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Jordi Castell, fotógrafo: “La Tere Marinovic es nuestra nueva Kenita Larraín. Astuta, inteligente, cojonuda”

Desde hace varios meses vive en Chiloé, aunque, por estos días, tuvo que visitar Santiago. Aquí, en medio de todo eso, se refirió, entre otras cosas, a su vida en la naturaleza, al sur, al amor, al sexo, a sus preferidos de la Convención Constituyente, al comunismo, a la tele, a su futuro. El gran Jordi, siempre Jordi.

“Tú comprenderás”, señala Jordi Castell, fotógrafo, ícono del estilo nacional, un fino full time, “que a mis 54 años yo hago lo que me interesa”. Y lo que hizo hace cuatro meses, como todos saben, fue irse a una isla. Se instaló en un pueblo de Chiloé. Justo allí lo pilló la segunda ola, el virus reactivado, la nueva orden de encierro, y entonces Jordi y Juan Pablo, es decir, este matrimonio de elegantes, los Castell-Montt, decidieron no volver. No volver ahora, ni mañana, ni quién sabe cuándo. Decidieron ser locos, desestabilizados, más pobres, llenarse de barro. Los Castell-Montt decidieron refugiarse en una cabaña chilota sin lujos que pertenece a una tía de Juan Pablo, una cabaña de madera local, y allí vivir salvajemente la madurez. Sin formalidades, sin Metro, sin focos de luz encima de las pestañas. Jordi, en la mitad de sus cincuenta, se ruralizó bruscamente.  

-Y, no sé, me pasa algo… Y debe ser porque estoy envejeciendo…

-¿Qué cosa?

-Amo este silencio.

Y, desde allá, hace un gesto budista, hermosísimo. Jordi vive en la actualidad junto a unos flamencos que se pasean frente a su casa, muchos árboles, unos gatos que parecen personas, unos perros que son simples animales que se devoran la caca de los gatos, y permanece aferrado al sólido brazo de su marido, el imperturbable señor Montt, un imponente barbudo que en todas las fotografías se ve en paz. A veces, conmovido, Jordi les saca fotos a los paisajes y otras veces, alucinado, le saca fotos a esas personas poéticas que aparecen caminando por Chiloé. También hace unos live a los que llama Dosis Diarias e invita allí a las personas que le atraen.

-Tú comprenderás que a mis 54 años yo no tengo ganas de tener esos invitados que piden los ejecutivos de televisión o esos editores perversos que sólo quieren morbo…

-¿A quién invita?

-A amigas, a amigos. Lo paso tan bien fíjate.

-¿Por qué?

-Porque hablamos lo que nos da la gana. Tú comprenderás que a mis 54 años no me agrada estar sometido a las órdenes de nadie…

La frase “tú comprenderás que a mis 54 años…” Jordi la mencionará en unas veinte ocasiones. Jordi, imbuido de flora y fauna, un ex hito social de la urbe, hoy está más cerca del curanto que de una toma en primer plano.

-Usted es un hombre feliz, es notorio- le insinúa atrevidamente el reportero.

Jordi suspira. No toma a la ligera una afirmación de esa estatura.

-No sé, qué es eso, qué es la felicidad.

El reportero no sabe qué decir, se pone tenso si lo fuerzan a filosofar. Jordi continúa.

-Estoy tranquilo…

Tú comprenderás que a mis 54 años yo no tengo ganas de tener esos invitados que piden los ejecutivos de televisión o esos editores perversos que sólo quieren morbo…

-¿Se siente viejo?

-¿Por qué?- Jordi salta, se le levanta una ceja.

-Ha dicho en reiteradas ocasiones que tiene 54 años, le da mucho énfasis al número…

-¡Me encanta envejecer! ¡Me encanta sentir que envejezco!- exclama, luminoso.

-Física y mentalmente, si me permite, se encuentra en una muy buena forma…

-¡Y no me importa que los años dejen una huella en mí!

Jordi Castell tuvo una madre esforzada y un padre invisible. Tuvo una infancia áspera, pasó por muchos colegios, y su abuelo, Salvador Abusleme, le enseñó lo medular de la existencia. Jordi dice que el señor Salvador, justamente, le salvó la vida. Luego estudió, viajó, fotografió, besó, amó. Se curó mucho. Fumó mucho. Apareció en la tele sin querer. Logró la gloria vulnerable que produce la masividad. A los 49 años fue feliz estudiando inglés en Chicago. Se casó. Ama devotamente al señor Montt. Y hoy vive con los pies en el barro. Hoy es un urbano maravillado en la selva, como una Kardashian obnubilada en el bosque. Todo indica que este hombre alcanzó la plenitud.

