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Opinión

17 de diciembre de 2021

Columna de Constanza Michelson: Serenidad

La imagen muestra a Constanza Michelson frente a una ciudad en movimiento Agencia Uno

La pandemia generó una conversación sobre las formas de vida. Sobre la aceleración y desaceleración. La vida lenta era ya un tema hace rato. Desde el ambientalismo, la psicología, el urbanismo. No es extraño que la discusión estos días se ha desatado en torno al crecimiento económico, pero el asunto se ha pensado más allá de eso.

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1.¿Qué se puede esperar del futuro?

Aunque la pandemia la profundizó, la palabra incertidumbre venía instalándose antes. Hace años –¿quizá a partir de la crisis económica de 2008?– que había síntomas que venían a refutar el simulacro de la posmodernidad y su presente inagotable. Las imágenes de futuro comenzaron a parecerse demasiado al desierto (mental).

La incertidumbre como atmósfera inflama al miedo, y la gestión de éste, es pan comido para la emergencia de la ultraderecha. El futuro según la ultraderecha es más un mecanismo de defensa que un mundo. Se trata de un futuro que es, paradójicamente, una vuelta a un pasado; que como todo ideal de retorno a un momento original no puede ser más que delirante: “un todo va a estar bien” que oculta el temblor, en la ficción de contener a la historia y su devenir, con muros y lumas. En la psicología individual ese mecanismo de defensa se llamaría paranoia: concentrar todo el miedo en una amenaza nítida y persecutoria, así no se ve la complejidad del conflicto al que se debe enfrentar en realidad.

Por otro costado de la posmodernidad salió también otra propuesta de futuro: el progresismo. Pero el que nació en Norteamérica y se exportó al mundo, adoptó una lengua policiaca, pedagógica e identitaria, que fue socavando a la imaginación de izquierda. Ese futuro, que además abandonó a los sectores populares, a los que se suponía debía representar, de algún modo sacrificó también la posibilidad de mundo: crea enemigos y escribe de antemano los encuentros. En la psicología individual creo que también remitiría a mecanismos de defensa omnipotentes para evitar la complejidad del conflicto. Es sintomático que la vieja tecnología de la conversación y el perdón parezcan cosas imposibles a la hora de avanzar (precisamente cuestiones que permiten hacer mundo), y hayan sido sustituidas, en casos que seguramente no lo ameritaban, por el lenguaje de abogados y tribunales; lenguajes impersonales, que además despojan de responsabilidad subjetiva (ese perdón suele ser banal, sin compromiso); y entre tanto protocolo se pasan de largo más de una conducta psicopática.  ¿Es posible hacer de la crítica como ejercicio político, algo que no sea una pareja neurótica con la crisis? Quiero decir, una crítica que identifique el problema, la opresión, la injusticia, pero antes que inflamarla y dejarla sin salida, dé lugar a la esperanza, a la posibilidad. Me parece que este lenguaje ha empezado a ser cuestionado y ha llevado a una reflexión muy interesante a la izquierda en el último tiempo.

La incertidumbre como atmósfera inflama al miedo, y la gestión de éste, es pan comido para la emergencia de la ultraderecha. El futuro según la ultraderecha es más un mecanismo de defensa que un mundo. Se trata de un futuro que es, paradójicamente, una vuelta a un pasado; que como todo ideal de retorno a un momento original no puede ser más que delirante: “un todo va a estar bien” que oculta el temblor, en la ficción de contener a la historia y su devenir, con muros y lumas.

2. Pensar un futuro no es un asunto de innovación, sino de la posibilidad de hacer mundo. Un mundo no es algo que esté garantizado, siempre puede caer. Un mundo pensaba Hannah Arendt, es un artificio, una creación humana que se parece a una mesa: reúne en torno a lo común, pero el espacio de la mesa a la vez separa, da lugar a la pluralidad. El mundo/mesa otorga una responsabilidad compartida, por el solo hecho de vivir juntos, no exige la prueba de un origen común; asimismo, sostiene la distancia para la diferencia sin requerir demostrar una identidad o categoría en particular. Por otro lado, un mundo son hilos que conectan a las generaciones, para que los viejos no se anclen en el poder, ni para que los que vengan solo repitan a sus antepasados, o bien, deban refundar el mundo como si no debieran nada a nadie.

