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Columna de Manfred Svensson: Vuelta a la normalidad

Hoy necesitamos una buena dosis de pensamiento y acción en sentido contrario: un renovado aprecio por la normalidad, un abierto reconocimiento de las bondades de la vida ordinaria, una vuelta –cuidadosa pero firme– al conjunto de nuestras rutinas.

En la introducción a su obra Límites, Robert Spaemann notaba una singular ventaja que le había dado el nacer en los años veinte: aunque vagamente, había alcanzado a forjar un recuerdo de una normalidad previa al ascenso del nazismo. Personas nacidas apenas poco después carecían de eso: para ellos la normalidad fue la vida bajo Hitler, y así rechazar el pasado nazi se volvió casi sinónimo con rechazar la idea misma de normalidad. La idea de normalidad quedó, por decirlo así, hitlerizada. Casi no hay discusión que no esté hoy teñida por esa tosca identificación.

Pero el estar liberado de ese lente no pasa solo por cuándo le toca a uno nacer, sino de qué hace uno con los recuerdos y etapas formativas, y de qué ideas uno se alimenta. Después de todo, en Chile nos ha tocado precisamente lo opuesto a lo que Spaemann vio en sus contemporáneos más jóvenes: los que poco menos piensan que vivimos en dictadura no son una generación formada bajo una oprobiosa tiranía, sino quienes han vivido el periodo con menos tensión de nuestra historia. El veneno que identifica normalidad con opresión, sin embargo, corre hace tiempo por las venas de algunos.

Esta mentalidad se deja ver en todo orden de cosas. Por lo pronto, en la tendencia a pensar que es solo en la ruptura y la heterogeneidad que hay emancipación, y en la consiguiente dificultad para pensar una libertad bajo reglas. No es el tipo de espejo en que nos gusta mirarnos, pero sujetos como Rojas Vade nos dan cierta idea de cómo puede terminar quien piensa así. Y esta inclinación se extiende también al modo en que se procesa los singulares tiempos que vivimos, con su fatal combinación de estallido y pandemia. Es cosa de ver la reacción que, un año atrás, se produjo cuando un primer plan de gradual reapertura fue bautizado como “nueva normalidad”. Muchos recibieron ese nombre con enorme escándalo, casi como si de una forma de negacionismo o de una vuelta al Antiguo Régimen se tratara.

En Chile nos ha tocado precisamente lo opuesto a lo que Spaemann vio en sus contemporáneos más jóvenes: los que poco menos piensan que vivimos en dictadura no son una generación formada bajo una oprobiosa tiranía, sino quienes han vivido el periodo con menos tensión de nuestra historia.

El más destructivo efecto de esta mentalidad obviamente es el enorme número de escuelas que se mantuvieron cerradas por cerca de un año y medio. Que su cierre se justificó en unos meses de verdadera excepcionalidad es algo que no discute nadie. Tampoco nadie discute que para innumerables escuelas la normalidad misma es tremendamente adversa. Pero la alternativa, la de nunca dar pasos decisivos de regreso a la educación presencial, la de imaginar que todo riesgo es excesivo, es un verdadero mundo de fantasía. Esa fantasía se alimenta en parte de nuestra aversión al riesgo, y el Colegio de Profesores desarrolló una habilidad sin par para explotar ese temor de los padres. Pero no es solo el temor lo que les dio poder: todo descansa en la ilusión de que podemos vivir en una excepcionalidad absoluta sin que tenga efectos devastadores, efectos que en este caso recaen sobre la educación de los más pobres.

No es muy distinto lo que ha ocurrido en nuestra discusión sobre los sucesivos retiros de los fondos de pensiones y sobre el Ingreso Familiar de Emergencia. Aquí abundan los que aprueban medidas que ellos mismos no sabrían ya como justificar, incluso concediendo su carácter pernicioso. Pero el escándalo que esto debiera producir en buena medida logra diluirse en el discurso en torno a lo excepcional que es nuestra circunstancia. Claro que normalmente esto produce inflación, y claro que normalmente ella golpea a los más pobres; claro que normalmente hay que preservar esos escasos fondos para financiar pensiones. Pero, de algún modo, se logra creer que las normas que usualmente rigen pueden aquí ser ignoradas.

Esta mentalidad se deja ver en todo orden de cosas. Por lo pronto, en la tendencia a pensar que es solo en la ruptura y la heterogeneidad que hay emancipación, y en la consiguiente dificultad para pensar una libertad bajo reglas.

Hoy necesitamos una buena dosis de pensamiento y acción en sentido contrario: un renovado aprecio por la normalidad, un abierto reconocimiento de las bondades de la vida ordinaria, una vuelta –cuidadosa pero firme– al conjunto de nuestras rutinas. No está nada de mal que nuestra idea de lo normal se vuelva desafiada y ampliada, que nos preguntemos si es correcto lo que se defiende en su nombre. Pero no es solo la idea de normalidad la que puede ser opresora. Después de todo, también quienes presentan la vida actual como completamente excepcional se hacen con ello de un arma para sugerirnos o imponernos sus excepcionales soluciones. Hacer excepciones en favor de uno mismo –consideraba Kant– es la definición misma de inmoralidad. No estaría mal extender esa advertencia al modo en que pensamos sobre la propia época y la propia generación.

*Manfred Svensson es académico de la UAndes e investigador senior del IES.

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