-No sé lo que es la plenitud- interrumpe Jordi.

Jordi, a sus 54 años, sólo vive. Y se pasea por los alrededores, mira fijamente a los burros, a los pavos y, en momentos de éxtasis, entabla conversaciones con la naturaleza.

-Le doy las gracias- dice.

-¿Qué más piensa cuando hace esos paseos?

-Rezo.

-¿A Dios?

-A mi abuelo. Y le digo que es una suerte haber podido hacer esto.

-Jordi, usted no debe volver a la ciudad…

-¿Por qué?

-Usted es feliz allí…

-¡No sé, huevón, no sé! Ay, no sé…

-¡Pero por favor, Jordi! Es evidente…

-¡Pero es que tengo que trabajar, huevón!

No sé, qué es eso, qué es la felicidad.

-¡A la cresta la vida formal, caramba!- el reportero ha debido actuar con cierta rudeza para que luzca su punto de vista- y, además, la tecnología diluye cualquier distancia…

-Es que mi marido…

-¿Qué?

-Puede que Juan Pablo tenga que volver. Él tiene una empresa que se dedica a la administración inmobiliaria.

-Chuta, ahí se complica…

-Mucho.

-¿Usted ama el amor?

-No. Es que el amor está sobrevalorado. No es algo que se pueda definir.

-¿Qué ama usted?

-Yo amo la estabilidad.

Y queda pensativo, con el dilema sin resolver. La ciudad o la vida serena. El departamento de Las Condes o vivir entre flamencos. El clóset plagado de opciones o los tres pantalones y las dos camisas que se llevó a Chiloé. Servicio doméstico o…

-…sí, yo tengo que lavar mis calzoncillos en la tina…- admite.

Y luego sigue pensando.

Vida salvaje

Un rato después, desde el viejo Lenovo del reportero, surge la consulta:

-¿Le erotiza el sur, en el sentido de llenarlo de eros, de vida, de vitalidad?

Jordi suelta una risa.

-Me erotiza cualquier cosa cuando estoy con el llamado de la selva.

-¿El llamado de la selva es más recurrente en el sur?

-No sé… No sé… jajaja…- y ríe como Kramer.

-¿Se ha puesto más loco en la intimidad?

-¿Qué es ser loco?

-No sabría decirle…

-¿Tú eres hetero o eres marica?- pregunta él.

El reportero abre su vida íntima.

¡Me encanta envejecer!

-Hetero, Jordi- afirma.

-Entonces tienes que saber algo… Es distinta una relación entre dos hombres.

-¿En qué sentido?

-Son dos hombres que quieren dominar, dos alfas, es más salvaje.

Y, justo en ese momento, un perro ladra y Jordi grita.

-¡¡¡Max!!!! ¡¡¡Pórtate bien!!!

Luego vuelve y dice: “¿Y te digo algo? El último amor, o sea mi marido, es el mejor”.

Y luego dice: “Igual echo de menos ver a los amigos, yo soy muy social”.

Max, el perro, ladra otra vez. Jordi se pone de pie. Se suma un gato. Se escuchan aves, loros, gatos, otro perro que se puso nervioso, tal vez pumas. Jordi da alaridos, corre de un lado a otro, lo vemos a pedazos a través de la cámara. De pronto, asoma su cabeza en el lente, desenfocado, transpirando, y dice:

-¡PERDONA! ¡Están como locos!

Y corre otra vez. Los animales han empezado a perseguir a Jordi. La escena es altamente preocupante y, a la vez, tiene un matiz Benny Hill. Jordi, de pronto, aparece corriendo a los gritos al fondo de la toma. No parece tener dominio del mundo salvaje.

-¡Cállense, cállense!- grita, en un vago intento de autoritarismo.

El amor está sobrevalorado. No es algo que se pueda definir (…) Yo amo la estabilidad.

Lo que vemos allí es, en símbolos, la demostración que él es un hombre partido en dos mitades. Al interior de Jordi está el lugareño mezclado con el fashion. En Jordi vemos la mezcla entre un chilote que festeja la naturaleza y un capitalino que puja por una fiesta.

-¡¡Hablemos en un rato!!- chilla.

-¿Qué pasa?

-¡¡Voy a llevar a los perros para afuera!!

