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14 de enero de 2022

Educación a duras penas: Internos cuentan cómo es sacar el título universitario desde la cárcel

Patricio Vera

Esta es la historia de cinco personas privadas de libertad que decidieron estudiar la carrera de Técnico en Administración Logística de la UPLA en el Complejo Penitenciario de Valparaíso. Tres de ellos, Camilo, Peter y Oscar, acaban de titularse. Otro, Marcelo, recién egresó. Mientras que Camila está partiendo sus estudios. Sus relatos revelan la esperanza en la educación y el sueño de un futuro mejor, pero también la preocupación y la desesperanza por una sociedad que castiga y no siempre promueve la reinserción.

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Es viernes. Pero podría ser cualquier otro día de la semana. Lunes, sábado. Feriado. Las primeras o las últimas 24 horas del año. Porque aquí, en el Complejo Penitenciario de Valparaíso, a los internos solo les interesa vivir el presente hasta que llegue el momento de su libertad. O, al menos, eso es lo que dicen.

Es viernes, y en Camino La Pólvora, como de costumbre, hay tanta neblina que es prácticamente imposible ver ese inmenso edificio que constituye la cárcel de alta seguridad y en el que, de acuerdo con las cifras más recientes de Gendarmería (2014), viven 2.794 personas.

En la entrada, las familias se aglomeran esperando poder ver a sus seres queridos, mientras dos guardias escuchan reggaetón old school, seleccionan quienes pueden ingresar y quienes no y comentan que, en días como hoy, estar ahí “es como estar en Transilvania”. Al igual que los padres, hermanos, hijos, sobrinos, también los profesores de la Universidad de Playa Ancha tuvieron que pasar por ese filtro durante años.

Crédito: Amanda Marton.

***

El 2017, y tras una serie de negociaciones, la Universidad de Playa Ancha (UPLA) comenzó a impartir la carrera de Técnico en Administración Logística en el Complejo Penitenciario de Valparaíso.

La idea nació, en parte, por la iniciativa de Violeta Acuña, vicerrectora académica de la UPLA. En varios cursos de perfeccionamiento impartidos en la universidad en conjunto con el Ministerio de Educación a quienes trabajaban en educación de jóvenes y adultos surgieron preguntas que estimulaban la discusión de la realidad de las escuelas al interior de las cárceles.

“Esta situación me provocó y me llevó a vincularme con organizaciones y establecimientos educativos que trabajaban en estos contextos. Viajé a Argentina a conocer la experiencia de la educación en las cárceles y me sorprendí de conocer cárceles donde al interior se realizaban estudios superiores para los internos”, cuenta.

En ese proceso, una experiencia en particular no salió nunca de su cabeza. Estaba en una cárcel de Buenos Aires acompañada de dos docentes. En el recorrido conversó con estudiantes de distintas carreras, incluyendo algunos de Derecho que conocían bien la realidad de la educación en Chile. “Esa conversación durante la tarde que permanecí allí fue muy interesante, pero cuando salgo del espacio donde comentamos variados temas y compartí un mate con ellos, todos quedaron adentro, se cerró la puerta y yo quedé al otro lado de la reja”, recuerda.

Violeta. Crédito: UPLA.

Tras ese evento, llegó a Valparaíso directamente a hablar con las autoridades de la UPLA y a expresar la importancia de impartir clases en las cárceles. Los convenció. Y hoy pudo ser testigo de la primera generación de estudiantes.

Dice que una de sus mayores alegrías fue pasar de ver alumnos que se presentaron a sí mismos diciendo “yo soy delincuente” decir, en el día de la titulación “yo soy técnico en administración logística de la Universidad de Playa Ancha”.

Titulados

A la cárcel de hombres solo es posible ingresar con un permiso, y luego de pasar por un detector de metales y cacheos, un largo pasillo con una luz parpadeante y un mural que dejó un exrecluso artista, subir algunas escaleras y pasar, nuevamente, por un portón repleto de cerraduras y protegido por un par de gendarmes.

Entrada de la cárcel. Crédito: Amanda Marton.
Crédito: Amanda Marton.

Después, casi todo lo que se ve es cemento y rejas. Salvo por unas gaviotas porfiadas que se atreven a irrumpir en el recinto, volando más allá de los muros. Y, tras nuevas rejas y cerraduras, hay todo un edificio habilitado para actividades educativas. Fue en dos salas de ese edificio que Camilo Aguilera, Peter Álvarez, Oscar Loyola, entre otros, tuvieron clases.

