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Columna de Lina Meruane: Acercamientos

Aun antes de ésta y las anteriores pandemias -las gripes porcina y aviar, el ébola, el mentado sida, el cólera, la mal llamada gripe “española”- ya habíamos ido distanciándonos. Ya desconfiábamos de los demás. Ya fingíamos no haberlos visto en el pasillo o en el ascensor del edificio compartido, en la plaza de la vecindad…

Hace ya mucho -desde el inicio mismo de esta pandemia- se viene discutiendo si nuestros modos de socialización se recuperarán del confinamiento y del distanciamiento de los otros. Mucha gente ha sufrido el aislamiento hasta enfermarse de eso y mucha otra gente ha acabado por acostumbrarse a no salir, a no acercarse a nadie, a temer todo intercambio, a perder el deseo de pasar tardes y noches enteras en compañía de extraños.

Es legítimo entonces preguntarse si por este miedo nos quedaremos prendados a la virtualidad, si nos saludaremos para siempre a codazos, si ya no nos quitaremos la mascarilla y aprenderemos a reconocernos por los ojos, si volveremos a saludarnos de beso con gente que no conocemos por si son portadores de algo. El miedo a morir, aun estando ya plenamente vacunados, es tanto o más real que la posibilidad de enfermar gravemente e incluso de morir por este virus y sus contagiosas variantes. Esto no lo digo sólo yo, que no soy médica ni menos epidemióloga, que sólo he estudiado las dimensiones culturales del contagio. Lo aseguran los expertos de acá y allá: para quienes pudieron y quisieron vacunarse, el riesgo de muerte viral es ya lejano.

Este miedo a los demás no es, sin embargo, simplemente pandémico. No es por sí sola que la pandemia ha producido cierto trastorno en nuestra sociabilidad ni es por ella que ese trastorno pudiera volverse irreversible. Esas teorías ampliamente difundidas sobre los efectos permanentes de la pandemia me parecen, a mí, más una proyección apocalíptica de estos tiempos difíciles que una verdad verificable en las pandemias anteriores –ni siquiera el terror que produjo el VIH en los años ochenta, ni la estigmatización del contacto estrecho que se extendió por décadas, acabó con nuestro deseo de estar con otros.

Aventuro que no son las pandemias en sí sino un proceso de distanciamiento que venimos experimentando desde hace siglos. En la Antigüedad (y en sus mitos) acoger a los desconocidos era un rito obligado del código social (un rito hospitalario y asimismo interesado: los extraños traían productos novedosos y noticias lejanas, y la generosidad con ellos podía atenuar el impulso de hacer daño). Pero ante el crecimiento de la acotada población que constituía a la polis, ante la instalación de muros alrededor de feudos, el trazado de fronteras urbanas y la creación de estados y naciones que producían riqueza y mezquindad, los desconocidos pasaron a ser gente temida más que bienvenida y los forasteros quedaron asociados con diversas formas del mal: esos otros portaban el contagio de las pestes y la inmoralidad de las costumbres ajenas y las introducían en (supuestamente) asépticas comunidades con el fin de dominarlas o destruirlas.

Es legítimo entonces preguntarse si por este miedo nos quedaremos prendados a la virtualidad, si nos saludaremos para siempre a codazos, si ya no nos quitaremos la mascarilla y aprenderemos a reconocernos por los ojos, si volveremos a saludarnos de beso con gente que no conocemos por si son portadores de algo.

Es decir: aun antes de ésta y las anteriores pandemias -las gripes porcina y aviar, el ébola, el mentado sida, el cólera, la mal llamada gripe “española”- ya habíamos ido distanciándonos. Ya desconfiábamos de los demás. Ya fingíamos no haberlos visto en el pasillo o en el ascensor del edificio compartido, en la plaza de la vecindad. Ya se nos olvidaba decir buenos días al abordar un taxi o una micro. Como si nadie estuviera en el manubrio brindándonos un servicio. Como si incluso aquellos a quienes vemos cada día por las calles no merecieran ser reconocidos y saludados. Como si no fuera una forma de violencia ese no saludar, ese no contestar al saludo, ese no despedirnos incluso de desconocidos.

Estas formas de despersonalización se venían desarrollando entre nosotros y las tecnologías no han hecho sino potenciarlas en pandemia. No me refiero a las inevitables reuniones en pantalla que sin ser presenciales nos acercan a los otros cuando no los podemos ver. Tampoco me refiero a esa forma de fuga telefónica o internética que posibilitan encuentros lejanos y nos distraen de quienes están, en ese momento, a nuestro alrededor. Esas fugas son tan anecdóticas como sintomáticas de una abstracción social que se ha intensificado.

Hasta en las interacciones más cotidianas como las de la compra se avizora que el mercado, que antes fue un lugar de contacto cotidiano, ahora es un ente vaciado de cuerpo: el libre-mercado que nos rige se liberó de rostros humanos (que sí existen, que nos observan de lejos) y el super-mercado se ha vaciado de los clientes que antes compraban para sí y conocían a quienes los atendían. Incluso la compra está ahora mediatizada por una pantalla y una sucesión de clicks y códigos de barra y claves imposibles que nos impiden ver a quienes consiguen nuestra comida, a quienes trabajan en los galpones, a quienes conducen los camiones, a quienes despachan las bolsas que recibimos. Esa gente que no vemos ha sido borrada, son legiones de extraños condenados al extrañamiento de lo social.

La pandemia ha sido otra instancia de distanciamiento, pero es también el encierro que hemos sufrido lo que nos recuerda la necesidad de estar con otros, de tocarnos, de reconocernos, de recordarnos que existimos, de apretujarnos y manifestarnos en las calles sobre todo ahora que, vacuna mediante, es imperioso reactivarnos en la vida de la polis.

Incluso la compra está ahora mediatizada por una pantalla y una sucesión de clicks y códigos de barra y claves imposibles que nos impiden ver a quienes consiguen nuestra comida, a quienes trabajan en los galpones, a quienes conducen los camiones, a quienes despachan las bolsas que recibimos. Esa gente que no vemos ha sido borrada, son legiones de extraños condenados al extrañamiento de lo social.

*Lina Meruane es novelista, ensayista y docente. Entre sus últimos libros se cuentan la novela “Sistema nervioso” y los ensayos “Contra los hijos” y “Zona Ciega”.

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