La falta de mundo es catástrofe psíquica. Es mera subsistencia, leyes sin sentido, lenguajes vacíos. El mundo está hecho de lenguaje, pero no al modo voluntarista de decidir qué palabras usar, sino de algo más inconsciente: cómo habitamos la lengua. Lo que nos dejó el Holocausto a la humanidad, fue la revelación de que existe la posibilidad de la ruptura definitiva del lenguaje con el mundo: “Sentimos un estupor profundo. ¿Cómo es posible golpear sin cólera a un hombre?”, escribió en su testimonio Primo Levi, detallando la rajadura absoluta de sentido entre los actos, las palabras y la existencia. Se trata de una modalidad de lenguaje que hace desaparecer la conciencia moral de responsabilidad sobre los actos, y genera existencias despojadas de sentido. Lo que ocurrió en los campos fue el uso de un lenguaje capaz de decir nada, y transformar a los seres humanos en mera vida biológica. No debemos olvidar esa herencia: es la que permite sostener lenguajes aparentemente inocentes, pero que generan un tipo de vida inhumana: hablar de “stock” al referirse a niños institucionalizados, o como escribió alguna vez Arendt a propósito de un titular sobre el lanzamiento de un satélite que decía “al fin saldremos de la prisión de la Tierra”: ¡que estupidez es esa de que nuestro hábitat es una prisión! Ya sabemos de las consecuencias: esas metáforas terminan siendo muy literales. En el campo de la salud mental ocurre algo parecido. Los artículos sobre depresión o ansiedad en los medios de comunicación suelen no decir absolutamente nada que no sean cifras, algunas conexiones que hasta alguien de cinco años notaría: “el encierro aumentó la ansiedad al triple”. Creo que no es casual que en varias universidades la carrera de psicología sea trasladada de la facultad de humanidades a la de ciencias de la salud: pasamos de las preguntas sobre la existencia a las técnicas sanitarias.

¿Es posible hacer de la crítica como ejercicio político, algo que no sea una pareja neurótica con la crisis?

3. Desde la posguerra el estudio de la personalidad empezó a enfatizar los mecanismos de defensa psíquicos más precarios: la paranoia, la omnipotencia, la negación, dada la imposibilidad cada vez más frecuente de estar solos, de frenar los impulsos y de elaborar conflictos psíquicos: es decir, tener una relación con la duda, lo ambiguo y lo contradictorio. Hay indicios de que el lenguaje se ha empobrecido: aunque sepamos cada vez más cosas, sobre lo esencial no podemos decir nada.

Hay teorías (como “la teoría del mono dopado”) que sostienen que el encuentro de los seres humanos primitivos con los hongos alucinógenos provocó un salto evolutivo en el desarrollo cerebral.  Los hongos habrían hecho posible separarse de la materialidad del mundo y abstraer. Se desarrolló la imaginación y la concepción de pasado y futuro. Sea o no cierto, lo importante es que la simbolización es la que ensancha al mundo humano: concibe al instante en una relación con el pasado y el futuro. Por lo mismo, es que se sostiene que el lenguaje narrativo es el que ha llevado la transmisión cultural a la escala que conocemos.

Me pregunto qué significa en nuestros días la apertura o estrechura de mundo. Por ejemplo, respecto al asunto de las drogas. Según Henri Michaux en sus investigaciones con mescalina, pudo detectar el momento exacto en el que se forman las palabras. Como Michaux, para muchos las drogas siguen siendo una apertura de mundo, pero también, quizá para muchos más, hoy son una anestesia o un inductor de energía: efectos instantáneos que hablan de una angostura de mundo. Michaux viajaba, literal y metafóricamente, exploraba “el lejano interior”. Por el contrario, muchos usan drogas para soportar el aquí y ahora; también para silenciar el interior. A veces para no matarse, otras, para morir de a poco.

Es curioso, porque si bien la virtualidad es de algún modo una forma de agrandar el planeta –permite que haya varios planetas en la Tierra–, la ansiedad como forma generalizada de estar en el mundo es el síntoma de que falta el aire. Y esta, me parece, es la gran pregunta de la época: lo virtual, las neurociencias, los viajes espaciales, tal y como se conciben hoy, su lengua, ¿expanden o reducen la vida simbólica en los seres humanos?

La falta de mundo es catástrofe psíquica. Es mera subsistencia, leyes sin sentido, lenguajes vacíos. El mundo está hecho de lenguaje, pero no al modo voluntarista de decidir qué palabras usar, sino de algo más inconsciente: cómo habitamos la lengua.