Camilo tiene 32 años, está cumpliendo una condena de cinco y le quedan todavía dos años y medio privado de libertad. A Peter (38) lo condenaron a 10 años, de los cuales ya lleva siete. Oscar (27) está hace siete años en la cárcel y aún le quedan nueve.

No son del mismo módulo y sus experiencias con los estudios antes de ingresar al Complejo Penitenciario son completamente distintas. Camilo terminó la educación Básica, Media y Superior en la cárcel. Dice que para él estudiar fue “un crecimiento como persona, la vida la vamos mirando desde otro punto hoy en día. Igual éramos ignorantes antes de entrar aquí, porque había conceptos que no conocíamos para nada, y que yo, en lo personal, nunca había escuchado, y hoy los comprendo bien. Igual formó un propósito en mi vida todo esto, po”.

Oscar, Camilo y Peter. Crédito: Amanda Marton.

A Oscar, por lo contrario, siempre le gustó estudiar. Había llegado hasta la Enseñanza Media. “Siempre tenía el conocimiento de que ese era el camino para poder mantenerme en la vida, ¿me entiendes? Pero cometí un error y me encuentro en estos lugares, po. Pero se me dio la oportunidad para seguir mi meta de los estudios y me afirmé a eso y lo logré, gracias a Dios. Y eso igual me mantiene como tranquilo, porque a pesar de mis decisiones, de los errores, pude seguir estudiando, se me dio la oportunidad, y lo logré”.

De forma similar, Peter también disfrutaba de estudiar. Aunque dice que se desvió “mucho del camino”, reconoce que al ser de una familia en la que ni su padre, ni sus hermanos es profesional, veía en los estudios una manera de “enfrentar el porvenir”.

Aunque vienen de contextos distintos y ahora están, en teoría, bajo las mismas condiciones en la cárcel, Camilo, Oscar y Peter dicen que ellos y sus compañeros vivieron experiencias diferentes. Lo que explica por qué solo seis de los casi 25 hombres que partieron estudiando se titularon.  

“A algunos no nos dejaban salir a clases. Algunos se iban castigados, por cosas de la cárcel, y hubo quienes empezaron a desertar, otros se fueron en libertad y no terminaron. Y da rabia, po. Yo sé que varios de mis compañeros querían terminar y no pudieron por distintas circunstancias. Y es difícil, es muy difícil”, dice Camilo.

El caso de Peter es diferente: “Yo hasta el día de hoy me encuentro en un buen módulo, como lo mejor que hay aquí, entonces para asistir a clases yo tenía facilidades, llegaba temprano, y veía que ellos (sus compañeros) no llegaban… Y era frustrante, po, pensar en ellos”.

La rabia y la frustración fueron dos sentimientos que los acompañaron de cerca a los tres.

A veces, como cualquier otro estudiante universitario, sentían que no avanzaban, que el contenido de estadísticas o finanzas simplemente no les entraba en la cabeza. Otras, por limitaciones propias de una cárcel, que tiene reglas establecidas que no permite excepciones.

En una era hipertecnológica, la enseñanza en el recinto penitenciario tuvo que adaptarse. Los profesores les llevaban los materiales impresos a los alumnos, y a algunos solo se les permitió usar computadores tras una solicitud explícita por parte de los docentes de que ellos requerían aprender Excell.

La sala de clases. Crédito: Amanda Marton.

Un tema recurrente era el horario de cierre de las celdas, ese momento en que nadie puede estar en los patios y, mucho menos, en un edificio aparte estudiando. Así, hubo muchas discusiones, estudiantes que no pudieron acceder a los cursos en algunas ocasiones (y la asistencia, por supuesto, era obligatoria), y muchas noches en las que los alumnos tenían que esperar, entre el horario de término de sus clases (19:00) y el momento en que los funcionarios decidían abrir sus módulos y permitirles el acceso a las celdas.

“A veces esperábamos hasta las ocho y media de la noche afuera del módulo, de repente con invierno, lluvia, viento, nos enfermábamos, o sea…”, dice uno de ellos.

Las condiciones climáticas negativas fueron algunos de los problemas identificados por el INDH en su último informe del Complejo Penitenciario de Valparaíso (2014), en los que percibió, además, escasa presión de agua y luminosidad, suciedad, hedores, escasez de vidrios en las ventanas -lo que obliga a los internos a cubrirlas artesanalmente para evitar que entre el frío, la humedad y la lluvia- y hacinamiento.

