Columna de María José Navia: Las vueltas de un duelo

En la literatura del duelo abunda un sentido de desorientación, de intentar reconocer la vida de antes. Mirar, volver a mirar, como antes de cruzar una avenida peligrosa.

Dicen que los temas en la literatura son pocos y que luego sólo tenemos variaciones sobre ellos. Hace algún tiempo, Alejandro Zambra dijo incluso que se trataba de uno solo: pertenecer. Yo a veces también creo que es uno, pero otro: perder.

Perder y perderse.

Perder un amor, un país, el sentido. La vida.

Los libros serían entonces una forma de explorar aquello que perdemos. Una forma de hacer duelo por lo que ya no está.

En estos casi dos años de pandemia el duelo ha estado presente en casi todo lo que hacemos. Aunque la muerte no nos haya tocado de cerca, sí hemos perdido otras cosas. Tantas. A nadie le es ajena una sensación de pérdida. Porque con la pandemia todos perdimos algo. Quizás por eso en la literatura del duelo abunda un sentido de desorientación, de intentar reconocer la vida de antes. Mirar, volver a mirar, como antes de cruzar una avenida peligrosa.

Hace unos días leí un ensayo en The Believer que no he podido sacarme de la cabeza. Allí, su autora, Vauhini Vara, una mujer cuya hermana murió de cáncer hace algunos años, intenta referirse a esa ausencia con la ayuda de un modelo de inteligencia artificial (llamado GPT-3). La autora anota un párrafo en el sistema y recibe varias oraciones que continúan su historia. El ensayo recupera nueve de esas versiones. En cada una, la autora va sincerándose y abriéndose más al lector y al GPT-3; en cada una el modelo nos va rompiendo también un poquito más el corazón. El ensayo se llama “Ghosts” (“Fantasmas”) y algo de eso hay. Cada versión nos duele y también nos miente. Como el dolor fantasma por algo que ya no está. El modelo agrega detalles que no sucedieron en la realidad, pero no deja de transmitir emociones que sí. Con cada nueva versión entra más luz a la historia. El lenguaje se vuelve más bello, poético, e incluso las oraciones que dan ganas de subrayar ya no pertenecen tanto a la autora sino a GPT-3.

En estos casi dos años de pandemia el duelo ha estado presente en casi todo lo que hacemos. Aunque la muerte no nos haya tocado de cerca, sí hemos perdido otras cosas. Tantas. A nadie le es ajena una sensación de pérdida. Porque con la pandemia todos perdimos algo.

Nueve versiones como nueve formas de regresar. Nueve vueltas. Como otra historia de pérdida que deja sin aire: Interestatal de Stephen Dixon. En la novela, un padre va por la autopista con sus dos hijas pequeñas en el asiento de atrás. Entonces, un hecho de violencia terrible (que no sólo no me atrevo a spoilear sino que me duele escribir) le descarrila la vida para siempre. La novela, en un gesto conmovedor e implacable, va repitiendo el viaje en carretera ocho veces. En cada una de ellas lo terrible se roza o se maneja de manera diferente.

Esa conexión entre manejo y duelo también se explora en El circuito interior, de Francisco Goldman, un autor que decide a aprender a manejar en Ciudad de México, convirtiendo ese aprendizaje en una parte de su duelo por la muerte de su mujer, Aura Estrada, una escritora mexicana de la cual escribe con belleza fulminante en otro de sus libros: Di su nombre. Controlar el manubrio, circular por la ciudad, se vuelven intentos por controlar el dolor y la ausencia: luego de la pérdida, aprender quizás a no perderse.

En la literatura del duelo, encontramos también vueltas y repeticiones que se dan al nivel del lenguaje. Palabras que se repiten, con leves variaciones y vuelven creando nuevos efectos. Es lo que hace Julian Barnes (acaso uno de los mejores escritores en hablar del amor) en Niveles de vida, una historia que intercala distintas pérdidas, históricas y personales, hasta que nos quita el piso bajo nuestros pies en un efecto desolador. Porque la vida, nos dice Barnes, de pronto junta dos elementos y algo pasa. También nos los quita. Como el libro de Naja Marie Aidt, publicado por Sexto Piso, Si la muerte te quita algo, devuélvelo, en el que una madre repasa la muerte de su hijo, volviendo a un mismo momento una y otra vez. Así, regresa a esa llamada que lo cambia todo, y con las mismas palabras, se enfrenta de nuevo a lo imposible. La historia entonces puede avanzar, sólo un poco, para tomar aire y luego volver a empezar.

