Joanna Paciorek

Ece Temelkuran y los populistas de derecha: “Tenemos a todos estos hombres obsesionados con la vagina y el útero de las mujeres”

La periodista y comentarista política turca, que participará el 14 de noviembre en el Festival Puerto de Ideas Valparaíso, dice que el capitalismo está atravesando su última crisis. También medita sobre los líderes populistas, analiza la contingencia chilena y profundiza en las temáticas que aborda en su libro “Cómo perder un país: Los siete pasos de la democracia a la dictadura”.

Si uno afina la mirada, es posible identificar las señales que emanan de un potencial líder populista, dice Ece Temelkuran (48). Un indicio sería el aterrizaje en la esfera pública con el autoproclamado cartel de outsider, acompañado de un halo de pureza, sin la “suciedad” propia de la política tradicional.

En su libro “Cómo perder un país: Los siete pasos de la democracia a la dictadura” (Anagrama, 2019), la reconocida escritora y periodista turca va más allá, y define el modus operandi de quien buscar llegar al poder de la mano del populismo.

En primer lugar, es indispensable el “crear un movimiento”. En otras palabras, leer el descontento social y atribuirse la capacidad, que el resto de los representantes políticos no tienen, de saber qué es lo que el pueblo real necesita. Las grandes masas caen rápidamente en el juego, al sentirse víctimas de un sufrimiento que puede ser verdadero —como la pobreza generalizada—, o manufacturado mediante el discurso.

Lo siguiente es “trastocar la lógica” y “atentar contra el lenguaje”, a través de afirmaciones falsas que configuren un escenario donde reine la posverdad. Luego se “elimina la vergüenza”, cuando el líder enarbola frases ridículas, que incluso entran en disputa con la memoria histórica y la ciencia.

El camino ya está pavimentado. Al populista solo le falta encauzar su flamante poder para “desmantelar los mecanismos judiciales y políticos”, “diseñar a su propio ciudadano” con herramientas de coerción, y todo mientras “deja” que los intelectuales y críticos se burlen y “se rían ante el horror”. Finalmente, logrará “construir su propio país”.

Existirían ejemplos que se acercan a esto en el mundo de hoy. La autora habla del expresidente de Estados Unidos, Donald Trump; del mandatario brasileño, Jair Bolsonaro; y del premier británico y artífice del Brexit, Boris Johnson, entre otros. Sin embargo, el caso que más le duele a Ece Temelkuran, y que fundamenta buena parte de sus reflexiones, es el de su tierra natal, que ve secuestrada por el autoritarismo de Recep Tayyip Erdogan, primer ministro turco de 2003 a 2014, y presidente desde entonces.

Crédito: Joanna Paciorek.

Temelkuran se desempeñaba como comentarista política hasta ser despedida de un diario turco, en 2012, tras publicar una serie de artículos críticos del gobierno. “Si pierdes tu trabajo por razones políticas, quedas estigmatizada, marcada. Nadie quiere volver a contratarte. Es demasiado peligroso”, comenta.

Después vino el estruendo de los aviones militares, que rompieron el silencio de Estambul el 15 de julio de 2016. Esa noche, una facción del Ejército turco lideró un golpe de Estado contra Erdogan, quien llamó a sus seguidores a copar los centros de las ciudades, transformando la calle en un campo de batalla.

La periodista recuerda cómo su ventana se sacudía ante los bombardeos y disparos, mientras miraba el “desastre” con una sensación de impotencia. Los enfrentamientos cívico-militares dejaron un saldo de casi 200 muertos. A las pocas horas, el golpe había sido sofocado.

Erdogan, un “brillante animal político”, aprovechó la crisis para comenzar una purga de sus detractores, recuerda Temelkuran. En ese momento, marcado por lo “impredecible”, es que ella decidió abandonar el país para instalarse en Zagreb, la capital de Croacia.

Temelkuran dejó en Turquía a su familia, y dice que, aunque Erdogan “saliera del cuadro”, su figura “creó una estructura, un sistema y un modelo de ciudadano” casi irreversible. “No sé si quiero volver, pero realmente quiero tener la capacidad de decidir si volver”, señala.

La también colaboradora de medios internacionales —como The Guardian, The New York Times, Le Monde Diplomatique, y Der Spiegel— se apresta a participar este domingo 14 de noviembre en el festival Puerto de Ideas de Valparaíso, en una presentación titulada “De la democracia a la dictadura en siete pasos”.

