Columna de Lina Meruane: Space boys

Habría que preguntarse por qué en estos tiempos de miseria resurge esa exploración ahora privatizada por tres magnates que en los últimos días han celebrado sus incursiones extraterrestres. Estos “muchachos” –“the boys” los llamó la irónica escritora cuir, Jeanette Winterson— no son jóvenes imberbes sino señores que dicen haberse quedado atrapados en la pantalla de sus respectivas niñeces, soñando con las aventuras de Star Trek y deseando algún día protagonizar esas hazañas de machos avezados.

La exploración del cosmos y la “conquista” del sistema solar es un deseo remoto que sólo las tecnologías del capitalismo proyectaron como posibilidad. No digo nada nuevo cuando agrego que la Guerra Fría fue el contexto propicio para ese emprendimiento: si ya los Estados Unidos y la Unión Soviética usaban, vicariamente, territorios ajenos para su expansión ideológica, un universo lleno de planetas no podía sino volverse otro derrotero para las ambiciones de ambos imperios. El desmantelamiento de la URSS le quitaría impulso y presupuesto a esa carrera que entonces ningún país, por poderoso que fuera, iba a poder adjudicarse.

Habría que preguntarse por qué en estos tiempos de miseria resurge esa exploración ahora privatizada por tres magnates que en los últimos días han celebrado sus incursiones extraterrestres. Estos “muchachos” –“the boys” los llamó la irónica escritora cuir, Jeanette Winterson— no son jóvenes imberbes sino señores que dicen haberse quedado atrapados en la pantalla de sus respectivas niñeces, soñando con las aventuras de Star Trek y deseando algún día protagonizar esas hazañas de machos avezados.

No hay, por supuesto, ni asomo de candidez en el proyecto de este trío millonario que evade impuestos y luego declara ser plenamente conscientes de lo que hace. “En gran medida los críticos tienen razón”, declaró el fundador de Amazon, muy educadamente (la retórica inflamada no es buena para los negocios). “Tenemos muchos problemas aquí y ahora en la Tierra y tenemos que trabajar en ellos pero asimismo tenemos que mirar hacia el futuro”, dijo Jeff Bezos apropiándose como buen capitalista de los lemas progresistas. Y dijo también que había que colonizar el espacio en beneficio del planeta, que no se trataba de escapismo sino de la creación de un futuro mejor para quienes vienen.

Nada dijo de los cómos y los cuándos ni menos de los problemas del ahora ese “space boy” conocido por el ejercicio de una política laboral explotadora. Sin ninguna vergüenza sonrió y le agradeció a los trabajadores que se afanan por sobrevivir sus mal pagados turnos de catorce horas diarias en los que no tienen pausa ni para ir al baño ni menos un sindicato donde elevar sus quejas. Y aprovechó de apreciar el aporte de sus clientes que, comprando en línea durante la pandemia, intentando no contagiarse, contribuyeron, dólar a dólar, a financiar unas aspiraciones espaciales que antes parecían imposibles.

Aunque suena a delirio de la ciencia ficción, es ahora que empieza a organizarse lo que hace unos años escuché en un congreso sobre la “futuridad”. Recuerdo haberme asombrado y molestado escuchando la conferencia magistral dada por un especialista que, al hilo de las sospechosas propuestas del físico Michio Kaku (divulgador best-seller donde los haya), detallaba lo que “nos” esperaba en esos planetas que pronto íbamos a habitar. Sólo teníamos que esperar cuarenta años, es decir, vivir cuarenta años más. “Cuídate mucho y lo lograrás”, le sopló al escritor sentado junto a mí, como si yo, mujer escéptica, escritora sudaca, nunca fuera a ser parte de ese nos o como si adivinara que yo misma ya me había restado. El conferenciante describía escenas descabelladas pero hablaba muy en serio y hasta mostraba fotos de adinerados políticos (todos hombres, Trump incluido) que estaban invirtiendo en la inminente mudanza a otros planetas porque este pronto se caería a pedazos.

“Tenemos muchos problemas aquí y ahora en la Tierra y tenemos que trabajar en ellos pero asimismo tenemos que mirar hacia el futuro”, dijo Jeff Bezos apropiándose como buen capitalista de los lemas progresistas. Y dijo también que había que colonizar el espacio en beneficio del planeta, que no se trataba de escapismo sino de la creación de un futuro mejor para quienes vienen.

He recordado esa charla alucinada viendo despegar los cohetes suborbitales del cincuentón Elon Musk, del septuagenario Richard Branson y del mentado Bezos, que ya se acerca a los 60: todos dispuestos a malgastar sus fortunas en la burda competencia por quien llega más lejos. Y la he repensado, esa charla que más bien era un proyecto millonario en curso, viendo cómo se elevaba, tan vertical y evangelizadora, la New Shepard (o Nuevo pastor).

El diseño de la nave (que algún astrofísico llamó “antropomórfica” y que otro llamó “perfectamente aerodinámica”) exhibe impúdicamente la alianza entre un capitalismo desalmado, un colonialismo racista y el patriarcado de siempre. Y no lo digo por el ya discutido diseño fálico de todos los cohetes hasta ahora impulsados hacia el cielo, sino porque el de Bezos es un homenaje anatómico al pene, con su largo cuerpo cavernoso y su glande coronado con una incisión en la punta. Es un perfecto pene erecto y es un pene enormemente blanco que, tras elevarse hasta el borde último de la estratósfera, escupe, en su regreso a la Tierra, su cabeza redonda con todos los tripulantes en su interior.

He recordado esa charla alucinada viendo despegar los cohetes suborbitales del cincuentón Elon Musk, del septuagenario Richard Branson y del mentado Bezos, que ya se acerca a los 60: todos dispuestos a malgastar sus fortunas en la burda competencia por quien llega más lejos. Y la he repensado, esa charla que más bien era un proyecto millonario en curso, viendo cómo se elevaba, tan vertical y evangelizadora, la New Shepard (o Nuevo pastor).

*Lina Meruane es novelista, ensayista y docente. Entre sus últimos libros se cuentan la novela “Sistema nervioso” y los ensayos “Contra los hijos” y “Zona Ciega”.

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