Oscar resume la situación así: “no podíamos juntarnos a estudiar con nuestros compañeros para las pruebas, y en mi celda de como 3x2m somos cinco personas, donde solo una ampolleta alumbra todo el espacio. Entonces igual la gente que vivía conmigo como que igual no le importaba que uno estudiara, po. Igual eran mis estudios, pero yo sé que incomodaba, igual les complicaba”.

Además, puntualiza Camilo, “no es lo mismo como en el medio libre de que el estudiante llega a su hogar e igual está en su mueble el material. Acá nosotros teníamos que prácticamente andar con los materiales guardados entre las sillas, porque en allanamiento se perdía el material y si se perdían las guías, no teníamos con qué estudiar. Teníamos que tener un cuidado fundamental para poder cuidar todo, era todo hoja, todo guía, puras guías, no podíamos archivar como en un medio libre, que uno va y archiva en una carpeta, en un computador y después se va y puede recuperar todo. Aquí no, en un allanamiento podían romper todo y el funcionario no iban a ver que eran unas guías de estudio. Eso no importa. Aquí iba a romper todo, aquí todo se rompe. Y si perdíamos eso, no teníamos los conocimientos, no teníamos cómo responder a las pruebas”.

Aun así, Violeta destaca que se pudieron hacer cosas por los estudiantes. Recuerda, por ejemplo, que los profesores identificaron que varios tenían dificultades de escritura y que en realidad eso se debía a problemas de visión. “Ahí una de las primeras acciones fue conseguir un oftalmólogo que  pudiera ir a la cárcel y  diagnosticara eso significaba trasladar sus instrumentos de medición para detectar  los problemas visuales.  ¡Fue toda una gestión! Luego conseguirnos los lentes y todo esto requirió tocar puertas invertir tiempo que no tenemos como profesores para estas iniciativas. Esta situación desde el trabajo pedagógico que se hace es ir más allá de apreciaciones y estar atentos y atentas a los fenómenos del proceso de aprendizaje”.

También, como profesores, tenían que lidiar con castigos de algunos de los estudiantes, “a veces por cosas que para nosotros no tenían mucho sentido, como usar un pendrive, que amerita un castigo ya que en la cárcel está prohibido… Esas cosas hacen dimensionar esta realidad”, dice Violeta.  

Al respecto de las dificultades, el director regional de Gendarmería, coronel Luis González, comenta por escrito que “desde el 2017 hasta la fecha Gendarmería ha ido perfeccionando la dinámica que permite que los internos asistan a clases en un horario posterior al encierro de la población penal, lo que en un principio no fue sencillo. Sin embargo, como entendemos que la educación es un pilar fundamental en el proceso de desarrollo y reinserción de toda persona privada de libertad, decidimos continuar con esta exitosa iniciativa, incluso durante la presente pandemia, la que nos obligó a la realización de clases en línea».

***

“Muchos de los estudiantes de la carrera han declarado, que si no hubiesen estado en la cárcel no habrían tenido esta oportunidad, estudiar una carrera técnica en la Universidad, de sentirse respetados de soñar y validarse ante sus familias, madres, hijos, hijas, parejas, etc.”, dice Violeta. Y es verdad. Tanto Camilo como Peter y Oscar reconocen la importancia de haber estudiado.

La ceremonia de titulación. Crédito: UPLA.
La ceremonia de titulación. Crédito: UPLA.
La ceremonia de titulación. Crédito: UPLA.

Los tres definen el día de su titulación, en que se vistieron formal y asistieron a una ceremonia celebrada en el propio Complejo Penitenciario, como uno de los días más importantes de sus vidas. Pero tras esa tarde de celebración, de felicitaciones, de sensación de deber cumplido, los tres volvieron a ser tres personas más entre todas quienes están en la cárcel.

Eso ha sido, reconocen, particularmente duro.

Ellos comentan, por ejemplo, que Gendarmería exige que cumplan con una cierta cantidad de horas laborales para poder optar a algunos trabajos al interior del recinto mientras siguen cumpliendo su condena. Pero en ese proceso no se les reconoce todas las horas de práctica laboral que tuvieron que hacer durante su enseñanza universitaria.

“Ahora, todo es distinto, pero todo es igual, ¿entiende? Mira: el significado de la palabra aprender es tomar algo para sí, algo que queda inserto en uno y es una forma de aceptar el porvenir, una forma en la que uno se siente más seguro. Antes yo no tenía esa herramienta que tengo ahora, me siento mucho más cómodo que antes. Salimos de la ignorancia en muchos aspectos, pero no hemos podido mostrar hasta ahora de qué somos capaces”, dice Peter.

