La imagen muestra a decenas de personas bajo el sol haciendo fila para votar

Agencia Uno

Crónica a 33 grados: Democracia en la fila

En la fila: allí estaba Chile totalmente transpirado. Cada votante tenía un Bic y una opinión. La fila de tres horas y media fue la vida de Chile.

Allí, en la fila, un hombre bien vestido, con la camisa dentro del pantalón, se sacó la mascarilla y dijo:

Kast va a ordenar este país de mierda.

Dos puestos más adelante, un progresista que lucía un aro en el tabique, que llevaba una serpiente tejida en un músculo del brazo izquierdo, con la mascarilla puesta dijo:

Boric traerá justicia en este país de mierda.

Por allí un desquiciado gritó:

-¡No creían en Parisi, fachos y zurdos!

Nadie dijo nada en pro del Pro. Un encuestado por este reportero aduló la simpatía del Profesor. Es un anarquista con sentido del humor, sin que lo sepa. Dos señoras aplaudieron la estatura de Sichel y la melena femenina de Provoste. La fila era un país. La fila era una urna. La fila era el siglo 21: los millennial, los grunge, el señor que aboga a escondidas por el General, el elegante que calcula con números de economía su ideología, el leninista que se encrespa los bigotes, el de rulos que porta bajo el axila un ejemplar del diario El Ciudadano, el que habla a todos y dice:

-Vale la pena votar.

Allí estaba Chile totalmente transpirado.

Cada votante tenía un Bic y una opinión. 

Un anónimo gritó:

-¡Allá hay un famoso!

Todos miraron con ilusión. Na. Era un actor de reparto. Un famoso del montón que jamás había sido portada. Y todos se volvieron a dividir: los del orden y los de la libertad. Los del alemán sonriente y los del utópico de barba. Dos grupos, una sola espera. Dos bandos en la misma hilera. Dos polos en el cálido Carmela Carvajal

La fila era un país. La fila era una urna. La fila era el siglo 21: los millennial, los grunge, el señor que aboga a escondidas por el General, el elegante que calcula con números de economía su ideología, el leninista que se encrespa los bigotes, el de rulos que porta bajo el axila un ejemplar del diario El Ciudadano.

-¡Reportero!- le dijo un conocido al reportero.

Era otro reportero. Ambos conversaron y hablaron de famosos que salen en televisión. Y debatieron del despliegue televisivo. Y concluyeron: Matamala, en estas transmisiones, es Claudio Bravo, el capitán. Matamala, en estas transmisiones, suele lucir. Cony Santa María, en estas transmisiones, suele chillar. Mónica Rincón, en estas transmisiones, suele estar desesperada por lucir y por lo mismo no luce. Astorga, en estas transmisiones, quiere lucir y luce. Astorga está en su mejor momento. Viste camisa y zapatillas. Mezcla la seriedad con el sport. Aplaudamos, dijeron, a Macarena Pizarro y su paz interior. A Montserrat Álvarez y su risa. Los aplausos se moderan con la perfomance del showman Julio César, el emperador, que está obsesionado por hacer reír, aunque es más deslumbrante cuando hace pensar. Julio César hace comedia para los que están en el estudio. Comenta la realidad y mira de reojo a los camarógrafos para ver si exploraron en una carcajada. Aplaudamos, dijeron, el reportero y su amigo, a Rodrigo Sepúlveda, bastión del periodismo vibrante, quien salió a las calles a encuestar a chilenos melancólicos:

-¿Cómo es nuestro Chile?- preguntó en una fila.

-Una cagada de país- le dijeron. Y él se conmovió.

Luego el reportero admitió que es un fanático de Sepu, pero a la vez de Iván Núñez. Y a la vez de Iván Valenzuela, que es un señor, un emblema, un escudo. 

Y la gente, en ese lapso de tres horas y media en que todos nos hacemos amigos por la democracia, se empezó a integrar. Empezó a hablar de rostros, de periodismo democrático. Los de Kast y los de Boric, todos allí en plena hilera, declarando sus preferencias. A los de Kast les gusta Checho. A los de Boric les gusta Mónica. A los de Parisi no les gusta nadie más que Parisi. 

Allí, en fin, en la fila del Carmela Carvajal se había construido la mejor democracia. Todos mojados. Todos con un Bic. Todos con una opinión. Todos hablando de tele. Y seguían esos que decían:

-País de mierda.

Y los otros que decían:

-Pasémonos los teléfonos.

La fila de tres horas y media fue la vida de Chile.

La gente, en ese lapso de tres horas y media en que todos nos hacemos amigos por la democracia, se empezó a integrar. Empezó a hablar de rostros, de periodismo democrático. Los de Kast y los de Boric, todos allí en plena hilera, declarando sus preferencias.

Rabia, urgencia por el agua, bandos separados, unos a la sombra, los otros al sol, un grito, todos hablando de televisión, todos soñando con el voto, con cambiar el mundo. 

Y cuando llega la hora de votar, uno se contrae, percibe que no hay solución, se asfixia entre setenta y siete candidatos a diputados y sabe perfectamente que el mundo puede cambiar. Pero no se sabe si eso es para mejor.

Y al salir de la urna, ya no había ninguno de los amigos de la fila.

La fila se hizo humo.

Y ahora sólo queda la realidad.

También puedes leer: “Me vine con los ojos húmedos todo el camino de vuelta a casa”: La emoción de un mexicano al votar por primera vez en Chile


Volver al home

Comentarios