Marcelo Cicali, Liguria

Marcelo Cicali, dueño del bar Liguria: “Lo que menos toma la gente de izquierda es whisky”

El miércoles 8 de septiembre, el bar Liguria de Lastarria vivió una nueva reapertura luego de casi dos años sin poder funcionar, primero por el estallido social y luego por la pandemia. Aquí, su dueño repasa la nueva forma de operar con un 50% menos del personal y con una nueva modalidad de cartas semanales. Además, repasa las críticas a la “buena vida” y los símbolos culturales de los 90 asociados a su empresa. “No voy a convencer a nadie que esté con esas armaduras, sobre todo a la gente de redes sociales que se sienten dueños de una verdad y de una cosa impoluta”, dice Cicali.

En agosto de 1990, sólo cinco meses después de que Patricio Aylwin asumiera como el primer presidente electo democráticamente tras la dictadura, el bar Liguria comenzó a funcionar en Providencia vendiendo mechadas y jarras de borgoña.

El apogeo de la transición coincidió temporalmente con la evolución del Liguria, que se transformó en un ícono bohemio generacional y que cumplió uno de sus hitos más importantes en enero del 2018, cuando la cadena de bares inauguró su más ambiciosa sucursal con más de 1.800 m2, cuatro niveles, ascensor y una terraza interior en la Casa Valdés Freire, un inmueble ubicado en Lastarria con Merced y levantado en 1906 por Alberto Cruz Montt, el mismo arquitecto de otros símbolos de Santiago como la Bolsa de Comercio y el Club de La Unión.

El miércoles 8 de septiembre , luego de casi dos años de cierre con aperturas intermitentes, el Liguria de Lastarria volvió a abrir sus puertas. Lo hizo casi un 50% menos del personal y con una carta semanal más reducida, idea que uno de esos dueños, Marcelo Cicali, capturó recorriendo distintos comedores y picadas de Chile en un programa de televisión. 

La apertura también coincidió con un tiempo de reflexión. Cicali, quien en esta entrevista asegura que nunca pensó bajar la cortina, responde a sus críticos y vislumbra el futuro del local. 

-¿Cómo se gestó esta nueva reapertura del Liguria?

-Todo este período ha sido súper difícil. Desde el estallido, después la pandemia fue algo para lo que no estábamos preparados. Ha sido brutal en todos los ámbitos. Tanto para las personas que trabajamos acá, como para los que vienen, los que nos proveen y para los vecinos. Tener que sortear barricadas durante el estallido, el desplazamiento de nuestros trabajadores a sus domicilios, la falta de seguridad hizo que la gente dejara de venir. Después nos golpeó la pandemia, donde nos mandan a encerrar. El comercio vive de un flujo, y ese flujo se fue a cero. Y no hubo tiempo de poder programar esta falta de capital. Fue traumático, muchos optaron por  bajar las cortinas. Otros, como el caso nuestro, nos endeudamos y accedimos a créditos para seguir pagando algunos arriendos, las AFP y las leyes sociales. Fue un golpe duro, tuvimos que dejar partir a mucha gente porque no podíamos seguir con una estructura tan cara. 

-Esta no es la primera apertura en pandemia, tuvieron otra cuando sólo se podía atender en exterior ¿Cómo fue ese proceso?

-El primer proceso de apertura fue bien complicado, pero fue un aprendizaje de tomar la temperatura, de los pases de movilidad y los aforos. Además, sólo se podía atender en terrazas y hacía frío, estaba lloviendo. Esta casa en Lastarria está muy cercana a la zona 0, entonces en el barrio se vieron súper afectados los viernes u otros días con las protestas masivas, con una violencia desatada y eso también ahuyentó los clientes y le pasó algo a los trabajadores, que no quieren venir a trabajar en ese escenario. Ahora estamos para convencer, para animar, para cambiar los estados de ánimo. Este barrio está retomando su actividad normal, pero igual se ve que la gente no viene después de las nueve de la noche.

-¿Eso a pesar de que se extendió el toque de queda?

Claro. Entonces hay que convencer a los pasajeros y a los clientes, a los hoteles que tenemos acá a los lados, el hotel Cumbres y el hotel Singular. Este barrio, esta calle, Lastarria, era dominada por gran número de turistas que día a día pasaban por acá, llenaban este boliche y producto de la pandemia y un poco también por el estallido, desapareció todo ese flujo. 

-¿Y qué hace de esta reapertura diferente a las otras?

