La imagen muestra a Matías Fuenzalida en frente a hinchas de Turquía

Columna de Matías Fuenzalida: El fútbol y la democracia

La Cámara de Diputados y Diputadas acaba de aprobar la medida que pretende declarar el 25 de octubre “Día Nacional de la Democracia”. Una fecha que logró hechos insólitos e imposibles. Como que hinchas del fútbol unieron sus colores y dejaron atrás fuertes rivalidades, quizá por única vez en la historia. Un guion que ya estaba escrito, pero al otro lado del planeta.

“Perdimos mucho tiempo peleando entre nosotros”, fue la frase que ese 25 de octubre de 2019 se pudo leer impresa en afiches y stickers pegados en los muros cercanos a la Plaza Italia. La consigna estaba escrita en grandes letras con los colores de la U, Colo Colo, Universidad Católica, Unión Española, Cobreloa y Wanderers de Valparaíso. En medio de una multitud de casi dos millones de personas reunidas ese día, las hinchadas de los equipos más grandes de Chile esperaban respetuosamente el momento para enarbolar sus banderas montados sobre el caballo del General Baquedano. El estallido social recién empezaba; y justo un año después se concretaba un inédita Convención Constituyente.

No hubo enfrentamientos, sólo cánticos llamando a soñar con un nuevo país, abierto a las minorías, sin clases de ética, sin colusiones ni llamados a comprar flores porque están a buen precio. Por esos días, el actual presidente electo Gabriel Boric encaraba a los militares diciéndoles en tono golpeado que no tenían por qué estar en ese lugar presumiendo de sus metralletas.

Algo estaba uniendo hasta a los más fanáticos. A esos que jamás cambian de postura ni se pasan al bando contrario, a esos que no dudan en defender sus emblemas hasta las últimas consecuencias, dentro y fuera de la cancha. Esa jornada, los populares, los laicos, los de San Carlos de Apoquindo y los porteños, alzaron la voz repitiendo los mismos mantras. Y fueron escuchados. El 19 de diciembre de 2021, un joven candidato que comulgó con varias de esas inquietudes, celebró su triunfo en medio de una lluvia de papeles picados que volaban sobre la Alameda.

Al otro lado del mundo, este guion ya había sido escrito. Aunque no inspirado en invasiones extraterrestres ni en conspiraciones comunistas del Foro de São Paulo. Fue en 2013, en la multicultural y milenaria Estambul, en Turquía. La tala de centenarios árboles en el parque Gezi, uno de los más concurridos de la ciudad, a metros de la popular Plaza Taksim, desató el infierno. La idea del autoritario e intransigente presidente turco Recep Tayip Erdogan era barrer con ese terreno para construir un gran centro comercial: un majestuoso edificio inspirado en la arquitectura del Imperio Otomano, tiempos que para el mandatario representaban el orden y la prosperidad.

Esa jornada, los populares, los laicos, los de San Carlos de Apoquindo y los porteños, alzaron la voz repitiendo los mismos mantras. Y fueron escuchados.

Un grupo de ecologistas se instaló con carpas para defender este pulmón verde, pero fueron aplastados rápidamente por la policía que lanzó gases lacrimógenos desde helicópteros y disparó balines a quemarropa. Las imágenes que se vieron en la Plaza Taksim fueron impactantes. Mientras tanto, Erdogan ordenaba más represión, declarando la guerra a sus propios compatriotas.

Ahí nuevamente apareció el fútbol. En un acto automático y sin ninguna organización previa, las barras del Galatasaray, Besiktas y Fenerbahce desfilaron hasta Taksim para unirse a las protestas. El movimiento “Istambul United” logró algo increíble: unir a los hinchas de estos tres equipos, los más importantes de Turquía y que protagonizan entre ellos los enfrentamientos más violentos y pasionales de toda Europa. El discurso era el mismo: arrinconar a la clase política, luchar a favor de la libertad y por los derechos de los que no son escuchados. Un grito atragantado de una sociedad cada vez más diversa, que había cambiado profundamente con el paso del tiempo.

Los árboles del Parque Gezi, sacados de raíz por las retroexcavadoras, convocaron a todos los que querían dejar atrás los fantasmas del pasado, incluso a aquellos cuyas diferencias parecían irreconciliables, como los fanáticos de los tres grandes clubes de la futbolizada Estambul. Acá en Chile, un árbol también se convirtió -años después- en símbolo de un enorme desafío. Uno difícil y ambicioso, pero que convenció a millones de personas.

El movimiento “Istambul United” logró algo increíble: unir a los hinchas de estos tres equipos, los más importantes de Turquía y que protagonizan entre ellos los enfrentamientos más violentos y pasionales de toda Europa.

Cuando las protestas en Turquía terminaron, un periodista le preguntó a uno de los manifestantes que estaba vestido con la camiseta naranja y roja del Galatasaray: ¿Qué cambió finalmente con todo esto? “Nosotros somos los que hemos cambiado, ha cambiado la gente. Tenemos mucho más en común de lo que creíamos”.

Cambiar. Descubrir lo que une. Seguro, entonces, que albos, azules, cruzados, hispanos y caturros celebrarán cada 25 de octubre el Día de la Democracia.

*Matías Fuenzalida es periodista, columnista, conductor de radio y TV. Su trabajo relaciona el deporte con las ciudades, los países y la historia. Actualmente trabaja para ESPN.

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