Luis Alarcón, actor mítico: “Hace poco dejé a medias un libro de Vargas Llosa, es excesivamente facho”

Luego de ser ninguneado por productores de televisión, el legendario artista habla de su vigencia, de que está bien, ansioso de un nuevo rol. Y habla del cine, de Raúl Ruiz, recorre su larga vida, opina de política y de los presidentes que ha visto. "Boric no me apasiona en lo absoluto", confiesa.

“Me voy a ajustar este aparato”, señala Luis, la estrella de cine. Y agrega: “Fíjese, señor, que escucho casi todo, pero no todo”, y se acomoda un artefacto. Y luego, ya incluido en el ruido, dice: “Pero hay cosas que es mejor no escuchar“. Y lo dice con el ceño fruncido, los ojos fijos. Es la mueca típica que glorificó TVN por veintitrés años. La mueca que sedujo a Raúl Ruiz para incluirlo en siete de sus películas. El rostro de seriedad del Indio de Firestone que atravesó tres generaciones de fans. 

-Tome asiento- dice.

El reportero, a prisa, husmea el entorno. Está en la comuna de Lo Barnechea, a metros del centro cívico y de un restaurante que oferta frituras, y, ahora mismo, está en el living de una celebridad. Y observa, de inmediato, un trofeo. Un León de Oro de Cannes. Lo toca con imprudencia y murmura:

-…un León de Oro…

-Es por el Indio- aclara Luis, con un tono neutro, desde un sillón.

-¿Me podría decir el texto famoso…?- ruega el reportero, fanático.

-“Si camino no hablar…”- empieza Luis, robóticamente.

-“¡¡…nadie venir!!”- culmina el reportero con los ojos brillantes.

Y Luis esboza a la fuerza un rictus de empatía, la cordial sonrisa por un chiste actuado mil veces.

Se miran.   

-¿Cómo se encuentra usted?

-Tal cual como me ve…- afirma Luis.

-¿Está decepcionado?

-¿De qué, señor?

-Del trato que se da en este país a una estrella de cine. 

-No es para tanto…- zanja con entereza el actor.

Luis saltó al tapete hace unos días, a raíz de una confesión angustiada en la que deslizó el motivo por el cual no está en televisión. Y dijo que era porque le daban papeles microscópicos, papeles sin sicología, a lo sumo papeles con intervenciones mecánicas, Soy el Abogado de la Señorita Mondaca, Señor Juez, cosas así, esas frases de trámite, mal remuneradas. Y los productores ejecutivos no tenían conocimientos acertados de su trayectoria. Y quién no lo conoce a él, señoras y señores, a Luis, a Lucho Alarcón Mansilla, actor intuitivo, sin título universitario, pero deslumbrante a base de puro instinto. Contabiliza 92 años en espléndida forma física, tan sólo aquejado de una merma en la audición que suple con un audífono adherido al tímpano de la izquierda. Y ha actuado en más de cincuenta películas chilenas, asegura él, o quizás…

-Creo que, si cuento todos los formatos, son como cien películas, señor…- corrige.

Es decir, Luis Alarcón es casi un siglo de cine. Casi cien años, casi cien películas. Dicen que este hombre, entonces, no es un actor de cine chileno; este hombre es el cine chileno. Esté hombre agrandó el talento de Raúl Ruiz, fue utilizado febrilmente por Miguel Littín en seis cintas y en dos por Silvio Caiozzi.

Contabiliza 92 años en espléndida forma física, tan sólo aquejado de una merma en la audición que suple con un audífono adherido al tímpano de la izquierda. Y ha actuado en más de cincuenta películas chilenas, asegura él, o quizás…

-Y ahora no actúo desde el 2018…

-¿Y qué hace?

-Leo. Hace poco dejé a medias un libro de Vargas Llosa.

-¿Qué le pasó?

-Considero que ese escritor es excesivamente facho, señor. Un facho que fue de izquierda. Me parece que Vargas Llosa es un sinvergüenza, de lo peor. Escribe muy bien en todo caso. 

