La imagen muestra a Paula Espinoza frente a una manifestación feminista

Agencia Uno

Columna de Paula Espinoza: ¿Dónde está el feminismo o la violencia machista?

A medida que se descubrió el caudal de votos de Kast y Parisi se hizo evidente lo que un sector de la población se negaba a ver: el machismo nunca ha desaparecido, solo ha sabido reacomodarse.

¿Cuánto dura un fenómeno, un movimiento, en estos tiempos? Como hija del  feminismo en Chile, que debió encontrar formas de supervivencia durante la dictadura cívico-militar y tras el regreso a la democracia, la duración de un ‘sentido común’ siempre está en riesgo. Ahora bien, también soy parte de la nueva ola de feminismos que desde hace un par de años se experimentan con fuerza en el mundo y que a ratos te hacen creer invencible. Pues si algo caracteriza a estos levantamientos han sido su capacidad de convocatoria y su carácter global. Sin embargo, la realidad existe: mientras uno de los candidatos presidenciales a la segunda vuelta habla de un gobierno feminista, en la vereda del frente -al menos, hasta hace unos días- el otro candidato contaba entre sus filas al electo diputado Johannes Kaiser, cuyos dichos hacia la mujer y los derechos humanos lo condujeron a una sorpresiva renuncia a al partido Republicanos. Así, nada más rearmarse el escenario político que dejó el último proceso electoral, aquello que se suponía desplazado al lugar de lo incorrecto emerge frente a nuestra propia ceguera.

La filósofa Aïcha Liviana Messina propone el ejercicio de observar y distinguir las formas del machismo, sobre todo, en momentos que éste ha estado bajo una lupa que tiende a equiparar los fenómenos. Los elementos básicos que dejó el levantamiento de los movimientos feministas han sido la creación de una suerte de manuales, algunos explícitos y otros implícitos, sobre lo que podemos llamar “buena conducta”. Por primera vez actitudes arraigadas en espacios como el universitario se identificaban y se les puso un freno. Porque cuando el machismo ha estado instalado por décadas y, como dice Messina, la violencia se hace invisible porque se vuelve costumbre. Por lo tanto, poner en tela de juicio las conductas machistas es un avance, un logro. Pero, sin apresurarse. Al pensar en la violencia machista -propone Messina- ésta genera señales previas que se vuelven borrosas en la medida que el lenguaje es vaciado de significado. Por ejemplo, un ‘piropo’ equivale a un lenguaje sin contenido en la medida que le asignamos un único sentido. Así las cosas el mentado ‘piropo’ se supone que reitera una situación de dominación, pero a estas alturas su uso es un  hecho anacrónico, un arcaísmo. Entonces, ¿dónde están las reales formas de dominación?

La realidad existe: mientras uno de los candidatos presidenciales a la segunda vuelta habla de un gobierno feminista, en la vereda del frente -al menos, hasta hace unos días- el otro candidato contaba entre sus filas al electo diputado Johannes Kaiser, cuyos dichos hacia la mujer y los derechos humanos lo condujeron a una sorpresiva renuncia a al partido Republicanos.

La reflexión de Messina nos puede ser útil para pensar en lo acontecido recientemente entre la alcaldesa Irací Hassler y el periodista José Antonio Neme, a propósito de la expresión ‘mamita’. Conocemos esta historia. Una mujer es nombrada, llamada, catalogada con algún apelativo tipo “mi niña”, “mi reina”, “linda”, “hija”, etc., vocablos utilizados por hombres y, también, por mujeres. Ahora bien, en los tiempos que corren, escuchar estos epítetos, de un hombre hacia una mujer, despierta más de una alerta. Pero nos guste o no, hay diferencias. En el caso particular del enfrentamiento Hassler-Neme existe un contexto que se inicia hace unas semanas cuando el periodista comentó sobre la polémica respecto a la Línea 7, en vista a que la alcaldesa de Santiago plantea rediseñar su trazado. La postura de Neme fue mantener el plan proyectado del desarrollo del tren subterráneo, aunque esto implique intervenir el Parque Forestal. Argumentos más, argumentos menos, mientras declaraba su postura señala “«Irací, mamita, si tú me dices que la Línea 7 va a parar en Torres del Paine o Huilo Huilo, estoy de acuerdo con ella». Lo curioso del episodio es que rápidamente se desplazó la discusión sobre el Metro de Santiago y lo que quedó resonando fue la palabra ‘mamita’.

El contexto tiene una segunda parte: la presencia de la alcaldesa en el programa televisivo donde participa José Antono Neme. Desde que Hassler estuvo frente al periodista, éste, cual hombre arrepentido en el banquillo de los acusados, comienza una performance -porque involucró una postura corporal y discursiva- orientada a disculparse. En este diálogo dice: “Ahora, no hubo un ataque personal, estábamos haciendo una… ahora, si usted se sintió ofendida, yo…”. Fatales palabras. Hassler, de inmediato, le hace notar que no es “ella quien se sintió de cierta forma”, sino que “las mujeres estamos en los espacios de decisión y no somos ‘hijas’, no somos ‘mamis’”. La tensa calma traspasaba la pantalla, Neme hundido en el error constante y Hessler cada vez más empoderada en su rol pedagógico, el que tiene su punto cúlmine en un gesto: una mano extendida hacia el periodista, que implica un suave pero claro “cállate”. Finalmente, Diana Bolocco, quién lo diría, cerró el episodio, recalcando a la alcaldesa que no hubo una intención de “violentarla” y que “tiene toda la razón”.

