Agencia Uno

Yolanda Sultana Halabi, la Consejera de Chile: “La Lista del Pueblo necesita tener más educación”

Este es un almuerzo imprevisto junto a la mítica tarotista. La visitamos en su casa, en Ñuñoa, y la Tía Yoly habló de sus orígenes, de su hija, de Dios, de política, de su vínculo con Allende, con Pinochet, de que es cinturón negro en artes marciales y de que quiere despojarse de todos sus bienes.

“¿Sabes, hijo?”, indaga, al teléfono, a inicios de agosto, Yolanda Sultana Halabi, 82 años, formalmente soltera (hace un año perdió a su pareja), figura consular de la predicción, “he decidido dar todo a mi hija”.

“¿Está segura, Yolanda?”, le murmura el reportero, a tientas, sorprendido por la decisión: él sabe que Yolanda, la Tía Yoly, la leyenda esotérica, convive con su única hija, María Soledad, en una destacada armonía. Viven juntas, apoyándose, en Ñuñoa.

“Sí, hijo, completamente segura. Ahora espero al abogado, me junto con él. Dejaré todo a su nombre. Le traspaso todo, todo lo que tengo. Mis casas, mis bienes…”, y da un bufido, como si ella, la tarotista, hubiese emitido al teléfono una ola de mar.

He decidido dar todo a mi hija.

Luego los atraviesa un silencio melodramático, francamente incómodo. “¿Usted está bien, Yoly?”, pregunta, algo preocupado, el reportero. “Feliz, hijo, feliz”, confiesa. “El quedar sin nada es quedar en paz. Lo dice Bruce Lee, Yoly”, se agranda la prensa. Y ella ríe. Y admite: “¡Así es! Ese señor es muy sabio. Pero te voy a cortar”, revela Yolanda, y luego envía una bendición y un halo de luz gratuito al reportero y a todo su árbol genealógico

Y corta.

Intento dos

Dos días después, a las ocho de la noche, en momentos en que el reportero resolvía una urgencia doméstica, suena el teléfono.

“Hola, hijo”, le dice Yolanda Sultana, “ahora puedo hablar. Y, como te decía, daré todo a mi hija, hijo. Es una buena mujer. Le voy a traspasar esta casa en que vivo, aquí en Eduardo Castillo Velasco, y otra que tengo en Rancagua… Tengo pactada una reunión con un notario…y…”.

El reportero, en ese instante, intentaba que su perra, cuya edad es de 5 meses, 5 meses llevados con hiperactividad, dejara de morder el sofá, la cortina, el suelo, un vaso, el aire. Y es así, intentando proteger el inmueble, que un colmillo se le clava en la muñeca.

-¡¡¡Aaaargg!!!- grita la prensa sangrante.

-¿Hijo?

-¡¡¡Pero qué haces!!!- grita la prensa, sin querer, al teléfono.

-¡Es que mi hija es una buena mujer!

La perra y el reportero ruedan por la alfombra. Apenas se escucha por el teléfono:

-Y ya lo tengo decidido, hijo. Todo será de ella…

La perra se posa sobre el cráneo del reportero. El reportero se protege con un cojín que ya ha sido agujereado por los molares de la hermosa perrita.

-Yolanda…- con una mano agarra el teléfono-, me parece que es difícil hablar en este momento…

-Lo espero, hijo. No se preocupe…

La perra empieza a morder el teléfono.

-¡La llamo mañana mejor!

-Mmm. Ok.

Y corta.

Al día siguiente Yolanda Sultana Halabi no contesta el teléfono.

Intento tres

La prensa decide dar un giro. El reportero, encendido, sale a la calle, al sol, al aire sucio, camina desorbitado por Ñuñoa. Y llega hasta la casa de la señorita Halabi. Un cartel gigante la anuncia en la puerta: La Consejera de Chile.

Timbre.

Se asoma una mujer.

-¿Diga?

-Vengo a hablar con Yolanda, señora.

-¿Tiene cita?

-Prensa- argumenta el reportero, como si hubiese dicho en verdad: “A un lado, señora, esto es el FBI. Entren, muchachos, revisen todo”.

Y, bueno, ella, por alguna razón, lo hace pasar.

-Gracias, señora… ¿Usted es…?

-María Soledad, la hija.

La heredera. La conviviente. Una amable mujer, ex directora de un parvulario. Soltera, sin hijos. Una admiradora de su madre. “Vivimos juntas”, relata, “nos adoramos”.

El reportero extrae con habilidad su libreta de detective y describe lo que ve:

En primera instancia se aprecia la bandera de Palestina. A su lado, la bandera mapuche. Belén y la Araucanía en una sola muralla. Yolanda es, de algún modo, hija de la Tierra Santa: su madre nació en Belén, su padre nació en Jerusalén. Su madre murió cuando ella tenía trece años. Su padre murió pocos años después. A Yolanda se le van a conmover los ojos cuando se refiera a ellos, a sus padres, que eran, según declara, dos humanos emprendedores, vibrantes. Y millonarios. Dos palestinos que se conocieron en Chile. También se aprecian los galardones: un premio del programa La Divina Comida. Un globo dorado con el número 82, porque recientemente cumplió esa edad. Y, entre otras cosas, una botella de martini abierta.

