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El viaje de Valentinna Rangel, una mujer trans venezolana en Chile

Esta es la historia de alguien que siempre se buscó y se encontró. Quien partió de un país en crisis e hizo su transición en Chile. La vida de una mujer trans que derrumbó barreras, cruzó fronteras, y hoy apoya a migrantes LGBTIQ+ como ella.
Créditos: Amanda Marton, periodista, y Bárbara Carvajal, montajista.

Agua, harina pan, una pizca de sal. Cebolla, tomate, huevos. Unas manos con dedos largos y las uñas delicadamente pintadas de dorado amasan, cortan, mezclan y condimentan el desayuno: arepas con perico. El aroma que abraza todo el departamento no puede ser más venezolano. Pero contrasta con las decoraciones de Fiestas Patrias rojas, azules y blancas que todavía se ven en los pasillos de este edificio ubicado en pleno centro de Santiago.

Es en ese espacio híbrido, donde habitan Venezuela y Chile, sabores de allá, colores de acá, que Valentinna Rangel (28) se siente bien. Fue el primer lugar que construyó sola para sentirse libre. Es como estar en su mente: tiene rincones coloridos y otros con tonos más sobrios. En un mueble se ven libros críticos de la revolución chavista, unos que abordan el feminismo 4.0 y relatos de extranjeros, además de un cuaderno íntimo en el que se lee la palabra “transformación”.

“Mi departamento me gusta porque es el lugar donde soy yo, sin los monstruos de la calle, los prejuicios, la discriminación, todo, todo lo que pueda existir. Ha sido el espacio donde me he podido construir”, cuenta.

El lugar donde, finalmente, es. No sólo sueña. No sólo imagina. Es Valentinna Rangel, una mujer transgénero y migrante venezolana en Chile.

Parte 1 – En tierra y en línea

Tenía 11 años cuando descubrió que como ella había otras. Vivía en Maracaibo, un importante centro petrolero de Venezuela, pero pasaba gran parte de sus tardes no en las calles llenas de casas coloridas y edificios coloniales, sino en internet.

Fue viendo videos de YouTube que supo que era posible transicionar. Que esa voz en su cabeza que la incitaba a pintarse las uñas de los pies a escondidas pese a que estudiaba en un colegio militar, que esa idea constante de hablar en chats haciéndose pasar por diferentes mujeres, no era un error. Ni tampoco una enfermedad. Valentinna, aunque no supiera todavía que ése sería el nombre que elegiría para sí, finalmente entendió que esa desconexión entre su mente y su cuerpo no la vivía sólo ella.

“Mi único problema era que había nacido en Venezuela”, recuerda.  

Nueve de cada diez personas se declaraban católicas en esa época y desde el gobierno de Hugo Chávez no había políticas públicas orientadas a la comunidad LGBTIQ+.

Valentinna veía cómo se referían en las calles a las disidencias sexuales. Veía el maltrato, los susurros, las miradas asqueadas. Escuchaba los garabatos, las ofensas que se proferían en contra de cualquier persona que no fuera heterosexual. Se había enterado de personas trans que fueron echadas de sus escuelas. Valentinna sabía que, de una u otra forma, era prohibido ser quien ella era: “Me podía pasar cualquier cosa. Hacerse público y ser visible siendo trans en Venezuela es una bomba de tiempo”.

En 2008, la organización Venezuela Diversa solicitó a una serie de autoridades, entre ellas el mandatario; la defensora del Pueblo, Gabriela Ramírez Pérez y la Fiscal General Luisa Ortega, decretar el Día Nacional contra la Homofobia y la Transfobia.

Fue viendo videos de YouTube que supo que era posible transicionar. Que esa voz en su cabeza que la incitaba a pintarse las uñas de los pies a escondidas pese a que estudiaba en un colegio militar, que esa idea constante de hablar en chats haciéndose pasar por diferentes mujeres, no era un error. Ni tampoco una enfermedad.

Venezuela Diversa argumentaba que los discursos homofóbicos y transfóbicos eran evidentes en diferentes parodias en programas de televisión, en la dificultad de las disidencias a optar a puestos de trabajo, en los actos de violencia física y psicológica por parte de los cuerpos policiales, en el desprecio a la población LGBTIQ+ en algunas instituciones de salud y en “la falta de zonas de tolerancia donde poder recrearse y expresarse libremente sin necesidad de estar escondidos o con temor a ser víctimas de violencia”. Recién en mayo de este año la Asamblea Nacional (Parlamento) aprobó un acuerdo en el que se proclama el 17/05 como Día Nacional contra la Homofobia, Bifobia y Transfobia en Venezuela.