“Sí, y eso pasa porque tenemos los conocimientos, pero no podemos ponerlos en práctica. No se nos ha dado la oportunidad, se nos ha rechazado beneficios siendo que tenemos un título”, añade Camilo. Y lo ejemplifica: hace un tiempo solicitó permisos para trabajar en el medio libre, y le rechazaron el pedido, alegando que necesitaba cumplir con un área laboral de la misma cárcel para poder, posteriormente, salir a ejercer en esa área.

“O de repente te entrevistan para hacer algo acá, unos cursos de tres, seis meses, y te dicen, entre comillas, que uno está más capacitado que los demás, y que ‘pa qué vay a acatar el conocimiento de otra persona si ya hiciste la U’…”, comenta Oscar.

-¿Cómo se sienten con esa situación?

Las respuestas a la pregunta son variadas, pero todas apuntan en el mismo sentido: que hace falta promover la reinserción al interior de la propia cárcel.

“Igual nos marginan de cierta forma”, dice Camilo. Más bien: los vuelven a marginar.

-Debe ser difícil, por un lado querer que quizás los demás compañeros tengan experiencias en esos talleres o trabajos acá, pero a la vez tener que ceder el cupo porque ustedes ya hicieron una carrera universitaria.

-Sí (al unísono).

“Pero en lo personal uno aprende”, “igual estamos agradecidos de la oportunidad”, “igual nos hizo felices”, comentan. 

“Mira, más allá de todo eso, igual ahora hoy nosotros tenemos algo súper importante: el título. Y puede que Gendarmería nos cierre las puertas, pero a mí, en lo personal, me da igual. Estoy conforme. No se puede hacer más en estos momentos solo porque estoy en la cárcel, pero yo seguiré haciendo cosas, no voy a parar”, dice Oscar.

-¿Volverían a estudiar otra carrera acá, si se les da la oportunidad?

Camilo y Oscar dicen que sí. Peter, que no. Que quiere salir a mostrar al mundo lo que sabe.

-¿Y tienen fe que una vez afuera podrán reinsertarse?

Dos de ellos dicen que sí, sin dudarlo. Otro, que espera que sí. Y luego añade: “no, si sí, si sí. Quizás solo estoy siendo muy pesimista hoy. Es que estas cosas que pasan acá a veces nos hacen pensar lo peor”.

Al pensar en reinserción, Violeta dice que la educación puede contribuir mucho en un contexto carcelario y que, paradojalmente, “es la búsqueda de la libertad”, incluso en un espacio privado de la misma.

Pero que ahí, en la educación carcelaria se desencadena otro problema: “muchas veces quienes salen no tienen oportunidades, no es que el proceso de reinserción esté articulado… Por otra parte, muchos de ellos y ellas nunca estuvieron insertos en la sociedad, entonces, ¿qué reinserción se está proponiendo? Para que ello se convierta en realidad, deben existir oportunidades; tiene que haber una red de apoyo; la empresa debe generar espacios para la reinserción. Este es un esfuerzo del Estado, de alianzas estratégicas. La educación y el trabajo es una relación inseparable, debe existir una especie de cadena, desde la salida de la persona del recinto un puente necesario para que se incorporen a la vida laboral, familiar, tiene que haber un seguimiento, apoyo y no el difícil tránsito para eliminar sus antecedentes que los complica y dificulta en el momento que deben iniciar su incorporación al medio libre”.

El coronel Luis González dice algo similar: “Buscamos que nuestra población penal logre reinsertarse en la sociedad, que una vez en el medio libre pueda tener las herramientas necesarias para trabajar, pero el esfuerzo que ellos ponen y que nosotros, como servicio, ponemos, es insuficiente si la sociedad no les da una mano. Necesitamos que crean en ellos y les den una oportunidad para ganarse la vida honradamente y así, entre todos, construir un país más seguro”.

De acuerdo con el último estudio disponible de Gendarmería (de 2016, con cifras del 2011), la tasa de reincidencia de personas que estuvieron en régimen cerrado es de 39,08%, mientras que entre quienes pasaron por un régimen semi-abierto es de 16,46% y entre quienes estuvieron en libertad condicional llega a 13,95%.

En proceso

Al otro lado de esos muros, también en el Complejo Penitenciario, está el Centro de Educación y Trabajo (CET) que, comparado con el lugar en el que están Camilo, Oscar y Peter, es ya un espacio de mayor libertad.