La hija grita, de pronto:

-¡Mamá!

El reportero, mientras tomaba un artefacto de origen árabe, se voltea.

A paso lento, mirando fijamente al intruso, cubierta por una chaqueta, maquillada involuntariamente, sólo para tener que recibir a este descarado, ingresa al living La Consejera de Chile, la lectora amable del porvenir, la Bruja de estatura llamativa, la amante de Dios y los naipes, la mujer por cuyas venas corre Palestina: Yolanda.

-Hijo…

-Yoly…

Se sientan. Y empiezan a conversar sin destino. “Sí, hijo, soy de origen palestino”. “En efecto, hijo, mi padre amasó una fortuna. Pero luego se perdió esa fortuna. Luego yo, hijo, al perder a mis padres, deambulé por distintas profesiones, fui enfermera, vendí cosas arriba de los trenes. Fui, y no me avergüenzo, empleada doméstica en una casa ubicada en calle Alcántara, cerca del Villa María”. Y parece que un día, en un arrebato de índole cósmico, a Yolanda se le apareció lo que todavía no ocurría: el futuro. Empezó a respetar a su instinto, su percepción, su olfato astral. Y adaptó su vida profesional a los movimientos de las estrellas.

-¿Le puedo hacer unas preguntas, Yolanda?

-Las que quiera, hijo.

-¿Y por qué dará todo a su hija?

-Porque la amo, señor.

Entones la hija interviene: “Nos amamos”.

-Es muy noble de su parte, Yolanda. ¿Usted no tuvo más hijos?

-No. No tenía plata para tener más hijos. Pero te voy a decir algo: mi hija vale por veinte hijos.

Y la madre y la hija se lanzan, respectivamente, besos aéreos.

Fui, y no me avergüenzo, empleada doméstica en una casa ubicada en calle Alcántara, cerca del Villa María.

-¿Tiene un buen pasar?

-Gracias a Dios, hijo. Con mucho esfuerzo. Yo un día dormí en la calle, en la plaza. Pero he sabido esforzarme, ponerme de pie.

-¿Tiene AFP?

-No, hijo.

-¿Pensión solidaria?

-No, hijo. No me la dan porque tengo propiedades.

Yolanda tiene una casa en Ñuñoa, amplia, cuidada, con un jardín, con espacio para destacar fotografías con famosos, con espacio para el esoterismo y para un perro que ladra enfurecido. También tiene una casa en Rancagua, una casa venida a menos, en declive, pero que es, declara Yoly, un monumento histórico. Ya vendió otras casas. Moviliza los fondos, gestiona con audacia los ahorros.

-¿Y cómo ve a Chile?

-Van a venir cosas.

-¿Qué cosas, Yolanda?

-Hay que estar preparado. Pero con fe en Dios.

-¿Dios le habla, Dios le dice lo que ocurrirá?

-No, hijo. Dios no me habla. Yo le hablo a Dios.

Mi hija vale por veinte hijos.

-¿Y Dios sabe que usted le habla?

-Claro que sí. Dios no pone problemas para escuchar.

-¿Lo toma bien?

-¡Muy bien! ¡Es el Hacedor!

Hay una pregunta que, por supuesto, comprime las ansias de cualquier humano:

-¿Qué viene, Yoly?

-Cómo…

Yo un día dormí en la calle, en la plaza.

-A grandes rasgos, sin los detalles alarmantes, pero… ¿Qué viene?

-Hay que dar amor a los que amamos, hijo.

Entonces la Consejera de Chile sube la voz. Grita a su hija.

-¡Prepara almuerzo para tres!

-Señora- le avisa de inmediato el reportero- no se preocupe por mí, no es necesario…

-¡Dije almuerzo para tres!

-…

-¡María Soledad, el periodista y yo!

-Es que… mire…

-¡Cuando la Tía Yoly- se agita- tiene un pan… ese pan se comparte!

Todos en la mesa

Se sientan en la mesa y María Soledad sirve un menú calórico de mucha calidad. Arroz y un fragmento realmente notorio de pollo. Quizás el cincuenta por ciento de un pollo macizo. Y luego entra con el sartén ardiendo y posa en cada plato un huevo frito. Yoly ofrece jugos. Ofrece sopaipillas. Ofrece pan.

El reportero, un monje que apenas almuerza, se alimenta locamente. Y, a la vez, tras un acuerdo con Yolanda, siguen conversando y él sigue anotando frases.

¡Cuando la Tía Yoly tiene un pan… ese pan se comparte!

-¿Y la Convención Constituyente?

-Mm…

Un gesto astralmente enigmático.

-¿Qué opina de la Lista del Pueblo?

-Mire, la Lista del Pueblo necesita tener más educación.

-¿A qué apunta?

-Deberían educarse más, hijo. En Chile hay buenas universidades y hay también muy buenos profesores.

-Usted, en su momento, apoyó a Beatriz Sánchez, ¿qué le gustó de ella?