Antes de ese evento, Temelkuran se abre a conversar con The Clinic. Mientras fuma uno, otro, y otro cigarro, medita sobre el auge de los líderes populistas y las claves de su éxito, analiza la contingencia chilena, habla sobre el fin de la era del capitalismo, y recalca la importancia de no perder la fe en la humanidad. 

-En Chile tuvimos un fuerte movimiento de protestas que se desató en octubre de 2019. Lo llamamos estallido social. ¿Podemos relacionar esas manifestaciones con otros movimientos que se dieron casi en simultáneo en el mundo? Pienso en los casos de Ecuador, Colombia, e incluso Hong Kong o EE.UU…

-En general, es un asunto global. Estamos en ese punto que Gramsci describió como el período en el que lo viejo está muerto y lo nuevo no nace. Entonces aparecen síntomas. Hay una grieta en el sistema. Si me preguntas, lo fundamental es cómo el neoliberalismo y el capitalismo están atravesando su última crisis y, por lo tanto, nosotros también estamos viviendo una crisis en la política.

“Después de la Guerra Fría, hubo una promesa del capitalismo, de que el dinero o las riquezas se filtrarían (a los estratos más pobres), y eso no sucedió. Que habría un mundo liberado, y eso no sucedió. Que cuando derrotemos al autoritarismo del socialismo, ya no habría autoritarismo, y eso no sucedió. Hubo varias promesas provenientes del mundo occidental que no se cumplieron”.

“Obviamente, esto generó enojo, decepción, miedo y dolor. Este vacío de promesas incumplidas ahora está siendo llenado por figuras de hombres fuertes como Trump, Erdogan, Boris Johnson o quien sea. Estas figuras están en posiciones de poder no solo por la crisis del capitalismo y la democracia representativa, sino que están ahí gracias al nuevo entorno comunicativo. Inventamos estas nuevas herramientas de comunicación que aún no podemos regular. Así que es una jungla, con la posverdad y la verdad convirtiéndose en un buffet libre, donde el mejor postor obtiene la verdad para sí mismo”.

-Entonces las redes sociales son claves para posibilitar este tipo de situaciones. ¿Podría haber existido un Trump sin Twitter ni Facebook?

-No lo creo. Porque esto es una jungla de información, y en esta jungla, el poderoso, por lo tanto, el que tiene el dinero, determinará cuál es la verdad. Esto es lo que está pasando, y es muy peligroso, porque tenemos esta ilusión cuando usamos las redes sociales de estar en un ágora donde todos son iguales y todos tienen voz. No es un ágora, es una empresa. En el corazón de la empresa, no hay responsabilidad moral. La única responsabilidad de una empresa o entidad corporativa es obtener ganancias. Entonces, si toda nuestra esfera mediática está controlada por esta falta de moralidad, es natural que el que tiene menos moralidad lidere este lío, esta turba.

SEÑALES DE POPULISMO

-En Chile tendremos elecciones en una semana y algunos candidatos han sido etiquetados por analistas políticos como “populistas”. ¿Qué signos tenemos que buscar para identificarlos?

-Antes de eso, tenemos que hablar un poco de populismo y en qué contexto se usa la palabra. A veces, hay líderes que vienen del mundo progresista y de la política, y cuando se vuelven populares, cuando realmente dan voz a los que no tienen, son tachados de populistas, por la derecha convencional. Eso no es populismo. El populismo es una herramienta política. Al fin y al cabo, no es una ideología. Por eso hablo constantemente de que el populismo de derecha va en aumento. Y últimamente, me inclino más a usar la palabra fascismo. Especialmente cuando hablo de líderes como Orban (primer ministro húngaro), Erdogan, etc. Son líderes autoritarios con inclinaciones fascistas.

Inventamos estas nuevas herramientas de comunicación que aún no podemos regular. Así que es una jungla, con la posverdad y la verdad convirtiéndose en un buffet libre, donde el mejor postor obtiene la verdad para sí mismo.

“Por eso refiero a mi definición de lo que es el populismo: movilizar la ignorancia organizada, manipular a las masas, hacer elecciones en contra de sus intereses. Así que popular y populismo son cosas completamente diferentes. Estar del lado de la población no es ser populista”.

