Igor Goicovic. Foto: Usach

Igor Goicovic sobre la violencia política: “No están los instrumentos ni los liderazgos ni las condiciones para resolverla”

La violencia, el saqueo y el vandalismo fue el sello que los medios destacaron de la jornada de protestas que hubo para el segundo aniversario del 18 de Octubre. Ante esto, la mirada del historiador y académico de la U. de Santiago, Igor Goicovic, es más bien pesimista, a tal punto que no avizora una solución y opta por ampliar el escenario de incertidumbre. "A estas alturas, con el grado de deslegitimación que tiene la élite, la violencia es difícil de canalizar o resolver", subraya.

Igor Goicovic ha construido su carrera de historiador como experto en violencia política. Entre sus publicaciones más destacadas aparecen temas que van desde los movimientos sociales hasta la historia el MIR, pasando por la resistencia armada a la Dictadura y su revisión biográfica de Antonio Ramón Ramón, el obrero anarquista que ajustició en 1907 al general Roberto Silva Renard, quien comandó la matanza de la Escuela Santa María de Iquique.

En ese sentido, sus reflexiones tienden a tomarle el peso a la palabra “violencia”, que con tanta naturalidad es utilizada en noticiarios y matinales. A su juicio, la Revuelta de octubre de 2019 fue una explosión de descontento acumulada desde la Revolución Pingüina en adelante. No obstante, aclara que este fenómeno social dista mucho de ser una mera expresión de rabia y le subraya el apellido: “Esto es violencia política”.

– ¿Cómo se definen los hechos de ayer? ¿Es delincuencia?

Desde la perspectiva de las ciencias sociales, uno tiende a reconocer en los acontecimientos de ayer, y en los que lo precedieron, ciertos elementos que permiten establecer una clasificación. En términos generales, uno podría decir que esto es parte de una revuelta popular. Y esa revuelta popular es expresión de un descontento fundamentalmente político, independiente de que en el desarrollo mismo de la protesta, se expresen diferentes actores que tienen distintos objetivos.

– En el 2011, usted planteaba que las expresiones de violencia política eran de “baja intensidad”. Si hubiera que utilizar ese mismo termómetro ahora, ¿Cuál es la magnitud de esta revuelta popular?

Han cambiado varias cosas. Primero, la masividad de la violencia popular. Hoy día, respecto al 2006 y el 2011, hay un espectro cada vez más amplio de sujetos desplegados en el espacio público, llevando a cabo expresiones de violencia contra la policía, contra los bienes públicos y privados, y contra las representaciones simbólicas. Eso es un cambio políticamente relevante.

Una segunda cuestión es la legitimidad de esas acciones. Hoy se cuestionan y se objetan menos. Dentro de las mismas movilizaciones, ya no surgen con la misma vehemencia grupos que intentan contener o retener. Del 2019 en adelante, si bien el grueso de la manifestación no se suma a los hechos de violencia, sí los respalda, los aplauden, los cobijan, etc.

Pero, por otro lado, al haber un menor grado de politización en los actores que participan de las acciones violentas, hay un escalamiento que es muy primario, que no ha alcanzado niveles importantes de desarrollo. Lo que tenemos hoy día es básicamente lucha callejera con objetos contundentes: piedras, palos, fierros, adoquines, lo que provea el medio. Hay presencia de bombas molotov, pero relativamente escasa. Mirado desde esa perspectiva, estamos en presencia de una violencia más espontánea que políticamente organizada.

“Lo que tenemos hoy es básicamente lucha callejera con objetos contundentes: piedras, palos, fierros, adoquines, lo que provea el medio. Hay presencia de bombas molotov, pero relativamente escasa. Mirado desde esa perspectiva, estamos en presencia de una violencia más espontánea que políticamente organizada”
– Igor Goicovic, historiador

– Atendiendo a eso mismo, el vicepresidente de la Convención, Jaime Bassa, afirmó esta mañana que “nadie en Chile está usando la violencia como forma de acción política”. ¿Concuerda con eso?

-Disiento. Estamos en presencia de una revuelta popular que está haciendo uso de la violencia política como una forma de expresión y presión, a efecto de generar transformaciones dentro del escenario político. Que eso tenga o no una conducción política clara ya es otra cosa, pero la revuelta popular en sí no es una mera manifestación de rabia. Lo que esas expresiones de violencia nos están tratando de decir, es que ese descontento exige transformaciones profundas y radicales.

Por otro lado, hay organizaciones de lo que podríamos denominar el espectro de la izquierda radical, desde anarquistas hasta guevaristas, pasando por los resabios de lo que fue la insurgencia armada lautarista o rodriguista en otros contextos históricos, que están arraigados dentro de determinadas franjas del mundo popular y que intentan darle algún grado de organización o articulación a la violencia política. Es cierto que no lo están logrando, en sentido estricto, pero desconocer que esas organizaciones existen también constituye una miopía política.

“La revuelta popular en sí no es una mera manifestación de rabia. Lo que esas expresiones de violencia nos están tratando de decir es que ese descontento exige transformaciones profundas y radicales”
– Igor Goicovic, historiador

Una olla a presión

– Durante un punto de prensa, el ministro Bellolio realizó una separación entre la manifestación pacífica y los saqueos, el vandalismo. ¿Es posible esa distinción o son dos caras de la misma moneda?

Es una forma de acercarse al fenómeno de manera imprecisa, porque no logra distinguir claramente cuál es la génesis y la dinámica que está adquiriendo el conflicto y la violencia política. Es parte de un discurso oficial, que tiene que rayar la cancha para el mejor desenvolvimiento de los actores que operan dentro de la institucionalidad. A los ministros no les queda otra que tratar de zanjar una especie de parteaguas entre lo que ellos denominan la protesta políticamente correcta, que es la protesta festiva, carnavalesca y pacífica, y estas otras expresiones que denominan como violencia delictual, que permite facilitar el despliegue de los organismos policiales y, de esa manera, intentar controlarla.

