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Columna de Lina Meruane: Raras reglas

Me extrañó no haber oído ni leído que la vacuna pudiera incidir en los ciclos menstruales. Y no es que no me haya sumergido en cientos –acaso miles– de artículos sobre los avances y retrocesos de este virus.

La semana pasada, a las puertas de una librería, un amigo escritor me preguntó por mis reglas. No por las normas que rigen mi vida cotidiana dentro y fuera de la pandemia ni por las reglas de medir, sino por las otras, las sangrientas. ¿Tus reglas andan bien? Me pareció una pregunta un tantito íntima y él debe haberlo notado en mi gesto incrédulo: de inmediato agregó, a modo de explicación o de disculpa, que su mujer las tenía completamente alteradas, que las amigas de su mujer se quejaban de lo mismo: reglas demasiado abundantes precedidas por fuertes dolores de cabeza.

Como este no es un consultorio, ni médico ni sentimental, no voy a relatar el resto de esa conversación. Si me detengo en este episodio es porque me extrañó no haber oído ni leído que la vacuna pudiera incidir en los ciclos menstruales. Y no es que no me haya sumergido en cientos –acaso miles– de artículos sobre lo que se ha ido sabiendo sobre los avances y retrocesos de este virus: desde las tesis conspiratorias de su fabricación (tesis que también circularon en los tiempos del sida) hasta las cifras de contagio y las gráficas de muerte, desde las esperables mutaciones del bicho a las alteraciones inflamatorias que provoca en pulmones, corazones, narices, ojos y cerebro, entre otros órganos vitales. Y desde el fenómeno del covid asintomático al terriblemente duradero. Y porque esto es de vida o muerte, he seguido con expectación el desarrollo veloz de las vacunas y sus mecanismos, y la resistencia de tanta gente a estirar el brazo para recibir una dosis, dos, incluso tres.

¿Cómo era posible que me enterara de estas raras reglas de manera tan anecdótica? No puse en duda lo descrito por mi amigo, no me extraña que las mujeres estén revelando efectos imprevistos de una medicación. Sé que los cuerpos de las mujeres responden a los remedios de maneras inesperadas para la ciencia precisamente porque los científicos no nos prestan suficiente atención. Y sé que habrá quien me tilde de biologicista, pero hay estudiosas de la ciencia, feministas declaradas como Gabrielle Jackson, capaces de demostrar más que un sesgo patriarcal en los protocolos clínicos. Dice Jackson que recién en los años noventa del siglo pasado se incluyó a mujeres en los estudios y que, asimismo, la medicación suele ser probada, incluso hoy, en cuerpos de hombre (o de ratones machos). Jackson asegura que los investigadores han justificado esta práctica de universalización masculina en que las mujeres (y las ratas hembra) echan a perder los datos con sus constantes cambios hormonales. Y se pregunta, y yo con ella, si no sería por eso mismo fundamental examinar cómo opera determinada droga antes de dársela a ellas, no sea que experimenten un riesgo mayor.

Porque, si la norma es el cuerpo masculino, ¿qué pasa cuando una mujer, más pequeña, más liviana que un hombre, con otro metabolismo, recibe las mismas drogas (las mismas dosis de las mismas drogas) que los hombres que pasaron por las pruebas? Y lo peor es que está (estadística y experiencialmente) comprobado que los médicos suelen descartar los síntomas descritos por sus pacientas, como si se estuvieran inventando aquello que el médico desconoce, como si necesitaran, ellas, darse una vueltecita por la consulta del siquiatra a donde con frecuencia se las manda en busca de un diagnóstico.

Sé que los cuerpos de las mujeres responden a los remedios de maneras inesperadas para la ciencia precisamente porque los científicos no nos prestan suficiente atención. Y sé que habrá quien me tilde de biologicista, pero hay estudiosas de la ciencia, feministas declaradas como Gabrielle Jackson, capaces de demostrar más que un sesgo patriarcal en los protocolos clínicos.

Que la alteración de las reglas no afecte la fertilidad no es excusa para un silencio que reviste gravedad: para que funcione cualquier campaña de salud pública, incluida la de vacunación, importa que se pueda confiar en quien nos la recomienda. Y esa confianza se ve mermada cuando la vacuna provoca extraños coágulos sólo en los cuerpos de algunas mujeres, o cuando provoca reglas raras que nadie se da la molestia en reconocer, que los médicos pasan por alto. Son cientos de miles de mujeres las que menstrúan sobre el planeta, y sobre lo que les pasa se ha dado, a lo largo de los siglos, muy poca explicación.

Lo peor es que está (estadística y experiencialmente) comprobado que los médicos suelen descartar los síntomas descritos por sus pacientas, como si se estuvieran inventando aquello que el médico desconoce, como si necesitaran, ellas, darse una vueltecita por la consulta del siquiatra a donde con frecuencia se las manda en busca de un diagnóstico.

*Lina Meruane es novelista, ensayista y docente. Entre sus últimos libros se cuentan la novela “Sistema nervioso” y los ensayos “Contra los hijos” y “Zona Ciega”.

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