La imagen muestra a Hotuiti Rangi Teao

Agencia Uno

Hotuiti, emprendedor: “¡Nadie me ha avisado si soy diputado!”

Obtuvo un escaño en el Congreso, pero, nervioso, admite que nadie se ha comunicado con él y no sabe qué hacer. Aquí habla de su ansiedad, de su pasado de bailarín, de su vida en la Isla, de las tradiciones y de cómo ha marcado un hito al ser el primer rapa nui electo en la historia parlamentaria de Chile.

Este señor es un diputado electo que no sabe en qué momento se convertirá en un diputado oficial. Es Hotuiti Rangi Teao, la leyenda rapa nui, el carisma y la anatomía espeluznante, toda una musculatura fotografiada a principios del siglo 21. El mejor plexo solar del Chile de la transición. La espalda, ancha y nativa, le creció gracias al remo polinésico y todos los sábados, en pantalla, Vivi Kreutzberger se le derretía encima del antebrazo. El galán del 2003. El rey sin texto del programa Gigantes con Vivi de Canal 13. Una vez curvó el bíceps bajo los focos y alcanzó una portada. Otra vez se arremangó el pantalón y le saltó un cuádriceps que, por fortuna, un camarógrafo alcanzó a inmortalizar. Pero eso es pasado.

-Yo ya no soy un bailarín- adjunta Hotuiti en la actualidad.

-No lo es- y la prensa lo mira seriamente.

Señoras y señores, este hombre gigantesco, este castillo de músculos y cerebro pujante, es un emprendedor. Tiene un hotel en Isla de Pascua y ha explorado hábilmente el negocio de los helados. Es un ingeniero comercial de la Universidad Mariano Egaña, un comerciante inquieto que, además, ostenta una anatomía de números redondos: se compone de cien kilos de peso y mide ciento noventa centímetros. Y, bueno, hace quince días el pueblo lo eligió diputado por el Distrito 8, el distrito de la costa y de la Isla de Pascua. El distrito del Puerto, del mar, de las urgencias.  

-¿Pero ya soy diputado?- de pronto Hotuiti parece caer en un estado de consternación. 

-¿Por qué lo pregunta?

-Es que nadie me ha dicho nada.

-¿No lo han notificado?

-¿Me tienen que notificar?

-Claro que sí- aporta, sin dato alguno, la prensa.

Hotuiti obtuvo dieciséis mil sesenta y un votos en las elecciones del 21 de noviembre y nadie le ha dicho que es diputado. Él vio los resultados por televisión. Vio que obtenía el 4.90% de la votación y se abrazó a su señora, Francisca Ayala, una mujer fitness, sin grasa, una ex modelo con visión comercial que se radicó en la Isla por amor. Ambos, en el momento Eros del triunfo, se besaron, parece. Se dijeron cosas amorosas, esto es por ti, es por nuestros hijos, es por los ancianos sabios de la Isla. Lucharé por la justicia, por el progreso, por el amor y por el espíritu emprendedor de la nación y de Evópolis. 

Luego Hotuiti tomó un avión al continente, puesto que presumía que su vida había dado un vuelco. Imaginó que ya no era el enorme modelo, el bailarín excitante que revoleaba la pelvis, no, caramba, ahora es parte del poder legislativo. Se hospedó en una habitación santiaguina con vista al estrés. Recuerda que suspiró, concedió nueve entrevistas en las que dijo cosas como las siguientes:

-Me he dado cuenta que hay que hacer cosas por la tercera edad.

O bien dijo:

-Te voy a decir por qué la gente está desencantada… (y allí mismo empezaba a enumerar postales, imágenes que lo llevaron a la conmoción, el abrazo efímero con una votante, la queja de un endeudado, etc.).

O incluso dijo:

-No quiero conquistar sólo a la gente; quiero conquistar a la familia.

Y, en fin, ahora, tras el tobogán mediático, ese creador de frases entusiastas aquí está: solo. En un hotel, desorientado. La maleta sobre una cama. 

-No sé qué hacer- reconoce en estos instantes, en vivo. 

-Alguien le tiene que avisar si es diputado o no.

-¡Nadie me ha avisado si soy diputado!

Hotuiti, comprensiblemente, sufre una micro alteración nerviosa. Ignora los pasos a seguir. Es un diputado sin Congreso a la vista, un representante del pueblo sin escaño. 

-¿Pero cuándo empieza a trabajar de diputado?- preguntamos.

-No lo sé. Te juro que no tengo idea.

-¿No ha formado un equipo de trabajo?

