Columna de Manfred Svensson: Las trampas de la diversidad

Hace pocas semanas tenía lugar por enésima vez la quema de un templo en la Araucanía. No basta con denunciar estos incendios como atentado a la libertad religiosa. Ellos debieran ser más bien ocasión para tomar conciencia del enorme arraigo del cristianismo en el pueblo mapuche. La proporción de católicos tiende a ser similar al resto del país, y la de evangélicos llega ahí a doblar su promedio nacional.

El horrendo crimen de Collipulli, con lucha por armas y drogas, con secuestro y descuartización, ha vuelto a abrir la mirada del país hacia los problemas de la Araucanía y las múltiples formas de violencia que carcomen la zona. Una de estas formas logra, sin embargo, escapar a nuestra mirada. Hace pocas semanas, en efecto, tenía lugar por enésima vez la quema de un templo, esta vez apenas terminado de erigir. Aturdidos por lo rutinaria de la violencia, y acostumbrados a que tras declaraciones altisonantes todo pase al olvido, apenas registramos hechos como estos. La voz de las autoridades eclesiásticas, que resonaría de otro modo si los hechos tuvieran lugar en Santiago, apenas se escucha aquí. Tampoco se escucha nada de parte de la intelectualidad mapuche, otro silencio que uno ya casi puede dar por sentado. Pero si prestamos una mínima atención a los hechos, surgen preguntas no sólo sobre la violencia, sino también sobre las maneras en que solemos clasificar la diversidad.

El primer problema aquí, por cierto, es que apenas parece ser posible dimensionar bien qué está ocurriendo. Fue el año 2015 que apareció este nuevo método de lucha, la quema de iglesias, y en octubre del 2017 se leía ya sobre 27 templos católicos y evangélicos quemados. Durante el estallido social también hubo destrucción de templos en la capital, pero es en la Araucanía donde sigue siendo un fenómeno que por olas reemerge. ¿Pero cuántos templos han sido quemados? Las notas periodísticas de las últimas semanas hablaban de 60 templos evangélicos quemados en dos años. No está nada de claro si acaso los solos templos evangélicos permiten llegar a tal cifra, ni si acaso aquí se funde incendios y otros tipos de vandalismo. El límite puesto en dos años, por otra parte, sugiere un conteo vinculado con el estallido, en lugar de trazar la historia de estos incendios en el marco del conflicto en la Araucanía. Un registro público de estos sucesos, que nos dé una adecuada impresión de su proporción e intensidad, parece un primer deber ineludible. Pero sea cual sea su proporción, el deber del Estado es no sólo ofrecer libertad religiosa, sino impedir también que terceros la obstaculicen.

Pero no basta con denunciar estos incendios como atentado a la libertad religiosa. Ellos debieran ser más bien ocasión para tomar conciencia del enorme arraigo del cristianismo en el pueblo mapuche. Esto es particularmente cierto cuando se trata de los mapuches en la Araucanía y en zonas rurales. La proporción de católicos tiende a ser similar al resto del país, y la de evangélicos llega ahí a doblar su promedio nacional. Una mirada a diversos estudios de opinión (como la CEP del 2016) confirma esto como un hecho sostenido durante el tiempo. Pero se trata de una información que entra con dificultad en nuestra mirada sobre la región. Estamos acostumbrados a que se presente la cultura y religión mapuche tradicional como quintaesencia de lo que el mundo mapuche debiera ser hoy, y así no es posible ver la fe bajo fuego como una fe de los mapuches.

El primer problema aquí, por cierto, es que apenas parece ser posible dimensionar bien qué está ocurriendo. Fue el año 2015 que apareció este nuevo método de lucha, la quema de iglesias, y en octubre del 2017 se leía ya sobre 27 templos católicos y evangélicos quemados.

Tras el incendio de la Iglesia del Señor en Padre Las Casas, el 2016, una de las consignas decía “Cristianismo: cómplice de la represión al pueblo mapuche”. Pero si una frase así podría servir para describir etapas previas de la historia nacional, desde luego parece inútil como descripción del sentir de un pueblo mapuche mayoritariamente cristiano. Hay, sin embargo, un sentido (retorcido) en que la acusación es verdadera. La vida de las comunidades cristianas en el territorio mapuche es un límite a la prédica de la violencia, un obstáculo para comprensiones radicalizadas de la lucha mapuche. Ese, por lo demás, es uno de los pocos modos de explicarse la violencia contra ellas. ¿Qué otro propósito hay al quemar humildes templos en que practican su culto otros mapuches, templos típicamente levantados mediante la sacrificada recolección de recursos entre los mismos feligreses? Como en tantas materias, aquí las cosas adquieren su justa proporción cuando recordamos que se trata de personas concretas. El mapuche católico y el mapuche evangélico no son símbolo de la colonización, sino personas que deben ser respetadas con su fe y su cultura en lugar de mirarlas a través de lentes abstractos.

Uno de esos lentes abstractos, cabe notar, es la referencia a la cosmovisión mapuche. Con esa expresión se nos suele recordar cuán compenetrada está una cultura con una visión de mundo. Expresiones como esta pueden venir al caso, y nos recuerdan que una cultura no se reduce al folclore. Pero la utilidad de esa expresión también tiene límites, límites que aquí se vuelven muy claros: mirando la realidad a través de ese lente se nos vuelven invisibles los mapuches que responden a esa cultura, pero no a esa cosmovisión. Los mapuches cristianos no son un accidente de la historia, una anomalía que se deba superar, una forma inauténtica de ser mapuche. Defender su cultura pasa en parte por reconocer que ella no está atada -ninguna cultura lo está- de modo permanente a una cosmovisión, reconociendo así que también el mundo mapuche es un mundo diverso.

La vida de las comunidades cristianas en el territorio mapuche es un límite a la prédica de la violencia, un obstáculo para comprensiones radicalizadas de la lucha mapuche. Ese, por lo demás, es uno de los pocos modos de explicarse la violencia contra ellas. ¿Qué otro propósito hay al quemar humildes templos en que practican su culto otros mapuches, templos típicamente levantados mediante la sacrificada recolección de recursos entre los mismos feligreses?

La reciente declaración de los constituyentes de los pueblos originarios, pidiendo reverencia respecto de costumbres ancestrales en la Convención, sólo refuerza la importancia de atender a las trampas de la diversidad. Es no poco llamativo, después de todo, que preocupe tanto tal reverencia y que en la quema de iglesias no veamos nada mapuche que defender. La lección vale también para el país completo, que hoy vive bajo la ilusión de estar mejor representado. Que esa ilusión sea una realidad y no un autoengaño, pasa no por la repetición mecánica del carácter “paritario, plurinacional, inclusivo” de la Convención y cada una de sus instancias. Para mirar y oír al país en toda su diversidad, parecemos necesitar más bien algo de distancia crítica respecto de las categorías con que la clasificamos.

*Manfred Svensson es investigador senior del IES y académico de la Universidad de Los Andes.

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