Pero para entonces Valentinna ya había salido de Maracaibo. Ya llevaba más de cinco años viviendo en Chile.

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La decisión de migrar empezó mucho antes de la crisis en el país y fue siempre de la mano con el sueño de comenzar su transición.

En su departamento en Santiago, Valentinna se ríe al recordarlo: cree que todo partió con “Mi gorda bella”. Reflexiona, incluso, que lo más probable es que haya elegido ese nombre para sí misma debido a la protagonista de la exitosa teleserie venezolana.

“Es súper gordofóbica la novela, pero yo, a los 15 años (en 2008) ya pensaba: ‘a mí me va a pasar lo mismo que a esa Valentina, yo me voy a tener que ir, transicionar y regresar a mi país’”. El personaje principal, interpretado por Natalia Streignard, es una mujer que se va de Venezuela para adelgazar y vuelve tras todo ello a seguir con su vida.

Valentinna antes de su transición.

Esa decisión quedó vigente. No cambió ni en 2015 cuando la abogada venezolana Tamara Adrian hizo historia al convertirse en la primera mujer transgénero de toda América en ganarse un escaño como diputada.

La crisis política, económica y social que vive el país no hizo más que confirmar las ganas de Valentinna de vivir afuera de Venezuela.

Es un sentimiento común entre la comunidad trans venezolana, comenta Tamara Adrian, quien sostiene que la crisis afecta a esta minoría de manera diferenciada. “En Venezuela, con esta dictadura no hemos podido hablar de ninguno de los temas del siglo XXI. No hay ninguna política pública en Venezuela de protección a la comunidad LGBT en general y eso es particularmente dramático en el caso de los trans”, sostiene la activista.

Prácticamente no hay hormonas en el país para las personas trans desde 2016. La propia Tamara Adrian pide apoyo a personas que viven en Colombia para que le envíen esos productos. La desesperación ha hecho que muchos hombres trans empezaran a inyectarse testosterona para caballos y algunos de ellos han desarrollado cáncer de hígado por lo mismo, recoge Caleidoscopio Humano, una organización que busca visibilizar las violaciones a los DD.HH. de las comunidades más vulnerables en el país, incluyendo la comunidad trans.

Hasta hoy, de acuerdo con organizaciones de Derechos Humanos, no hay manera de hacer una transición en Venezuela por ausencia absoluta de hormonas en el sistema de farmacias. Y quienes acceden al mercado negro se exponen a múltiples riesgos.

La situación en el país también ha significado una mayor invisibilización de los crímenes contra las personas transgénero: la mayoría de los medios de comunicación han cerrado y ha sido complejo para las ONG contar con informaciones sobre crímenes de odio contra la comunidad trans a lo largo de Venezuela.

“En Venezuela, con esta dictadura no hemos podido hablar de ninguno de los temas del siglo XXI. No hay ninguna política pública en Venezuela de protección a la comunidad LGBT en general y eso es particularmente dramático en el caso de los trans”, sostiene la activista Tamara Adrian.

Gran parte de los datos obtenidos son de Caracas o de algunas ciudades que todavía cuentan con periódicos y son dados a conocer a través de redes sociales -en particular Twitter y Telegram-. El más reciente fue en julio de este año: una mujer trans de 21 años murió en el barrio de Santa Cruz del Este. Fue apuñalada y descuartizada. Se sumó a las al menos 126 personas trans asesinadas en el país entre 2008 y septiembre de 2020, de acuerdo con datos de Transgender Europa en su Observatorio de Personas Trans Asesinadas.

La mayoría de los crímenes se quedan sin resolver. Si antes las ONG podían acudir a la fiscalía para empujar los casos y participar en los tribunales, todo eso cambió en los últimos años, luego que se determinara que solo pueden acceder al expediente de las víctimas sus familiares más cercanos.

A los problemas físicos se suman los legales. Aunque la Ley Orgánica del Registro Civil establece que cualquier ciudadano adulto puede modificar su nombre de pila una vez, las solicitudes de cambio de nombre de personas trans suelen ser rechazadas por la entidad y redirigidas a juzgados administrativos. En esos casos, la mayoría de los pedidos son denegados después de un tiempo prolongado e invocando exámenes médicos, psicológicos, psiquiátricos o forenses. Tamara Adrian lucha desde hace más de 10 años por hacer su cambio de nombre y sexo.