-Hay un componente muy distinto. Pero mi sensación es que el barrio está de nuevo tomando color, tomando el brillo que lo hace tan único.

-¿Qué elementos conforman esa apreciación? Me imagino que no brotó de la nada

-Hay un trabajo de la junta de vecinos, hay un trabajo de resistencia también de los restaurantes. Nosotros aprovechamos este tiempo para hacer un montón de reparaciones. Esta es una casa que tiene 120 años. Tiene una historia maravillosa, acá funcionó la Comisión Chilena de Derechos Humanos, el Instituto Chileno Francés, esta casa fue parte de la trinchera cultural que hizo resistencia a la dictadura. Ya vamos para los dos años en que nos ha tocado de todo: abrir, cerrar, ver los aforos.  Esta casona luce muy bien por dentro; entonces atender afuera, sobre las terrazas, le quitaba todo este orgullo que siento por el patrimonio que involucra.

-Es dicotómico: me comentas lo que esta casa representa en la lucha por los derechos humanos, pero también sufrió por la violencia de los manifestantes

Es que a través de los años y de las generaciones todo se va resignificando. Por ejemplo, atacar la iglesia que está acá en el barrio fue un acto absurdo. Es una iglesia a la que los vecinos le tienen mucho cariño, yo la aprecio a pesar de que no voy a la iglesia. Las casonas del barrio tienen esta arquitectura tan única, estas callejuelas tienen algo muy especial; y claro nos tocó pasar un momento muy duro, pero estamos para salir adelante. Estamos con ánimo, y te hablo en plural: los vecinos, el comercio, nuestro equipo acá en el Liguria.

El 2018, en la inauguración del Liguria de Lastarria se realizó un mural de Víctor Jara y Jorge González, el que aún se mantiene en su terraza interior.

-¿Cómo será la carta ahora en el Liguria?, ¿similar a la de antes?

-Antes de la crisis social, del estallido y la pandemia, funcionamos cambiando la carta todos los días; y con una carta para el día y una carta para la noche. Lo que nos enseñó esto es que para nosotros es mucho más cómodo, rápido y efectivo trabajar con una carta semanal. Una carta que la mantenemos de lunes a sábado -acá atendemos de martes a domingo en Liguria Lastarria- y a la semana siguiente tenemos otra. 

-¿Cuál es la esencia de estas cartas?

-Generalmente estamos hablando de lo mismo, de comida chilena. Entonces si hay una semana en que llueve y hace frío, por supuesto que tenemos que tener cazuela. Porque para mí la cazuela es la madre de todos los platos, de todas las cocinas chilenas. Tiene todo lo que a me gusta. Tiene papas, que me encantan, tiene la proteína, tiene esta verdura de la estación, poroto verde o choclo. Y tiene caldo, que para mí es lo principal.

-¿Se apostó por menos platos, por apuestas seguras para la gente?

-Claro, vamos teniendo menos platos. Creo que si algo cambió en esta pasada, es que se acabaron los restaurantes con 150 etiquetas de vino, los restaurantes con 18 entradas, 30 platos de fondo y 16 postres. Hay que ser ágiles, hay que usar la inteligencia: más que la inteligencia personal, hay que usar la inteligencia colectiva. 

-¿Por qué?

-Porque no puedes tener mermas. Los aforos son mucho más reducidos. Si antes atendía a 100 personas en un servicio, ahora no puedes tener 40 platos de comida distintos.

-Me imagino que eso implica flexibilidad

-Sí, y todos los restaurantes hemos ido avanzando en esa línea. Lo mismo con el horario de atención. Antes de la crisis social había restaurantes o bares que cerraban a las 2, 3, 4 de la mañana. Creo que esto nos enseñó también que podemos acortar las jornadas de trabajo, cerrar más temprano. Al santiaguino le quedó gustando salir más temprano. Quizás irse de la oficina, como pasa en todo el mundo, y que la cena sea a las 7 de la tarde. Antes la gente se juntaba a las 10, 10.30 de la noche y se quedaba hasta las 3 ó 4 de la mañana. Yo creo que eso va a mutar un poco.

-¿No te da nervio? Quedarse hasta tarde es la esencia del Liguria…

-Creo que en el Liguria de Manuel Montt vamos a cerrar un poquito más tarde, pero va a estar dado por el comportamiento de la gente. Nos tenemos que adecuar a ese comportamiento. O sea, yo feliz de trabajar hasta las 3 de la mañana si hay gente, pero si no hay gente ¿para qué voy a estar hasta las 3 de la mañana? 