Para llegar ahí no hay que pasar por un detector de metales. Ni por cacheos. Y mucho menos por un largo pasillo con una luz parpadeante. De no ser por un gran portón que se cierra en la noche, casi no se percibiría que quienes están ahí están cumpliendo una condena.

En el lugar, los “usuarios”, como se les dice, tienen acceso a sus celulares de las 18:00 a las 08:30 del día siguiente; cuentan con piezas mucho más amplias que las celdas de la cárcel masculina, en su mayoría personales; conviven con algunos perritos; realizan una serie de trabajos remunerados y tienen un régimen semiabierto.

CEP. Crédito: Amanda Marton.
Entrada de las piezas/celdas. Crédito: Amanda Marton.
Una pieza por dentro. Crédito: Amanda Marton.

El desencierro de sus piezas/celdas es entre las 07:30 y las 07:45. Luego, los usuarios deben hacer el aseo de ese espacio antes de salir al patio o comenzar su rutina. A las 08:30 los gendarmes pasan la cuenta para tener el registro de que los mismos que se encerraron la noche anterior están ahí. Luego, toman desayuno y comienzan a trabajar, ya sea en el taller de control de plaga, el de panadería, el de mantención, el de corte y confecciones o el de esmaltado en fuego. Su jornada laboral es de lunes a domingo, hasta las 17:00. Los que tienen permiso de salida, se van a las 18:00 del viernes y regresan el domingo a las 22. También hay otros que salen solo los domingos, de 07:00 y vuelven a la misma hora.

Para llegar ahí, explica el teniente primero Patricio Bocaz Quintana, jefe del Camino La Pólvora, las personas deben tener muy buena conducta, dos tercios de su condena cumplida, cumplir con una serie de requisitos laborales, educacionales, psicológicos, asistenciales, entre otros, del régimen interno y someterse a varias entrevistas. A la fecha, el CEP cuenta con 70 plazas, pero solo 33 personas están ahí (cuatro mujeres y 29 hombres).

“Estando ya acá en la unidad, el tema de los estudios es más fácil. Porque nosotros como CET, a diferencia de una cárcel tradicional, manejamos otros tipos de beneficios, como de entradas y salidas. Entonces si un usuario tiene intenciones de estudiar, puede hacerlo más fácilmente”, cuenta.

Fue el caso de Marcelo Cabrera.

Marcelo Cabrera. Crédito: Amanda Marton.

Llegó a la cárcel a los 29 años. Hoy, tiene 41 y recién en 2024 puede optar por el beneficio de salir antes del final de su condena. En 2018 se inscribió en la carrera de Técnico en Administración Logística de la UPLA.

Alcanzó a tener casi todas sus clases presenciales, aunque egresó recién de la carrera habiendo tenido clases online. Algo que fue posible gracias a conexión en internet que se les autoriza en esa parte del Complejo Penitenciario.

Durante el período que estuvo en clases presenciales de la UPLA en el CEP, reconoce que se le hizo difícil, porque tenía que cumplir sus turnos hasta las 17:00, pero sus clases partían a las 16:00 y se extendían hasta las 19:00.

Pero siempre logró estudiar tranquilo y hacer sus tareas. Dice que el CEP permitió el ingreso de computadores para que los usuarios que estudiaban las hicieran. Así aprendió a usar Power Point, Excell, entre otros programas.

Comenta que jamás se imaginó ingresar a la universidad estando en la cárcel. “Nunca, nunca. Porque uno comete ciertos actos que nos trae, finalmente, a estos lugares. Y uno no tiene un plan de vida, ni un proyecto tampoco. Entonces dentro de esa realidad jamás uno se imagina poder estudiar, po, Y menos una carrera profesional. Porque a través del tiempo que uno pasa acá empieza a entender en rigor lo que significa estar privado de libertad y se va dando cuenta del tiempo que pierde o de las oportunidades que ha perdido en la vida”, sostiene.

Taller de panadería – CEP. Crédito: Amanda Marton.
Entrada a sala multiuso – CEP. Crédito: Amanda Marton.

Ahora sus únicas ganas son las de titularse, al igual que Camilo, Peter y Oscar. Una de sus hijas es psicóloga, y el otro tiene 11 años. “Quiero mostrarles que lo logré y, al más hijo, poder exigirle que estudie, mostrándome como un ejemplo”, afirma. Además, quiere que su madre esté ahí: “Después de haberla hecho pasar tantas rabias, quiero por lo menos darle una alegría, po. Porque yo no vengo aquí porque me hayan inculcado cosas malas, sino por opción propia, entonces para ella siempre es una pena constante verme en este lugar”.

