Columna de Martín Tironi: Diseñar futuros posibles, hacia ciudades del cuidado

La pandemia ayudó a desmitificar la idea de una ciudad orientada por expertos en innovación, y reveló la importancia vital del cuidado, la necesidad de reciprocidad, de cuidar y ser cuidados, de mantener y ser mantenidos.

¿Las ciudades post-pandemia continuarán operando tal cual lo venían haciendo, o vamos a aprovechar la oportunidad que esta crisis nos ofrece para comenzar a explorar nuevos ángulos para pensar la ciudad?

Estamos en una situación que exige mirar el horizonte urbano con otros ojos y perspectivas, reconociendo que dicho horizonte no está cerrado y que nuevos problemas, actores y escenarios están por venir. Ante la proliferación de discursos catastrofistas y la constatación de un déficit de futuros, surge entonces con fuerza la pregunta sobre cómo repensar y reaprender a coexistir en un planeta dañado, en donde la escalada de eventos desestabilizadores inunda la realidad que hemos construido. Tal como se ha señalado en las columnas anteriores, la crisis mundial nos convoca a rediseñar aquellos modelos y esquemas de vida automatizados, y comenzar a testear y probar otras formas de retejer y habitar los territorios.

Es aquí donde la instalación de una agenda de transición hacia urbes y sociedades más justas y sustentables se vuelve urgente.  Es necesario asumir nuestras obligaciones con el futuro en contexto tecnocientífico y medioambiental cada vez más frágil, y donde las brechas sociales no cesan de incrementarse. Pero este proyecto de transición no puede entenderse como un problema técnico solamente: necesita de nuevas sensibilidades y acciones que permitan pensar lo urbano interdisciplinarmente, con una agenda que haga plausibles acciones para futuros deseables. Diseños para futuros urbanos que vayan más allá́ de la simple proyección del presente, y logren hacerse cargo de la pregunta sobre cómo repensar las condiciones de habitabilidad en un mundo cada vez más incierto, inequitativo y ecológicamente dañado.

Estamos en una situación que exige mirar el horizonte urbano con otros ojos y perspectivas, reconociendo que dicho horizonte no está cerrado y que nuevos problemas, actores y escenarios están por venir.

Si realmente deseamos tomarnos en serio las causas socioambientales de esta pandemia global, y explorar salidas posibles a este colapso ecosistémico, no podemos seguir informando el futuro del diseño urbano desde los mismos esquemas de pensamiento que están siendo cuestionados, vinculados a la idea de individualismo, competencia y crecimiento ilimitado. La crisis nos interpela a dejar a atrás ciertos relatos de nuestra modernidad-colonial, y comenzar a escuchar otras aproximaciones muchas veces apabulladas por la santificación de lo nuevo y el relato de la innovación.  Una agenda de transición implica reivindicar otros valores y prácticas, cosmovisiones y mundos, que permitan rediseñar las tramas materiales, simbólicas y sociales que producen la ciudad. Se trata de la esperanza en la posibilidad de repensar los mundos que habitamos desde otras formas de relacionarnos con el medioambiente, menos violentas e inequitativas con las formas de alteridad.

El escenario de crisis multisistémica que atravesamos demanda revindicar una antigua capacidad para el diseño, pero vital para estos tiempos que vivimos: la de reimaginar las formas actuales de habitabilidad. Pero este desafío de diseñar futuros urbanos más justos y sustentables no puede nutrirse de modelos de futuros agotados, aquellos que circulan plegándose a un estado presente de confort. Efectivamente, el diagnóstico que vienen haciendo algunos autores es el de cierta incapacidad del pensamiento crítico para vehiculizar alternativas al modelo capitalista neoliberal, producto de una expansión de un presente que produce “futuros sin futuros” y que impide expandir los límites de lo posible. Se trata de presentes totalizantes, que impiden re imaginar alternativas reales y viables. 

En este sentido, necesitamos diseños no solo para tolerar las adaptaciones de manera resiliente, sino diseños que se hagan cargos de las causas de los problemas, explorando y experimentando con nuevas formas sustentables de relacionarse y estar en el mundo. Ante el intento uniformador por establecer una urbanidad preestablecida y normalizada – y muchas veces orientado por el ejercicio financiero e inmobiliario – el diseño puede actuar como agente de cambio para proyectar y materializar horizontes alternativos, generando prefiguraciones y respuestas a los problemas sociales, ambientales y económicas que están revelándose.

