Columna de Yenny Cáceres: El cine de los que sobran

En su segunda entrega, “Mis hermanos sueñan despiertos”, Claudia Huaiquimilla confirma lo que admiramos en su ópera prima “Mala junta”: una cineasta con mirada propia, con un oído extraordinario para rescatar el habla cotidiana y con oficio para construir un relato conmovedor.

Hace más de cincuenta años, una película nos mostraba la historia de cuatro hermanos que deambulaban por los cerros de Valparaíso, en una espiral inevitable y dolorosa hacia la delincuencia, la prostitución y la muerte. “Valparaíso, mi amor”(1968), de Aldo Francia, no solo se inscribía como uno de los títulos emblemáticos del Nuevo Cine Chileno, sino que era un alegato desesperado sobre la desprotección de la infancia en Chile.

Hoy, son otros hermanos los que nos recuerdan la triste vigencia de lo que filmó Francia, médico pediatra que conocía de cerca la realidad que escondían los cerros del puerto. Esta vez se trata de Ángel y Franco, que llevan un año detenidos en un centro del Sename, mientras esperan por un juicio en “Mis hermanos sueñan despiertos, el segundo largometraje de Claudia Huaiquimilla.

De origen mapuche -orgullosamente mapuche-, Huaiquimilla es la directora de “Mala junta” (2016), uno de los mejores debuts del cine chileno en los últimos años. En su segunda entrega, confirma lo que admiramos en su ópera prima: una cineasta con mirada propia, con un oído extraordinario para rescatar el habla cotidiana y con oficio para construir un relato conmovedor.

Nuevamente, resulta excepcional su dirección de actores, en este caso, de los debutantes Iván Cáceres (Ángel) y César Herrera (Franco), junto a un elenco conformado por Andrew Bargsted, Julia Lübbert y Paulina García. Este dato no es menor en una directora que lejos de la provocación o de la porno-miseria, de un cine para lavar conciencias o que disecta a los marginales como si fueran insectos, destaca por la profunda empatía hacia sus personajes.

Huaiquimilla filma la pobreza y la marginalidad, a los más olvidados del sistema, en este caso, a los adolescentes del Sename, con una dignidad y un respeto pocas veces visto. Sus personajes son personas, alejados de estereotipos y de guiones efectistas que buscan el aplauso fácil o mostrar la miseria como un espectáculo. Si en “Mala junta” el relato giraba en torno a la amistad de Tano y Cheo, un chico mapuche y otro que estaba a punto de ser enviado al Sename, con el conflicto mapuche de fondo, en “Mis hermanos sueñan despiertos” eso que era una amenaza, el Sename, es el eje de la película.

Todo ocurre en un centro del Sename que, en la práctica, opera como una cárcel para menores, situada probablemente en el sur, por la cercanía de un cerro y de los sonidos de la naturaleza que se cuelan en la cabeza de Ángel, el pilar al que se aferra Franco, su hermano menor. Sólo reciben la visita de sus abuelos, del padre ni se habla y la madre dejó de hacer los trámites para pedir la custodia de los hermanos. Sin fecha definitiva para un juicio, el letargo de la espera a veces se torna insoportable y el sueño de la fuga crece cada día que pasa.

Nuevamente, resulta excepcional su dirección de actores, en este caso, de los debutantes Iván Cáceres (Ángel) y César Herrera (Franco), junto a un elenco conformado por Andrew Bargsted, Julia Lübbert y Paulina García. Este dato no es menor en una directora que lejos de la provocación o de la porno-miseria, de un cine para lavar conciencias o que disecta a los marginales como si fueran insectos, destaca por la profunda empatía hacia sus personajes.

Como en “Mala junta”, la directora le da un lugar especial a este diálogo de los personajes con su entorno, que en este caso sirve como un contrapunto para el encierro de los protagonistas. Huaiquimilla incorpora además una dimensión onírica al relato, al imaginar los sueños, miedos y esperanzas de sus personajes. En ese cruce, estos hermanos dejan de ser un número más y se vuelven reales. Se pelean, sueñan con jugar en el Barcelona y hasta se enamoran. Al igual que “Mala junta”, también es una película sobre la amistad como el único espacio de salvación posible.

Esa es la apuesta de la directora. Imaginar la intimidad de estos menores que, gobierno tras gobierno, parecen haber sido olvidados sistemáticamente por el Estado chileno. Darle un rostro a los niños y adolescentes que han muerto bajo la custodia de sus centros de detención. Huaiquimilla filma al Sename como lo que es: nuestra mayor vergüenza nacional.

El estreno de “Mis hermanos sueñan despiertos” llega a pocas semanas del anuncio del fin del Sename y su reemplazo por el Servicio Mejor Niñez. Es de esperar que no sea un simple cambio de nombre. Así como “Valparaíso, mi amor” es una referencia ineludible para entender el Chile de fines de los 60, es probable que cuando recordemos estos años de estallido social y pandemia, volvamos al cine de Claudia Huaiquimilla como una cronista única de un país desigual.

Esa es la apuesta de la directora. Imaginar la intimidad de estos menores que, gobierno tras gobierno, parecen haber sido olvidados sistemáticamente por el Estado chileno. Darle un rostro a los niños y adolescentes que han muerto bajo la custodia de sus centros de detención. Huaiquimilla filma al Sename como lo que es: nuestra mayor vergüenza nacional.

*Yenny Cáceres es periodista y autora del libro “Los años chilenos de Raúl Ruiz” (Catalonia-Periodismo UDP), ganador del Premio Escrituras de la Memoria 2020.

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