Por André Jouffé

Doña Carlina Morales aún se erige, sin quererlo, como el ganapán de Che Copete quien con “Los años dorados de la Carlina”, recorrió Chile entero hasta el año pasado. La casa de Vivaceta contaba con un grupo de travestis llamado “The blue Ballet”. Muchos mitos y sus correspondientes múltiplos, pero la verdad es que la anciana Carlina Morales, aun cuando propietaria y regenta de un prostíbulo, sólo tuvo un hombre en su vida y una sola hija. La descendiente, ya casi al borde de la tercera edad, estudió puericultura (matrona), trabaja en el hospital de Carabineros. Su hija Oriana, o sea nieta de la Carlina, estuvo casada en primeras nupcias con un adinerado descendiente de apellido vasco, luego con un temucano, tiene cuatro hijas, un par de mellizas, y jamás aparece en la prensa.

Algo similar ocurre con Karina Valdivia, hija de la célebre tía Olga Monti, en Concepción. Asistente Social, egresada de la Universidad de Concepción, trabajaba en el Municipio de Hualqui hasta hace un tiempo. En estos días se encuentra de viaje en el extranjero mientras su madre nacida como Olga Valdivia Torres, de 87 años de edad, yace en su lecho de enferma afectada por el Alzheimer.

La equivalente cuica de la Carlina en la capital penquista, apareció por última vez en público cuando entregó un cheque voluminoso como aporte a la Teletón, superando la donación de connotadas empresas de la zona.

De Olga, escribía el célebre Luis García Díaz, apodado el Maestro (el Julio Martinez de la prensa penquista). Decía que siendo la Olga un personaje nacional, del cual se escribió bastante en Santiago, la sociedad conservadora penquista la consideraba el demonio mismo aun cuando las señoras sabían a ciencia cierta que sus encopetados maridos pasaban de vez en cuando por la calle Ongolmo.

“Muchos habitués tuvieron la oportunidad de conocerse en el patio de la casa con motivo del terremoto de 1960; los clientes salieron despavoridos de sus piezas en ropa interior, el gerente de un banco incluso se puso los calzoncillos al revés”, escribió García.

De su libro “Setenta…y tantos”, concluimos que llegó a la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial como recepcionista de burdel. Con el tiempo, se hizo experta en la materia de la contratación de servicios amorosos por hora o por noche e instaló su propia casa que funciona hasta el día de hoy. Su apellido Monti, lo adquiere al contraer matrimonio con el pianista Carlos Monti. El apodo de “tía” le viene por cuando siempre presentaba a sus flamantes chiquillas como sobrinas. Su casa era más conocida que el campanil de la Universidad de Concepción y que el propio río Bío Bío.

Karina Valdivia, la hija, estudió en Santiago y en el Colegio Concepción, en calle Pedro de Valdivia, tutelado por la masonería local y dicen que fue excelente alumna. Es difícil saber hasta que punto sus compañeros estaban al tanto de las actividades de su madre, pues oficiaba de apoderado la “Ube”, asistente de la tía Olga hasta su muerte. Además, en entonces, ese tipo de temas no se conversaban y los papás seguramente mantenían hermético silencio si es que lo sabían, para no entramparse ellos mismos.

La “Ube” era temida porque anotaba todos los gastos y los fiados, y luego cobraba cuentas enormes a los que gastaban cuando ya estaban pisando la pelota.

Karina no desea hablar de su madre ni de la casa de Ongolmo. Bastantes problemas tuvo cuando sus pololos se enteraban de su abolengo. Incluso un célebre periodista con actual residencia en Miami e integrante de la SIP, debió interrumpir una muy seria relación debido a que su madre se enteró que la “Ube” no era la autora de los días de Karina.

Bernardo Jiménez, taxista, oficia de vez en cuando de conductor de Karina, pero rehusa comentar lo que ocurre al interior de la casa. “Las chicas vienen por temporadas, así que poco saben de la historia de la señora Olga; tampoco el personal de cocina está autorizado para hablar”.

Quien lleva las riendas del negocio es Cristina, que ya no celebra los cumpleaños de la dueña como antes en que todo era gratis para los habitués cuando Olga Valdivia Monti apagaba las velas. Se echaba la casa y las chiquillas por la ventana.

La casa, de amplio patio, en calle Ongolmo 1153, cerca de la Laguna de las Tres Pascualas abre su portón corredizo a las nueve de la noche.