Ante ese panorama, ella ha sostenido que las personas trans son una suerte de “fantasmas” en Venezuela. Y que eso impulsa a muchas a irse del país, que ya ha tenido un éxodo masivo de 5,4 millones de personas (de una población de 28 millones), de acuerdo con la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR).

Se trata de un deseo que Tamara Adrian también ha tenido. “Muchas veces pienso en irme. Muchas, muchas veces. Pero siempre llego a la conclusión de que sólo me iría si siento que puedo hacer todavía más o igual por la comunidad LGBT y por el país estando fuera que estando acá”.

Apoyar a Venezuela y a los venezolanos desde el extranjero es un ímpetu de muchos migrantes. Es una acción que Valentinna misma ha decidido abrazar desde Chile en los últimos años.

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A la sensación de que la comunidad trans en Venezuela era un “fantasma” se le sumaron a Valentinna episodios particularmente complejos, que lleva tatuados en el cuerpo y en el alma.

En junio de 2014 asesinaron a su hermano y, siete meses después, su mejor amiga -quien fue la primera persona a la que dijo “de verdad siento que no soy esto que veo en el espejo”- murió de cáncer. La primera pérdida fue un reflejo de la violencia en el país; la segunda, de la dificultad que significa hacer un tratamiento de salud en Venezuela.

Al agarrar su pasaporte con un nombre que nunca sintió como suyo e irse de allá, Valentinna sentía pena y rabia. Ya no era aquella persona que quería regresar, como la protagonista de “Mi gorda bella”.

Pero eso ha cambiado. “Desde que transicioné en Chile, comencé a visualizarme en Venezuela. Y me he dado cuenta de que uno de los momentos de más euforia que sentiré en mi vida será cuando pise el suelo de Venezuela”.

Apoyar a Venezuela y a los venezolanos desde el extranjero es un ímpetu de muchos migrantes. Es una acción que Valentinna misma ha decidido abrazar desde Chile en los últimos años.

Se emociona al pensarse allá. Porque cuando vivía en Venezuela no se imaginaba a sí misma posible. “Ahora ir es como si le dijera a mi yo del pasado: ‘hola, gracias por soñarme’”.

Parte 2 – Vuela

Valentinna llegó a Chile el 13 de junio de 2016. Pero recién inició su transición 927 días después, el 27 de diciembre de 2018.

Dice que eso se debe, en parte, a que estudió en una escuela militar y siempre ha sido “muy estructurada” para definir los caminos de su vida. En parte, porque su hermano siempre le dijo que una de las cosas más importantes que podría hacer era estudiar.

Por eso siempre tuvo claro que primero cursaría Publicidad y Relaciones Públicas en la Universidad en Venezuela y después de eso seguiría con el Magíster en Gestión Estratégica de la Comunicación en Chile. Recién después de eso transicionaría: cuando fuera independiente. Cuando hiciera esto, eso o aquello.

A esas dos razones se sumó otro fenómeno: el de la migración. Para quien migra, la prioridad es establecerse en el país de destino, tener los papeles al día, poder trabajar y establecerse. Luego, sus otros deseos. Quien migra, muchas veces pospone sus sueños hasta nuevo aviso. Y Valentinna no era la excepción.

Pero a esa mujer -que todavía no se mostraba al mundo como tal- se le fue haciendo cada vez más difícil ocultar quien era realmente.

Al año de llegar a Chile, la revista Qué Pasa publicó un largo reportaje sobre Alessia Injoque Alegría, ingeniera comercial entonces con un cargo de jefatura en Cencosud. Era la primera vez que se conocía una historia como la suya en una empresa chilena. La de una ejecutiva exitosa con una carrera laboral sumamente respetada que se reconocía como mujer transgénero a sus 25 años.

“Desde que transicioné en Chile, comencé a visualizarme en Venezuela. Y me he dado cuenta de que uno de los momentos de más euforia que sentiré en mi vida será cuando pise el suelo de Venezuela”.

Meses más tarde, la película “Una mujer fantástica” obtenía una serie de galardones en festivales de cine internacionales, incluyendo el Oscar a mejor cinta extranjera. La obra, que narra la historia de una mujer transgénero tras la muerte de su pareja, caló hondo en Valentinna.

