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Opinión

5 de enero de 2022

Columna de Crisóstomo Pizarro: Crecimiento del PIB no es igual a desarrollo socioeconómico

Agencia Uno

Muchos economistas y políticos estuvieron cantando victoria antes de tiempo. La realidad indica que su canto presenta muchas disonancias y desafinaciones que nos impide emocionarnos de alegría y serenidad.

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¿Será tan cierto que el sistema estaría recuperando su “normalidad” porque el PIB estaría volviendo a crecer? Hasta mediados del año pasado, las proyecciones de crecimiento del PIB para 2022 eran bastante auspiciosas y presagiaban una rápida recuperación económica. Sin embargo, con el pasar de los meses estas proyecciones se han corregido a la baja. Para el caso particular de América Latina, se espera que el crecimiento del PIB sea de apenas 2,8% para 2022, y del 2,6% para 2023.

Esto último muestra por qué muchos economistas y políticos estuvieron cantando victoria antes de tiempo. La realidad indica que su canto presenta muchas disonancias y desafinaciones que nos impide emocionarnos de alegría y serenidad.

Una nefasta confusión

La disonancia se remonta a la falta de armonía entre la pobre definición del crecimiento del PIB y una concepción compleja del desarrollo, y el desafinamiento al desagrado que esto nos causa. Ya hace más de tres décadas que se está criticando fuertemente la nefasta confusión entre crecimiento del PIB y desarrollo.

En el análisis de las deficiencias del PIB como métrica del desarrollo, hay que preguntarse: a) ¿Qué tipo de crecimiento económico es capaz de generar nuevos empleos de calidad, esto es, con salarios y beneficios sociales acordes con la satisfacción de las necesidades básicas? B) ¿Qué sistema de seguridad es idóneo para atender las necesidades básicas suficientemente de manera oportuna, eficaz y eficiente, cuando el crecimiento es inepto para crear esos empleos?

Cuando el crecimiento destruye los trabajos de la clase media desplazada por el veloz ritmo de la robotización, un desarrollo estructural de largo plazo que puede verse aún más agravado por la pandemia.

Aunque se admita que el PIB pueda crecer, esto no significa que el sistema se esté recuperando. Lo que podría ocurrir es que las fluctuaciones de la economía se vuelvan cada vez más caóticas, agudizando las condiciones que presionarían hacia la transición a un nuevo sistema que no sería igual al que hemos conocido hasta hoy. Es posible que el sistema-mundo exhiba una disminución vertiginosa del nivel de seguridad individual y colectiva como resultado de la pérdida de legitimidad de los Estados-nación y la profunda crisis de las instituciones de gobernanza mundial como la ONU, y un incremento de la violencia que podría aterrar a la mayoría de la gente.

En el análisis de las deficiencias del PIB como métrica del desarrollo hay que preguntarse: a) ¿Qué tipo de crecimiento económico es capaz de generar nuevos empleos de calidad, esto es, con salarios y beneficios sociales acordes con la satisfacción de las necesidades básicas? b) ¿Qué sistema de seguridad es idóneo para atender las necesidades básicas suficientemente de manera oportuna, eficaz y eficiente, cuando el crecimiento es inepto para crear esos empleos?

Estos procesos causarían grandes confusiones, porque los análisis políticos de que disponemos, a lo sumo, podrían servir para explicar los procesos propios de la economía-mundo que aún prevalece, pero no serían idóneos para comprender la realidad de un proceso nuevo de transición. Lo nuevo no termina de nacer y lo viejo aún no termina de morir.

La abrumadora mayoría de los análisis se han centrado en el impacto del covid-19 en la economía, y creen que superada la contingencia sanitaria volveremos a retomar el crecimiento económico. Sin embargo, el covid-19 refleja una crisis global y multidimensional larvada durante varias décadas antes de su irrupción.

Para enfrentarla, los Estados-nación cuentan con exiguas competencias políticas y financieras. Y todo ello ocurre en un contexto de gran inestabilidad y conflictividad política global existente al interior de los Estados y entre ellos. Al respecto, cabe resaltar el vergonzoso papel del Consejo de Seguridad, que no ha podido resolver adecuadamente los conflictos intra e interestatales. Además, se carece de instituciones transnacionales dotadas de poderes políticos concedidos por los Estados-nación para regular de manera integrada los problemas que toda la humanidad sufre hoy y que han sido paradigmáticamente expuestos en nuestra incompetencia para afrontar la crisis medioambiental.

En un sistema-mundo compuesto por Estados centrales, semiperiféricos y periféricos, cualquier análisis es extraordinariamente débil si hace caso omiso de la idea de que lo que acontece en la dimensión del Estado-nación debe situarse siempre en sus inextricables relaciones con la dimensión global.

No es posible ni tampoco deseable volver a la normalidad del pasado.

La abrumadora mayoría de los análisis se han centrado en el impacto del covid-19 en la economía, y creen que superada la contingencia sanitaria volveremos a retomar el crecimiento económico. Sin embargo, el covid-19 refleja una crisis global y multidimensional larvada durante varias décadas antes de su irrupción.

En la era del Antropoceno, todas las personas somos responsables de la muerte o toda forma de vida en el planeta tierra. Dicha responsabilidad no es atendida de modo adecuado mediante la simple enumeración de una lista de objetivos: compartimentados y descoordinados entre sí; de corto alcance, desenraizados de los factores de larga duración condicionantes de la crisis, y carentes de proyecciones futuras de largo y muy largo plazo; con un sesgo en favor de una definición meramente instrumental del PIB y, en consecuencia, excluyente de los indicadores de calidad de la salud, educación, nivel de vida, brecha entre los géneros, empoderamiento de las mujeres, sostenibilidad ambiental, sostenibilidad socioeconómica y, en consecuencia, totalmente insuficientes como concepción del desarrollo humano.

Sólo si se consideran estas dimensiones podremos hablar de una armonía entre crecimiento del PIB y desarrollo social.

*Crisóstomo Pizarro es Director Ejecutivo del Foro de Altos Estudios Sociales Valparaíso, una corporación de derecho privado, sin fines de lucro ,cuyo propósito es estimular, captar, difundir y debatir ideas y propuestas relativas a la evolución del mundo contemporáneo y la inserción de Chile en la región, la sociedad de la información y la globalización.

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