Luis fue comunista y, en la actualidad, se considera un marxista sin partido. Un marxista que renunció al comunismo, un utópico bajoneado que piensa que el hombre estropea los sueños. “Las personas…el individualismo”, suspira el actor. Eso sí, según revela, a Luis aún le fascina Marx. Y también Lenin. El reportero ya atisbó un retrato gigante de Lenin en un escritorio.     

“Considero que ese escritor es excesivamente facho, señor. Un facho que fue de izquierda. Me parece que Vargas Llosa es un sinvergüenza, de lo peor. Escribe muy bien en todo caso”. 

-¿Que más hace?

-Converso con Violeta…

El reportero, a sabiendas que Luis vive solo, mira hacia su entorno. No ve a nadie. Sospecha, acalorado, que tal vez sea una referencia poética a Violeta Parra. Pero entonces irrumpe una Violeta joven, verídica, que le prepara el almuerzo. Y que saluda, riendo. Violeta y Lucho Alarcón analizan el mundo desde la terraza, a pasos de una piscina apta para cinco nietos los que, en ocasiones, se sumergen allí los domingos.

-¿Y sigue enojado con los productores, con el ninguneo, con la falta de cariño?

-Na. Mire, ahora, en esos cargos, ponen a cualquiera. Gente de una ignorancia supina. Gente que debería saber, pero que no sabe.

-Lamento que haya sido por un reclamo que ha vuelto a la actualidad, Luis…

-Así es. Es que ya sabemos que aquí no se respeta tanto a los mayores. Pero es nuestro país de todos modos, amigo…

-¿Pero usted quiere volver a actuar?

-Claro que sí. Quiero actuar.

-¿Un protagónico?

-No. Un secundario. Un papel menor, pero con sustento. 

-Disculpe, pero…

-Diga, señor…

-¿Sufre apreturas económicas?

-No.

“Es que ya sabemos que aquí no se respeta tanto a los mayores. Pero es nuestro país de todos modos, amigo…”

Luis Alarcón se las arregla. Juntando unas acciones, la inversión en fondos mutuos, una pensión, en fin, con todo eso le llegan 800 mil pesos que lo mantienen viviendo con un esforzado decoro. 

—¿Sabe por qué quiero actuar, señor?- pregunta con gentileza.

-¿Por qué?

-Porque me gusta. 

Y lo enfatiza otra vez:

-Simplemente quiero actuar porque me gusta.

Y achina los ojos. Como ya lo ha hecho en cien películas chilenas.

Yo soy el cine

La primera vez que lo enmarcaron en un lente fue el año 1937. Su papá, Esteban Alarcón, el empleado de una fábrica en Puerto Natales, compró una cámara de 8 milímetros. Y le dijo:

-Ponte ahí, Luis.

Y lo inmortalizó. 

Y Luis dice:

-Quizás a partir de ese momento me pasó algo…

-¿Qué le pasó?

-Desde entonces mi vida es el cine. Toda mi vida es el cine- opina con la mirada en otra parte.

Se le asoman ahora a la estrella de cine un conjunto de recuerdos, y es evidente que ya no está en este diciembre del 2021. Luis, por unos segundos, está en Puerto Natales, frente a su papá, al cinéfilo progresista, miembro del Partido Radical y creador de un documental amateur sobre los frigoríficos del pueblo. Está su papá aferrado a la cámara, primero la de 8 milímetros, luego la de 35 milímetros. Y su hermano recortando las cintas. Están los Alarcón filmando paisajes, o las caras de los parientes. Y Luis Alarcón, con sus 92 años llevados con elegancia y una sordera que lo acerca a sí mismo, se torna un niño que recuerda el cine del pueblo. El llamado Teatro Palace, al cual se colaba a diario, y se pasaba la tarde atónito mirando el cine mudo. El cine de Charles Chaplín

-Usted es como el niño de “Cinema Paradiso”…- le aporta el reportero.

-Yo viví en el cine toda mi infancia. Yo vi una vez que a una mujer le mostraron las rodillas.

-¿Qué?