El escenario de crisis multisistémica que atravesamos demanda revindicar una antigua capacidad para el diseño, pero vital para estos tiempos que vivimos: la de reimaginar las formas actuales de habitabilidad.

Es aquí donde la práctica proyectual puede jugar un rol fundamental: es una herramienta para materializar, aterrizar y testear nuevos conceptos y modalidades para avanzar hacia modos más sustentables y justos de habitar los territorios. Es necesario pensar el diseño urbano y la arquitectura en general no solamente como medio para ajustar expectativas y necesidades ya existentes, sino también como un medio para movilizar futuros alternativos, reconociendo que los futuros siempre son disputados, material y políticamente, desde un presente.

En este contexto, quizá uno de los paradigmas más interesantes para incorporar en estos debates sobre los futuros urbanos en transición, provenga de la noción del cuidado, desarrollada principalmente por la tradición de pensamiento feminista. La crisis ha hecho evidente que la idea de salud y supervivencia es indisociable de la práctica de cuidado. En otras palabras, el actual escenario ha mostrado que la ciudad moderna, orientada por la lógica de la productividad y dogma del crecimiento, requiere más que nunca reconciliarse con el cuidado, como práctica y ética de construcción de lazos e infraestructuras.

Bien sabemos, no obstante, que los discursos sobre las ciudades competitivas y Ciudades Inteligentes instalan más bien la lógica de la optimización y producción digitalizada, relegando a un segundo plano la práctica relacional del cuidado y la reparación. Pero si bien las promesas tecnointeligentes de la innovación auguran un metabolismo urbano orientado por sensores automatizados capaces gestionar todos los espacios y servicios de las urbes, la crisis del Covid ha dejado en evidencia que nuestra ciudad no persite sin estas infraestructuras y cadenas de cuidado. La pandemia ayudó a desmitificar la idea de una ciudad orientada por expertos en innovación, y reveló la importancia vital del cuidado, la necesidad de reciprocidad, de cuidar y ser cuidados, de mantener y ser mantenidos.

Necesitamos diseños no solo para tolerar las adaptaciones de manera resiliente, sino diseños que se hagan cargos de las causas de los problemas, explorando y experimentando con nuevas formas sustentables de relacionarse y estar en el mundo.

De aquí entonces el desafío de diseñar futuros que reconozcan que, sin mantención, reparación y cuidado, no hay ciudad ni orden social que perista. La tarea de reimaginar las formas futuras de habitabilidad no puede consistir en seguir reproduciendo el paradigma de la producción, y como sostiene la filósofa Pelluchon, se debe asumir que el ethos del cuidado y reparación no se reduce a un oficio, sino que se trata del reconocimiento político del estado de vulnerabilidad ecosistema en la que nos encontramos. El cuidado, por lo tanto, no es tan solo la reivindicación de las labores “invisibles” y domésticas que producen la ciudad, sino que articula un marco de convivencia fundamental para la dimensión urbana, que involucra – como dice De la Bellacasa – un conjunto de actividades colectivas e individuales, afectivas y materiales, que realizamos para mantener y reparar la vida. El cuidado es el reconocimiento de una condición ineludible de los espacios que habitamos: somos seres en interdependencia, vulnerables, radicalmente relacionales.  

Es necesario pensar el diseño urbano y la arquitectura en general no solamente como medio para ajustar expectativas y necesidades ya existentes, sino también como un medio para movilizar futuros alternativos, reconociendo que los futuros siempre son disputados, material y políticamente, desde un presente.

¿Qué pasaría, entonces, si en lugar de abordar la ciudad como una maquina de producción únicamente, comenzamos a proyectarla como como asunto de los cuidados extendidos? ¿Qué pasaría si abrimos las prácticas proyectuales del diseño y la planificación a pensar y hacer desde la potencialidad ética e ecológica del cuidado? Comenzar a pensar diseños urbanos desde el paradigma del cuidado, desde una ética relacional que vaya más allá de lógica productivista y funcionalista hoy imperante, parece constituir una ruta posible para el proceso constituyente que se inicia y para restaurar los modos de vida cada vez más insostenibles de asentarnos en el planeta.

Esta es la tercera columna sobre ciudades de una trilogía que fue publicada semanalmente en The Clinic.

*Martín Tironi es profesor asociado de la Escuela de Diseño de la Pontificia Universidad Católica de Chile e investigador asociado del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (CEDEUS). Es investigador responsable del proyecto Fondecyt sobre diseño de futuros en la era de la inteligencia artificial.

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