Columna de María José Navia: Un mundo de cosas muy quietas

Columna de María José Navia: Un mundo de cosas muy quietas

Hay poca luz en nuestro encierro pandémico. O cuesta encontrarla. Ya estamos cansados de no poder salir. Llevamos el encierro con frustración, nos cuesta quedarnos quietos. Y a veces buscamos refugio en los libros (a veces construimos un búnker con ellos) y, allí encontramos otros mundos, pero también, otros encierros. Otras formas de apartarse de la vida de siempre.

Hace un par de años tuve la suerte de visitar la casa de Emily Dickinson en Amherst. Una casa que se convirtió también en su mundo. A Emily Dickinson no le gustaba viajar; cuando su mentor le propuso que lo visitara en Boston (a sólo unas horas de distancia) ella se negó. Nunca se conocerían en persona. Sobreviven, sí, sus cartas. Esas en las que la poeta le preguntaba a Thomas Wentworth Higginson si sus versos estaban vivos y rehuía de la fama. Ella no quería eso. Pero seguía escribiendo. En pedacitos de papel, en reversos de sobre, en esas “little nothings” como luego se las nombrara en un libro que las colecciona y celebra. Emily Dickinson un día no quiso salir más de su casa y luego, tiempo después, no salió ya de su pieza. Esa era la historia que yo había leído. La de la tímida, la recluida, la rara. 

Cuando uno recorre esa casa se va haciendo un silencio hasta que subes a la habitación de la poeta. No se pueden sacar fotos y te dan una pequeña advertencia: hay gente que ha caído de rodillas al cruzar el umbral de la puerta. Y uno entra buscando el encierro, pero encuentra otra cosa. Una cruza el umbral y llega a una habitación con cuatro ventanas desde las que se ven árboles y más árboles. La habitación más luminosa que hayas visto nunca.

Entonces entendí el encierro. El de Dickinson: su encierro luminoso. 

Hay poco de esa luz en nuestro encierro pandémico. O cuesta encontrarla. Ya estamos cansados de no poder salir. Llevamos el encierro con frustración, nos cuesta quedarnos quietos. Y a veces buscamos refugio en los libros (a veces construimos un búnker con ellos) y, allí encontramos otros mundos, pero también, otros encierros. Otras formas de apartarse de la vida de siempre. Como lo que describe Nona Fernández en su último libro, Preguntas frecuentes, en el que una de las protagonistas ya empieza a hablar con los objetos de la pura soledad. Leemos: “Hablo todo el día. Hablo y nadie responde. Me disculpo con la cafetera cuando la dejo sucia, le reclamo a los fideos si quedan pegados o al refrigerador cuando comienza a sacudirse con esa vocación de temblor que tanto me asusta. Paso la noche entera conversando con lo que se me ponga por delante: las tazas, el azucarero, las migas de pan sobre el mantel. Las plantas del balcón son las que mejor reciben mis palabras. Las riego a medianoche y cuando les canto diría que celebran”. 

La naturaleza también acompaña la soledad del Journal of a Solitude de la escritora norteamericana May Sarton (en español se puede conseguir de ella su bellísimo Anhelo de raíces), una autora norteamericana que escribió muchos diarios (cuando cumplió setenta años, en momentos de enfermedad y otros). Así, por ejemplo, en Journal of a Solitude se registra el año en que Sarton se aparta del mundo para estar sola. Y las páginas del diario van sirviendo como puertas que se cierran para dejar, por un rato, el mundo afuera.

Porque el confinamiento también puede ser irse a otra parte y retirarse de la vida de siempre por un rato. Es el caso de dos buenísimas novelas publicadas el año pasado: Los llanos, del argentino Federico Falco (de cuya novela robo el título de esta columna), y Un amor, de la española Sara Mesa. En Los llanos, el protagonista va a recuperarse de una ruptura amorosa a una casa en el campo (leemos: “Vivir en medio de la nada también es un poco una claustrofobia”). Pasa el tiempo, o podríamos decir, va adecuando su tiempo, a los ritmos de la tierra, despojándose de la velocidad y el ajetreo de la ciudad.

