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10 de diciembre de 2021

Columna de Matías Fuenzalida: La victoria, el abismo, el potrero

Ha pasado casi una semana, desde que, en apenas diez minutos, el cielo se abrió en Rancagua. En un estadio sin hinchas, pero con miles de ellos viviendo un calvario tras la pantalla o pegados a la radio, la U volvió a enfrentarse con el fantasma del descenso. Una herida que marcó fuertemente la identidad de los azules y que parecía cerrada. Pero no.

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“Nunca viví algo así en mi vida, nunca. Cada uno canaliza esto como puede. Todos debemos reflexionar profundamente para encontrar respuestas a este momento tan delicado. Esto sólo sirve para hacernos mejores. Para crecer”. Así, el experimentado delantero argentino Joaquín Larrivey intentaba trasladar sus emociones a las palabras, compartiéndolas a través de las redes sociales con otros miles de fanáticos que, seguramente, también vivieron en carne propia la pesadilla que pudo desatarse el domingo pasado. Ya en casa, más tranquilo, días después del partido donde la U se salvó de bajar a segunda división, el “Bati” redactaba estas líneas. Recién pudo hacerlo ahí, porque luego del pitazo final en Rancagua, las lágrimas le impidieron hablar.

En poco tiempo, Larrivey se ganó el respeto a punta de goles, logrando acá en Chile uno de los mejores registros de su carrera. Un artillero trotamundos, con pasos por el Cagliari de Italia, el Celta de Vigo de España y equipos de la liga mexicana, japonesa, paraguaya y emiratí. No muchos lo logran, él sí lo hizo. Rápidamente se identificó con la camiseta de los universitarios.

La identidad es una construcción permanente que se va nutriendo de las experiencias. Éxitos, fracasos, satisfacciones, desilusiones, grandes metas y el camino para llegar a ellas, independiente si llegan a materializarse. En la década de los 60, el mítico “Ballet Azul” dirigido por Luis Álamos, con Carlos Campos, Leonel Sánchez y Rubén Marcos, marcó un hito inolvidable en el nacimiento del sentimiento azul, cimentado también por los valores republicanos de la Casa de Bello. Casi 30 años después, en 1989, esa gloria era sólo un capítulo dorado. El 15 de enero, Universidad de Chile empataba 2-2 con Cobresal y por diferencia de goles, descendió por primera vez en su historia. Se fueron a los potreros, expresión despectiva para referirse a esos campos de juego deteriorados, donde pareciera que pastan los equinos. Una herida abierta, que no cierra con el tiempo y que ni siquiera un título internacional pudo relegarla al olvido. Justo en aquellos días, un grupo de 15 jóvenes que acostumbraban a instalarse bajo la barra oficial de la U en el estadio, comenzaron a formar una de las hinchadas más grandes del país. “Los de abajo” debieron acostumbrarse rápido a convivir con ese fantasma. Una experiencia desestructurante, que el 2021 estuvo a segundos de repetirse y que se convirtió en otro elemento más para la configuración de la identidad de los laicos.

El 15 de enero (de 1989), Universidad de Chile empataba 2-2 con Cobresal y por diferencia de goles, descendió por primera vez en su historia. Se fueron a los potreros, expresión despectiva para referirse a esos campos de juego deteriorados, donde pareciera que pastan los equinos. Una herida abierta, que no cierra con el tiempo y que ni siquiera un título internacional pudo relegarla al olvido.

Lo ocurrido el domingo en el mundialista de El Teniente, fue incluso más escalofriante que esa tarde en Ñuñoa ante los de El Salvador. 95 largos minutos, donde las voces de los jugadores, las instrucciones del técnico, los lamentos y la esperanza tras una llegada al arco rival, se escuchaban nítidamente en un estadio vacío, castigado por la invasión de los propios hinchas azules, que unas fechas atrás desesperados por la cercanía del abismo, quisieron presionar a sus ídolos ingresando a la cancha.

Unión La Calera ganaba 2-0 y la U perdía la categoría. El evento más traumático en el fútbol estaba a punto de ser consumado. Al borde del campo, el técnico Cristián Romero seguía ordenando a sus piezas, viendo cómo el reloj avanzaba. Diego Carrasco, un joven defensa venido desde Coquimbo, animaba sin parar a sus compañeros desde la banca, aferrado a que el destino impidiera que su equipo viviese una tragedia. En las tribunas, un puñado de dirigentes se llevaban ambas manos a la cara, para evitar ver lo que pasaba metros más abajo. El presidente del club, tras el vidrio de los palcos, caminaba de un lugar a otro mirando su celular. Quizá buscando ahí la respuesta, quizá revisando los resultados de los otros partidos que podían darle una ayuda. Mientras tanto, miles de miles tras la pantalla observaban en silencio cómo las tinieblas aparecían ante sus ojos.

El terror, el fantasma, acechaba de nuevo, con más fuerza. El volver a encarnar esa vivencia tan difícil de sanar, a no volver a ser nunca más eso que ya fuiste. Entonces apareció Júnior Fernándes, el tocopillano amigo de Alexis, para abrir el cielo cuando quedaban pocos segundos para el fin. El gol, la salvación, volver a la vida.

En todo caso, nadie está libre de pasar por este martirio. El Hamburgo de Alemania, uno de los clubes más tradicionales de la Bundesliga tenía instalado en su estadio un gran reloj digital que marcaba los años, días y horas del club sin jugar en segunda división. Pero el 2018 el reloj se detuvo tras 54 años, cuando se consumó el primer descenso de la historia de ese club, mientras la hinchada vandalizaba las graderías. El célebre “Tano” Pasman, octogenario fanático de River Plate que en 2011 gritaba frente a su televisor: ¡estamos en la B!, seguramente el dolor más grande de su existencia. Y ahora mismo, el dos veces campeón de la Copa Libertadores, Gremio de Porto Alegre, camina en la cornisa antes de caer a las tinieblas de la liga brasileña. Todo, mientras sus rivales se burlan mostrando ataúdes, condenándolos anticipadamente a la muerte futbolística.

El terror, el fantasma, acechaba de nuevo, con más fuerza. El volver a encarnar esa vivencia tan difícil de sanar, a no volver a ser nunca más eso que ya fuiste. Entonces apareció Júnior Fernándes, el tocopillano amigo de Alexis, para abrir el cielo cuando quedaban pocos segundos para el fin. El gol, la salvación, volver a la vida.

La U se mantuvo en primera, pero nadie asegura que siga enfrentándose cara a cara con la oscuridad. Y, por qué no, revivir el trauma de 1989. El plantel acaba de ser desmantelado y nuevos personajes llegarán para hacer que la pelota siga corriendo.

Aunque pareciera que fantasma de la B seguirá asustando de vez en cuando, la herida aún no cierra del todo.

*Matías Fuenzalida es periodista, columnista, conductor de radio y TV. Su trabajo relaciona el deporte con las ciudades, los países y la historia. Actualmente trabaja para ESPN.

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