Y corta salvajemente.

El ciudadano

Han pasado unos días y Jordi Castell, el habitante de Chiloé, prepara un viaje corto hacia Santiago. Y, de alguna manera, algunos de sus puntos de vista ya se acercan a la metrópolis.

-¿Jordi?- sintoniza el reportero y vislumbra su rostro. La elegancia, los ojos brillando, todo en completo estado de serenidad. Sin animales.

-¡Hola! Oye, ahora sí…

Me erotiza cualquier cosa cuando estoy con el llamado de la selva.

Y el reportero, sabiendo de sus pergaminos de opinólogo múltiple, lo traslada retóricamente al país de los conflictos, a la bulla, a la desgracia. Y le dice:

-Opine de Chile.

Y Jordi afirma:

-Está desordenado.

Jordi inmediatamente se torna cívico.

-¿Qué miembros de la Convención Constituyente le dan esperanzas?- preguntamos.

-Gaspar Domínguez y Pato Fernández. Soy cercanos a ellos, pero más allá de eso, confío en sus capacidades.

-¿Qué opina de Tere Marinovic?

-La encuentro brillante. La Tere Marinovic es nuestra nueva Kenita Larraín. Independiente de que piense distinto a ella, es lejos de lo más atractivo que hay como personaje. Astuta, inteligente, cojonuda. Me encanta.

-¿Y, por el otro lado, le gusta la Camila Vallejo?

-Me encanta. Es una cabra joven, muy inteligente, que aporta mucho desde su tribuna… lo que hace que se me desvanezca un poco es…

-¿Qué?

-…o sea, como una persona tan inteligente puede estar representando a un partido obsoleto…

Es distinta una relación entre dos hombres.

-¿Considera que el comunismo es malo?

-¡Pienso que el comunismo es una mentira, huevón!

-¿Jadue le parece desagradable?

-Para nada. Lo conocí y es muy amable.

-¿Presume que Boric podría llevar a cabo un gobierno deslumbrante?

-Mmm… No.

-¿Chile se volverá un país muy fome si Yasna Provoste llega a la presidencia?

-¡¡Total y absolutamente!! Y con muchos millones de pérdida sobre todo. Nada bueno puede salir de la Democracia Cristiana, jajaja…

-¿Es populista acelerar los trámites para el matrimonio igualitario?

-Esto viene desde la Bachelet que trató de apurar el tema cinco días antes de dejar el mandato… ¿Y ahora Piñera es el populista? No sé… ¿Sabís qué pienso? ¡Esto no debería ser ni tema! ¡Qué le importa a los demás con quién me meto a la cama! ¡Es puro morbo!

(Me dan esperanza) Gaspar Domínguez y Pato Fernández. Soy cercanos a ellos, pero más allá de eso, confío en sus capacidades.

Y dice que la Marcela Cubillos le hace regio al Chile conservador. Y desliza que los encapuchados le hacen regio al Chile anarquista. Y que no le gustan los que rompen todo. Y el reportero, hipnotizado, le sugiere que haga un Primer Plano de política. Y Jordi dice que no. “Eso ya lo hace Julio César Rodríguez”, agrega, sin interés en la televisión. “Y comprenderás”, aclara, “que a mis 54 años no estoy para hacer algo con lo que no me identifico”.

Y dice que si hubiese tenido un hijo, un Jordi comprimido, le habría dado amor y le habría enseñado cómo vivir en este país de mierda.

Y Jordi dice esto:

-Ya estoy en mi último tercio de vida.

-¿Qué quiere?

-Ser un viejo choro.

Y prepara la mochila. Se vuelve, después de cuatro meses, a la capital. El lugareño, adherido al brazo de su hombre, toma el avión.

Decisión final

Lo cierto es que horas después Jordi Castell vuelve a poner los pies sobre Santiago. Venía, sabemos, con olor a bosque. Pero apenas se traslada a su casa se enamora brevemente de la modernidad.

¡Pienso que el comunismo es una mentira, huevón!

Alaba el baño tan cómodo que tiene en su residencia en Las Condes. Sufre un trastorno de paisajismo y entonces besa las plantas del living. Mira para afuera y por la ventana se le mete un pedazo de primer mundo. 

Dice: “Qué colores”.

Y luego, tras reflexionar, dice: “Quizás valoro esto porque pasado mañana aterrizo nuevamente en la isla”.

El viaje debía ser breve.

Y entonces parece que, por el momento, Chiloé sigue siendo su casa.

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