Ariel Mateluna, actor: “Soy cuma, pero no le hago mal a nadie”

Quiso postularse a diputado, pero el Servel rechazó su candidatura. “¡No les conviene que alguien de abajo llegue a un Congreso que legisla para los que están arriba!”, dice. Apeló y no obtuvo frutos. Aquí el mítico Machuca revela sus rabias con el sistema, con los políticos, con el modelo. Además, habla de su niñez, de su bajón, de sus luchas y de su hijo.

Esta es la historia de una corta y dolorosa candidatura al Congreso que protagonizó Ariel Mateluna, el actor de cine, y que comenzó el 24 de agosto:

-Estoy harto de estar harto.

Eso dijo aquel día. Y deslizó que estaba enojado con el poder, con los políticos, con las autoridades subyugadas a los millonarios, con el liderazgo neoliberal, con los que pisotean, con ese tipo de empresarios poderosos que se dirigen a la oficina adheridos al helicóptero, con este modelo que aportilla al pobre, y, por ende, sí, abran paso, preparen los titulares, Ariel Mateluna, residente en Recoleta, el Machuca de la gente, el habitante del margen, comunicaba que quería ser diputado. Quería representar a los comunes, acogido por el Partido Comunes. Y fijó la vista en el Distrito 12.

Pero el 2 de septiembre el Servel impugnó su candidatura. Dijeron que Ariel Mateluna había cometido un error en su postulación. Ariel apeló tres veces; y tres veces lo rechazaron. Ariel exigió justicia. Alzó la voz y el puño. Todo fue en vano: Mateluna quedó impedido de alcanzar un escaño. Y ahora, justo hace un rato, Ariel se ha enterado que los senadores aprobaron a prisa una ley corta que permite salvar las candidaturas de varios políticos, entre ellos la del diputado Ricardo Celis. Le llaman, justamente, la Ley Celis. Y el señor Celis puede quedarse en el Congreso, y el señor Mateluna puede quedarse mirando la luna.

-Demoraron quince minutos en aprobar esa ley -informa Ariel.

-¿Qué está sospechando?

-Nuevamente el Senado legisla para favorecer a los mismos de siempre.

Y el actor, el político en estado volcánico, eleva la voz:

-¡No les conviene que alguien de abajo llegue a un Congreso que legisla para los que están arriba!- y advierte en un brote de ira chilena que “nos están pasando por la raja”. Anuncia que, con el equipo jurídico de Comunes, el partido, piensan tomar acciones.

-¿Qué ideas estaba proponiendo como postulante a diputado?

-Arreglar el Sename. Que el Sename no trate a los niños como delincuentes. Viviendas dignas. Educación digna. Cultura digna. Salud mental.

En fin. Según relata, a él lo desbarrancaron de la pista, le fracturaron la pierna: Mateluna ha quedado fuera. Y él, en la noche del miércoles, con su hijo Salvador colgado a su espalda, amenaza: “Vamos a seguir trabajando”. ¿Y por qué ese plural? “Hay mucha gente conmigo, no estoy solo, creo en lo colectivo, en formar comunidad, no se trata de individualismo, se trata de algo mayor, de ayudar, de brindar un brazo, de ayudar a la gente a salir del hoyo”.

Y respira un poco.

Ariel Mateluna tiene 32 años y es el hito fílmico del pueblo. Tenía 15 años cuando protagonizó la película cumbre de la desigualdad. Ariel es Machuca, Pedro Machuca, el moreno que en la película se insertó a la fuerza entre los rubios.  Ariel ganó un Altazor. Fue el pobre que se hizo famoso. Fue el niño criado por una mujer agobiada, el vecino de los pandilleros que un día asomó el cuello fuera de la cuadra y se encumbró entre los artistas.

¡No les conviene que alguien de abajo llegue a un Congreso que legisla para los que están arriba!

-Me han pasado muchas cosas, amigo.

-¿Qué cosas?

-De todo.

-¿Cómo qué?

-Amigo, yo vendí helados en la micro. Yo sé lo que es tener hambre. Yo he macheteado. Conseguía dos luquitas y las daba a mi mamá para comida.

-¿Usted es pueblo?

-Yo soy parte del pueblo. Soy uno más. Soy de la gente.

-¿Qué es el pueblo, Ariel?