El primer plato elegido en la reapertura del Liguria fue la cazuela de vaca.

-Participaste en un programa de televisión donde conociste hartas realidades de las cocinas también. También las crisis de varios locales.

-Claro, con la pandemia. La última temporada de Plato Único se trató de eso, de ver cómo estaban los restaurantes que habíamos ido antes y cómo estaban funcionando después; y como te decía, todos se adecuaron. Había por ejemplo uno en Curicó, donde un señor tenía en su rancho un restaurante con hartos platos de comida; y ahora solo tenía corderos, empanadas, pastel de choclo y cazuela. Pasó de tener 15 ó 20 platos a tener cuatro. Y el restaurante estaba lleno igual. Y no tenía mermas, pérdidas ni grandes reclamos.

Los golpes al Liguria

-Hablábamos del estallido social.  En relación a eso, en redes sociales muchos criticaron la onda de los 90 y los 2000. Hubo una entrevista a Álvaro Díaz en La Tercera donde se habla de esas interpelaciones al Liguria, a la Jane Fonda, a Los Tres, incluso al Clinic. ¿A ti qué te parecen esas críticas?

-Me parece que responden a una generación y son súper válidas. Y más que enfrentarlas, hay que comprender de dónde vienen. Lo que sí yo no comparto son los juicios, puedo compartir afirmaciones, pero de los juicios me trato de alejar.

-¿Cómo qué juicios?

Como que todo lo que pasó en estos 30 años fue malo. No. Eso es un juicio. No hay una reflexión. No, no todo fue malo. 

-También se habla de que estos espacios son representantes de la Concertación ¿Qué te parece? 

-Que sí, quizás sí la representaron y bien por eso, porque era el único espacio que teníamos. Recordemos que hasta hace muy pocos años había senadores designados, no había divorcio, estaba penalizada la homosexualidad, no había pastilla del día después. Incluso mataban a gays. Acá hubo dos o tres asesinatos en este barrio. Yo creo que la crítica es legítima, la reflexión más que el juicio de una generación es absolutamente legítima. Ahora, puede que yo la comparta o no. Además, las cosas cambian. Es como las peluquerías antiguas de hace 50 años ¿Cuántas quedan? Ninguna. ¿Y eran malas? No. ¿Eran demasiado masculinas o respondían al hetero patriarcado? No lo sé. Pero ahí se cortaba el pelo mi papá y me encantaría ir a una de esas, pero ya no quedan. Las cosas van cambiando y uno o se adecúa o persiste en su propio ideario y modelo de negocios. ¿Es el Liguria el mismo espacio que hace 30 años? No. ¿Es el Clinic el mismo que hace 30 años? No. ¿Es Chile el mismo de hace 30 años? No.

-El Liguria no es el mismo de hace 30 años, pero tampoco destripa su identidad.

-No, por supuesto. Y por eso te digo que es importante el patrimonio. Bares siempre van a haber, si cierra el Liguria abrirán otros. Pero siempre habrán bares que despiertan algo identitario. En todas las capitales del mundo existe un bar que identifica mejor a un barrio o el sentir de una tribu. Y eso no está mal, y si es en la Estación Central o en Chuchunco es válido. Si es en la Avenida Ecuador es válido, pero si es en Lo Barnechea responderá a los intereses y a la visión y al ideario de la gente de Lo Barnechea. No me gusta ver las cosas en blanco y negro. Creo que es mucho más interesante ver en colores. Además, ¿son los mismos adolescentes y jóvenes universitarios de hoy iguales a los que pelearon contra Pinochet? No, son súper distintos.

-¿En qué se diferencian?

-Puta, de partida en mi generación no andaban pegados al celular. No teníamos una dependencia de los padres. Todo lo contrario. Nosotros queríamos salir; yo me fui de mi casa a los 18 años. Toda nuestra generación abandonó rápidamente a los padres, lo único que queríamos era aprender a manejar. Hoy día los cabros no manejan, los cabros siguen viviendo con los padres. Pueden ser interpretaciones respecto a las pasiones que uno le va poniendo, pero yo no espero que mi hijo sea igual a mí. Me cargan esos papás que celebran que sus hijos escuchen la misma música, sea Quilapayún o sea AC/DC o Led Zeppelin.

