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Columna de Cristián Castro: Vade Nation

El estallido social y todo lo que vino después, corrió el velo de un tema no lo suficientemente discutido: cuáles son los valores que creemos fundamentales para la reformulación de nuestra desigual sociedad.

Resulta casi poético que un país como Chile, cuna del neoliberalismo, sea recorrido por un fantasma que no se relaciona con el bien común, sino justamente lo contrario, por la pulsión más telúrica de nuestra economía moral neoliberal: la posibilidad de que cada cotizante pueda retirar el 100% de sus ahorros previsionales, y así evitar que “se los robe” (sic) el Estado. Si bien la situación de desmantelamiento de las AFP era difícil de presagiar hace un par de años, sí era posible advertir – para algunxs – el profundo cambio que nuestra sociedad había atravesado en las últimas cinco décadas y que explica, en gran medida, el estado actual de las cosas. La instalación del neoliberalismo implicó moldear una sociedad bajo valores que buscaron incentivar una supuesta libertad individual frente a un Estado sobrealimentado por décadas.

En ese sentido, como sociedad estamos frente a un cambio que el historiador inglés Edward P. Thompson denominó economía moral, es decir, cambios en aquellos acuerdos tácitos que moldean y condicionan la interacción entre sus miembros. Como es lógico, estos cambios no tienen fecha de término, ni se producen con cortes claros. Por el contrario, son cambios lentos que afectan las estructuras mentales de las sociedades y sus repertorios políticos. El estallido social y todo lo que vino después, corrió el velo de un tema no lo suficientemente discutido: cuáles son los valores que creemos fundamentales para la reformulación de nuestra desigual sociedad. 

La instalación del neoliberalismo implicó moldear una sociedad bajo valores que buscaron incentivar una supuesta libertad individual frente a un Estado sobrealimentado por décadas.

Todo parece indicar que en el Chile del post-estallido coexisten dos narrativas: la hegemónica neoliberal que se impuso mediante la transformación de ámbitos como la educación, la salud y la previsión a lógicas individuales; versus una narrativa contra-hegemónica refundacional que busca representar el descontento mayoritario de una ciudadanía que exige repensarse desde un Estado que se haga responsable de esas mismas áreas. Sin embargo, esta última narrativa apela a una suerte de saudade (nostalgia de un pasado inexistente) de un Estado que nunca logró satisfacer las necesidades básicas para la mayoría de la población. A 50 años del gobierno de la Unidad Popular, nos volvemos a enfrentar a la necesidad de repensar nuestro contrato social. El desafío es hacerlo, no desde la filosofía eurocéntrica ni de la naturalización de nuestras diferencias ontológicamente humanas, sino desde la historia y el sentido de justicia en una de las sociedades más desiguales del mundo.

La Constitución de 1980 fue un traje a la medida del capital y su instauración, que limitaba el rol del Estado y abría espacios para el emprendimiento privado, fue moldeando nuestra sociedad. Si el capital en sus múltiples caras se aseguró un trato preferencial, la casta de profesionales de distintas áreas vieron en el ethos del emprendedor una forma de acumulación importante. Distintos profesionales de la salud, la construcción, las finanzas y otros oficios y actividades, entendieron que la formación de sociedades les permitía pagar menos impuestos a un Estado que se imaginaba (imagina) como una suerte de leviatán del gasto.  Estas reglas del juego han sido la base del milagro chileno que, en estricto rigor, se restringió solo a algunos connacionales.

A 50 años del gobierno de la Unidad Popular, nos volvemos a enfrentar a la necesidad de repensar nuestro contrato social. El desafío es hacerlo, no desde la filosofía eurocéntrica ni de la naturalización de nuestras diferencias ontológicamente humanas, sino desde la historia y el sentido de justicia en una de las sociedades más desiguales del mundo.

Lo impactante del caso chileno es la profundidad del tema. El actual presidente de la república, Sebastián Piñera, fue electo con un historial de actividades económicas que en otras latitudes inhabilitaría a cualquier político. En Chile, a pesar de que la información era de conocimiento público, fue electo no una, si no dos veces. Sus votantes pusieron en la balanza su trayectoria en los negocios versus lo que simbolizaba tener uno de los más “exitosos” emprendedores de la historia reciente del país en La Moneda. Ganó lo segundo. Como sociedad, más allá del voto castigo, elegimos al individuo exitoso y los valores que representa.

Pero, no se puede circunscribir el problema al presidente, o en términos más generales, a la clase política. El ethos emprendedor ha influido a todo nivel, desde profesionales que buscan nuevas áreas de desarrollo económico hasta los infinitos rostros de precariedad laboral, escondida bajo diferentes eufemismos. Quizás la mejor forma de graficar su impacto es analizar el ejemplo de las y los médicos por la importancia que tienen en nuestras vidas, especialmente en tiempos de crisis sanitarias. Durante la pandemia destacados facultativos plantearon la importancia de ser responsables respecto de la vacuna, conminándonos a privilegiar el cuidado de la comunidad y del espacio público, y de pensar en lo colectivo antes que lo personal. Irónicamente, muchos de ellos hicieron y hacen uso de sociedades con el fin de pagar la menor cantidad de impuestos. Aunque para muchos de ellos no hay contradicción, es evidente que esta práctica reaviva la vieja tensión entre el individuo y el estado. Más que un tema de legalidad, como suele ser defendido, incluso a nivel presidencial, la elusión, es un tema ético. Sin embargo, la sociedad que hemos construido no solo la permite sino que la promueve. Ejércitos de contadores auditores y abogados basan su trabajo en la premisa de pagar menos impuestos. Es este el cambio cultural al que se debería apuntar para modificar realmente la sociedad desde sus cimientos.

Como sociedad, más allá del voto castigo, elegimos al individuo exitoso y los valores que representa.

El bullado caso del constituyente Rojas Vade no tiene excusa. En un país donde el acceso a la salud es un tema tan sensible, mentir sobre un drama como el cáncer no tiene perdón. Sin embargo, tampoco tiene excusa nuestra clase política que se vendió al capital y redactó leyes elaboradas por los directorios de las compañías que buscaba regular. Tampoco tiene excusa un presidente que ha puesto sus intereses individuales por sobre la ciudadanía que supuestamente representa, ni menos aquellos profesionales que, amparándose en la legalidad, traspasan el límite de lo ético. Si realmente queremos construir un proyecto de país diferente para el futuro, debemos partir por resignificar algunos conceptos que han sido cargados negativamente, por ejemplo el Estado. Este no debe ser una entidad que robe sino la cristalización de nuestro compromiso individual con el resto de nuestra sociedad, y que se construye a través de nuestros impuestos.

*Cristián Castro es licenciado en Historia, Universidad de Chile; Magíster en Historia, Universidad de California, Davis; PhD. Universidad de California, Davis. Actualmente es director de la Escuela de Historia de la Universidad Diego Portales.

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