Rodrigo Mayorga frente a una imagen de Gabriel Boric en el Tricel

Agencia Uno

Columna de Rodrigo Mayorga: Una puerta que quedó entreabierta

Esta puerta que acaba de cerrarse, ha quedado entreabierta. Por eso es tan importante entender qué amenazas a la democracia se colaron en estas elecciones presidenciales y cómo, aún ya concluidas estas últimas, las primeras pueden seguir colándose por las rendijas si no hacemos algo al respecto.

Muchos la conocen como la “profesora jefa de Chile” o la mujer que salvó con su aplomo republicano la primera sesión de la Convención Constitucional, pero Carmen Gloria Valladares es mucho más que eso. Como secretaria relatora del TRICEL, es quien debe leer el acta que proclama al vencedor de la elección presidencial, como hizo esta semana en una íntima, pero significativa ceremonia. El acto, en el cual se entregaron las cifras finales del balotaje de diciembre pasado (4.621.231 votos para Gabriel “El joven del árbol” Boric y 3.650.662 para José “dígame José Antonio” Kast) no marcó solo el momento en que el candidato triunfante se convirtió, oficialmente, en presidente electo. Supuso, además, el final de este proceso electoral. Una puerta que se cerró, ya definitivamente, dejando tras de sí a las elecciones presidenciales 2021.

Pero ninguna puerta se cierra completamente: siempre quedan rendijas y espacios entre ésta y su marco (a menos que sea invierno y la puerta se haya hinchado, pero ahora es verano así que no aplica al caso). Y esta puerta que acaba de cerrarse, ha quedado entreabierta. Por eso es tan importante entender qué amenazas a la democracia se colaron en estas elecciones presidenciales y cómo, aún ya concluidas estas últimas, las primeras pueden seguir colándose por las rendijas si no hacemos algo al respecto.

El acto, en el cual se entregaron las cifras finales del balotaje de diciembre pasado no marcó solo el momento en que el candidato triunfante se convirtió, oficialmente, en presidente electo. Supuso, además, el final de este proceso electoral.

La primera de esas amenazas es, sin duda, la Derecha Radical. Porque sí, es cierto, José Antonio Kast fue derrotado, ya no busca visibilidad armando mochas innecesarias en redes sociales con Pedro, Juan y Gastón y Nova, y hasta la presidencia de su partido ha pasado a otras manos, pero hoy la Derecha Radical chilena es más fuerte que nunca desde el retorno de la democracia. Si hace uno o dos años propuestas abiertamente autoritarias en el Congreso daban apenas para malos sketchs protagonizados por llaneros solitarios como Urruticoechea o Jurgënsen, hoy hay una bancada completa de 14 nombres (entre la Cámara y el Senado), listos y dispuestos para poner su firma detrás de proyectos nativistas, antidemocráticos y/o cargados de antipolítica populista. Y si bien el Partido Republicano parece últimamente un reality show en el que, semana a semana, alguien deja el partido-estudio, la verdad es que las ideas enarboladas por diputados ahora “independientes” como Gonzalo De la Carrera o Johannes Kaiser no van a cambiar solo por lo que diga el SERVEL respecto a su militancia, ni porque los hayan “invitado” a dejar el partido, amenazados por talento, convivencia o ambas.

Las fake news como una forma válida de hacer política fue otra de las amenazas que lograron colarse durante las pasadas elecciones presidenciales. Es cierto que no fueron tan terribles como en Brasil (tal como pasa con las teleseries, las fake news políticas cariocas son bastante más producidas que las nuestras) ni usaron tan intensivamente los algoritmos como en el caso estadounidense, pero ello no nos puede llevar a obviar una verdad incómoda: nunca en nuestro país se había utilizado la mentira como arma política a ese nivel. Justificadas por nuestros Maquiavelos versión Fruna – como el diputado electo De la Carrera, quien señaló que no importaba un tweet o imagen falsa si el “fondo” que se quería expresar era verdadero –, el problema de las fake news va mucho más allá de su impacto en los resultados de las elecciones. Al ser su objetivo provocar que el votante se distancie de un candidato en particular, las noticias falsas tienden a generar indignación. Pero la indignación, en tanto sentimiento, difícilmente se apaga si no hay reparación ante el acto que la causó en primer lugar. Cuando ese acto ha sido inventado y no existe, difícilmente puede haber reparación alguna y la indignación continúa, erosionando aún más nuestra cohesión social y la confianza en la institucionalidad y los actores políticos. Continúa, incluso, una vez terminada una elección, colándose también por las rendijas de esa puerta que ha quedado entreabierta.

En menos de nueve meses nos enfrentaremos a un nuevo proceso electoral, probablemente el más importante de los que hemos vivido en estos últimos dos años: el plebiscito para ratificar nuestra nueva Constitución. Y así como algunos ya se preparan para rechazar un texto cuyo contenido aún no existe siquiera (¿puede haber algo más antidemocrático que rechazar, a priori y sin conocerlos, los resultados de las deliberaciones de un órgano elegido por la ciudadanía?) también es deber nuestro empezar a prepararnos. Reconocer los peligros y amenazas que pueden colarse por la puerta entreabierta que toda elección deja no basta para derrotarlos, pero es un requisito necesario si queremos tener siquiera la opción de lograrlo.

Nunca en nuestro país se había utilizado la mentira como arma política a ese nivel.

*Rodrigo Mayorga es profesor, historiador, antropólogo educacional, autor de “Relatos de un chileno en Nueva York” (con el seudónimo de Roberto Romero) y director de la fundación Momento Constituyente (http://www.momentoconstituyente.cl)

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