Por Claudio Pizarro• Fotos: Alejandro Olivares

Hace 40 años les ofrecieron trabajo, dinero y progreso. Pero hoy es todo lo contrario. El balneario de Ventanas y otros pueblos vecinos, tienen su agua, aire y tierra contaminados. La bahía parece una zona de guerra. Pero allí se planea construir el gran puerto industrial de Chile y para el 2012 habrán 10 centrales termoeléctricas. La piedra de tope hoy es una central que construyeron y que la Corte Suprema y la Contraloría declararon ilegal. ¿La botarán o cambiarán los planes reguladores para que funcione? Ventanas hoy se parece al paraíso del señor Burns. Acaso lo que sobra es la gente.
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El 10 de julio pasado, el abogado Ricardo Correa caminaba por un costado del estero Campiche en Ventanas, V Región, cuando reparó en una escena increíble. En la ribera del frente, propiedad de la empresa norteamericana Aes Gener, un grupo de operarios lanzaba, por medio de un compresor de aire, un extraño líquido verde sobre un viejo vertedero de cenizas. Correa, algo miope, enfocó la mirada y se percató que se trataba de pintura. Cogió una cámara que tenía en la chaqueta y registró la faena.

-Había una parte pintada de verde y la otra estaba completamente ploma -recuerda.

Nunca antes en su vida, Correa, que además es director del Consejo Ecológico de Puchuncaví, había visto que alguna empresa del sector intentara “hermosear” el paisaje de manera tan burda.

El motivo del inusual trabajo, asegura, tenía una razón de peso: aquel día AES Gener había invitado a un grupo de periodistas para que se interiorizaran sobre la paralización de la termoeléctrica “Campiche” decretada por la Corte Suprema.

-Seguramente les hicieron un pequeño cotelé, les vendieron la pomada, y pintaron las cenizas de verde para que de lejos se viera como un bonito prado -cuenta.

La escena descrita por Correa grafica de cuerpo entero una disputa que terminó con un fallo de la Suprema, el 22 de junio pasado, y que ordenó el cese inmediato de las obras de la nueva termoeléctrica, tras determinar que la resolución de la Comisión Regional de Medio Ambiente (Corema), que aprobó el estudio de impacto ambiental, era ilegal pues vulneraba el derecho constitucional de “vivir en un ambiente libre de contaminación”. Además, según la resolución, la instalación se emplaza en una zona de restricción primaria, que sólo permite “el desarrollo de áreas verdes y recreacionales”. Una resolución que el ministro del Interior, Edmundo Pérez Yoma, dijo que se arreglaría, no se sabe cómo, si la Suprema es la última palabra.

-Teñir los acopios de carbón y hacerlos pasar por áreas verdes es la forma más patética que tiene esta empresa de demostrar su Responsabilidad Social Empresarial –denuncia Correa.

Tras el cese de faenas, cinco organizaciones sociales de Puchuncaví solicitaron al municipio una orden de demolición de la termoeléctrica. Una petición que tiene a la empresa con los pelos de punta, porque la inversión hasta ahora asciende a unos 500 millones de dólares. Pero aún tienen esperanza: en la empresa afirman que están a la espera de solucionar los problemas de uso de suelo y obtener una nueva resolución de calificación ambiental.

La situación está en veremos. Los habitantes de la zona tímidamente han alzado la voz. Desde la instalación de Enami, en 1964, han visto cómo la bahía se ha plagado de industrias. De aquí al año 2012 se estima que estarán funcionando en el sector alrededor de 10 centrales termoeléctricas. La mayoría a carbón. Pero ya nadie está dispuesto a pagar con su salud el precio del progreso. Un progreso simbolizado en una enorme chimenea humeante dibujada en el escudo municipal. La misma de la que ven salir todas las noches una brumosa nube roja, iluminada a los lejos por una llamarada. Es la antorcha de gas de la empresa GNL Y que a la gente le da miedo.

Música ambiental

En el 2005, apenas Codelco compró las instalaciones de la antigua refinería de petróleo de Enami, un emisario de la compañía visitó Los Maitenes, un pueblo ubicado a escasos tres kilómetros de la empresa, para entregar una inusual oferta. El señor Cartens, recuerdan los lugareños, les explicó parte de una iniciativa contemplada en el programa “Codelco, buen vecino”.

-Nos dijo que iban a poner parlantes con música ambiental en las calles y de acuerdo al ritmo íbamos a saber cómo estaba el ambiente -recuerda Lérida Vega, presidenta de la única junta de vecinos del pueblo.

Los lugareños se quedaron mudos.

-Al principio lo tomamos para la risa porque lo encontramos absurdo, pero después nos dio rabia porque pensamos que era una burla. ¿Quién iba a estar preocupado por la música entremedio de la contaminación? –explica Lérida.