Más allá de eso, no piensa en el futuro: “La verdad es que estoy viviendo el presente. Antiguamente mi mente entraba ahí en un tiempo que no correspondía y creaba ansiedad en mí, y creo que eso me hizo mal, po. Así que aquí estoy, tratando de hacer las cosas bien y de seguir haciéndolas así hasta que llegue el momento de salir y ahí ya veremos cómo nos preparamos”.

-¿Piensa mucho en la reinserción?

-Pienso que estoy agradecido de estar aquí y no allá (apunta a la cárcel masculina). Y pienso que sería bueno que todos pensaran, mi familia incluida, que cuando reinsertan a alguien, hay muchas familias que finalmente pueden dormir en paz otra vez. No existe eso de que no tenemos remedio. Hay gente que se esfuerza, pero mucha gente no daría ni media oportunidad a alguien como uno que cometió un error, po. Y ¿te soy sincero? Conozco gente acá que trabaja en los talleres que a cualquier empresa le gustaría tener como trabajador. Eso no es menor, po.

***

Otra persona que está viviendo sin pensar en el futuro es la “usuaria” Camila, una de las cuatro mujeres del CEP y quien pide ocultar su apellido.

Camila tiene 29 años, y le quedan cuatro años y medio privada de libertad, aunque este 2022 puede empezar a optar a beneficios. Tiene esperanza de salir antes.

En 2019 todavía estaba en el Centro Penitenciario Femenino (CPF, perteneciente al mismo complejo) cuando quedó seleccionada para estudiar en la UPLA y trasladarse al CEP. Antes, ya había sacado 4º Medio en el CPF.

Recuerda esos momentos con gran alegría. “Es bueno (estudiar) porque, pese a que sigo estando acá, como que salgo de aquí, de una u otra manera. Y es bueno porque me va a ayudar más adelante a tener algo en la calle, un espacio para tener un negocio”, comenta. Sus estudios han sido todo en línea. Interrumpe su trabajo para conectarse de lunes a viernes a las 14:00 en las clases por zoom desde su celular. Duran entre dos y cuatro horas. Luego debe seguir sus labores.

Su sueño es tener un negocio de ropa -dice que va con ella, por su vanidad- o de comida rápida. Llevar un local propio es algo que siempre quiso hacer: antes de estar privada de libertad, hacía comidas para vender en la calle. Sabe que, para eso, sin embargo, necesitará mejorar sus notas en finanzas, una disciplina que le ha costado.

Pero asegura que no se pondrá “regodiona”, porque necesita un trabajo estable para mantener a sus tres hijos, hoy de 3, 5 y 11 años. Eso sí, sostiene que esos son ideas a largo plazo y que no quiere ponerse a pensar en eso.

-¿Te agobia?

-No me agobia lo que puedan pensar los demás, me agobia que no me den la oportunidad, que me cierren las puertas, eso me agobia, porque me gustaría que me dieran oportunidades, que vaya a tocar una puerta y no me juzguen por lo que fui.

Ahora tiene la mente puesta en estudiar y ser la primera persona de su familia -a excepción de una prima que “ya va como en la tercera carrera”- que tiene un título universitario. “Me queda como un año y medio de la carrera, algo así, sé que voy a lograr”, dice.

-¿Piensas mucho en la titulación?

-Sí, igual jajaja.

-¿Y qué te imaginas para ese día? ¿Ir a la universidad finalmente?

Camila se queda quieta. Mira hacia Patricio Bocaz, quien ha acompañado esta conversación todo el rato, y dice: “va a depender de qué situación esté la pandemia”.

-Pero…

Patricio Bocaz empieza a dar detalles, nuevamente, de cómo funciona el CEP. Camila finalmente contesta: “lo que decidan ellos, po, si yo no mando”. Y se ríe, y luego el teniente primero también se ríe.

-Con todo respeto, ignorando que él está acá, entre tú y yo: ¿qué es lo que te gustaría para tu ceremonia de titulación? ¿Cómo te gustaría que fuera ese día?

-Me gustaría que fuera ahí en la universidad jajaja. Invitar a mi tía, a mis hijos. Vestirme bonita. Porque igual es importante, po, es importante que yo tenga un logro. Que yo tenga un título.

Este reportaje fue realizado luego que su autora, Amanda Marton, fuera seleccionada para el «Taller cobertura de los retos para la cohesión social en América Latina» de la Fundación Gabo de Periodismo y EUROsociAL con la maestra Mónica González.

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