Más profundamente le llegaron las declaraciones de su protagonista, la actriz tran Daniela Vega. En particular, ésta:

La gente trans existió desde el día 1, desde la existencia de la humanidad (…). Y esta película propone dónde están los límites de la empatía, qué cuerpos pueden habitarse, qué amores son o no conquistables y quién pone esa barrera.

“Para mí fue un exceso de visibilidad”, admite Valentinna mientras toca su pelo. Para entonces, estaba en la mitad de su Magíster. Y sentía que ya no podía aguantar más habitar un género que no era el suyo.

“Me atacó una depresión increíble. Siento que me dije tanto a mí misma que sólo después de terminar un posgrado iba a transicionar, que había bloqueado el tema en mi mente.  No me permitía ser afeminada en ese momento, no me permitía usar nada”. Valentinna ni siquiera se pintaba las uñas a escondidas.

Pero no podía sacarse de la cabeza la historia de Alessia Injoque. Las palabras de Daniela Vega. Y su identidad, la que Valentinna escondía tan profundamente, la que abrazaba con tanta fuerza adentro suyo, empezó a explotar. De pronto, no comía, no dormía, no rendía en su trabajo.

“Me estaba destruyendo. Empecé a enfermarme por todo. A ir a un montón de doctores. Trabajaba en una clínica dental, y hablé con un maxilofacial para ver si lo que tenía era bruxismo. No era. Me hice exámenes, un escáner cerebral, fui a un otorrinolaringólogo que me dijo que tenía que ir a ver a un psiquiatra o a una psicóloga” recuerda.

En su cabeza, Valentinna sabía perfectamente lo que le pasaba. Sabía que, después de 25 años, ya era hora de asumir quien era. Que no podía seguir sufriendo. Que no podía seguir escapando de sí misma. Que era momento de volar.

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En diciembre de 2018 la psicóloga de Valentinna le recomendó conocer la Asociación OTD Chile (“Organizando Trans Diversidades”). Lo hizo.

Al llegar al círculo de conversación, vio a puras personas trans en distintas etapas de transición. Al escucharlas, por primera vez desde su llegada a Chile sintió paz. “Sentí una coherencia tan grande. Me di cuenta de que era lo que tenía que hacer. Fue la primera vez que dije a tantas personas que mi nombre era Valentinna”. Hubo sí algo que le quedó dando vueltas en su cabeza: ahí, en OTD, todas las personas trans, travestis, no binarias e intersexuales que vio eran chilenas.

Dejó la inquietud de lado. Al menos en un primer momento.

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El 27 de diciembre de 2018, Valentinna inició su tratamiento hormonal asesorada por el doctor Rafael Ríos.

Las primeras semanas fueron particularmente complejas. Ella quiso ocultarse hasta que se viera “más mujer” -aunque hoy recuerda ese pensamiento y se ríe: “¿Qué carajo es eso de ser ‘¿más mujer’?”-. Hasta que un día decidió refugiarse en aquel espacio que conocía tan bien y a través del cual había descubierto, a los 11 años, que era posible transicionar: Internet.

El 21 de enero de 2019 hizo su primera publicación en Instagram revelándose transgénero. Se trata de una foto de espaldas, usando un sostén. El texto que la acompaña dice así:

No podemos dejar que el miedo de los demás se refleje en nosotros mismos porque perdemos tiempo valioso para lograr nuestras metas y sueños. Sé que muchos a veces nos callamos ideas o pensamientos geniales que tenemos por miedo a la burla. (…) ¿Ustedes no creen que la ausencia de amor propio y el silencio por miedo a la burla está atrasando sus geniales proyectos? Yo sí y me libero.

La foto obtuvo más de 500 likes y decenas de comentarios. Miles de personas empezaron a seguir sus publicaciones. Pronto, Valentinna se convirtió en rostro de decenas de publicidades de empresas como H&M y Dafiti. Fue invitada a participar de actividades en medios, universidades y organizaciones internacionales.  

De pronto, Valentinna pasó a existir en todas partes y no sólo en su cabeza. Decenas de personas le escribían por interno a diario. Entre ellas, Fernando Ojeda.

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Fernando Ojeda (32), es un hombre trans migrante venezolano de Maracay. Llegó a Chile en marzo de 2016, pero solo conoció a Valentinna en redes sociales después de un video que ella hizo en 2019 y que se hizo viral.