“Hannah Arendt dijo una vez que sacar lecciones de la historia es un enredo. Creo que eso es cierto, o lamentablemente cierto. Pero resistirse a establecer similitudes entre los países, dentro del mismo período de tiempo, es una estupidez. Por eso creo que es bueno que estés haciendo esto ahora. Que te preguntes, ¿lo que ha pasado en Turquía, está pasando ahora en Chile?”.

Temelkuran comparte una anécdota. Dice que su generación tiene una relación especial con Chile, por una popular canción de rock turco cuyo coro es “Libertad a Chile, Libertad a Chile”. Lanzada en 1990, “la razón de que esta canción estuviera ahí fue que había censura en Turquía. Entonces, en realidad, la canción trata sobre Turquía, pero cambia el nombre por ‘Chile’. ¿Ves? Fue como un truco”.

La canción de rock turco que menciona Temelkuran.

– Después del estallido social, surgieron en Chile nuevas figuras políticas que no provenían de los partidos tradicionales, y que, en su discurso, solían remarcar su capacidad de comprender lo que el “pueblo” realmente quiere y necesita…

-Este venir de fuera de la política, de alguna manera atribuye algún tipo de ‘limpieza’ a esos nombres, una superioridad moral automática… Es algo muy peligroso. Porque, en su esencia, está muy cerca de la moralidad del fascismo. El fascismo es una pérdida total de la fe en la humanidad, una pérdida total de la fe en la política. Si asumen que la política es sucia, y yo estoy limpio porque estoy fuera de la política, hay algo muy mal en el corazón de esa suposición. Es un primer paso hacia el fascismo. O decir ‘estoy más allá y por encima de todas las ideologías, etc’. Eso es lo más peligroso, supongo. Y lo vi sucediendo en 2002, con Erdogan. Ese tipo de superioridad moral automática, o superioridad moral segura de sí misma, es algo de lo que la gente debería estar atenta y con lo que debería tener cuidado.

-Otra cosa interesante sucedió tras el estallido. En el Congreso comenzaron a aprobarse leyes que iban en contra del juicio de economistas y expertos en políticas públicas, anteriormente muy respetados. Los medios empezaron a hablar de un divorcio entre la política y la técnica. ¿Están relacionados ambos fenómenos?

-Por supuesto. La ‘limpieza’ o ‘suciedad’ en alguien… Es muy peligroso. Filosóficamente peligroso: puede llevar a inclinaciones fascistas a la política. Para empezar, nadie está tan ‘limpio’, y la política no se trata de ser ‘limpio’. Se trata de poder, y el poder nunca ha sido ‘limpio’. Entonces, para ganar poder, mentir sobre la ‘limpieza’ es una de las mentiras más horribles que ha visto la historia moderna. Pero de alguna manera, la gente cae en eso.

-En su libro “Cómo perder un país”, escribe que la “sonrisa presumida y sardónica” de los líderes populistas constituye una “firma característica del movimiento”. Más allá del discurso y las ideas, ¿se pueden identificar otros elementos, tal vez gestos o vestimentas, que sean “firmas características” de los populistas?

Me recordaste a Umberto Eco, quien una vez dijo que el fascismo no siempre aparece en uniformes y botas. ¡Ojalá pudiéramos hacer ese ejercicio! Para decir: claro, prefieren este color. Pero sí, hay ciertos gestos que ahora, después de escribir el libro, después de hablar a varias audiencias, y después de seguir a estos líderes durante bastante tiempo, puedo decir que son los gestos de un “varón radical”.

Refiero a mi definición de lo que es el populismo: movilizar la ignorancia organizada, manipular a las masas, hacer elecciones en contra de sus intereses. Así que popular y populismo son cosas completamente diferentes. Estar del lado de la población no es ser populista.

Temelkuran introduce su nuevo libro, publicado en mayo de 2021 y todavía sin traducciones en español: “Together: 10 Choices for a Better Now” (Juntos: 10 decisiones para un mejor ahora). Ahí acuña el concepto del “varón radical”, un “síntoma” de la incipiente crisis, y que “representa un impulso de aferrarse al sistema, de mantener las cosas unidas”.

“Y ese ‘varón radical’ tiene algunos gestos comunes, sí. Como esa postura de ‘estoy por encima y más allá’ del resto, o la actitud de ‘no puedes tocarme’. Por ejemplo, no suelen ir a debates. No sé si esto es igual en Chile”.

