Por PABLO VÁSQUEZ

Me gusta Violeta Parra, en realidad soy más propenso a sus letras que a su música, pero sí, me gusta y la respeto muchísimo, sin embargo no deja de molestarme su parentela (con la magnánima excepción de Nicanor), que le ha sacado el jugo al apellido durante varias décadas. Todos ellos se cuelgan de la memoria de Violeta, han patentado a su apellido la escena musical, han inventado falsos conceptos (la cueca chora, por ejemplo; fantasía del tío Lalo), y no deja de resultarme patético verlos metido en cuanto escenario hay, como indiscutible sinónimo de virtuosismo y muy lejanos a la posibilidad de volar con alas propias.
Parece que nadie recuerda que en vida Violeta Parra fue rechazada e ignorada por la comunidad; cuando instalaba su carpa en alguna comuna las vecinas llamaban al alcalde o a los carabineros para que la echasen, y cuando lograba instalarse no eran más de treinta o cuarenta personas las que en promedio iban a verla. Ningún gran museo chileno se interesó en la posibilidad de exponer sus telares, y muchos de los que ahora se vanaglorian de haberla conocido, en ese entonces evitaban toparse con ella.
Más allá de su innegable genio y talento, Violeta Parra era una persona muy débil de carácter, antojadiza e impredescible, llena de inseguridades y muy propensa a absesionarse con las amistades; era muy absorvente, tenía serios problemas de autoaceptación y por momentos era muy enamoradiza, casi como una niña. Probablemente nació en el país equivocado, o mejor dicho en el mundo equivovado. Es triste su historia, sus letras (includo las más conocidas) lo dicen prácticamente a gritos y me da rabia que nadie se dé cuenta.
Su canto se ha popularizado, sí, pero en el peor sentido de la palabra; no existe una verdadera intención de estudiar o entender su legado, sólo es un nombre ad hoc a las fiestas patrias, una iconografía de feria artesanal, un fantasma borroso, lejano y tristemente comercial.