso evitó que ella se sintiera muy atraída por él. Luego de conversar por harto rato, se fueron y quedó con la duda de si el sentimiento había sido mutuo o no.

Pero la incertidumbre duró poco. Cuando Daniel llegó a su casa, le mandó un mensaje que decía “Oye, reserva el 25 de septiembre, porque voy a hacer cuarentena estricta para poder juntarme bien contigo”. La medida era necesaria, porque como Valentina estaba delicada de salud por su enfermedad, nadie se le podía acercar demasiado. 

Cuando llegó el día, ambos estaban muy emocionados pero el clima no los acompañaba mucho. Estaba nublado, así que hicieron un picnic dentro de la casa, en la pieza de Valentina. Ella adornó el espacio con luces, compró nuggets e instaló un cooler con cervezas para celebrar el esperado momento. “Fue todo súper lindo y desde ese día nos volvimos inseparables”, recuerda.

Pocos días después de la cita, comenzaron a pololear oficialmente. “Los dos nos cuidamos muchísimo, sólo tenemos contacto estrecho entre nosotros y nuestras familias, porque sabemos que es necesario para que nos podamos seguir viendo”, dice Valentina. 

Comentarios
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