-De hecho, en Chile es lo contrario. El candidato presidencial de extrema derecha es el tipo que dice que quiere debatir con todos, en todo momento…

– Bueno, entonces tómenselo en serio. Porque probablemente parece un hombre divertido o ridículo, pero tómenselo en serio. Las cosas pasan cuando no las tomamos en serio desde el principio.

-En las últimas encuestas ha crecido, y ahora se posiciona en primer o segundo lugar…

-Sí. Conozco esa sensación.

La escritora habla del meteórico ascenso de Erdogan, y cómo los críticos tempranos del político eran vistos como “maniacos”, o “locos conspiranoicos”.

LAS HERRAMIENTAS DEL LÍDER

Una de las ideas que usa este candidato chileno como herramienta de campaña es la inmigración, y el problema que puede llegar a suponer. Trump en Estados Unidos hizo lo mismo, con su propuesta del muro en la frontera. ¿Por qué se utiliza el concepto de inmigración para esto?

-Tengo dos cosas que decir sobre ese punto. Una filosófica y otra muy práctica. Según mi experiencia, y conformando comunidad con otras personas, me di cuenta de que somos seres muy primitivos. No podemos construir algo, uniéndonos, a menos que excluyamos a alguien. Los humanos se conectan entre sí negando al otro. Esto es muy primitivo y decepcionante, pero creo que es un hecho. Es algo que se me ha ocurrido últimamente, en lo que he estado pensando. Y lo práctico es… ¿Tienes algún amigo inmigrante?

-Sí.

-¿Tienes miedo de que se quede con tu trabajo o tu casa?

No realmente, no. Pero tal vez porque soy un privilegiado, y ahora tengo trabajo y casa…

-Exacto. Tú, yo, la gente de The Guardian, o de The New York Times, etc., no conocemos ese miedo porque estamos haciendo este trabajo único. Tenemos nuestra propia voz. Aunque podemos pasar problemas económicos, todavía somos privilegiados. No estamos en ese estado de: ‘bueno, mi trabajo ahora va a ser para un sirio’. Se me acaba de ocurrir hace unos meses que los que hablan de inmigración son los que no tienen inmigrantes en su vida. Si elegimos, elegimos ser amigos de ellos, pero no es que nos los impongan. Entonces puedo hablar lo que quiera sobre la inmigración y los peligros de la xenofobia. Pero los que temen a los inmigrantes suele ser por razones realmente comprensibles. Porque estas personas tienen trabajos manuales y a la mañana siguiente pueden perderlos.

“Creo que ese tipo de discurso político (antiinmigración) habla a mucha gente que no lee The Clinic. Que no lee mis libros. Hay esferas desprendidas que están operando. Para mí es fácil decir: esto es fascismo, esto es xenofobia. Y sí, está bien, pero también existe este hecho, que debemos tener en cuenta”.

-En el capítulo “Diseña a tu propio ciudadano” de su libro, dice que la misoginia es el “compañero inseparable del populismo de derecha”. ¿Puede profundizar en esa idea?

-Siempre que un sistema se quiebra, encuentran una bruja para quemar. Porque cuando un sistema está a punto de colapsar, eso significa que una hermandad del status quo está a punto caer. Esto ha sido así a lo largo de toda la historia de la humanidad. Entonces, esta vez, tenemos a todos estos hombres que están obsesionados con la vagina y el útero de las mujeres. Quiero decir, ¿por qué priorizan dentro de toda su política nacional el tema del aborto? ¿Por qué están tan obsesionados con lo que harán las mujeres con sus propios cuerpos? Tienes problemas enormes. Políticos, internacionales, económicos. Y luego, por cierto, dicen ‘quiero empezar a hablar de las vaginas de las mujeres que viven en este país’.

“Hay una visión arcaica en esto. Como si todo estuviera fuera de orden, todo se está derrumbando y está fuera de control. No pueden controlar nada. Así que controlemos lo que hemos controlado durante los últimos 3000 años. Esta es la primera vez en la historia moderna, y probablemente en la historia de la humanidad, que (las mujeres) estamos tan educadas, tan poderosas económicamente. Esto afecta a los hombres”.

-¿Observa un alza del nacionalismo en Latinoamérica?

-El nacionalismo es una de esas herramientas políticas que, cuando las cosas comienzan a caer a pedazos, es fácil de tomar. Entonces, por supuesto que lo hay. En todas partes, lo hay. Es muy fácil convencer a la gente con sentimientos nacionalistas exaltados.