-Es la clase trabajadora. Los estudiantes. La dueña de casa. La gente que se levantó el 18 de octubre. El pueblo es el que cuando se une nadie lo detiene.

-¿Angelini es pueblo? ¿Un ídolo como, no sé, Nicolás Massú, es pueblo?

-No. Son parte del país, pero no son el pueblo.

Tras el éxito de Machuca, Ariel filmó siete películas, doce series nocturnas y accedió a seis teleseries. Ha vivido en los dos polos: el estómago vacío y el caviar. La desesperación y las risas de cóctel. Ha estado aquí y ha estado por allá.

El reportero de pronto lo mira con afán sociológico y detecta a un chileno con tristeza. Allí está Machuca con un par de canas.

-Más allá de la política… ¿Usted cómo está, Ariel?

Ariel modera la furia. Y admite:

-Yo estaba deprimido, amigo. No sé. No estaba feliz, no tenía mucha pega. Y estaba mi hijo. Tuve un hijo.

Yo sé lo que es tener hambre. Yo he macheteado.

-¿Qué ocurre con un hijo?

-Cuando uno tiene un hijo quiere darle un ambiente justo.

-¿Y qué pasó?

-Llegó el 18 de octubre. Chile despertó. Yo desperté.

El universo del rabioso

De modo que Ariel empezó a ir a protestar todos los viernes. Se hizo Brigadista de Salud. Cánticos, puños alzados, pancartas. Protestaba de forma pacífica…

-…aunque entendía la violencia…

Y explota:

-¡Entendía a los cabros del Sename! ¿Y sabes…?

-Diga…

-¡Yo fui testigo de que los que quemaban los locales eran los pacos infiltrados! ¡Yo estaba ahí!

El pueblo es el que cuando se une nadie lo detiene.

Hace una pausa. Medita.

-Sí -declara- Chile despertó. Pero muchos se han vuelto a dormir con los bonos y con el IFE.

-¿Pero Chile sigue despierto?

-Chile despertó para ir al baño y se volvió a dormir.

Y Ariel, otra vez en su fase furibunda, apunta a los de arriba y grita: “¡Tienen que haber cambios!”. Y alude a Kast y exclama: “¡Y ese payaso hablando tonteras!”. Y tritura al candidato: “Kast está lleno de caca”. Y alega. No más apologías al nacionalismo. No más silencios ante las muertes. “Al menos”, analiza, “está el Canal La Red que está desenmascarando a los cara de raja”. Y exige un periodismo con carácter, un periodismo que vaya por la verdad, que enfrente a los que habitan la punta de la pirámide.

-¡No más periodistas como Matías Del Río o como la Coni Santa María o Ramón Ulloa, todos esos que le cuidan el bolsillo a su patrón!

-Está rabioso- acota, con cierta evidencia, el reportero.

-Puta, amigo, perdona la forma en que me expreso. Pero es que da rabia…

-Diga las cosas como quiera…

-¡Puta que da rabia!

Chile despertó. Pero muchos se han vuelto a dormir con los bonos y con el IFE.

Y aquí otra vez el reportero lo mira fijamente. Mira a Machuca, mira al niño que se tornó hombre emputecido, mira al papá nuevo. Y, otra vez, le dice:

-Perdone que insista, Ariel…

-Qué.

-Se lo pregunto con profundidad… ¿Cómo está su día a día?

-Yo me considero súper resiliente, amigo. Siempre mi vida ha sido cuesta arriba.

Cuando uno tiene un hijo quiere darle un ambiente justo.

-¿Tiene trabajo?

-Me las busco. El otro día trabajé como asistente de dirección. A veces vendo miel, vendo nueces. Por esto de la candidatura me perdí el estar en una serie. Pero, bueno, gracias al Universo no me falta el dinero.

-Qué frase- se inspira la prensa.

-Qué.

-Lo del Universo…

-Es así, amigo. Yo soy creyente en la ley de atracciones: lo que uno proyecta, se te devuelve.

