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Opinión

20 de enero de 2022

Columna de Rafael Gumucio: Que gane el más mejor

La imagen muestra a Rafael Gumucio frente a la presidenta de la convención y su vice. Agencia Uno

La meritocracia es la más capitalista de las ilusiones de izquierda porque la petición por emparejar la cancha supone que va a haber una cancha en que algunos van a ganar y otros van a perder. “Que gane el más mejor” dijo Leonel Sánchez.

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La trayectoria vital de la presidenta María Elisa Quinteros y del vicepresidente Gaspar Domínguez de la Convención es una oda a la meritocracia.

Los dos lucharon más allá de la sordera de la elite para conseguir sus títulos universitarios. Trabajando y viviendo en provincias han logrado que sus nombres y sus currículos brillen en el centro de Santiago.

Esa historia de lucha los separa simbólicamente de la odiada “elite» y los acerca también simbólicamente al “pueblo” o las “grandes mayorías” que ganan 15 veces menos que ellos dos.

No es un azar que el Presidente (e) Gabriel Boric sea, como María Elisa Quinteros y Gaspar Domínguez, ex estudiante de la Universidad de Chile.

Esa institución de elite, perfectamente segmentada socialmente que, sin embargo, tiene como base la idea de una clase media que no le debe nada a la herencia o a la suerte.

Una idea que ha hecho de puente entre nuestro pasado socialdemócrata y nuestro presente neoliberal. Porque sólo la ilusión meritocrática pudo conseguir que, desde el 2006 en adelante, la educación, algo que según todos los estandartes ha mejorado drásticamente en Chile, haya sido el centro tanto de las protestas como de los acuerdos de la segunda década de los 2000.

Sólo eso explica que al mismo tiempo nos haya estallado en la cara la crisis de las pensiones o de la desigualdad territorial (que se expresa en el transporte), problemas que todos veían, pero que nadie quiso solucionar.

Porque las soluciones son todas lentas, parciales, complejas e implican atacar la base más querida del sistema que no es otra que la ilusión de la casa propia o de la libreta de ahorros.

De alguna manera, la educación es un problema que todos, la derecha, la izquierda y el centro, decidimos tener. Todos están de acuerdo con “los niños primero”, porque suena feo decir que el problema lo tenemos con los viejos.

La meritocracia es la más capitalista de las ilusiones de izquierda, porque la petición por emparejar la cancha supone que habrá una cancha en la que algunos van a ganar y otros van a perder.

“Que gane el más mejor” dijo Leonel Sánchez. Y existe el talento y Mozart es Mozart y Gabriel Boric no es Álvaro Elizalde, haga lo que se haga.

No es un azar que el Presidente (e) Gabriel Boric sea, como Quintero y Domínguez, ex estudiante de la Universidad de Chile, esa universidad de elite, perfectamente segmentada socialmente que, sin embargo, tiene como base la idea de una clase media que no le debe nada a la herencia o a la suerte.

Nadie en Chile quiere que se le regale nada, parecen decir todas las primeras iniciativas populares de normas que consiguieron sin esfuerzos las 15 mil firmas (propiedad de los ahorros y mejora en la vivienda).

La misma idea de garantizar derechos recuerda las garantías de las que vienen dotados los autos y las lavadoras. El Estado o los tribunales actuarían ante esos derechos garantizados como una suerte de SERNAC.

Nadie o casi nadie pone en cuestión en Chile el derecho de propiedad, que es el gran fantasma de la derecha. Más bien todos parecen de acuerdo en ampliarlo también a los bienes simbólicos. Por ejemplo, a la dignidad que pasa a ser “algo” que también se tiene y no te pueden quitar, porque es tuyo de propia propiedad.

Creo que sería, sin embargo, un error pensar que esa “dignidad”, la del meritócrata que quiere que se le reconozcan al fin sus méritos, sea la misma por la que luchaba cada viernes la primera línea.

“Dar cara”, “Perkin”, “Yuta”, “A.C.A.B” (All Cops Are Bastard), “Paco muerto no viola”, “Hasta que valga la pena vivir” son las frases de la revuelta. Al centro de la agenda de la calle está el enfrentamiento diario de un sector de la población con la represión del Estado, la de los Carabineros, pero también la de los asistentes sociales y los diseñadores de políticas publicas.

Es la voz de las barras bravas, del narco, dirán algunos. Pero es sobre todo la voz de las cárceles, donde un número insensato de chilenos pasa por el sólo hecho de nacer donde nacieron.

Gente que la Concertación y la Alianza han estado perfectamente de acuerdo en apresar de modo irracional, justamente para preservar la ilusión de la meritocracia.

Porque la meritocracia necesita de un castigo supremo tanto como necesita un premio supremo para tener sentido. Una universidad del delito que sea el espejo contrario de la de la elite que te hace pasar de ser un nadie a un Don Nadie.

La cárcel que ayuda a los ricos a borrar a los pobres de su mapa mental. Pero también separa a los pobres “dignos” de los delincuentes que envenenan el barrio.

Nadie o casi nadie pone en cuestión en Chile el derecho de propiedad, que es el gran fantasma de la derecha. Más bien todos parecen de acuerdo en ampliarlo también a los bienes simbólicos.

Ser pobre en Chile es mejor que serlo en muchas partes del mundo. Pero caer preso es un castigo infinito al que se suma la burocracia, el desprecio, la violación, la humillación y la muerte como la que les tocó en suerte a los presos de San Miguel en 2010.

Es a esos muertos que me parecería justo y necesario dedicarle la Nueva Constitución. A sus vidas truncadas a sangre y a fuego que me gustaría que el nuevo gobierno dedicara lo mejor de sus esfuerzos.

A su destino, o su falta de destino, lo que convierte la pobreza en Chile en miseria. Es esa palabra, la palabra miseria el reverso exacto de la dignidad que hemos acordado como objetivo a buscar todos.

*Rafael Gumucio es escritor.

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