– Una cosa que llama la atención es que desde el 2006 en adelante, se podía ver a una institucionalidad capaz de procesar o canalizar este tipo de conflictos: pasó con la Revolución Pingüina, y también el 2011. ¿Por qué ahora, tras dos años, no ha ocurrido lo mismo con el Estallido Social, pensando que hay una Convención Constitucional en curso?

Discrepo con la primera afirmación. Las protestas no eran canalizadas. Quizá eran parcialmente desactivadas. Pero, en la misma medida en que no daban una respuesta efectiva a las demandas que se venían acumulando, se iba constituyendo una especie de caldera u olla a presión, que iba gestando, cada vez más, un mayor grado de descontento y de deslegitimación de la propia institucionalidad.

Igor Goicovic, historiador. Foto: Usach

Una parte importante de la crisis que se desencadena más coyunturalmente el 2019, tiene que ver con los grados de legitimidad de la élite política, que fue desapareciendo a partir del 2006 como resultado de esas respuestas insuficientes que la clase política le dio a los movimientos sociales que se comenzaron a manifestar. Y ojo, no se movilizaban en función de demandas de carácter intrasistémico.

– ¿Qué quiere decir eso?

Que no querían más becas, ni un reajuste en el pasaje escolar, sino que tenían que ver con problemas estructurales: la Ley Orgánica Constitucional de Educación (LOCE), el Código del Trabajo, el sistema de AFP, la cultura patriarcal, la relación entre la explotación capitalista y el medio ambiente, la demanda de reconocimiento a la identidad nacional del pueblo Mapuche, etc. Es decir, ninguna de las cuestiones que se fueron configurando a partir del 2006 como reivindicaciones o como demandas, fueron efectivamente internalizadas.

Los movimientos fueron desactivados. Se logró controlar y reestablecer el orden público, pero no se logró dar una respuesta eficiente a las demandas que se habían venido acumulando, y eso es lo que explosiona el 2019. Tengo la impresión de que, a estas alturas, con el grado de deslegitimación que tiene la élite política, es difícil de canalizar o resolver. No están los instrumentos ni los liderazgos ni las condiciones políticas para que una parte del mundo popular acoja, escuche y se incorpore a este escenario institucional para resolver sus problemas. Estamos en un problema político bastante serio, diría yo.

“No están los instrumentos ni los liderazgos ni las condiciones políticas para que una parte del mundo popular acoja, escuche y se incorpore a este escenario institucional para resolver sus problemas. Estamos en un problema político bastante serio”
– Igor Goicovic, historiador

– ¿Estamos en un “callejón sin salida”?

Muy telegráficamente diría que tampoco hay una alternativa clara. Eso marca una distinción que es relevante, en el sentido de que no hay una organización o un frente político que esté a la cabeza de este fenómeno, que le de conducción y le proporcione una escala a la dinámica de la violencia política en función de objetivos específicos. Eso no existe, por lo tanto, hay un cierto grado de espontaneidad evidente en las movilizaciones, que hace que no solamente los aparatos represivos tengan serias dificultades para contenerlo, sino también saber cuál es la dirección que esto pueda tener en el futuro inmediato.

Violencia política y elecciones

– ¿No le parece que la violencia política, en un contexto electoral, alimenta las candidaturas de derecha?

No, para nada. Es bastante evidente en nuestro país que desde mediados de la década del 2000, la desafiliación respecto a los eventos electorales es cada vez más significativa. El único punto parcial de recuperación se dio para el plebiscito de Octubre del 2020. En Chile participa de las elecciones cerca del 43% de la población en general, de manera tal que en ese universo de los que votan, las opciones y las tendencias políticas son relativamente claras. Esa gente no cambia su expectativa de voto porque haya más o menos violencia. Es un público electoralmente cautivo, que no se mueve sustantivamente.

Por otro lado, hay una franja de la población que no vota, y es ahí donde la rabia, el descontento y la disposición a hacer acciones más radicales, es mucho mayor. Estamos hablando de dos mundos que son bastante diferentes, que tienen connotaciones de clase que son distintas.

– ¿No le parece que el miedo sea un movilizador del voto, pensando principalmente en las clases medias, que suelen ser más temerosas frente a los hechos de violencia?

Es que esas mismas clases medias tienen niveles de adscripción política relativamente claros, que tienen que ver con causas como el ambientalismo, los problemas asociados a la vida urbana, a la seguridad. Ellos tienen claro cuáles son sus intenciones de voto. En un caso, el tema de la seguridad está claramente representado por José Antonio Kast, sin lugar a dudas, pero también hay un sector representado por Gabriel Boric, en cuanto a que abre una ventana de oportunidades a un nuevo tipo de sociedad, fundado en relaciones más humanas, y todo ese tipo de discursos políticos que calan fuertemente en ese segmento de la población.

En cambio, los sectores populares viven inmersos en una pobreza estructural, de narcotráfico y represión, que es violenta. A ellos, que haya violencia popular desplegada en las calles, no les genera los mismos niveles de aprensión que les genera a los sectores de clase media, que viven del barrio Italia hacia arriba.

“Los sectores populares viven inmersos en una pobreza estructural, de narcotráfico y represión, que es violenta. A ellos, que haya violencia popular desplegada en las calles, no les genera los mismos niveles de aprensión que les genera a la clase media, que viven del barrio Italia hacia arriba”.
Igor Goicovic, historiador


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