-El otro día vi varias burlas a videos de Youtube del tipo “a mi hijo escucha Iron Maiden, estoy orgulloso de él que no escucha Bad Bunny como toda su generación”.

No, lo encuentro patético, es una cosa más que ocurre, yo espero que mis hijos sean súper distintos a mí. 

-¿Y esperas que el Liguria pueda convocar a esos papás que escuchan Iron Maiden y a ese hijo que escucha Kidd Tetoon, por ejemplo?

Yo creo que lo importante de los bares no es quienes lo trabajan, sino la identidad que se les produce a las personas que acuden a él. ¿A qué vas a un bar? ¿A qué vas a un restaurante? ¿Vas a comer solamente? Si podrías comer en una plaza. Vas por el acto transaccional de comprar y vender, ¿de eso se trata? En parte sí, porque es un negocio, ¿Pero a qué más va uno? 

-¿A celebrar?

-Es curioso, pero cuando te contratan en una pega, vas al bar. Cuando te despiden de una pega, vas al bar. Cuando conoces a tu pareja, vas al bar. Cuando te patean o terminaste, vas al bar. Cuando se muere alguien, vas al bar. Cuando nace tu hijo, vas al bar. En el bar conviven distintos tipos de emociones. Y el bar tiene que ampararlos. Por cierto, a quienes tienen ideologías distintas. Pero es como obvio, es como lógico que tiene que pasar eso. Es lógico que tiene que venir el papá que le gusta el tango, y si viene el hijo que le gusta Kidd Tetoon, la raja.

 -¿No te cierras a recibir música nueva?

-No, para nada. La música urbana me encanta. 

-¿Pero invitarías a artistas de trap?

-Por supuesto. Lo encuentro interesante, entretenido, nuevo, místico. Y te diría que también, si hay una banda metal ¿por qué no?, ¿cuál es el problema? Ninguno. En un bar caben todos. No es una iglesia. No es una religión. No hay juicios. 

-¿El Liguria no es una iglesia, no es una religión?

-Mmmm. Es una parroquia. Porque hay parroquianos. Por eso dice parroquia. Pero no hay que tener juicios. Tú en una conversación puedes tener afirmaciones.

-¿Has sentido que hay un juicio directo hacia el bar?

-Creo que en esta pasada de los últimos dos años, toda esta cosa de que muchas personas o muchos cabros vieron en el estallido una manera de poder gritar lo que les estaba pasando y de poder buscar una identidad, parece ser que se entiende que mientras más fuerte grito, más atención gano.

El Liguria antes de la pandemia y el estallido social.

-¿Pero cuál es el juicio que se engloba en esos gritos?

-Que todo lo que pasó en los 30 años fue malo. No, no fue malo todo. Ahora, que hubo cosas malas, que hubo corrupción, sí, por supuesto. Pero mi sensación es que no fue todo malo. Como para el estallido social no fue todo destrucción, maldad y terrorismo en la zona 0. Tampoco creo eso.


-Con respecto de los 30 años, ¿sientes que se engloba al Liguria dentro de esa premisa?

-Bueno, es que nosotros partimos en el año 90. Entonces claro, van a ser los 30, los 40, ojalá que los 50 también… Nosotros partimos en el año 90, en un momento en que no había bares o eran muy pocos. Y partimos recibiendo una generación joven, que era la mía, que no tenía espacios donde poder juntarse, manifestarse, empezar a definir sus gustos. Y sí, pertenecemos a esa generación sin duda, a pesar de que nunca fuimos visitados tanto por políticos. A lo más puede ser, no sé, un ministro…

-Pero sí llegaron diputados

-No, fíjate que no tanto. No. 

¿Marcelo Díaz es u…

– (Interrumpe). Sí, pero… Puede ser… Yo conozco a Marcelo. Pero tampoco tanto. Mejor te pregunto ¿tú has ido al Liguria?

-Sí

-¿Has visto hartos políticos?

-Nunca he visto uno. 

-Huevón, viste. Eso parece ser una construcción…

-Pero vinieran o no, está esa concepción de que venían a hacer el conventillo acá…

-Bueno, está bien, yo no voy a pelear contra esa idea, porque no tengo que estar demostrándote si era verdad o mentira. Pregúntale a cualquier persona y si venían, sí, probablemente sí, yo no estoy metido las 24 horas acá. Pero no era un lugar, es mi impresión, repleto de política. Si era un lugar mucho más repleto de periodistas, diría yo. Venían el Álvaro Díaz, el Pato (Fernández), el Rafa (Gumucio), 

-Ellos, al igual que los políticos, también han sido criticados por representar la…

-(Interrumpe) Pero bueno, si también tenís que recibir las patadas de tu hijo de repente. Pero hay que matar al padre, hay que matar al padre. Yo los maté a los 18 años. A los 20, perfecto, pero hay que matarlos po, no podís estar 15 años matando al padre po hueón. Y viviendo con él.