Ahí le dijo: “No estás sola. Yo sé que, en ese tipo de momentos, cuando uno es muy visible, si no tiene redes de apoyo, es fácil sentirse débil o vulnerable. Cuando mucha gente te escribe o cuando uno sufre un ataque de odio en redes, uno se agobia. Pero tranquila: aquí tienes a una persona trans que también migró como tú, que también transicionó acá como tú, que también está luchando por su identidad como tú”.

Fernando recuerda que siempre fue masculino y que eso siempre le trajo problemas en Venezuela, porque su familia a menudo lo trataba “de corregir”. “Siempre querían que fuera más femenino, y en ese sentido mi adolescencia fue súper compleja. Intenté tres veces suicidarme hasta que mi familia se dio por vencida y prácticamente me tiró a la calle. Yo desde los 16 vivo prácticamente solo. Y a la crisis económica y política en general se sumó mi crisis de identidad. Por eso me fui de Venezuela”.

Eligió Chile para venir con su pareja porque había conocido una circular del Ministerio de Salud de atención a las personas trans en la red asistencial que especifica, entre otras cosas, que los establecimientos de atención primaria deben reconocer siempre el nombre social de las personas trans. “Yo quedé fascinado porque obviamente uno busca sentirse protegido y pensé que así lo sería acá”, comenta.  

Pero no ha sido del todo así.

Valentinna en una campaña de Dafiti.

Cuando Fernando y Valentinna comenzaron a conversar, todavía no existía en Chile la Ley de Identidad de Género. Esta recién entró en vigencia el 27 de diciembre de 2019, exactamente un año después de que Valentinna empezó su tratamiento hormonal.

De acuerdo con la normativa, toda persona mayor de edad -sin vínculo matrimonial vigente- podrá solicitar la rectificación del nombre de pila y sexo. El reglamento también es válido para los extranjeros, quienes, además de los requisitos generales anteriores, deben tener inscrito su nacimiento en el Servicio de Registro Civil e Identificación y además contar con permanencia definitiva en Chile.

Sin embargo, en la práctica, ha sido difícil para los extranjeros trans residentes en Chile tener acceso a este derecho. Ni Valentinna ni Fernando han logrado hacer su cambio de nombre de pila y sexo. Ambos tienen residencia definitiva en Chile. Pero ninguno de los dos cuenta con su partida de nacimiento apostillada.

Se trata de un trámite que, aunque parezca sencillo, es complicado y costoso en una Venezuela de crisis multidimensional. La página web aparece a menudo caída, hay que hacer el pago en dólares y, además, la Registraduría exige que la partida de nacimiento sea legalizada de manera presencial.

The Clinic solicitó vía Transparencia la información de cuántas personas desde el 27 de diciembre de 2019 han accedido a la Ley de Identidad de Género; cuántas de éstas son extranjeros y, entre ellos, cuántos son venezolanos. Transparencia rechazó la solicitud “por tratarse de un tratamiento de datos no autorizado por la ley, ni por su titular, al referirse a datos sensibles”.

Fernando recuerda que siempre fue masculino y que eso siempre le trajo problemas en Venezuela, porque su familia a menudo lo trataba “de corregir”.

Valentinna y Fernando dicen que pudieron descubrir de forma independiente que nueve personas extranjeras han accedido a la ley. De estas, sólo tres eran venezolanas.

Ambos atribuyen la cifra a la exigencia de contar con partida de nacimiento apostillada. Y resumen esa situación de la siguiente manera: sales de Venezuela, pero Venezuela no sale de ti.

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Valentinna también hace hincapié en que incluso si lograra hacer el cambio de nombre y sexo, esta modificación solo tendría efectos en los documentos de identidad chilenos.

Para ella, eso es vivir en un doloroso paralelismo. “Aunque a mí me cambien el nombre acá, mi partida de nacimiento no la van a cambiar de raíz nunca. La única forma de que ese paralelismo se rompa y yo no viva siendo Valentinna sólo en el ‘videojuego Chile’ es que mi país cambie la partida de nacimiento, pero allá no hay una Ley de Identidad de Género”.

Una opción es nacionalizarse chilena. Sin embargo, eso significaría, para ella, seguir viviendo en un paralelismo que no reconoce todas sus identidades e interseccionalidades: mujer trans migrante venezolana en Chile.

Parte 3 – Vuela aún más alto

El 8 de marzo de 2020, Valentinna posó frente a un rayado con el mensaje “abajo el patriarcado” y escribió en redes sociales:

La revolución feminista será con les trans o no será (…) Nadie es menos si se construye a su manera. Ser mujer no solo está en tener o no vagina. Hay personas con vagina que no se sienten mujer, los hombres trans. Estoy cansada de que las mismas mujeres nos cuestionemos entre nosotras la identidad de la otra.

