Hay gente que veranea en Pucón. Yo también, lo reconozco. Nada raro, a decir verdad. Mis ancestros lo hacían allí desde antes que Pucón fuera “Pucón”. Es decir, antes de que invadiera esta bella zona precordillerana el ejército chileno e hicieran su arribo los colonos alemanes, las cadenas hoteleras y los teams veraniegos con su insoportable invasión callejera de “free pass”. “Debieran aplicarles la Ley Antiterrorista”, me dice Rogelio, un peñi con quien nos tomamos unas cervezas artesanales en pleno centro de la ciudad. “A los free pass, me refiero. En ningún caso a las promotoras”, agrega, sonriente.

Rogelio es mapuche y vive en Pucón. Originario de una comunidad rural camino a Curarehue, en verano atiende un puesto de artesanías donde sobre todo vende productos de cuero. Carteras, botas, chalabotas, cinturones, bolsos, hasta bikinis, todos con símbolos mapuches que los turistas nacionales suelen preguntar si acaso son “monitos apaches o japoneses”.

“El chileno es muy ignorante”, me comenta Rogelio mientras almorzamos y reflexionamos de la vida y el estado de salud de las promotoras locales. “Llegan a la tienda las cabras del norte o sus mamás preguntando si los diseños son gringos, orientales o hindúes. Mira la tontera pa’ grande”.

“Y tú qué respondes”, pregunto.

“¡Que son orientales, pu peñi!, les digo que son mapuches y capaz que ni me compren”, responde. “Ni cagando me creen que los hacen unos terroristas quema-bosques de mi tribu”, agrega muerto de la risa.

Pucón, en lengua mapuche, significa “lugar de entrada”. Entrada hacia la gran mawiza (montaña), hacia aquellos pasos cordilleranos que los abuelos de Rogelio conocieron como la palma de su mano antes de que Chile fuera Chile. “Tuve un tío abuelo que fue nampulkafe”, me cuenta mientras devora un chacarero e intenta no perder de vista a las chicas del “Team Club Exit” que reparten pases gratis entre las mesas. Todas ellas muy saludables, por cierto.

“¿Por qué será que los mapuches las preferimos rubias?”, me pregunta de improviso y reflexivo. “¿Se ha dado cuenta de ello, peñi?”, agrega.

“Mmmm… creo que no lo había notado… ¿Me hablabas recién de un tío que fue nampulkafe?”.

“… no piense mal, peñi. En mi caso, rubias, morenas o trigueñas, todo bien. Chilenas, argentinas, europeas o asiáticas, bienvenidas todas aquí en Pucón. Racista no soy. Sería feeeeo”, agrega soltando una carcajada.

“Feísimo, Rogelio. Háblame de tu tío abuelo”.

“Verdad. El tío Huenumilla. Él fue nampulkafe. Contaba cada historia el viejito. Murió cuando yo tenía como 15 años.

Siempre me acuerdo de sus viajes a Puelmapu. En esos años los viejos cruzaban la cordillera a lomo de caballo. Él tenía como 70 y seguía cabalgando las huellas pal’ otro lado. Tenía mujer e hijos por Villa Pehuenia. También acá, por supuesto. Era un crack el pariente”.

“Nampulkafe” era el nombre que recibían los mapuches que, como el tío abuelo de Rogelio, cruzaban los Andes para comerciar con los mapuches del otro lado, los “puelche”, la gente del este, en las actuales pampas argentinas. En este ir y venir, Pucón fue siempre una puerta de entrada privilegiada. Nuestro Paso los Libertadores, por lejos.

“En aquellos años caravanas de mapuches iban y venían con ganado, caballares, textiles, eso contaba el viejito Huenumilla. Comerciantes viajeros de Boroa, de Huapi, de Puren, de Tirúa inclusive, rumbo hacia el valle del Neuquen y de allí al Chadileufu, cerca de Buenos Aires. Él era niño y los veía pasar”, cuenta Rogelio.

“Debió verlos maravillado, le comento. Vivía, técnicamente hablando, al lado de la autopista central”.