-¿Qué te parece la confrontación a estos símbolos?

-Me parece la raja, porque encuentro que ser joven y no ser rebelde es no ser joven. La raja, muy bien. Tienes todo el derecho del mundo. La raja que exista eso. Yo no me enojo con nada.

-¿Qué piensas del mote de “la izquierda whisky”, que es lo que se suele decir para algunos de los íconos de la izquierda de los 90?

-El trago que menos vendemos acá es whisky. Y lo que menos toma la gente de izquierda es whisky. Yo no voy a pelear contra eso. Si tú me querís agredir con eso, buena onda, pero yo te diría, la gente de izquierda no toma whisky. Toma vodka, toma ron y toma piscola. Si no, no sé. Yo nací en Avenida Matta, me crié en Ñuñoa, estudié en el Manuel de Salas, un colegio de la Universidad de Chile, he vivido toda mi vida acá en Providencia, en Santiago Centro, en Peñalolén. Tengo un auto del año 2009, tengo una cabaña chica en Maitencillo, mis aspiraciones no van por parecer algo. Mis aspiraciones van más por ser algo. Entonces no entro a discutir o a defenderme. La felicidad es un estado interno.

-¿En el sentido de que sólo te haces cargo de lo que puedes manejar?

Por eso te digo. Si al Liguria porque vendemos perniles y borgoñas y arrollados lo querís enjuiciar por un lado o por otro, bien. Buena onda. No me vai a hacer enojar, ni voy a contestar.

-O sea, ¿no hay autoflagelación del Liguria con respecto a las críticas? 

Yo no me puedo sentir orgulloso del Liguria porque no he terminado mi trabajo acá. Sigo construyendo, sigo trabajando. Y mira lo que hicimos, estamos en esta casa, estamos en este barrio, nos llevamos muy bien con todo el mundo. ¿De qué me tengo que avergonzar? De nada. Y que he cometido errores, puta, quién no. Y sé pedir perdón cuando me equivoco, entonces no me enrollo, como te digo: la felicidad es un estado interno.

-¿También se dice que estos lugares fueron espacios para el desarrollo de la élite…

-No lo sé, nunca lo he visto en esa perspectiva. Tú puedes bajar y ver los comedores y ver en la noche la gente, y me podrás decir si para ti es élite o no. Primero tendríamos que definir qué tipo de élite. Si es una élite intelectual, no sé, yo nunca he visto rectores de universidades, ni grandes pensadores, ni ensayistas. Si me decís élite económica, yo creo que nunca ha venido un hueón así como millonario. Así como los Penta o el Presidente Piñera. Entonces es fácil caer en la caricatura.

Salir a flote

-¿Pensaste en algún momento en bajar la cortina como alguno de tus colegas?

No. Con mis hermanos partimos en esto muy cabros. Yo partí trabajando a los 22 años el año 90. Llevo 31 años en esto y sabría muchas cosas que podría hacer, pero me gustan las peleas. Me gusta sacar adelante, me gusta este momento difícil: es un buen desafío para desarrollar nuevas habilidades. No sólo mías; también las personas que trabajan acá. 

-¿Recibiste alguna ayuda del gobierno por la pandemia?

-No, creo que no. O sea, si nos regalaran un basurero hueón, perdóname… ahora también hay unas cosas del empleo que te pasan, que es un monto de plata que es como un incentivo a la contratación.

-¿El ILE no?

-Claro, como ese tipo de cosas; pero ahora que tú me digai: “Oye, pero es que a ti el Ministerio de Hacienda te dio una línea directa de tanto”, no. Es re fácil acusar y caer en el sarcasmo y en la caricatura. Cuando yo siento eso, inmediatamente no pesco, me resbala, porque no es verdad.

-¿No entras en discusión?