Ese día, más de 2 millones de personas asistieron a la marcha por el Día Internacional de las Mujeres, de acuerdo con la Coordinadora 8M (Carabineros cifró en 150.000 las asistentes). Portadas de distintos medios nacionales e internacionales destacaron la masiva -y pacífica- manifestación llevada a cabo en Chile, vista como un hito en el movimiento feminista nacional.

Valentinna en la marcha del 8 de marzo de 2020.

También en esa fecha Valentinna finalmente pudo conocer en persona a Fernando. Al juntarse, se emocionaron, se abrazaron y compartieron experiencias. Ambos dijeron que, por su visibilidad en redes sociales, habían recibido una serie de casos de personas venezolanas LGBTIQ+ que estaban intentando llegar a Chile y se enfrentaban con distintas dificultades.

Los dos ya sabían, en carne propia, lo que es vivir con una serie de capas de identidad. Como una cebolla a la cual se le quita una capa y aparece otra, y otra, y otra.

Los dos también conocían el vacío que existía en las organizaciones chilenas: las ONG que son para la comunidad LGBTIQ+ no hablan de migración y las entidades enfocadas en migrantes no se enfocan en la problemática de las disidencias.

Decidieron actuar.

Se pusieron en contacto con otras personas LGBTIQ+ venezolanas con quienes habían conversado en los últimos años por redes sociales. Así llegaron a José Manuel Simons, abogado homosexual venezolano, quien llegó a Chile en 2016.

Yuli, Fernando, José Manuel y Valentinna. Migración Diversa.

“Todo fue naciendo muy de a poquito, porque obviamente somos migrantes, estamos pendientes antes que todo, de nuestro proceso de migración, de nuestro trabajo, de pagar el arriendo y de, en muchos casos, apoyar a nuestros seres queridos que se quedaron allá”, cuenta.

Para José Manuel, crear un espacio desde migrantes disidentes sexuales para migrantes disidentes sexuales es fundamental. Dice que se hubiese sentido “muchísimo más seguro” y apoyado al llegar de haber contado con una organización así.

Cuenta, por ejemplo, que en su primer día en una ONG disidente en Chile, los miembros de la institución empezaron a bromear con él preguntándole si era o no era chavista, si era o no revolucionario, si apoyaba o no a Maduro. “Yo me sentí muy extraño. Pensé ‘ni cuando llegué, el oficial me preguntó tantas cosas’ y me dije: ‘oye, si estas son las organizaciones que hay acá, ¿dónde voy a encontrar apoyo?”, recuerda.

También rememora que intentó ser voluntario en distintos espacios, pero les exigían a todos los voluntarios contar con un Rol Único Tributario (RUT) que no tenía todavía. José Manuel quería ayudar y no podía. Se sintió, nuevamente, excluido. Extraño.

Los dos también conocían el vacío que existía en las organizaciones chilenas: las ONG que son para la comunidad LGBTIQ+ no hablan de migración y las entidades enfocadas en migrantes no se enfocan en la problemática de las disidencias.

Tras conversar y compartir esas experiencias con Valentinna y Fernando, los tres optaron por crear un espacio en redes sociales. Sabían que desde ahí llegarían más fácilmente a los migrantes en general y a los venezolanos como ellos en particular. Especialmente durante la pandemia del covid-19.  

El 20 de junio de 2020, realizaron su primera publicación como “Migración Diversa”.

Nuestra organización nace con la intención de presentar apoyo a personas LGBTIQ+ migrantes en Santiago, Chile. Queremos conocer las diferentes situaciones de dificultades por la que atravesamos para prestar soluciones concretas. Entra en el link de nuestro perfil.

Quienes hacen click en el enlace pueden acceder a las opciones de donar, tener más informaciones sobre voluntariado, contestar cómo ha sido su experiencia con la solicitud de visa en Chile, llenar un formulario de autodenuncia para Fiscalía, realizar una solicitud de regularización migratoria y registrar sus datos.

A poco más de un año de su formación, han apoyado en línea a más de 300 personas. En varios casos, han ayudado a personas a hacer trámites migratorios. También han ayudado en lo que definen como “construir ese proyecto de vida migrante”, preparando CVs y ayudando a muchos a postular a trabajos y a cursos, además de encontrar dónde vivir. Además, menciona Fernando, han podido enseñarles a confiar en las instituciones chilenas: “A una persona venezolana hay que casi que pelear con ella para que se acerque a una institución porque allá no hay institucionalidad”.  

