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Columna de Xavier Altamirano: El peso generacional de la crisis climática

Si la espada de Damocles de la crisis climática pende sobre nosotros, las/los más jóvenes son quienes parecen sentir más su peso. El éxito de cualquier pacto de convivencia dependerá de la capacidad de entenderlo a tiempo, para sumar fuerzas en vez de heredar angustia.

Como nunca antes, las actividades humanas están interrelacionadas en responsabilidades e impactos globales. El caso emblemático es la reducción de la temperatura promedio del planeta, desafío en que la ciencia lleva años explicando que los efectos son globales pero que las causas e impactos son diferenciados. No es casualidad, entonces, que una de las demandas que más se repitió en la COP26 haya sido la de la justicia climática.

El peso de la responsabilidad no puede ser equivalente cuando se desagregan los datos por género, entre países ricos y pobres, entre ciudad y campo, o según el lugar ocupado en las cadenas de valor. Así caben preguntas como la manera de medir el esfuerzo por reducir toneladas de CO2 de las grandes potencias o de los países más pobres. Tomemos América Latina y África: cada continente pesa aproximadamente 10% de la población mundial, pero produce 12% de emisiones en el primer caso y 4% en el segundo. Ni el punto de partida ni los compromisos exigibles son los mismos. Esto explica también que la discusión climática actual siga tan atenta a los aportes financieros, la transferencia tecnológica y las capacidades disponibles para hacer frente en forma equitativa al cambio climático.

Pero ¿qué pasa con otra brecha, la generacional? Junto al ruido de los ajustes económicos y políticos, suena cada vez más fuerte la voz del tiempo. La década para hacer los giros sistémicos acaba en 2030, la medición de nuestros logros políticos tiene caducidad el 2050, la distopía o esperanza se mira al 2100. Este tic tac no es sólo un traje ajustado para los equipos negociadores, es un peso cada vez mayor para las espaldas de adolescentes y jóvenes. Lo indica su salud mental, nada menos.

El peso de la responsabilidad no puede ser equivalente cuando se desagregan los datos por género, entre países ricos y pobres, entre ciudad y campo, o según el lugar ocupado en las cadenas de valor.

La salud mental en las personas jóvenes ya es un foco de atención, por ejemplo, de la OMS. Pero el cambio climático está golpeando aún más la fortaleza emocional de este grupo, que considera –sin equivocarse– que su futuro le está siendo arrebatado. La pandemia terminó de agudizar una angustia existencial que se empieza a conocer bajo diferentes nombres: ansiedad climática, burn-out ecológico o eco-ansiedad.

Hace sólo algunas semanas, The Lancet Planetary Health (1) publicó el estudio más extenso a la fecha sobre ansiedad climática en jóvenes: se encuestó a 10.000 personas entre 16 y 25 años en 10 países. Los datos son contundentes. 45% dice que el cambio climático afecta negativamente sus vidas en lo cotidiano y 59% dice estar muy o extremadamente preocupado. El 56% cree que “la humanidad está condenada”, el 52% que la seguridad de su familia “estará amenazada” y menos del 30% se describe como optimista. Por cierto, los países que expresan mayor preocupación y resienten mayor impacto por el cambio climático provienen del Sur Global.

Hay otros resultados a retener: 65% dice que los gobiernos “le están fallando a los jóvenes” y el 58% se siente traicionado. Así es, la angustia es mayor cuando las y los jóvenes encuestados perciben que la respuesta del gobierno es inadecuada. Dicho de otro modo, el impacto en la salud mental tiene un origen dual: la crisis climática y la crisis de la inacción política. Los adultos responsables no aportan soluciones y son vistos como parte del problema.

La década para hacer los giros sistémicos acaba en 2030, la medición de nuestros logros políticos tiene caducidad el 2050, la distopía o esperanza se mira al 2100. Este tic tac no es sólo un traje ajustado para los equipos negociadores, es un peso cada vez mayor para las espaldas de adolescentes y jóvenes.

¿Qué implica esto en un país como Chile, que tiene 7 de los 9 criterios de vulnerabilidad ante el cambio climático? ¿Cómo esto repercute en nuestra convivencia? Cuesta imaginar que datos similares no podrán documentarse prontamente. La pregunta es si habrá voluntad política de dar una mirada transgeneracional a la acción climática, considerando en serio su impacto en salud mental.

Lo primero es que la salud mental debe tener más recursos, pasando como mínimo del 2% del total del presupuesto en salud al 5% que se propuso como meta en el Plan Nacional de Salud Mental y Psiquiatría. Segundo, se necesita un debate informado y transparente sobre hojas de ruta de acción climática que tengan temporalidades acordes con la profundidad de los cambios. No puede seguir habiendo un desfase entre la temporalidad de las acciones y responsabilidades políticas. ¿Quién responde por 4 años de inacción climática? Un fracaso electoral de la continuidad no resuelve el problema. Tercero, lo evidente, un abordaje transgeneracional debe dar cabida a la participación juvenil. La Conferencia de la Juventud de la COP (COY16) es un avance en esta dirección con jóvenes venidos de 140 países, pero está lejos de ser suficiente. Basta ver el peso de la movilización en las calles: la voz de los jóvenes ocupó fácilmente la mitad de quienes estuvieron en las dos marchas en Glasgow. ¿Podemos decir que existe esta proporción en los espacios políticos?

La salud mental en las personas jóvenes ya es un foco de atención, por ejemplo, de la OMS. Pero el cambio climático está golpeando aún más la fortaleza emocional de este grupo, que considera –sin equivocarse– que su futuro le está siendo arrebatado.

En Chile existen cada vez más organizaciones e iniciativas que buscan convertir la angustia en poder de cambio en barrios, escuelas o universidades. En 2018, la primera Encuesta de Desarrollo Humano en niños, niñas y adolescentes midió que casi 78% dice estar bastante o muy interesado/a en causas sociales que incluyen la protección del medio ambiente. Pero hay otro espacio en que salta a la vista la oportunidad de reducir la brecha de participación: el proceso constituyente.

La Convención Constitucional, esa misma que pingüinos y jóvenes consideran un resultado de su alzamiento popular, circunscribe el derecho a voto a los 18 años. ¿Cómo se le explica a una generación que pudo tomar conciencia de su fuerza que no tiene cabida en la democracia representativa? Más importante aún: ¿cómo favorecer que se valore el régimen democrático y que se le defienda en el futuro si aparece como un espacio excluyente? La amenaza de los populismos autoritarios debiera motivar, per se, una reacción a tiempo, pero con mayor razón en una temática que moviliza tanto a la juventud como el medio ambiente. Este proceso puede dar origen a una nueva relación entre generaciones que vivirán en forma diferenciada el costo futuro.

Si la espada de Damocles de la crisis climática pende sobre nosotros, las/los más jóvenes son quienes parecen sentir más su peso. El éxito de cualquier pacto de convivencia dependerá de la capacidad de entenderlo a tiempo, para sumar fuerzas en vez de heredar angustia.

*Xavier Altamirano es cientista político de la PUC, máster y doctor en Ciencia Política de la Universidad de Paris 1 Panthéon-Sorbonne. Integró el equipo de contenidos en el gabinete del segundo gobierno de Michelle Bachelet en áreas políticas, ambientales, energéticas y económicas. Actualmente es Director Ejecutivo de Horizonte Ciudadano.

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