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Columna de Nona Fernández: Un deseo para el 2022 (un mejor ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio)

La frase acuñada por las y los trabajadores de la Cultura fue y sigue siendo: “No tenemos ministra”. Pero ahora, que comenzamos a dar vuelta la página y entramos en un nuevo capítulo, nos interesa lanzar a la caja de los deseos uno en relación a un mejor ministerio.

Durante años, con un grupo querido, nos juntábamos todos los 28 de diciembre a intencionar el futuro. Era un rito que ocurría entre botellas de vino y música. En una caja vieja lanzábamos papeles doblados que escondían el deseo secreto que cada quién había escrito para el año próximo. Luego de trecientos sesenta y cinco días nos reuníamos otra vez, con otras botellas y nuevas canciones en la banda musical, a abrir la caja y a leer las fantasías de esas personas que habíamos sido hace un año. En la caja además viajaban corchos de botella, cenizas, colillas de cigarrillo, servilletas sucias, huellas de ese pasado reciente del que veníamos. Era nuestro festejo de año nuevo. El momento de los balances y por sobre todo de las apuestas, de las fantasías, de los grandes y pequeños deseos. Había una dosis de ingenuidad en ese rito, lo sabíamos, y supongo que por eso lo realizábamos el día de los inocentes.

Hoy se me antoja, en este comienzo de año, jugar a la inocencia y lanzar un deseo a la caja. Lo haré escribiendo en plural, porque no es solo mío. Es uno que intenta traducir muchas de las conversaciones que he mantenido con intensidad durante estas semanas post elección. Conversaciones de sobremesa, de pasillo, de encuentro callejero. Diálogos en el café del ensayo, en el intercambio por chat. Es que soy parte de una fauna que, asustada por la amenaza del pinochetismo, se autoconvocó rápidamente a trabajar en la segunda vuelta. Ahí se volanteó, se hizo puerta a puerta, se visitó ferias, se organizó actos, recitales, fotografías, pintura de lienzos, bailetones, lecturas, escritura de guiones, arengas, posteos, rayados callejeros. Algunas acompañaron al comando, otros permanecieron en la acción autoconvocada. Y así el despliegue del festejo se tomó plazas, parques, calles, redes, llenó gran parte del país y queremos creer, entusiasmó corazones. Ahora mismo, toda esa gente encendida que se autoconvocó a lo largo de Chile, conversamos, como lo hemos hecho siempre, y en nuestros diálogos aparece una inquietud cuya respuesta define en gran parte el futuro de nuestros oficios y de nuestras vidas: ¿Qué ocurrirá con nuestro Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio? Un ministerio joven que nunca terminó de implementarse y que durante la pandemia demostró la falta de peso político en su conducción. Una vez más la Cultura se observó con distancia, como un complemento o una materia aparte, de tercera categoría, cuya relevancia en la vida de las personas es menor a la hora de las jerarquías y las crisis. La frase acuñada por las y los trabajadores de la Cultura fue y sigue siendo: “No tenemos ministra”. Pero ahora, que comenzamos a dar vuelta la página y entramos en un nuevo capítulo, nos interesa lanzar a la caja de los deseos uno en relación a un mejor ministerio. Y así como nos autoconvocamos a trabajar para la segunda vuelta, también lo hacemos natural, libre y desordenadamente para pensar sobre este tema que nos afecta y nos define. Aquí intentaré escribir parte de nuestras inocentes reflexiones.

En medio de esta transformación cultural que vivimos, se presenta la oportunidad de fortalecer el ministerio y de levantarlo desde su conducción como la plataforma contenedora de estas mismas transformaciones. Un ministerio que es el encargado de velar por el libre y feliz ejercicio de nuestra identidad comunitaria, la de todas las personas que habitan este país. Cuando el cambio de piel social se percibe, la consagración de nuestros derechos culturales es una prioridad política porque no podemos retroceder, como estuvimos en terrorífica amenaza, a paradigmas culturales que nos empobrezcan y limiten. Y es ahí, en una visión de la Cultura que va mucho más allá del sector artístico, como desgraciadamente suele pensarse, donde nuestro ministerio toma una gran importancia política. Estamos avanzando hacia un país multicultural, que busca respetar y defender los DD.HH., que comienza a abrirse a la riqueza de la diversidad, que ha conquistado espacios de paridad para las mujeres, que empieza a reconocer con justicia a las disidencias, a los pueblos originarios, y que intenta reparar el daño irreversible a la naturaleza. Un país que ha levantado la consigna del Buen Vivir como un sueño futuro, como una base cultural de vida. Un país que está llevando un proceso constituyente que intenta tejer con todos estos hilos nuestro mañana. Proceso que está siendo observado, admirado y festejado por el mundo entero. Con semejante desafío cultural sería interesante, pensamos, que quien esté en la conducción del ministerio sea alguien que encarne estas transformaciones, que las contenga en su biografía, experiencia y qué hacer.