Se trata de iniciativas, dice Rebeca Cenalmor, jefa de la oficina de ACNUR en Chile, muy común entre los migrantes venezolanos en el país. “Las personas venezolanas tienen un gran sentido de comunidad y de trabajo en red, por lo que es muy frecuente y natural para ellas organizarse y armar redes para conseguir los objetivos que persiguen”, comenta.  

“Estas organizaciones han sido actores clave en los procesos de integración, ya que son, en muchos casos, los primeros en ser contactados por personas refugiadas y migrantes al llegar a Chile. Y no se trata sólo de un apoyo en cuanto a información o entrega de asistencia, sino que también representa un apoyo emocional en la medida en que hace a las personas sentirse parte de una comunidad, las articula, las compromete con un objetivo en un país en donde todo les resulta ajeno”, añade.

Para quienes recién llegan, organizaciones como Migración Diversa son el primer encuentro con un lugar donde se sienten comprendidos, por lo que el apoyo se transforma también en contención emocional.

En el caso de Valentinna, Fernando y José Manuel, la historia que más los marcó y a la que pudieron acompañar detalladamente, fue la de Ely.

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Ely es una mujer trans que salió de Guacara, Venezuela, a los 17 años.

Venía sufriendo acoso a lo largo de toda su adolescencia. Hasta que un día dos personas que ya la habían pegado, golpearon la puerta de su casa y la amenazaron. Dijeron explícitamente a su madre que si ella no cambiaba la iban a “quebrar” -que en Venezuela significa matar-.

“Yo quedé en shock, porque sabía lo que eran capaces de hacer en mi ciudad y porque antes ya habían matado a dos mujeres trans a machetazos en Guacara”, comenta Ely, a quien se le quiebra la voz al recordarlo. Su familia, dice, era “religiosa y conservadora” y no le reconocía su identidad.

“Las personas venezolanas tienen un gran sentido de comunidad y de trabajo en red, por lo que es muy frecuente y natural para ellas organizarse y armar redes para conseguir los objetivos que persiguen”, comenta Rebeca Cenalmor, de ACNUR.  

Sabía que su familia, que a lo largo de su vida la había presionado a portarse de forma “más masculina”, no la protegería. Empacó un bolso y cuando su madre y abuela no estaban en casa, decidió huir.

Fue inicio de un periplo de miles de kilómetros que incluyó amenazas, acoso sexual, agresiones verbales, extorsiones, coyotes y burlas durante meses en Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile.

A lo largo de todo el recorrido, se contactó con Migración Diversa, que la ayudó a trasladarse a la capital y le ofreció apoyo especializado. Ely llegó a Santiago en marzo de este año.

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La primera vez que Ely salió a la calle vestida como mujer fue con Valentinna, quien le dio ropas, techo y comida a su llegada. “Yo tengo un vínculo muy fuerte con ella. De hecho, siempre que la veo me deconstruye, en el sentido de que yo siempre controlo mi emocionalidad y ella me la desata, me la quita. Yo le decía que para mí ella era como una viajera en el tiempo, porque viene de un país distinto al que yo viví hace años, pero con los mismos miedos que yo sentía”, cuenta.

Venía sufriendo acoso a lo largo de toda su adolescencia. Hasta que un día dos personas que ya la habían pegado, golpearon la puerta de su casa y la amenazaron. Dijeron explícitamente a su madre que si ella no cambiaba la iban a “quebrar” -que en Venezuela significa matar-.

A través de Migración Diversa, Eli logró trabajo a los tres meses de llegar a Chile. A la fecha, ya tiene también su cédula de identidad.  

Su apoyo ha ido más allá. La organización está apoyando a Ely en su proceso de solicitud de refugio por temática LGBTIQ+. Por eso, su identidad en este reportaje ha tenido que ser ocultada.

Las directrices emitidas por ACNUR han considerado que las personas atacadas por su identidad de género, orientación sexual o características sexuales tienen derecho a dicha protección. Pero es algo que en Chile recién se está abordando.

Cuando José Manuel acompañó a Ely en su entrevista de solicitud de asilo, la funcionaria de Extranjería que los atendió les dijo: “Ustedes están marcando un precedente. Ella es la primera migrante trans venezolana que solicita refugio. Además, es la tercera mujer trans en hacer esta solicitud en el país, después de una cubana y una siria”.