El narrador repasa su vida y también siembra, se duele y conmueve, a la vez que cosecha (leemos: “No se puede controlar una huerta y eso a veces me exaspera. La huerta no crece de mi deseo, sino de su propia potencia, la potencia de a semilla, y se da en medio de accidentes’). Las plantas no pueden apurarse, los afectos tampoco. Un narrador que tal vez se va educando en esa “paciencia vegetal” de la que hablara el poeta César Vallejo y que recuerda también a esa última escena de otra tremenda novela de encierro, Casa de Campo, de José Donoso. En ella, vemos a los sobrevivientes de una familia boca abajo sobre el suelo, ajustando su respiración al sonido de un triángulo, mientras el aire se va llenando de vilanos que amenazan con dejarlos sin aire. (Otra novela de encierro chilena que aprovecho de recomendar: la inquietante La filial de Matías Celedón en la que, en una narración hecha de mensajes breves, estampados con timbres sobre las páginas, se nos revela la realidad de una oficina encerrada y sin electricidad). 

En Un amor, por su parte, una joven traductora también deja la ciudad para dedicarse a escribir. La motivación es ante todo económica. En Escapa, ese pueblo alejado, el arriendo es más barato. La narración es asfixiante, la mujer se ve interrumpida constantemente por el hombre que le arrienda la casa, y hay un despojamiento de todo que conmueve y horroriza. Mesa ya se había adentrado antes en mundos claustrofóbicos. Como en la desoladora Cuatro por cuatro (finalista del Premio Herralde) en la que un profesor de internado se encuentra con un mundo más oscuro del que esperaba en un college apartado. Y, si seguimos esa línea de los internados, otra novela que remiendo mucho, feroz y afilada, son Los hermosos años del castigo de la escritora suiza Fleur Jaeggy. O la brutal novela de la autora ecuatoriana Mónica Ojeda, Mandíbula, en la que, entre otras cosas, una profesora secuestra a una de sus estudiantes.

Otra experiencia de hibernación que fue muy leída el año pasado fue la que relata la genial Ottessa Moshfegh en su novela Mi año de descanso y relajación. En ella, una joven hermosa y adinerada (sus padres han muerto y le han dejado una herencia importante) decide pasarse una temporada durmiendo cortesía de un generoso cóctel de medicamentos. Los momentos que pasa despierta los usa para caminar al almacén de la esquina o ver películas y series de televisión. Pero, como todo en el universo narrativo de Moshfegh, nada es lo que parece y pronto esta somnolencia se va entrelazando con el despertar violento y doloroso de una ciudad.

El libro que Moshfegh publicó en 2020, y que ahora acaba de salir en español, La muerte en sus manos, vuelve a un personaje que parece vivir encerrada dentro de su propia obsesión. Una mujer mayor, viuda y muy solitaria, que vive en una casa apartada y que encuentra un papel misterioso que va a deformar su vida para siempre. Sin encierros o soledades desquiciadas de por medio, mi favorito de la autora sigue siendo su única colección de cuentos, aún no traducidos, pero cuyo título nos viene tan perfecto para la sensación de estos días: Homesick for another world. 

Y, claro, hay también encierros que rozan la distopía, esperas en las que se asoma lo monstruoso. Lo vemos en dos obras de la autora uruguaya Fernanda Trías. Primero, en La azotea, su primera novela de hace ya varios años, publicada en Chile por Laurel en 2020, y en la cual una joven vive encerrada con su padre enfermo en una dinámica pegajosa y asfixiante cuyo único momento de libertad es salir a la azotea y mirar, por un momento, la vida desde arriba. O, más recientemente, en su última novela, Mugre rosa, el encierro se extiende a la ciudad cuando una extraña enfermedad, vía algas rosadas, empieza a contaminar al mundo.

Leemos allí: “No me resulta fácil describir el tiempo de encierro, porque si algo caracterizaba el encierro era esa sensación de no tiempo. Existíamos en una espera que tampoco era la espera de nada concreto. Esperábamos. Pero lo que esperábamos era que nada pasara, porque cualquier cambio podía significar algo peor.”

La protagonista, al igual que en el libro de Falco, se recupera de una relación fracasada mientras cuida a un niño enfermo que padece de un hambre violenta e insaciable. La mujer espera a que vuelvan los padres mientras el mundo se desmorona. Y los movimientos se restringen y queda seguir mirando por la ventana. Sin abrirla porque el aire quema. Porque los peces han muerto y los pájaros han abandonado el cielo. 

Porque la realidad se ha transformado, sí, en un mundo de cosas muy quietas.

Cosas aún con la esperanza del regreso de la luz. 

*María José Navia es escritora y académica en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. 

Comentarios
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