-Había un letrero en la puerta que decía: “Película No Apta Para Señoritas”. Y yo entré a la película… se le vieron las rodillas a una actriz…

Y Luis Alarcón, con sus 92 años llevados con elegancia y una sordera que lo acerca a sí mismo, se torna un niño que recuerda el cine del pueblo. El llamado Teatro Palace, al cual se colaba a diario, y se pasaba la tarde atónito mirando el cine mudo. El cine de Charles Chaplín

Luis vivió toda la evolución del cine: del cine mudo al cine sonoro (“yo no lo podía creer, ahora todo es posible”). De una película que muestra las rodillas (“ups”) al desnudo erotizado del siglo 21 (“no hay nada más que mostrar…”). Del pianista musicalizando en el escenario (“los admiraba”) a la banda sonora (“me impresiona el progreso”). De las escenas que duraban tres segundos (“no se podían alargar más”) a las secuencias extensas (“no saben lo que era filmar en 1940, jajaja”). Son cien películas, un siglo completo de puro cine nacional. 

-¿Y la etapa en que hizo tantas películas con Raúl Ruiz?

-Uf…- Luis ahora se traslada a toda velocidad a los años sesenta. 

-¿Qué pasa?

-Raúl Ruiz era un genio.

-¿Por qué era un genio?

-Porque lo sabía todo. Lo sabía todo de todo. Él era una cosa enorme…

-¿Qué fue lo más fabuloso que hizo junto a Raúl Ruiz?

-Inventamos un idioma, señor.

-¿Cuál?

-El cautiveño. A raíz de una película en que había una isla y debían hablar un idioma.

Un silencio nostálgico.

-¿Y puede decir algo en cautiveño?

-Claro… ¿qué digo?

-Diga: “Mi nombre es Luis”.

Respira y se lanza.

-”Svericot nua somo Luis”…

-Diga: “Me gusta el cine”…

-”Yanika selemn tranist”…

Tenso silencio.

-Lo felicito…

-¡Sutak nue mej!- responde seriamente Luis. 

Y retorna de pronto al español:

-El cine chileno es notable- asegura.

-¿Usted lo cree?

-Notable en el sentidc de que se nota. Que está presente en otros países. Menos en Chile. En Chile lo que menos hay es cine chileno….

Se ofusca. Suda, se acomoda el audífono. Estamos en los preparativos de un grito:

-¡Es que en este país nadie conoce a Raúl Ruiz! ¡Ni siquiera la gente del cine sabe cabalmente quién es Raúl Ruiz!

Se le agita el cuerpo.

-¿Le puedo preguntar algo?

-Cualquier cosa, señor.

-Usted ha vivido casi un siglo…¿qué es lo más maravilloso que ha visto en la vida?

-Ja.

Y piensa. Y lo recita.

-Una vitrina. Concepción. Llovía.

-¿Qué ocurre?

-Yo, desde la calle, veo una tienda que tiene un televisor encendido, lo veo detrás del vidrio. 

-¿Qué pasa ahí?

-El hombre pisó la Luna, señor. El hombre pisó la luna…

“¡Es que en este país nadie conoce a Raúl Ruiz! ¡Ni siquiera la gente del cine sabe cabalmente quién es Raúl Ruiz!”

Año 1969. Luis Alarcón vivía temporalmente en Concepción, tenía 40 años, era un actor con dos hijos y los bolsillos llenos de estrés. Pero entonces vio al hombre pisar la Luna. Y entendió algo elemental:

-Uno puede soñar- desliza.

-¿Qué ha sido lo más triste que ha visto en la vida?

-El golpe militar. Fue espantoso…

-¿Qué recuerda de la Segunda Guerra Mundial?

-Cuando fue hundido un acorazado alemán en las costas del Río de la Plata. Fue tremendo…- comenta, con los pelos de punta.

Los Presidentes de Luis

Recuerda que una vez, a los siete años, mientras iba de la mano con su papá, divisó en el centro de Santiago a su excelencia Arturo Alessandri Palma

-Iba con su perro. Y con un bastón colgado al hombro.

-¿Cómo era Alessandri Palma?

-Un hit con la gente. La gente lo quería mucho. Hablaba muy bien.