4. Aunque los medios técnicos acortan distancias entre la pregunta y la respuesta, no es claro que ese tipo de cercanía genere proximidad y pensamiento del tipo reflexivo. Existe el supuesto de que es la acumulación la que intensifica la vida. Esa idea, además de acelerar al mundo, a la vez lo detiene bajo la forma del sinsentido e impaciencia que provoca un atasco en el tráfico; por cierto, producido por la aceleración de la vida. La acumulación acelera, pero no otorga una puntuación que genere sentido. La impaciencia es una especie de falta de esperanza. Las intensidades sin ritmo hacen que cueste vivir, circular, dormir, despertar y también morir. Se habla de crisis de salud mental, pero creo que se trata de una crisis de la subjetividad. Quizá sea incorrecto llamarle crisis y se trate de la situación de la subjetividad contemporánea, de su estado normal. A la ansiedad es posible considerarla una forma de ser. Y es que la satisfacción directa, instantánea, es como el crack: intenso y adictivo. Un disparo pulsional.

La pandemia generó una conversación sobre las formas de vida. Sobre la aceleración y desaceleración. La vida lenta era ya un tema hace rato. Desde el ambientalismo, la psicología, el urbanismo. No es extraño que la discusión estos días se ha desatado en torno al crecimiento económico, pero el asunto se ha pensado más allá de eso.

 Sin embargo, desacelerar no es garantía de serenidad. No se trata de ir más lento sino de poder detener la nihilizacion (el sinsentido, el cinismo y la desesperanza) que provoca la temporalidad lineal que va directo a la decadencia y a la muerte. La idea de tiempo hacia adelante ve progreso, pero también una decadencia inevitable: se escribe un futuro sin novedad. Pero hay lenguajes para retardar la caída, sin pelear con la gravedad. El ser humano cuenta con recursos psíquicos para ello, siempre y cuando esos mecanismos encuentren lugar en una cultura. Crear, imaginar, los gestos que acogen, la cortesía, los rituales, la comida social (y no la voracidad solitaria) son todas formas de demorar. Demorar no es lo mismo que ralentizar, aunque ir más lento puede ayudar. Demorar es abrir un espacio en el tiempo; de algún modo, pensar, narrar, son cosas que van tejiendo sentidos, transitorios o no, que hacen lugar.

Esta, me parece, es la gran pregunta de la época: lo virtual, las neurociencias, los viajes espaciales, tal y como se conciben hoy, su lengua, ¿expanden o reducen la vida simbólica en los seres humanos?

El rodeo, la espera y la esperanza requieren fortaleza para resistirse a lo inmediato. No niego que hay esperas opresivas. Muchas veces esperar no tiene más sentido que quebrar el espíritu, como puede ser una sala de espera o la burocracia. Pero esperar, en su relación con la esperanza, es fe. Y hay una fe que no es conformismo, no es esperar que un dios provea, sino, como pensaba Simone Weil, Dios mismo significa espera: aprender a contemplar, a mirar con atención, y no una teología. Una amiga me contó que Beckett dijo alguna vez sobre su obra Esperando a Godot, que Godot de algún modo era la imagen de él junto a su mujer escapando de la guerra. Refugiados en un pueblo, en una precariedad extrema, la espera era una actitud. Una espera de nada – como el personaje Godot que nunca llega– que, sin embargo, opera como posibilidad práctica y espiritual para sobrevivir.

5.Fernando Pérez Villalón escribe en Variaciones: la ciudad Z habría sido un imperio, cuya lengua era elegante y sofisticada, pero sus habitantes la olvidaron. Los niños de las ciudades en torno al viejo imperio aprenden de esas historias y son advertidos por sus maestros. Les dicen que si se descuidan podrían terminar como los habitantes que quedaron de ese imperio en ruinas: balbuceantes imbéciles sin lengua, poder, ni cultura, alimentándose de raíces y carne cruda. Entonces los niños comprenden que es de máxima importancia estudiar su lengua, como si fuera un muro “para defenderse del olvido, el extravío y la locura”.

Pienso: tal es el lenguaje que debemos exigirnos en los tiempos que nos tocan. No sé si eso se llama salud mental o social. Le llamaría mundo, vida digna.

Creo que el futuro humano – tanto el planeta como la democracia – depende de la lengua que nos quede.

*Constanza Michelson es psicoanalista y escritora.Su último libro es “Hasta que valga la pena vivir”.

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