Sus rejas metálicas con corazones rojos forjados, son fáciles de identificar para el transeúnte. Hasta fecha reciente era un lugar de reunión donde acudían en tiempos más liberales, parlamentarios, alcaldes e incluso Presidentes de la República de paso por Concepción.

Hoy es difícil imaginarse a la alcaldesa UDI, Jacqueline van Rysselberghe brindando en el bar de la tía Olga, pero sí su abuelo Enrique, que andaba siempre en mangas de camisa y sujetaba sus anchos pantalones con suspensores, y picaflor de renombre, alternó en más e alguna ocasión con las chicas del lugar.

También me mencionan a Augusto Parra entre los parroquianos de otrora. Y Anselmo Sule me confesó que de paso en esta ciudad se tomaba “unos pencazos” con las chiquillas acompañado de sus correligionarios luego de regadas cenas en el inigualable Club Radical.

Mario Palestro, recuerda un antiguo cliente, tampoco le hizo el quite a un borgoña en chirimoya servido en ponchera, en una visita a la capital penquista.

¡Qué hablar de su hermano Tito, gerente de la Lotería de Concepción!

Una tarde, hace muchos años, un grupo de alumnos de Derecho de la Universidad de Concepción fueron a golpear las puertas de la casona de Olgomo. Nunca imaginaron que fuese el propio decano quien les abriera las puertas, don Edgardo Enríquez Froedden. “¡Qué los trae por acá, cabos de moledera!”, les espetó. Luego los hizo pasar y les obsequió una corrida de tragos.

Conversó con ellos mientras las chicas disfrutaban la escena. Cuando oscureció, el decano puso fin a la fiesta: “Ya, váyanse cabros h… No es correcto que un profesor tome trago con sus alumnos”.

Ese era el ambiente en el lugar al que ahora concurren comerciantes, camioneros, veteranos y curiosos. Los políticos y las celebrités, se han alejado.

No sólo de la tía Olga sino que también de cuanto lugar pueda aparecer como sospechoso ante los hurgadores de privacidad, como lo son los periodistas faranduleros.

El ex diputado Haroldo Fossa señala que el local de doña Olga servía además de banco: “Muchos cambiaban cheques, pedían dinero prestado cuando se iniciaron las exportaciones, era generosa para fiar a la gente de confianza”.

Alberto Jeréz, ex senador con primera mayoría de la provincia, reconoce que fue misión imposible convencer a Eduardo Frei Montalva a que pusiera pié donde la tía: “Era demasiado cartucho para eso”.

Al parecer la casa era casi subsede radical, por lo que no debiera extrañar que ahora tengan una diva porno como Reichell.

El salón principal tiene un gran bar, el valor de los tragos están a la vista y las chicas cobran de 50 mil pesos para arriba. Algunas son estudiantes, pero nunca menores de edad. De eso se cuidó siempre Olga Monti.

Leemos en la revista NOS, en su edición de octubre de 1997, que Alicia Cuevas Cuevas, de ahora 72 años, residente en la ciudad de Yungay, posó para el célebre pintor muralista mejicano Jorge González Camarena. La conoció donde la tía. Verla, enamorarse y encantarse fue cosa de segundos. Su pasión fue más allá pues fue su amante por mucho tiempo. Tanto así que la convenció a que posara desnuda para perpetuarla en el mural de la Casa de Arte de la Universidad de Concepción.

Regenta de viejo cuño, recibía chicas abusadas por sus padrastros, violadas y a otras, putas de vocación. Para evitar que contagiaran a los clientes, la doctora Alvear las visitaba semanalmente para examinarlas.

En éstas épocas del SIDA hubiese sido inútil.

Las Operaciones de Unitas IV, también trajeron oficiales donde la tía. Pero con los años, cuando ya no es necesario para los jóvenes pagarle a una mujer para mantener relaciones y ya los padres no inician sexualmente a sus hijos en casas de remolienda, el negocio -pues sigue siéndolo- es una leyenda.

Recibe ocasionalmente a personas que por curiosidad como este periodista que en su juventud transcurrió noches enteras en San Martín con Hurtado de Mendoza y en Emiliano Figueroa y turistas que tienen la casa de Ongolmo como uno de los escasos lugares de interés de los territorios de don Gonzalo de Ribera