-Una muy buena mujer, hijo.

Y luego, en mitad de una mascada, como si estuviese informando de algo muy pequeño, afirma:

-Yo supe que iban a matar a Allende…

El reportero se atora con arroz.

-Cómo…

-Sí, hijo.

-¿Cómo supo eso?

Yolanda Sultana se detiene y mira a los ojos al reportero.

-Lo supe. Lo presentí.

-¿Y le dijo a alguien?

-Claro, yo le dije a la Payita que muy pronto iba a morir Salvador… No me tomó muy en serio.

De pronto salta la hija:

-Mi mamá también conoció a Pinochet y a la señora Lucía.

-¿Cómo era Pinochet?

-A mí siempre me trataron con respeto.

Yo supe que iban a matar a Allende. Yo le dije a la Payita que muy pronto iba a morir Salvador… No me tomó muy en serio.

-¿Pinochet le consultaba sobre el futuro?

-Más que eso. Es que yo donaba muchas cosas. Yo regalé sillas de ruedas, alimentos… Por eso me respetaban.

Interviene la hija, admirativa:

-Mi mamá es generosa. Todo lo da. Siempre ha sido así… Mire, señor, aquí encontré una fotografía…

La imagen permite ver a Yolanda Sultana y a Lucía Hiriart compartiendo una carcajada, rodeadas de objetos donados para los desvalidos.

-¡Pero le diré algo, hijo!- la Bruja querida sube la voz.

-Diga.

-¡Una cosa es la persona y otra muy distinta es el político! ¡Yo con el político no me meto!

Y prosigue el festín. Yolanda luego opina que la base de todo es el amor, el amor es inagotable, es lo que permite sostener la vida. Y dice que no se refiere a otras personas del rubro esotérico porque ella jamás hablará de terceros, ella se remite a sí misma.

Y opina que el país necesita bondad. El país necesita paciencia. Coraje. Respeto. No a la violencia. Sí al cariño.

¿Boric en la Moneda? “Habrá que ver su conducta”. ¿Sichel Presidente? “Habrá que ver cómo se conduce. Tienen chances ambos”. ¿Es verdad que fue violenta con un haitiano? “De ningún modo, aclara, a ese señor (un señor que la acusó de maltrato) le di comida y techo y un sueldo”. Y luego, ante una consulta imprudente del reportero (“¿Hay algo de mentira en pronosticar el futuro?”), Yolanda dice, enfáticamente, que todo indica que ha recibido un suculento don, algo inasible, una varita mágica inobjetable. Y, en lugar de dar más explicaciones, mira sin pestañear al reportero y le dice: “debes dar amor a quienes te aman”. El reportero, por supuesto, se estremece. Y da un brinco: “¡Me calza lo que dice!”. “¿Te aman?”, insiste ella, en un relativo estado de trance. “Creo que sí”, responde. “Te aman”, confirma Yolanda Sultana, demostrando con creces el poderío de su don.

-¡Aquí traigo empanadas de pino!- aparece con una bandeja la hija.

-Qué- el reportero está pálido.

-¡Pruebe, hijo!

El reportero come una magnífica empanada de pino. Transpira. Ve cosas. Hace años no comía de ese modo.

-¡Postre!- grita Yolanda.

El reportero sigue, a duras penas, afirmado a la libreta:

-¿Y usted ha amado?

-He amado, hijo.

¡Una cosa es la persona y otra muy distinta es el político! ¡Yo con el político no me meto!

-¿La han amado?

-Me han amado, hijo.

-¿Se ha equivocado en una predicción?

-Me he equivocado, hijo. Soy humana.

-¿Es usted la luz?

-No, hijo. La luz es el Padre.

-¿Le afecta cuando algunos dicen que usted podría ser chanta?

-No, hijo. Cada cual sabe lo que piensa.

-¿Ha tenido raptos de ira?

-No es conveniente que tenga ira.

-¿Por qué, Yoly?

-Bueno, hijo, yo soy cinturón negro en artes marciales.

Y la hija lo corrobora:

-¡Aquí está la foto!

Y en la imagen vemos a Yolanda Sultana Halabi vestida con un traje de karate. Y luciendo un cinturón negro. Fue adiestrada, dice, por el Sensei Petit.

-¿Y entonces se despojará de todo lo que tiene?

-Será todo para mi hija. Y una parte la quiero usar para poner unas cabañas para viejitos que lo necesiten.

Ambas se miran. Se sonríen la una a la otra.

-¿Vamos a estar bien?- el reportero se pone de pie.

-Vamos a estar bien, hijo… ¿Y ya se va?

No es conveniente que tenga ira.

-Debo irme. Le agradezco tanto…- el reportero no sabe qué decir.

Yolanda Sultana le da un regalo. Un lápiz finísimo. La prensa está caminando hacia afuera, cuando escucha desde la puerta.

-¡Hijo!

-¿Yoly?

-¡Que nos vaiga bien!- y en ese momento la Consejera de Chile, la cinturón negro, cierra la puerta. Y su perro, en la entrada, se pone a vigilar.

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