La iniciativa no prosperó. “Fue una idea loca”, concluye la mujer. Tanto, que en Codelco dicen que no se enteraron de ella. Pero sí la empresa ha hecho concesiones singulares a sus vecinos. A Lérida Vega la cuprífera le pasó un celular y ella se ha convertido en la voz de alerta de la comunidad: tiene “línea directa” para reclamar por la calidad del aire.

-Primero llamo a unas niñas que están encargadas del humo y si no se arregla me comunico con el gerente y le digo “quiero que venga a ver el panorama altiro, no más rato, porque la nube después se desplaza” -cuenta.

La mayoría de las veces el asunto se resuelve sin visitas forzadas. Pero hay otras ocasiones, dice, en que todo se oscurece y el olor a azufre inunda el ambiente. Aquellas veces, Lérida pierde la compostura.

-Si veo que hacen risa de nosotros, saco las garras. Hace como dos años bajó una camanchaca negra, quemó hartas plantaciones y mis nietas fueron a parar a la posta. Fue tanto el humo que los amenacé que si no venían iba a llamar a la televisión. Llegó hasta la ambulancia de Codelco. Con eso le digo todo -asegura.

Con celular y todo, hay días en que el aire está tan saturado de contaminantes que el doctor Mauricio Cancino, jefe del consultorio de Ventanas, ha tenido que suspender las rondas médicas en el pueblo.

-Hemos llegado y no se puede respirar, los pacientes nos esperan con mascarillas o tapándose la nariz con la ropa y los paramédicos comienzan a tener síntomas de intoxicación, así que nos tenemos que devolver -explica Cancino.

No todo se resuelve con llamadas telefónicas. Lérida Vega dice que hay que convivir con las empresas y “tratar que nos hagan la vida más fácil”. Hace un par de años, ella fue a Codelco a pedir ayuda para construir una capilla en Los Maitenes. La empresa aportó 12 millones de pesos.

-Yo sé que no es gran cosa, que podrían darnos mucho más con todo lo que nos han hecho sufrir, pero uno recibe lo que se puede -comenta compungida.

Lérida está agradecida. En la capilla, explica, “vamos a rezar cuando hay alguien enfermo”. Porque en Los Maitenes, un pueblo de no más de 150 habitantes, “se muere mucha gente”, dice.

-En los últimos cinco años han muerto 25 personas, de todas las edades, por distintos cánceres –explica.

Los primeros en morir, asegura, fueron los que trabajaron en Enami. Y, a falta de estudios serios, tiene una teoría bastante singular para explicar las defunciones:

-Adentro de la empresa estaban bien, pero cuando quedaron sin trabajo se murieron, porque ya no tenían la droga del humo para sostenerse -dice.

Antes el asunto era peor, aseguran en el pueblo. Cuando Enami se instaló en la década de los sesenta, comenzaron a morir los animales. Olga Fernández, una anciana de 85 años, recuerda que “empezaron a nacer terneros sin uñas y ciegos”. En aquel entonces Campiche era un valle fértil y Enami no estaba sujeta a ninguna normativa ambiental. Se estima que en aquellos años la empresa descargaba en el ambiente 100 mil toneladas de dióxido de azufre.

-Habían arverjales, trigales, lentejales y uno tenía que andar poco menos que a patadas con vacunos, burros, pavos y gallinas- cuenta Patricio Bernal, otro vecino del sector.

Ahora, en cambio, asegura doña Olga, no se siembra prácticamente nada. “Es como si hubiera venido una guerra mundial y hubiera calcinado todas las tierras”, agrega.

Juan Vizcarra es cuidador de un criadero de chivos en Loncura. Vive justo detrás de la antorcha de GNL y asegura que los animales mueren por extrañas circunstancias.

-Hace unos días se nos murieron siete chivos, los abrieron, probaron la carne y estaba amarga- cuenta.
Vizcarra está consciente que tarde o temprano él también puede ser víctima de la contaminación. A veces, a medianoche, siente explosiones provenientes de la planta de gas. Pero está resignado.

-A la larga todos estos gases van hacer efecto en mí pero no me queda otra. La necesidad es hereje y madre de la inconsciencia -dice.

SURF INDUSTRIAL

Bryan Pardo, Orlando Olivares y Sandro Mena cargan unas inmensas tablas y se aprontan a practicar surf en una playa que está justo a un costado de la termoeléctrica de Aes Gener, entre medio de dos muelles y rodeados de enormes tuberías.

-Está claro que esto no es Hawai, pero qué le vamos a hacer -dice Pardo mientras observa la generadora eléctrica desde la playa de Ventanas.

Los tres se conforman con la buena calidad de las olas. Lo suyo, comentan, es el “surf industrial”.