“Totalmente maravillado. A veces, nos contaba el tío, su padre les daba talaje en sus tierras. Se quedaban un par de días o semanas, esperando buen clima arriba en la montaña y seguían luego rumbo a Puelmapu. Apenas tuvo edad para montar a caballo se sumó a ellos. No paró más en la casa.

Pucón, la puerta de entrada a las tierras del Este. La senda de los nampulkafe. Ese era el Pucón mapuche. El Pucón chileno, en cambio, fue fundado recién el 27 de febrero de 1883, como una etapa más de la sangrienta campaña militar denominada “Pacificación de La Araucanía”. Cuenta la historia que después de refundar Villarrica, abandonada por los españoles tras ser destruida por el Toqui Pelantaro a comienzos del siglo XVI, el general Gregorio Urrutia ordenó a un grupo de soldados buscar un sitio adecuado para vigilar las rutas de acceso mapuche a la cordillera. Temeroso del apoyo militar de las parcialidades puelche a sus pares de este lado, Urrutia ordenó entonces la creación de la Guarnición Militar de Pucón. Ello con el fin de “proteger la soberanía e integrar esta parte del territorio al quehacer nacional”, según relata en sus propias memorias.

Derrotados los mapuches, un agresivo plan estatal de colonización hizo el resto. En 1904, el gobierno entregó en concesión el territorio al norte del lago Villarrica y su prolongación al norte del río Toltén a una sociedad de empresarios capitalinos. Esta trajo a unas 20 familias alemanas de inmigrantes, las que se instalaron en el área de Llafenco. Los abuelos de Rogelio, por su parte, debieron conformarse con ser confinados en minúsculas reducciones hacia arriba del río Trancura, en las zonas de Quelhue, Palguin Bajo y Curarrehue, lejos, bien lejos de la ribera del Lago, los clubes de yates y el futuro Gran Hotel Pucón.

“También de las promotoras”, comenta Rogelio. “Pasamos de ser dueños de todo esto a vendedores de cilantro en sus calles”, agrega tratando de ponerse serio. “Yo trato de tomarme las cosas con humor pero a ratos da rabia la cosa, peñi. El winkerio foraneo llega, se pasea como Pedro por su casa, con cuea te compra algo, más encima te miran feo y dale con el ‘indio tal por cual’. Son harto patúos los turistas, que quiere que le diga, peñi”.

No siempre el Pucón chileno vivió, como hoy, del turismo. En sus primeros años, la principal actividad de los recién llegados fue hacer pebre el bosque nativo. Este se embarcaba por el antiguo puerto existente en el lago Villarrica, en el sector La Poza. Allí estuvieron las canchas para las rumas de madera, las bodegas y desde 1923, el primero de sus célebres hoteles, el Gudenschwager. El gran impulso turístico vino en 1934, con la inauguración del Gran Hotel Pucón, un lujoso complejo con parques y canchas de golf al cual los visitantes llegaban en barco tras cruzar el lago desde Villarrica.

Hoy, el Pucón chileno es uno de los balnearios más caros del circuito turístico criollo, comparable con Reñaca o La Serena. Según un folleto turístico de Sernatur, lago, montañas y nieve, son sus tres principales cartas de presentación. Se trata de una pequeña Suiza, al estilo de San Martín de Los Andes o de Bariloche, en la zona mapuche de Argentina, una ciudad rodeada de centros de esquí, embarcaderos de yates y mansiones de millones de dólares que despiertan, era que no, las dudas “quintocentenarias” de Rogelio.

“Aquí en Pucón uno ve mucha plata, muchísima. Date una vuelta por los condominios que se están construyendo en la ruta al volcán o en la ribera norte del lago, eso no es Chile, es otro país. Y para las comunidades mapuches, pobreza y migajas estatales. Fíjate que el 2004 aquí se hizo el APEC. La trajo este señor Lagos, el primero que nos acusó de ‘terroristas’ y hoy da charlas sobre ‘democracia’ por el mundo el muy fresco de raja. Él y su hijo, el Ricardito Junior, los dos andaban acá para el APEC”.

“Hablas del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, APEC…”.