LA FE Y LA DIGNIDAD

-Hablemos de su nuevo libro, “Together”. Siento que el tono general de “Cómo perder un país” es pesimista, mientras que, en este nuevo texto, hay más espacio para el optimismo. ¿Es así?

-En realidad, no. Porque no creo en esa dicotomía, de pesimismo y optimismo. En cierto modo, podría ser más alegre. Porque después de “Cómo perder un país”, después de dar la vuelta al mundo para hablar sobre el fascismo, después de deprimir a todos como es debido, realmente sentí que estaba perdiendo mi fe en la humanidad. Entonces quería curar esta herida moral, filosófica y política que creé, por así decirlo. Quería pensar en lo que creo y en lo que podemos creer en tiempos tan apocalípticos.

Según mi experiencia, y conformando comunidad con otras personas, me di cuenta de que somos seres muy primitivos. No podemos construir algo, uniéndonos, a menos que excluyamos a alguien. Los humanos se conectan entre sí negando al otro. Esto es muy primitivo y decepcionante, pero creo que es un hecho.

“Fue una profunda reflexión sobre lo que es ‘humano’ en el siglo XXI, y cómo podemos reactivar las capacidades de la humanidad para construir un mundo mejor, construir mejores políticas, construir y prepararnos para la transformación moral que el siglo XXI nos pide. Es como en la película Casablanca, cuando Ilsa —Ingrid Bergman— se acerca a Rick —Humphrey Bogart—, y Rick es tan amargado, fumador, sarcástico y cínico. E Ilsa le recuerda quién era y de lo que es capaz. ‘Together’ es como Ilsa, para los Ricks del mundo”.

-Hace poco dijo en una entrevista que “lo que he aprendido es que la dignidad es lo más importante para las personas, incluso cuando no tienen nada”. En Chile, después del estallido, el lugar donde se realizaron las protestas más masivas en Santiago pasó a conocerse como “Plaza de la Dignidad”.

-Aprendí mucho sobre el corazón de la humanidad estando en Latinoamérica, y del corazón del movimiento progresista (…). Creo que el movimiento progresista necesita un vocabulario uniforme, y por esto también escribí “Together”. También tiene que ver con la moral. Ahora me doy cuenta de que sigo más la línea de Albert Camus, porque él fue quien dijo que esto también tiene que ser moral. No es sólo Marx, hay algo más. Y yo creo en eso. Necesitamos un corazón en este mundo descorazonado. Y la dignidad es un concepto central. Esta es una palabra que podemos reunir en torno a todos los movimientos progresistas globales. Y todos los movimientos de protesta también. También es importante porque elimina las diferencias de clase. Sé que es muy peligroso decir esto, pero sí.

-En esa misma entrevista habla sobre cómo “el capitalismo ha fracasado. Coronavirus, hombres fuertes, fascismo creciente, crisis climática. Estamos en el último acto del capitalismo”. Además, asegura que “la fe es el pilar de la acción, no la esperanza”…

-Sí, eso creo. El primer capítulo de “Together” trata sobre esto. El título del primer capítulo es “elige la fe sobre la esperanza”. Porque la esperanza es una palabra demasiado frágil para estos tiempos, y la esperanza es una muleta emocional. Y también es intrascendente. ¿Qué cambiaría si dijera que hay esperanza? ¿Qué harías diferente mañana? ¿O qué harías diferente si dijera que no hay esperanza? Así que es algo intrascendente. Pero la fe —secular— es un compromiso, es una convicción. Tiene cierta ceguera, que funciona en los movimientos políticos. Lo que trato de hacer es basar mi fe en la humanidad en una base sólida, para que no se derrumbe cuando veamos lo peor de nuestra especie. Creo en la humanidad porque la humanidad está programada para sobrevivir creando belleza. Y cuando digo belleza, hablo de toda belleza y principalmente, de belleza política.

“Por eso creo y estoy llamando a la gente a creer en la humanidad. Porque hemos sido sometidos a esta comprensión neoliberal del individuo, que es codicioso, sucio y no necesita sentido para seguir adelante, que está orientado al lucro, que es competitivo. Esto está muy cerca de la descripción fascista de la humanidad, que es débil, sucia e inútil, a menos que el individuo se derrita en una masa para realizar un deber superior”.

-Entonces, ¿la pérdida definitiva de la fe y esperanza serían el colapso de la humanidad?

-Sí, creo que sería el final. Sería el verdadero apocalipsis.

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