-Es súper incómodo porque la playa está cerrada, tenemos que pasar con la ropa en alto y a veces hay gente soldando arriba. Esto es un deporte, pero es terrible feo practicarlo acá -cuenta Olivares.

Pero el lugar no es sólo feo, también es peligroso.

-De repente pasai por debajo del muelle y te encontrai con un fierro atravesado o un bloque de cemento; el agua está con manchas de petróleo negro, aceites industriales, no se ve natural, es de color plomo y las tablas quedan verdosas -comenta Mena.

La única ventaja, si es que puede llamarse así, es que la temperatura del mar es tibia.

La razón del fenómeno es que la planta termoeléctrica extrae 33 mil metros cúbicos de agua por hora y la devuelve al mar con 10 grados más de temperatura. Es por esto que los turistas llaman al lugar “las termas” y repletan en el verano la zona.

-Es como si estuvieran en el Caribe, a nosotros cuando chicos también nos traían -recuerda Olivares.
Sin embargo, ninguno de los visitantes sabe realmente qué es lo que contienen esas tibias aguas “caribeñas”. Ricardo Correa, director del consejo ecológico, asegura que se trata de
desincrustantes que sirven para soltar los moluscos de las tuberías.

-Son materiales altamente tóxicos que ni siquiera están controlados y que cuando los devuelven al mar matan toda la vida, chupan todo el plancton – asegura.

Los pescadores de la caleta de Ventanas conocen perfectamente el tema. Los recursos marinos, aseguran, prácticamente han desaparecido de la bahía. Antes de que se instalaran las megafuentes contaminantes existían en la zona alrededor de 100 pescadores. En la actualidad, con suerte, sobreviven seis.

-Van a rasguñar las piedras, el fondo está pelado, nada se adhiere a las rocas, no hay alimentos, los contaminantes arrasaron con todos los mariscos -cuenta el buzo Luis Galdames.

Treinta años atrás, el panorama era radicalmente distinto. Los botes llegaban repletos de locos, erizos, jaibas y lapas y el sustento diario bordeaba los 20 mil pesos por cada pescador. Los primeros indicios de que el asunto no marchaba bien fue cuando comenzaron a desaparecer los bancos de machas.

-El banco de Ventanas surtía de larvas a los bancos de Maitencillo y Ritoque, pero desde finales de los años sesenta decayó drásticamente hasta desaparecer por completo -cuenta Hernán Ramírez, Ingeniero en Pesca que asesora a la caleta.

La falta de recursos obligó a los hombres de mar a buscar nuevas fuentes de extracción. En 1991 se asociaron con la ONG Ocac y empezaron a cultivar pelillo, un alga que sirve para la elaboración de jabones y champú. Eso duró apenas tres años.

-Después dejó de crecer porque coincidió con el mayor desembarco de concentrado de cobre que, en rigor, es un excelente alguicida -cuenta Sergio Silva, presidente del sindicato de pescadores.
No se dieron por vencidos. En el 95 se volcaron a los cultivos de moluscos. El negocio generó bastante expectativa.

-Empezamos a traer semillas de choritos desde la X región, los engordábamos acá y vendíamos mariscos desconchados -cuenta Hernán Ramírez.

Todo iba viento en popa hasta que la autoridad regional de Salud monitoreó la zona para detectar marea roja y descubrió, en una toma de muestras a unas ostras, niveles altísimos de metales pesados.

-Encontraron cadmio, arsénico y cobre, no solo en Ventanas, sino en toda la costa entre Maitencillo y Quintero -cuenta Hernán Ramírez.

Desde entonces se prohibió el cultivo y venta de moluscos en Ventanas. Sobrevino la crisis total y los pescadores tuvieron que emigrar en busca de nuevas fuentes laborales. Algunos partieron a la VIII región; otros, a las salmoneras.

Los pescadores que se quedaron se agruparon en una cooperativa y a fines de los noventa consiguieron un área de manejo entre Concón y Ventanas. Extrajeron locos y lapas hasta que nuevamente la autoridad sanitaria recogió muestras y encontró, aparte de metales pesados, elevadas concentraciones de coliformes fecales.

-Ahí nos quitaron todo, fue lo último -resume Luis Galdames.

La caca en el agua sigue siendo un problema. Aunque hace un año Ventanas cuenta con agua potable, no hay servicio de alcantarillado.

-Todo cae crudito al mar -cuenta David Insunza, presidente del comité de agua potable.
Hace dos años el Servicio de Salud declaró insalubre el balneario. Ya ni siquiera el turismo es una actividad relevante.

Los pescadores han debido acudir a las mismas empresas que culpan de su fatídico destino para vivir.
En el 2003 presentaron a AES Gener un proyecto para hacer paseos en el estero Campiche.