“Ese mismo. Esa vez llegaron los ricachones de todo Chile y de la mitad del planeta, más presidentes de China, Japón, Australia y una treintena de países. Yo me preguntaba, ¿por qué lo hacen aquí en Pucón y no en Viña o en La Dehesa? Y resulta que la mitad de quienes vinieron tenían sus casas de campo por acá pues peñi. Si el Foro duró menos de una semana. Y después casi todos se quedaron, turisteando, pescando con mosca, paseando con sus secretarias, quién sabe”.

“Y para los mapuches, ¿pasó algo con la APEC?”, pregunto, ingenuo.

“Claro que pasó algo, peñi; nos echaron los pacos como siempre. Esta ciudad la cercaron completamente. No se podía entrar. Ni salir. Recuerdo que vinieron peñis de todos lados, a presentar una carta de protesta si mal no recuerdo. El Aucan Huilcaman andaba en eso y le fue como las huifas. Si ya le dije, nadie podía entrar ni salir. Sobre todo entrar si tenías cara de mapuche”.

El 10 por ciento de la población de Chile se reconoce como mapuche. Pucón, sin ir más lejos, se encuentra enclavada en pleno corazón de Wallmapu y Rogelio con su cara de cultrún es la prueba viviente de que no miento. Aun así, ninguna organización mapuche fue invitada en 2004 a plantear sus puntos de vista ante los 21 ministros de las principales economías del Asía-Pacífico reunidos en la ciudad. Ya lo recordaba Rogelio, gobernaba entonces don Ricardo Lagos, alias “El Demócrata”, el mismo que entrevistado en la última edición de Qué Pasa señaló -muy suelto de cuerpo- que de nada podía arrepentirse bajo su mandato.

“En todo proyecto de desarrollo que se contemple en sus territorios, los indígenas deberán ser consultados previamente y sus opiniones y el respeto a sus derechos humanos deberán ser tomados en consideración por las autoridades y las empresas ejecutoras”, le había recomendado, semanas antes de la APEC, el relator de Naciones Unidas, Rodolfo Stavenhagen, al ex presidente “socialista”, chileno.

“Pamplinas”, opina Rogelio.

“Aquella vez las autoridades pusieron una gigantografia en lengua mapuche a la entrada de la ciudad; “Welcome to Pucón… Kumey Tamun Akun”, se leía en ella. ¡¡Y te recibían con las Fuerzas Especiales y los guanacos!! No, si yo no creo naíta en este cuento de la interculturalidad y “que lindo el mapuchito y su cultrún”. El chileno es muy pillo, zorro manco, mientras nos puedan joder lo van a seguir haciendo. No valoran nada lo que tienen. Nos desprecian como pueblo”, se lamenta Rogelio, bajando ya su tercera “Peñiwen” de la tarde.

“Y es que Pucón, pese a su carácter cosmopolita, sobre todo en temporada invernal, no deja de ser una ciudad blanca y racista”, concluye Rogelio.

“Esta es una ciudad acostumbrada a que lo mapuche aparezca sólo en las postales turísticas, si es que, con suerte, algún funcionario del municipio o de Sernatur se pega la cachada. O en el merquén que ahora le ponen a todo, incluso a los chacareros, cosa imperdonable para mi gusto. Pero es puro show, peñi, parafernalia. Por eso yo, antes que el verano, prefiero lejos la temporada invernal”.

“¿Y por qué?”, pregunto.

“El turista gringo y europeo es otra cosa. Aquí uno distingue entre el turista de verano, el chileno nuevo rico o aquel medio pelo que viene a dárselas de perro lanuo y anda roteando todo el día a la nana. Y por otro lado el turista extranjero que viene a esquiar, hacer trekking, recorrer los volcanes y siempre te trata como persona. El tipo se interesa, pregunta, se toma su tiempo… ¡Y compra!, que es lo más lindo de todo”.

“¿Y por qué crees se da esa diferencia?”.

“La educación, peñi. Es eso solamente. El turista extranjero es culto, lee, se informa. El chileno es inculto, no lee y para más remate se informa mal”, me dice. “Por eso estoy enamorado de la Camilita Vallejo. Esa cabra dió en el blanco. Que las cosas cambien pasa por una buena educación, nada más”, agrega.

“Pero Camila no es rubia”.

-“Ya le dije, peñi, racista no soy. No ve que sería feo”, me responde.
Ambos nos matamos de la risa.