Estamos avanzando hacia un país multicultural, que busca respetar y defender los DD.HH., que comienza a abrirse a la riqueza de la diversidad, que ha conquistado espacios de paridad para las mujeres, que empieza a reconocer con justicia a las disidencias, a los pueblos originarios, y que intenta reparar el daño irreversible a la naturaleza. Un país que ha levantado la consigna del Buen Vivir como un sueño futuro, como una base cultural de vida.

Algunas dicen que debiera ser una feminista. Otros que no debiera ser de Santiago para fortalecer la diversidad cultural. Se habla de la necesidad de alguien que ya tenga vínculo con los territorios, con las organizaciones culturales y ciudadanas, que comprenda el ejercicio de una democracia cultural que reconoce la variedad de ecosistemas y reparte el poder entre ellos. Alguien con capacidad de escucha, que pueda liderar espacios de diálogo, establecer los puentes y fortalecer el tejido de intercambio entre los múltiples actores culturales de todo el país. Hay quienes creen, y soy una de esas, que quien lo haga debe tener experiencia y conocimiento en política pública y gestión. El frágil estado de nuestro ministerio no deja tiempo que perder. No se puede llegar a trabajar con ánimo de aprender o asesorarse o dejarle a la subsecretaría gran parte de la ejecución. Aquí hay que entrar con conocimiento y despliegue desde el día 0 porque estamos hablando de un sector muy fragilizado que ya ha esperado mucho tiempo. Por lo mismo circula la inquietud que quien llegue a liderar el ministerio tenga conocimiento real de la naturaleza del trabajo artístico. Que conozca la precariedad en que se desarrolla y que entienda el valor de una actividad que, en gran parte, no es cuantificable en términos monetarios. Una actividad que no es, necesariamente, un negocio ni va a poder desarrollarse como industria porque está fuera de su naturaleza. Alguien que logre levantar la consigna de que quienes se desarrollan en el área somos trabajadoras y trabajadores, por lo tanto, merecemos ser tratados como tales, otorgándonos derechos. También he escuchado bastante el temor a que se aplique con el ministerio aquella lógica ocupada para las agregadurías culturales, la de premiar a algún artista destacado y enviarlo a trabajar por la Cultura. Algunas experiencias de ese ejercicio fueron notables, pero otras, las más, lo sabemos, olvidables e irrelevantes. Y este temor que se levanta devela otra aprensión, y es que las y los creadores destacados no son necesariamente grandes servidores públicos porque no tienen ni la formación ni la experiencia. Por supuesto puede haber grandes excepciones, pero en la generalidad yo, como creadora, comparto esa aprensión. Nuestros talentos son otros.

Un pensamiento interesante que surgió en la última cerveza del año es la necesidad de que quien conduzca el ministerio tenga el suficiente peso político para levantar la Cultura en su real dimensión en el gabinete y en el país, para que de una vez por todas se le entienda más allá de su filiación a las Artes. Y cuando hablamos de peso político no hablamos necesariamente de militancia partidista, hablamos de alguien que comprenda cabalmente este espacio interseccional que es la Cultura, esta dimensión que nos atraviesa a todas, todos y todes quienes habitamos este lugar llamado Chile. Si queremos levantar el sueño del Buen Vivir debe ser comprendiendo que lo haremos desde nuestra base cultural, desde nuestra práctica y expresión diaria, desde este cambio de piel que ya estamos experimentando que no es otra cosa que una gran transformación cultural.

También he escuchado bastante el temor a que se aplique con el ministerio aquella lógica ocupada para las agregadurías culturales, la de premiar a algún artista destacado y enviarlo a trabajar por la Cultura. Algunas experiencias de ese ejercicio fueron notables, pero otras, las más, lo sabemos, olvidables e irrelevantes.

Para cerrar, voy a recordar otra vez esas sesiones pasadas del día de los inocentes. Debo decir que luego de décadas; un día, así sin más, dejamos de juntarnos a pedir deseos. Nos volvimos más grises, quizá. O dejamos de creer que los sueños eran posibles. Como sea, hoy yo he recuperado las ganas de fantasear y con las opiniones de unas y de otros, escribo en este papel que ustedes leen este deseo para el 2022: un mejor Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Lo dejo en esta caja con las huellas de lo que estos últimos años han sido para quienes trabajamos en el área. Años de rifas, de ollas comunes y de colaboraciones diversas para quienes no pudieron ejercer. Años de incertidumbre y desprotección, como le ocurrió a tantos. Años de oficios cancelados, en pausa, y con ellos de infinitas consecuencias en las vidas íntimas. Años de formularios y de competir por un poco de ayuda estatal. Años de compañeras heridas, baleadas y toqueteadas por Carabineros. Años de angustia, de rabia, de impotencia, de abandono. Pero también años de articulación, de solidaridad, de tejido en red, de nuevas organizaciones, de entusiasmos colectivos y de festejos. El 28 de diciembre ya pasó, pero recupero la inocencia y quiero creer que ahora los deseos pueden volverse realidad.

Aquí dejo el nuestro.

En un año más veremos qué ha pasado.

(*) Agradezco a mis colegas que iluminaron con su pensamiento, directa o indirectamente, esta escritura.

*Nona Fernández Silanes es actriz, dramaturga y escritora. Entre sus libros están “Space invaders” y “La dimensión desconocida”.

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