-La empresa nos financió la limpieza del estero por cinco mil pesos diarios, encontramos perros muertos, sacamos un montón de mierda amarilla y después pusieron un letrero que decía “Aes Gener y pescadores, preocupados por el medioambiente” -cuenta un pescador anónimo.

Galdames, el buzo, ha tenido que colgar las gualetas. Semana por medio se mete a los cerros a cazar conejos. Está con los nervios de punta. “¿Dónde chucha, dice, se ha visto a un pescador cazando conejos para sobrevivir?”.

ZANAHORIAS CHUECAS

En junio del año 2006, alrededor de sesenta mujeres se integraron a un programa de desarrollo local para la agricultura patrocinado por el INDAP, la municipalidad de Puchuncaví y AES Gener, que facilitó los terrenos. La idea era gestionar proyectos de cultivos y desarrollarlos en invernaderos. Leopoldo Quero, vecino de Campiche, acompañó a su mujer para ayudarla a instalar los cobertizos.

-Las mujeres estaban entusiasmadas, prepararon la tierra y sembraron flores, pero como había harto terreno disponible en los alrededores se les ocurrió sembrar hortalizas -recuerda.

Hasta ahí marchaba todo a la perfección. Dentro del invernadero las flores crecían, no tan grandes, pero sin mayores contratiempos. Afuera, la cosa fue distinta.

-Cuando llegó la cosecha salieron así unos rabanitos, las zanahorias todas chuecas y las frutillas desabridas, fue súper desmotivante -cuenta una mujer que participó del proyecto.

A todo el mundo le quedó claro que la tierra estaba contaminada. Rafael Vergara, un agrónomo de la localidad, es uno de los pocos lugareños que ha realizado estudios de suelo. El año 2006, luego de comprar una parcela en el sector, extrajo algunas muestras y comprobó que el suelo estaba contaminado con cobre, zinc y plomo. No le quedó otra alternativa que invertir en la recuperación del terreno.

-Hay que ponerle guano y materia orgánica, lo que equivale a gastar alrededor de $500 mil por hectárea -relata.

El 2003, la facultad de Agronomía de la Universidad Católica de Valparaíso determinó la existencia de altas concentraciones de cadmio, plomo y cobre en los cipreses de la zona de Ventanas. Otra investigación, hecha por el Instituto Nacional de Investigación Agrícola (Inia), concluyó que para recuperar los suelos del valle de Puchuncaví se requiere un período cercano a los 500 años.

Pero el problema no es solo de la tierra. También el agua está contaminada. En el año 85 la escuela básica de La Greda, una localidad ubicada a menos de trescientos metros de las termoeléctricas, realizó un estudio de pozos, patrocinado por la Universidad de Valparaíso, y se encontró que las norias estaban contaminadas con mercurio, arsénico, cobre y plomo. Hasta antes de esa fecha los niños del establecimiento -primera escuela en Chile con certificación ambiental-, bebían normalmente el agua del lugar. Desde entonces la mayoría de las norias domésticas fueron clausuradas y la gente se ha organizado a través de comités rurales de agua potable. Pero aún así han tenido problemas.

-El sistema está colapsando porque donde hay exceso de metales las bombas no duran mucho -cuenta Sandra Osorio, vecina de La Greda.

Para colmo, una investigación realizada en el año 1999 por el doctor Juan Sánchez, del programa del medio Ambiente del Servicio de Salud Viña del Mar-Quillota, concluyó que “la salud respiratoria de los niños residentes del área industrial de Puchuncaví se ve afectada por altos niveles de material particulado respirable (PM 10) y dióxido de azufre (SO2)”.

Aes Gener se defiende. Ellos, dicen, compraron instalaciones de Chilectra en el año 2000 y ya estaba el desastre. Aseguran que la nueva central Campiche, si entra en funciones para abastecer al Sistema Interconectado Central, tendrá “un impacto ambiental neto positivo para la calidad del aire de Puchuncaví”. Esto quiere decir, aseguran, que “las emisiones totales serán menores que sin el proyecto”.

Lo mismo dice Codelco. Ellos, cuentan, piensan construir tres centrales termoeléctricas antes del año 2012. “Las emisiones, a lo menos, van a disminuir en un 10 por ciento”, dicen.

Pero a la gente del sector, que respira todos los días con dificultad, no les cabe en la cabeza que la construcción de más plantas termoeléctricas ayude a disminuir la polución ambiental. No son pocos los que creen que les están “vendiendo la pomada”. Ricardo Troncoso, uno de los vecinos más antiguos de La Greda, resume la desconfianza:

-Llevo 70 años acá y la contaminación ha sido el plato fuerte de todos los días, estoy seguro que esta cuestión no va a cambiar.