Valentinna y Fernando en el lanzamiento del Manual para personas migrantes y refugiadas LGBTIQ+.

El caso de la joven de 19 años marcó un precedente también para Migración Diversa. Hoy, además del caso de Ely, la organización está solicitando refugio de un hombre trans venezolano de 30 años que sufrió agresiones en el camino a Chile por su identidad y a una pareja lésbica venezolana que sufrió discriminación en Venezuela por su orientación sexual y decidió migrar.

De acuerdo con ACNUR, muy pocas personas provenientes de Venezuela han sido reconocidas a la fecha como refugiadas formalmente en Chile.

Para este reportaje, The Clinic solicitó a las autoridades datos de cuántas personas migrantes pertenecientes a alguna disidencia sexual han ingresado a Chile desde 2015 hasta la fecha. La Jefatura Nacional de Migraciones y la Policía Internacional informaron que “ninguna de sus bases de datos que contiene información de tránsito de pasajeros cuenta con lo requerido”.

De forma similar, el formulario de solicitud de visas no obliga a especificar el género o sexo de la persona que requiere el trámite, por lo que no es posible determinar el número de personas trans que han solicitado visas en los consulados de Chile en el exterior.

Hoy, además del caso de Ely, la organización está solicitando refugio de un hombre trans venezolano de 30 años que sufrió agresiones en el camino a Chile por su identidad y a una pareja lésbica venezolana que sufrió discriminación en Venezuela por su orientación sexual y decidió migrar.

“Creemos que sería muy importante incorporar este enfoque (LGBTIQ+), y comenzar a registrar estos datos dentro de los indicadores de las estadísticas. Esto permitiría visibilizar más la situación de estas personas refugiadas y migrantes LGBTIQ+ en Chile”, comenta Rebeca Cenalmor, de ACNUR.

“Para nosotros, es urgente contar con esa información”, reconoce Valentinna, añadiendo que Migración Diversa, aunque está en Chile “está haciendo algo por la gente que está en Venezuela y por la que va a seguir saliendo de Venezuela”. Es, de una u otra forma “una manera de conectarnos con nuestro país de origen. Y luchar por los derechos de la comunidad trans allá. Que dejen de existir los paralelismos”.

Al cierre de este reportaje, Valentinna y su grupo de amigos de Migración Diversa estaban realizando distintas reuniones con organizaciones de Venezuela para empujar una Ley de Identidad de Género allá.

Final – Ser

Valentinna mira sus brazos a menudo. Mientras cocina, mientras se arregla, mientras conversa. Lo hace como si quisiera tener la seguridad de que ese cuerpo es suyo. Como si no quisiera perder ni un solo momento de esta realidad, este lugar al que le costó tanto llegar y desde el cual está apoyando a migrantes LGBTIQ+ venezolanos en Chile como ella, Fernando, José Manuel y Ely.

-¿Cuál es la importancia de entender esa interseccionalidad que posees?

-Uff. Es importante porque cuando no se ve desde la interseccionalidad se invisibilizan realidades. Trato de no olvidarlo, porque si yo me olvido de ser migrante, si yo me quedo en la burbuja de Chile porque ya soy Valentinna, olvido parte de mí. Y no es lo que quiero que pase, porque voy a ser migrante donde sea, incluso en el momento en el que llegue a Venezuela.

-¿Dejarás alguna vez de viajar?

-No.

Valentinna, que viajó del mundo digital al físico y transicionó en Chile, hoy sabe muy bien quien es: mujer trans migrante venezolana en Chile. Y no quiere que nadie le quite nunca ninguna de sus capas.

Como ella misma suele decir: “Nadie baja un escalón en esto de ser humano cuando decide ser lo que quiere ser”.

*Este reportaje fue realizado durante una mentoría de la Fundación Gabo de Periodismo encabezada por la periodista Maye Primera luego de que su autora, Amanda Marton, obtuviera el Premio Suramericano de Periodismo en Migración de OIM.

Si eres migrante LGBTIQ+ o quieres conocer más sobre esta temática, estos documentos pueden servirte: Manual para personas refugiadas y migrantes LGBTIQA+ ; La protección internacional de personas LGBTI; Lo que significa ser una persona refugiada LGBTI

También puedes leer: Ana Vanessa Marvez, la mujer detrás de la orquesta que une migrantes, refugiados y chilenos


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