-No gano nada. Pierdo tiempo. No voy a convencer a nadie que esté con esas armaduras, sobre todo gente de redes sociales que se sienten dueños de una verdad y de una cosa impoluta y como de un nivel ético y moral… Si, hueón, el ser humano está lleno de errores, yo confío más en la gente que se equivoca que en la gente que dice que no se equivoca. A mí me gusta la gente que toma tragos, me gusta fumar marihuana, la gente que es coqueta, me gusta el fútbol, me gustan las empanadas, me gusta el pebre. No soy un hueón impoluto, una persona aséptica. Confío más en ese tipo de gente que en la que anda como inquisidora. 

-¿Y esa “inquisición” ha sido sólo por redes sociales? ¿A ti te han dicho algo directamente?

-No.  Yo camino y ando en metro todo el día. O sea, ahora ando en auto. Porque llego muy temprano y me voy cuando ya no hay locomoción. Pero en mi vida diaria normal, yo camino y ando en metro tranquilo. Nadie nunca me ha dicho nada y solamente recibo buena onda y cariño, la gente me saluda y súper bien. No falta el que te dice “oye es que yo fui la otra vez y no sé qué, pasó esto”; y bueno, la crítica es súper válida también. Pero el juicio moral o el ataque, nunca.

-Esta fue la mayor crisis por la que pasó el Liguria, ¿no?

Creo que esta crisis en nuestra edad laboral ha sido la más grande, porque además fueron dos pegadas y vamos a cumplir dos años. Mi hija más chica nació justo una semana antes del estallido. No trajo una marraqueta, trajo una molotov bajo el brazo. Los primeros días fue extraño, porque no la podía ver. Pero después, para el encierro, sí pude estar mucho con ella. Entonces fue un regalo. Y bueno, esto también lo he podido sobrellevar porque hago psicoterapia hace muchos años. Hace muchos años empecé a ayudarme a mí mismo.

Cicali en uno de los comedores del bar Liguria de Lastarria.


-¿Desde hace cuánto ?

-Por lo menos 12; quizás más, 14 años. 

¿Con el mismo especialista?

No, estoy con segundo. Y también con visitas al psiquiatra y tomando medicamentos para estabilizar el ánimo. Esto no se pasa sólo con agüita como las que tomo todo el día. 

-No es común que personas de tu generación asuman públicamente que van al psiquiatra; ¿coincides?

-Sí, lo que le pasa a mi generación es que es una generación más ruda. La terapia la ve primero como un gasto innecesario, como: “¿conversar de qué? ¿pa qué?”. Como que no lo entiende, porque no lo ha experimentado. Para mí ha sido una gran experiencia tener psicoterapia hace tantos años.

-Ha sido imposible no hablar allí del encierro, me imagino.

De todo lo que provoca. Yo tengo que conversar sobre esto, sobre cómo enfrento ciertas situaciones, mis miedos, mis frustraciones, el no tener tiempo para mi familia.

-¿Y a qué le tienes miedo?

En general no le tengo miedo a nada. No es que sea valiente, no se trata de eso. El otro día vi una película de terror y me cagué de miedo. Pero así como de cosas en la vida, nada. Yo creo que no te va a faltar nada que necesites, solo te podrá faltar las cosas que quieres. Va a estar todo bien. Voy a comer, dormir, tenemos una cama, tengo 4 hijos maravillosos. Entonces está todo bien. 

-Oye, y en esta reapertura ¿cómo viste a los clientes? 

-Hay una pareja de señores que venían prácticamente todos los días a cenar, a tomar una botella de vino y pasaban tres horas acá. Y ayer, primer día que abrimos, vinieron. Eso para mí fue maravilloso. Si tu vai a Lo Barnechea y llega una pareja de hombres tomados de la mano, o una pareja de mujeres tomada de la mano, quizás todavía hay algo medio extraño. En este barrio no es sólo eso, acá nosotros recibimos parejas de 70 años que vienen de la mano y son del mismo sexo ¿cachai? Es maravilloso. 

-¿Sientes orgullo que ese tipo de comensales elijan el Liguria?

-No, fue el trabajo que me tocó hacer. Orgulloso no me siento. No va por ahí. Me siento gratificado. Lo que más me gusta es hacer mi trabajo y que la gente que venga se sienta bien. Los españoles tienen una palabra súper bien domesticada: hospitalidad. Hacer sentir como en casa. Tanto a la persona que es metalera como a la que le gusta un cantor más nuevo. ¿Cómo conviven en un mismo espacio? A través de la comida, de la bebida, de la música, del techo, del espacio, del aire acondicionado, de lo que pusiste en el baño, de lo que pusiste en la terraza, del mural que elegiste, de un cuadro que colgaste.

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