Y cuenta que una vez lo asaltaron, le robaron quince mil pesos vitales. Ariel, que ha tenido un montón de peleas a puñetazos, que ha recibido y ha dado, rogó por toparse con los delincuentes. Pero luego matizó la furia, la encauzó hacia la justicia social, y se dijo: “Quizás estos delincuentes han tenido una vida sin nada, una vida de drogas, una vida sin ayuda”. Y, dirigiendo su mente a los asaltantes, empezó a murmurar:

-Les deseo lo mejor, les deseo lo mejor, les deseo lo mejor…

Al cabo de unos días, Ariel Mateluna recibió una propuesta laboral. Le pagaban más de un millón de pesos. El Universo lo estaba premiando.

-¿Está bien de plata entonces?

-Me han salido pegas. No estoy, digamos, súper estable y con un sueldo mensual. Pero el dinero tampoco es mi prioridad.

Chile despertó para ir al baño y se volvió a dormir.

Y, hace un tiempo, en otro giro fundamental que ha dado en su vida, Ariel Mateluna se compró un auto. “Para que mi hijo no se cague de frío en la micro”, añade. Y, de todos modos, se siente extraño, como si le hubiese brotado un burgués. Maneja con sentimientos de culpa. Incluso, un señor le pidió plata en un semáforo, y el actor de cine bajó el vidrio y le donó un billete. Su hijo le preguntó: “¿Por qué le diste plata a ese señor, papá?”. Y Ariel dijo: “Porque él no ha tenido la suerte tuya de tener gente que te cuida y que te da lo que necesitas”. Y Salvador Aukán Mateluna, nacido en el año 2016, se quedó pensando. Y Ariel Mateluna, nacido el año 1989, también se quedó pensando. Pensó en su vida, en su niñez sin niñez.

Un niño sin Viejo Pascuero

-Usted ha afirmado que en la televisión sólo le dan personajes de flaite o de narco… ¿Es así en verdad?

-Así es. Y también he dicho que la única vez que me dieron el papel de cuico, mi personaje era adoptado.

-¿Todo eso pasa porque usted es moreno?

-Es que en Chile el rubio es bueno; el moreno es malo.

-¡Discúlpeme, pero hasta el Colegio Tabancura está lleno de morenos!- solidariza el reportero.

-Aquí se reniega de la sangre mapuche que corre por nuestras venas. No tenemos identidad.

-¿Y usted se considera flaite, Ariel?

El actor sonríe.

-Me considero cuma, hermano. Bueno para el garabato. Fui a un colegio de número. Me pegaron muchas veces, en otras pegué yo. Soy cuma, pero no le hago mal a nadie.

Yo soy creyente en la ley de atracciones: lo que uno proyecta, se te devuelve.

-¿Tuvo niñez?

-No tuve niñez.

-¿Qué tuvo en la edad de la niñez?

-Amigo, yo conocí la coca a los 7 años. Yo nunca creí en el Viejo Pascuero.

-¿Y cómo es ser un niño sin Viejo Pascuero?

-Penca.

Suspira.

-Pero así es la realidad de nuestro pueblo- agrega en voz baja.

Luego se refiere un poco a la televisión chilena; la “televisión basura”, le llama. “Las teleseries son malas, las series son mejores”. Dice que hay tantos insoportables rostros de multitiendas (“pero Pancho Melo es buena onda”), y exclama: “¡Y todos esos se sienten superiores! ¡Y aquí nadie es superior a nadie, hermano, somos todos iguales! ¡Que no hueveen!”. Y retoma la furia otra vez. Que no se siga legislando a favor de los empresarios. Que haya justicia. Que todo cambie.

-¿Seguirá en la política pese a que trabaron su candidatura?

-Voy a seguir haciendo cosas. Tengo muchas ideas y este es el primer puntapié para una posible carrera política…

Yo conocí la coca a los 7 años. Yo nunca creí en el Viejo Pascuero.

-No vaya a ser cosa que termine como Presidente…

-Ja… El cuma del barrio termina Presidente…

En ese momento su hijo se le lanza encima y saluda: “¡Holaaa!”. Ariel se ablanda al instante. “Mi hijo es todo para mí”, reconoce en un destello de dulzura. “Mi hijo”, agrega, “me hizo centrarme más. Ha hecho que esté menos impulsivo”. Y lo abraza.

-…él me da la fuerza para generar los cambios… -Y culmina convertido en papá, en paz, calmado. Al menos por un rato. Al menos hasta que el estallido de Machuca otra vez vuelva a empezar.

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