Agencia Uno

Columna de Álvaro Bisama: Forn y el túnel

Hace unos días, cuando supe que Forn había fallecido en Villa Gesell, me acordé de ese verano tremendo, me acordé de lo que me demoré en leer “Frivolidad” y lo que significó terminar sus páginas arriba de ese bus, sin esperar nada, sin saber nada del futuro o de la literatura y me acuerdo que siempre he pensado en eso, en que escribir y leer novelas tiene que ver con eso, con darle la palabra a los fantasmas.

Debió ser en 1996; yo tenía 21 años y trabajaba un poco dando clases dos o tres días a la semana en un colegio y vivía con mis padres y pasaba temporadas en las casas de varios amigos en Santiago y luego volvía a Villa Alemana y eran años extraños, años pesados, años de mierda y en uno de esos viajes alguien me prestó “Frivolidad”, del argentino Juan Forn,y yo me la llevé a Villa Alemana y no la leí de inmediato; o sea, la empecé pero no seguí adelante, la dejé al lado de mi cama, la había comencé pero no la continuaba, no tenía la energía tal vez porque la novela de Forn era sobre el vacío y cómo el amor o la pena o la memoria tapaban ese vacío (era los noventa: los años eléctricos de la nada) y tenía en la cabeza “Nadar de noche”, el cuento, que era un bloque de hielo de perfección inesperada porque nadie escribía así acá, en el sentido más fitzgeraldiano posible, porque eran esos años donde Forn aún no se metía con los rusos ni hacía las contratapas de Página 12, y por el contrario yo leía “Frivolidad”como si fuese una versión de “El Gran Gatsby” porque, ahora me doy cuenta, se trataba de otra novela sobre personajes perdidos en una fiesta infinita, como ese poema de Juarroz, otra novela sobre fuegos artificiales que no eran tales, una novela que yo leía de a poco cada vez que la tomaba porque no podía encontrar el hilo, no de Forn sino de mí mismo, porque la verdad es que esos días me costaba leer, no sólo a Forn sino que todo o casi todo, y recuerdo que en vez de leer más bien picoteaba las novelas de Fitzgerald y seguía las tramas todos esos personajes que eran abandonados con elegancia y desesperación una y otra vez, todas esas sombras perdidas en la década del veinte porque el Gatsby era eso, significaba avanzar por los pasillos de una fiesta infinita que daba a un mundo de tristeza insondable, una especie de penumbra apenas interrumpida por los fuegos artificiales y “Frivolidad”tenía eso o quizás no lo tenía pero era algo que yo podía reconocer ahí cuando avanzaba en sus páginas y luego la dejaba y me iba a tomar una cerveza al centro de Villa Alemana o viajaba al puerto o pensaba en lo que yo mismo quería escribir aunque en realidad sólo me estrellaba con la nada, con la música de alguna banda sonando fuerte y mal mientras algún trago me quemaba la garganta y todo parecía una película de zombies donde no habían zombies sino ciudades oscuras y paraderos de micro solitarios y caminatas sin destino y películas perdidas en la madrugada y yo tomaba “Frivolidad” y no avanzaba o avanzaba más bien poco porque algo me interrumpía, de pronto me llamaban por teléfono o salía de noche y quedaba destruido o escribía algo, una página o dos que no servían para nada y luego volvía a la inercia y la verdad es que no sé cuando tiempo pasó pero un día tuve que volver a Santiago por algo y me llevé “Frivolidad”sin terminar para devolverla y no sé por qué, sin esperanza alguna, la abrí en el bus y recuerdo que llevaba la mitad del libro y no sé por qué me dio por leer, quizás porque el bus estaba casi vacío, quizás porque siempre leí bien en los buses, me acostumbré al movimiento, a mirar por la ventana y cruzar el paisaje con lo que encontraba en las hojas impresas, no lo sé, es algo que me dura hasta el día de hoy; leo mal en los aviones y en las salas de espera de los aeropuertos y en los trenes y en el metro pero en los buses me concentro, me olvido de todo y eso me pasó con “Frivolidad”y la voz de Forn me pegó, me encontré con ella, con esa historia donde una revista se hundía y aparecía un escritor perdido y todo era triste y falsamente glamoroso para todos esos protagonistas dañados, hechos mierda, llenos de todas las formas del abandono, puros figurantes en una fiesta que Forn narraba con una precisión que me parece ahora ilusoria, perfecta en su disfraz, donde luego explotaba una bomba y los personajes debían acostumbrarse a sus rostros llenos de cenizas y al mundo como algo lleno de escombros y yo eso en el bus, mientras miraba las viñas de Casablanca y campos de Curacaví y los cerros secos del verano y cruzaba los túneles y la novela avanzaba, comenzaba a terminar mientras los personajes buscaban a un escritor perdido pero no con el modo en que Henry James lo buscaba a lo largo de “Los papeles de Aspern”, o sea con devoción y maldad, sino más bien como una especie de émulo de Salinger, una suerte sosías de Salinger, o sea de alguien que enseñaba con el silencio o la distancia y aquel misterio era uno de los pocos puntos luminosos del libro, porque se trataba de espectros buscando a otros espectros, de cuerpos que comenzaban o dejaban de ser sombras, un mundo que se rompía desde dentro y nadie podía reparar y que yo recuerdo que leí y leí y leí mientras cruzaba Casablanca y luego Curacaví y cuando la novela terminó el bus había ingresado a un túnel y yo me quedé quieto y vacío, tal y como todos nos quedamos quietos y vacíos al leer la última página de un libro que hemos devorado, y yo quedé así dentro del túnel, pensando en cómo el narrador de la novela de Forn estaba muerto y hablaba como un muerto, y planeaba tal como planean los muertos sobre los personajes y las historias porque esa voz era lo único que iba a quedar de ellos, una voz que venía del más allá que era la novela porque “hay que morir primero para poder contar enteramente ciertas historias”, según decía uno de los epígrafes del libro, una cita de ese escritor inventado, otra puesta en abismo que el libro exhibía, pero ya no con la realidad o la política o la Argentina sino con sí mismo; y hace unos días, cuando supe que Forn había fallecido en Villa Gesell, me acordé de ese verano tremendo, me acordé de lo que me demoré en leer “Frivolidad” y lo que significó terminar sus páginas arriba de ese bus, sin esperar nada, sin saber nada del futuro o de la literatura y me acuerdo que siempre he pensado en eso, en que escribir y leer novelas tiene que ver con eso, con darle la palabra a los fantasmas, con dejar que hablen y que sus voces floten entre nosotros como recuerdos inventados de un vértigo también inventado porque leer muchas veces es seguir y escuchar una voz tal y como yo seguí la que había en “Frivolidad”en ese bus, es escuchar a los fantasmas, a las voces falsas de la ficción que reconocemos como verdaderas porque siguen hablándonos una vez que terminan el poema o la novela o el cuento que tenemos entre las manos mientras tratamos de recuperarnos, acaso liberados de un peso que extrañamos y creemos que nos define y que oímos en el mismo momento en que el rugido de algún motor rebota en las paredes de un túnel y nos calzamos la soledad como un abrigo; y ahí reconocemos el sonido de nuestra propia voz con un leve desajuste, con extrañeza, como si fuese la de otro”. 

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