-¡Es que no sé a cuántas personas tengo que tener en mi equipo!

-Son como cinco- especula gratuitamente la prensa. Y tantea con el rostro impávido: un asesor general, un asesor de prensa, un asesor de leyes, un asesor de vestuario, un asesor de seguridad. Hotuiti parece anotar.

El colapso lo lleva a exclamar:

-¡No cacho nada!

No quiero conquistar sólo a la gente; quiero conquistar a la familia.

-¿Nada de nada?

-Sólo tengo preguntas…

-¿Cuáles?

-¿Cuál será el horario de trabajo?

-Es todo el día y toda la noche.

-Jajaja- Hotuiti suelta una risa nerviosa.

El reportero lo mira severamente. Hotuiti se silencia.

-¿Tendré chofer?

-Tendrá- le confiesa el reportero.

-Me gustaría tener a mi primo en mi equipo de trabajo.

-Excelente idea, Hotuiti.

-Pero él no querrá ni loco…

-¿Por qué?

-Porque él es libre. Es un rapa nui. Él sale a pescar y a nadar en las tardes. En las noches está en un grupo de baile. No sé…no sé…

Hotuiti necesita con urgencia un documento formal. Debe organizar su vida, derivar sus negocios, mentalizarse de su nueva función. El reportero, intuitivamente, le confiesa que el Servel debería tomar cartas en el asunto. Le debería llegar un mail, opina el reportero. Hotuiti no ha recibido un mail. Ambos especulan, aterrados, a qué se podrá deber este enigma. Y, de hecho, en la atmósfera histérica que se está produciendo, el reportero le insinúa que cabe una posibilidad que ya no sea diputado. Quizás algún candidato impugnó la elección del Distrito 8 y ahora deben contabilizar todo otra vez. 

¡No cacho nada!

-Puede que esto sea un terrible malentendido, Hotuiti…¿Y si en verdad usted no es diputado? Hay que ponerse en todos los casos…

-Ufff…- Hotuiti suelta un bufido. Se le nota pálido.

Durante su campaña recorrió la costa. Se paseó, equipado con propuestas, por San Antonio y por Valparaíso. La gente, a veces, apelaba a la desconfianza y le gritaba: “¡Qué sabe usted! ¡Usted es otro millonario de la tele!”. Hotuiti, con paciencia, miraba a los incrédulos y les decía: “Dame un minuto de tu tiempo. Te voy a explicar qué país quiero”. Así consiguió los dieciséis mil votos. Por eso vamos a suponer que toda esta incertidumbre que padece Hotuiti se explica porque él es nuevo. Hotuiti, aunque nadie le haya dicho nada, es un diputado de la nación.

Mi Isla

-Y todavía algunos periodistas me anuncian como bailarín.

-¡Y no es bailarín!- empatiza la prensa.

-O sea, sé bailar. 

-¡Y vaya que sabe bailar!- la prensa persiste en apoyarlo.

-Yo bailo, canto y toco quince instrumentos musicales. Le he enseñado el ukelele a mi hijo. Es una tradición, lo llevo en la sangre. Pero, claro, yo no ando diciendo todo lo que soy.

Hotuiti, el flamante diputado no notificado, se retoca un peinado perfecto. Pelo negro, cortado con elegancia. Viste una camisa blanca que, a causa de su masa muscular, se le nota ajustada.

-¿Y qué es usted?

-Yo soy un rapa nui- enfatiza orgulloso.

-Lo felicito.

-Gracias.

-¿Qué más es usted?

Todavía algunos periodistas me anuncian como bailarín

-Yo soy un rapa nui que habla la lengua rapa nui, que habla español, que habla francés, que habla italiano, y hasta argentino. Y, no me gusta decirlo, pero soy un empresario. Soy el ex Presidente de la Cámara de Turismo. Soy parte del directorio de la Cámara de Comercio. Soy el fundador de un colegio Montessori para veinte familias de la Isla.

Respira. 

No le gusta ostentar con su biografía. Fue un fornido de leyenda, un héroe que posó carcajadas en televisión. Pero siempre se proyectó en los negocios. Y siempre se proyectó en la Isla de Pascua, su Isla, su territorio, la casa. 

Y dice, poético:

-Para nosotros toda la Isla es como nuestro jardín.

Cada piedra de la Isla es su propia piedra. Cada planta es su planta. Cada colilla de cigarro en el suelo, es una suciedad en su patio. Cada turista borracho que corteja a una nativa, es un desubicado que incomoda a la familia. A las setecientas familias Rapa Nui de la Isla. Cada mujer es su prima. Cada borracho es un posible puñetazo.