Controlar el manubrio, circular por la ciudad, se vuelven intentos por controlar el dolor y la ausencia: luego de la pérdida, aprender quizás a no perderse.

La muerte llega, interrumpe, transforma. Y la literatura también se transforma para contarla. Con gestos brillantes como el de la poeta y traductora canadiense Anne Carson quien en Nox construye una caja para guardar a su hermano muerto. En la caja encontramos un texto, un “acordeón” de páginas sin cortar, en las que Carson intercala pedazos de cartas de su hermano con intentos de traducir una elegía. Hay fotos, hay palabras a las cuales se las rastrea en su etimología. Fragmentos. Un hermano, nos dice Carson, nunca termina. El duelo es una traducción imposible.

La muerte también cambia de forma en El duelo es una cosa con alas de Max Porter. Allí, un cuervo llega a visitar a un hombre que ha perdido a su esposa y madre de sus hijos. El cuervo lo acompaña, lo interpela (con ecos evidentes a “El cuervo” de Edgar Allan Poe y los poemas de Ted Hughes). El lenguaje se fragmenta, se rompe. No alcanza. O arma a veces un diálogo imposible, como en Where Reasons End, novela de Yiyun Li aún no traducida al español, en la cual una madre sigue conversando con su hijo adolescente que ha muerto por suicidio. Ella sigue con su vida, o trata de hacerlo, él la sigue acompañando. Le habla de las cosas que le gusta cocinar, se hacen compañía. Nada cambia, todo duele. Algo pasa.

En uno de sus poemas más famosos, “One Art” la escritora estadounidense Elizabeth Bishop escribió que “el arte de perder no es difícil de dominar” (“The art of losing isn’t hard to master). No sé si es el único que tenemos, pero, como tema, en la literatura parece estar por todos lados. Imagino que pronto leeremos nuevos duelos que den cuenta de las ausencias producidas por la pandemia o durante ella (muertes que no pudieron despedirse bien debido a las medidas sanitarias del momento). Por ahora, ya tenemos las palabras de Chimamanda Ngozie Adichie, quien en un reciente y muy breve volumen se refiere a la muerte de su padre. El libro se llama Sobre el duelo y, en él, Adichie habla de la incapacidad del lenguaje y cómo, en un duelo, el dolor se mezcla con la risa y la rabia. Victoria Chang, por su parte, en Obit, uno de los libros de poemas más deslumbrantes que he leído en mucho tiempo, muestra cómo, cuando alguien muere, muere también un inventario de objetos, de experiencias, un lenguaje. Y, al morir esas cosas, también morimos muchas veces. Incluso una cierta idea del futuro. Porque quizás lo que más duele al leer sobre el duelo no es sólo el que te devuelvan tu propio dolor sino que anticipen aquel que no ha llegado.

En la literatura del duelo, encontramos también vueltas y repeticiones que se dan al nivel del lenguaje. Palabras que se repiten, con leves variaciones y vuelven creando nuevos efectos.

En la imagen que usaron para ilustrar “Ghosts”, el ensayo del que les hablé al comienzo de esta columna, una mano se escapa de un computador para ayudar a aquella que está del otro lado de la pantalla, sobre el teclado. Muchas veces, cuando leo en Kindle, a ratos me encuentro con líneas punteadas bajo algunas palabras. Son las partes del texto que han subrayado otras personas antes que yo. El aparato incluso registra cuántas lo hicieron. El de Adichie está casi entero subrayado y no puedo evitar imaginar esas manos, como las mías, acompañando el recuento de la autora: el dolor al ver a su padre muerto, solo a través de la cámara, y no poder viajar a Nigeria a despedirse porque las fronteras están cerradas.

Con mi índice derecho, subrayo el duelo de otra.

Un lector siempre es un fantasma.

*María José Navia es escritora y académica en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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