-¿Cuál es el mejor Presidente de Chile que le ha tocado presenciar?

-¡Pedro Aguirre Cerda, señor! 

Y, otra vez, viaja hacia atrás, al año 1939. A Puerto Natales. Y emite una frase que, a la luz del tiempo, parece surrealista:

-Pedro Aguirre estuvo en mi casa.

-¿Cuándo?

-¡A finales del 39! Mi papá lo conocía y Pedro nos visitó una tarde, aprovechando una gira presidencial por el sur.

-¿Cómo era Aguirre Cerda, Luis?

-Bajo. Yo creo que medía 1.67. Y tenía cara de chileno típico. Con su bigote, cejas grandes. Muy educado y gentil. Hizo un buen gobierno hasta que enfermó y murió.

“¡A finales del 39! Mi papá lo conocía y Pedro (Aguirre Cerda) nos visitó una tarde, aprovechando una gira presidencial por el sur”.

Lo pronuncia y la muerte de Aguirre Cerda, allí en su living, cobra una lastimosa actualidad. Luis y el reportero se deprimen por la muerte del mandatario. Y luego Luis menciona que también conoció a Juan Antonio Ríos, radical, gran gobernante. Y luego dice que, en cambio, a Ibáñez del Campo lo considera un dictador (“eso sí, no como Pinochet”, aclara). Y González Videla es un traidor, vocifera. ¿Frei Montalva? “Un gobierno correcto”. ¿Jorge Alessandri? “No fue tan malo”. ¿Allende? “Mi Presidente”. Y sonríe, felizmente allendista

-¿Y ahora, Luis?

-¿Qué?

-¿Boric cambiará el mundo?

-Le tengo cariño. Es del sur, como yo. Pero… no sé…

-¿Boric le preocupa?

-Mm. Boric no me apasiona en lo absoluto. No tiene planteamientos macizos. Tiene que dejar de hacer acrobacias.

-¿Y el estallido social?

-Me sorprendió en su momento. Después me dejó de sorprender. Me sorprendió cuando toda la gente se volcó a las calles. Yo dije: “Esto es algo grande”. Y después todo se desinfló.

“Mm. Boric no me apasiona en lo absoluto. No tiene planteamientos macizos. Tiene que dejar de hacer acrobacias“.

-¿Y la nueva Constitución?

-La nueva Constitución no me da confianza. Es una bolsa de gatos.

Mira hacia su jardín. Y señala:

-Mire… se lo digo porque lo viví… ¡Hasta el gobierno de Pedro Aguirre Cerda este país era de primer nivel!… Una pena…

Son 92 años. Cien películas. Un León de Oro en Cannes. Premio Latin Artist recibido en Ecuador. Tantos Apes, Altazor. Hijo Ilustre de Puerto Natales. Medalla de Honor en el Senado de Chile. Y, de todos modos, hubo un productor ejecutivo que no sabía bien quién era Lucho Alarcón.

-¿Le queda algo por hacer?

-No me queda nada por hacer en la vida. 

-¿Nada?

Se queda pensando.

-… mi hijo…

-¿Qué pasó con él?

-Estamos distanciados. No me habla. No sé por qué…- y sus ojos se enrojecen. 

-Ya se acercará, Luis.

-Espero

Y retoma la fuerza.

-¿Qué fue lo que más orgullo le ha dado en la vida?

-En lo laboral… fundé Chile Actores. Fui su primer presidente. Lo que más orgullo me da es que luché por mis colegas.

-¿Cree en el cielo?

-No creo en el cielo, señor.

-¿En qué cree?

-Yo creo que hay una vida eterna, pero no está en el cielo.

-¿Dónde está?

Y Lucho Alarcón pone sus ojos cinematográficos. Es nuestra gran estrella, la leyenda, el chileno que ha actuado en más películas. Y entonces acota:

-La vida eterna está en el cine.   

Y se queda tieso, al lado del teléfono. Porque aunque los nuevos productores no sepan quién es Lucho Alarcón, él, a sus 92 años, sigue esperando que lo llamen para actuar. Simplemente porque le gusta actuar.

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