Y ahora este hombre ha marcado la historia. 

-¿Yo?- titubea.

Usted, Hotuiti, a partir de ahora es una página subrayada en la historia de Chile y en la historia de la Isla de Pascua: Hotuiti Teao es el primer rapa nui que llega al Congreso de la Nación. El primer parlamentario que, más encima, recalca el propio Hotuiti, no obtuvo el escaño por ser pueblo originario. Obtuvo el escaño disputando los votos con los continentales. En igualdad de condiciones.

A Hotuiti se le agigantan los ojos.

Ha vuelto a brillar.

-Quiero hacer cosas- desliza.

-¿Qué cosas?

-Ayudar a los ancianos, luchar por una infancia protegida, luchar para que se respete la Isla y no se permita que cualquier chileno se instale a vivir allí, promover el emprendimiento.

-¿Tiene clara su enorme responsabilidad?

-Yo me he preparado para esto. Y a los jóvenes les digo: Sueña. Lo puedes lograr.

Le surge una voz de Mesías, un Mesías polinésico, un Mesías con músculos, con instinto de pescador. 

-¿Usted es chileno, Hotuiti?

-Primero soy rapa nui.

-¿Qué significa ser rapa nui?

Hotuiti fija la vista en su ventana, como si buscara el mar.

-Es otro mundo, amigo. Es otro mundo…

-¿Por qué?

-Ja.

Y Hotuiti ríe porque es tan distante un mundo del otro. El continente y la Isla, dos planetas separados por el Océano Pacífico.

-En la Isla somos libres- declara.

-En el continente también…- protesta el reportero.

-…

-Qué…

-…en la Isla, amigo, somos libres de verdad.

La Isla, dice, es el mar. Es la tierra. La Isla son esas rocas tan famosas. Es el granito, la arena, las nubes, el sol, los caballos, los jureles, las papayas, el ukelele, es pasar el día descalzo, sin polera, al viento.

En la Isla somos libres

Y sigue:

-En la Isla no hay clases sociales. En la Isla tú remas, nadas, pescas, montas caballos. Tú eres el tiempo. Tú vives. Despiertas en la naturaleza. Comes lo que pescas. Bailas. En la Isla escuchas a los ancianos. En la Isla hablas otro idioma. No hay banderas chilenas izadas. Somos libres, estamos en nuestra gran y enorme casa.

Y dice que cada familia es una voz. Cada familia, con todos los integrantes de un mismo apellido, se junta una vez a la semana y resuelven sus inquietudes. Y las comunican a un consejo superior.

-Y así vivimos…

-¿Se sienten ninguneados por Chile?

-Muchas veces.

-¿Se sienten aislados?

-Siempre. Pero estamos acostumbrados. Nosotros estamos más cerca de la mano de Dios que de la mano del Estado.

Y sonríe, suavemente, mirando hacia el lado. 

Y pareciera que todavía está buscando el mar.

Mi política

Y, como sea, Hotuiti mantiene esa extraña incertidumbre. 

-No cacho cuándo empiezo…

Tal vez son sus nervios de primerizo: no sabe qué día se tiene que presentar. No sabe dónde le tocará sentarse, no sabe con quiénes podrá conversar. 

-¿Aló, Hotuiti?

Alguien lo ha llamado.

-¿Sí?

-Compadre, te habla Francisco Undurraga de Evópoli.

-¡Hola!

-Vamos a estar juntos en esto, Hotuiti. Vamos a trabajar en bloque.

Yo me he preparado para esto. Y a los jóvenes les digo: Sueña. Lo puedes lograr.

-¡Perfecto!

-Quédate tranquilo- le comenta Undurraga-, no estás solo, viejo.

Y Hotuiti, al fin, recibe el primer feedback. Es parte de algo mayor, es parte de la maquinaria. Ya es un político.

-¿Viste?- dice.

-Qué.

-Ya no soy el bailarín.

-No lo es.

Y Hotuiti ríe, pero algo se le puede percibir en la mirada. Él, claro, no es un bailarín. Ni tampoco un modelo. Ni tampoco un empresario. 

-Ahora es un diputado, señor Teao- le señala el reportero.

El nuevo parlamentario deja pasar unos segundos. Y todo se carga de tensión hasta que vuelve a hablar.

-Yo soy un rapa nui, amigo- insiste, implacable, mirando fijo. Y de este modo, Hotuiti Teao, a sus 44 años, ha entrado oficialmente en la historia de Chile.

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