Conocemos esta historia. Una mujer es nombrada, llamada, catalogada con algún apelativo tipo “mi niña”, “mi reina”, “linda”, “hija”, etc., vocablos utilizados por hombres y, también, por mujeres. Ahora bien, en los tiempos que corren, escuchar estos epítetos, de un hombre hacia una mujer, despierta más de una alerta.

Más allá del episodio, creo que a muchos y muchas nos dio una gran sensación de incomodidad. No resulta fácil decir esto, pero el ‘mamita’ de Neme ¿qué significa? ¿Es un ‘piropo’? ¿Es una expresión machista? ¿Es un exceso de coloquialismo con una autoridad? Sinceramente, creo que puede involucrar más de un sentido. El problema de este enfrentamiento y la repercusión que tuvo es que se leyó únicamente en clave feminista y como un acto de reivindicación de esta causa por la alcaldesa. Y cuando ponemos en la lupa las expresiones que hemos sancionado y caducado como machistas, se nos escapa la vorágine de formas de machismos que buscan verdaderamente reestablecer las situaciones de dominación. Confirmar su existencia.

Precisamente, a medida que se descubrió el caudal de votos de Kast y Parisi se hizo evidente lo que un sector de la población se negaba a ver: el machismo nunca ha desaparecido, solo ha sabido reacomodarse. Cuando pensamos en las declaraciones de Kayser o las intervenciones youtuber de Parisi, en su delirante Bad Boys, creo que debemos recordar el estallido social de octubre de 2019. Un par de vueltas a la zona cero permitían observar que se había instalado un modo de protesta masculina, distanciado de las mujeres, y que se caracterizaba por una voluntad de pasado. Hombres, que utilizaban su fuerza (pirqueban las calles) y lanzaban proyectiles. Todo ello en un régimen de producción serializado, como el trabajo de antaño, y cubiertos, cual manada. Hombres sin identidad, excepto, la de ser hombres.

En estas cosas hay grados, por supuesto, por ello son de utilidad las reflexiones de la antropóloga Rita Segato, quien ha identificado en el comportamiento masculino una necesidad de grupo, de club, hermandad o, en su peor expresión, la manada. En esta situación de conjunto la masculinidad es puesta a prueba, es decir, se impone el deber de demostrar qué tan hombre eres. Y es evidente que no todos sobrepasan los límites de la convivencia. Segato, según consta en una reciente columna de la escritora y psicoanalista Constanza Michelson, explica que en América Latina, marcada por los procesos de conquista y colonización, el hombre vencido quedó atrapado por el vencedor: el hombre blanco, quien hasta la actualidad abusa de él como el jefe poderoso, en la extracción de tierras y  la distribución del dinero.

Desde este ángulo, y con todos los ‘pero’ del caso, las mujeres hemos vivido una práctica política en lo doméstico -aunque así no lo consideramos-, donde hemos gestionado y tomado decisiones en un asunto esencial: la preservación y desarrollo de la vida humana. Con ello, tenemos un papel central en la historia, que se ha privatizado y transformado en algo íntimo, lo cual lo ha despojado de su carácter político. Quizás por ello, Segato es crítica a un feminismo que actúa desde lo punitivo. Está más interesada en pensar cómo generar formas de sociedad, cómo negociar y convivir con el otro en tranquilidad. Por su parte, Messina se pregunta “¿un manual de buena conducta va a permitir realmente cambiar la cultura”. Como bien lo expresa, un documento, una normativa, nos puede hacer corregir, pero no transforma las conductas.

Todo esto tiene implicancias para las actuales discusiones sobre la posición de las mujeres en la sociedad y la amenaza que representan personajes como Kayser y la tropa de Bad Boys para nuestra existencia digna. Pero esta defensa al feminismo, no debe enquistarse en la pedagogía de la mano, en la corrección a expresiones que pueden comportar múltiples significados. Esta defensa espero esté animada por lo colectivo, el entendimiento y una lectura que, como enfatiza Messina, no reflexione sobre el feminismo exclusivamente desde el marco de la violencia machista, sexista, sexual, sino que incorpore las consecuencias en las y los sujetos de la experiencia neoliberal y los modos de autoritarismo político que éste genera. Si por feminismo se piensa una forma de mundo, esta reflexión se debe construir paso a paso. Por el camino que vamos corremos el riesgo de hacer carne la vieja suposición que el feminismo cuando avanza un paso retroceden dos.

*Paula Espinoza O. es Directora Ejecutiva de la Fundación Saber Futuro. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica, de la Universidad de Chile, y Magíster en Teoría e Historia del Arte de la misma Universidad, es también coautora, junto a Giorgio Jackson, de “Copia o Muerte. Una decición urgente para nuetra sobrevivencia” (2019, Saber Futuro).

También puedes leer: Columna de Aïcha Liviana Messina: La verdad


Volver al Home

The Clinic Newsletter
Comentarios