Martín Bernetti

Cruda denuncia de fotorreportero: enormes vertederos de ropa en el desierto de Atacama

Sorprendentes imágenes revelan la existencia de montículos de pantalones, poleras y otras prendas abandonadas en uno de los parajes naturales más icónicos de Chile.

Las imágenes son desoladoras. En el desierto de Atacama, uno de los parajes naturales más icónicos de Chile, gigantescos montículos de ropa descartada contaminan el ambiente.

El fotógrafo Martín Bernetti fue quien capturó el fenómeno, y su publicación ha causado revuelo en redes sociales. No es para menos: son verdaderos vertederos de fast fashion los que se encuentran en uno de los puntos más áridos del mundo.

Según una nota de France Presse, esto se debe a que cerca de 59.000 toneladas de ropa llegan cada año a través del puerto de Iquique. Buena parte de ese cargamento viaja a Santiago para su comercialización, pero el medio francés calcula que unas 39.000 toneladas que no logran ser vendidas terminan acumuladas en los vertederos del desierto.

“El problema está en que la ropa no es biodegradable y contiene productos químicos, por lo que no es aceptada en los vertederos municipales”, explicó a France Presse Franklin Zepeda, fundador de EcoFibra, firma que se dedica a reutilizar prendas descartadas.

Industria contaminante

La industria de la moda es reconocida como una de las más contaminantes del mundo. De acuerdo con datos de la ONU, la producción de ropa provoca el 10% de las emisiones de carbono liberadas a la atmósfera, y el 20% de las aguas residuales.

La misma industria agrícola para la producción de algodón, materia prima de un sinnúmero de prendas de vestir, emplea anualmente 222 mil millones de metros cúbicos de agua, lo que representa un 3,5% del consumo global de agua al año. Sin ir más lejos, el proceso para manufacturar unos blue jeans requiere cerca de 7.500 litros de agua.

Los vertederos en el desierto de Atacama difícilmente desaparecerán en el corto plazo. La biodegradación de ropa tratada con químicos en su confección puede tardar hasta 200 años, y su toxicidad para el ecosistema es comparable con la de los desechos de plástico o neumáticos descartados.


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