Varias veces en las últimas semanas mis twitter han sido tema para Glamorama. Esos twitter que se convierten en pasto de insultos de todo calibre siempre tienen que ver con la defensa de los animales. Dudo que la turba que me insulta a mí y a mi familia, que me desean las muertes más horribles sea un grupo coherente de fieles a una sola ideología. Creo que muchos sólo ejercen el extraño placer de odiar a alguien más conocido que ellos.

En sus ladridos encuentro, sin embargo, argumentos extrañamente semejantes, la idea de que debería sentir vergüenza de ser humano porque los humanos somos de todos los animales, los más depredadores de las especies, la que más odia, la que más mata. Estos argumentos me parecen débiles y falsos en general, pero se aplican extrañamente a ellos mismos. Amantes de los perros, gente que adora a sus gatos que no puede terminar una frase sin llamarte escoria, imbécil, aweonado, hijo de puta y pedir tu muerte en las más horribles circunstancias. Unos pocos, muy pocos discuten lealmente y no pocas de sus razones tienen lógica o demuestran al menos un buen corazón, la mayoría, una mayoría aplastante, una mayoría aterrante insulta y sigue insultando hasta que pidas disculpas por no pensar como ellos.

No pensar como ellos es un crimen al que aplican inmediato castigo, haciendo tu vida virtual completamente imposible. Twitter, Faceboock, la sensación desagradable de que esa enorme masa que usa nombre generalmente de fantasía, ha decretado que eres una basura inservible, que te está vigilando, que en cualquier momento va a terminar la tarea.

Esto podría ser una paranoia mía, pero la he corroborado con otra gente que se ha atrevido a cosas tan terribles como pensar que se debería controlar la plaga de perros vagos que viven en la miseria y son para los niños y ancianos de los barrios más pobre de la ciudad un peligro evidente. Toda crueldad contra ese contingente que no puede defenderse y en el nombre del que se puede decir y hacer cualquier cosa sin que pueda tampoco quejarse es inadmisible. El que quiera regular, controlar o sólo hacer preguntas es tratado de asesino con la misma severidad con que Hitler solía fulminar a los invitados a su mesa que se atrevían a comer carne.

Me abstendré aquí de enumerar todas las filiaciones que ligan la filosofía de Hitler con la de estos animalistas rabiosos. Me abstengo aquí a su método que es rigurosamente el mismo. La repetición de lemas, el insulto repetido, el asalto sin fin del otro deshumanizado, desnudado de toda dignidad y derecho para lanzar sobre él más y más palabras hirientes. Amantes de los animales que actúan siempre en jaurías, que ladran más de lo que muerden buscando un objetivo evidente y claro, el pensar dos veces si quieres meterte en el lío de contestarle o cuestionarlo. No de otra forma Hitler logró que los judíos fueran para todos “un problema” y que la invasión de Polonia se convirtiera en una necesidad.

El odio no tiene nombre ni apellido, es un instinto humano, demasiado humano. En eso los animalistas no se parecen nada a los animales. Las mejores causas, los corazones más puros pueden verse infestado del odio que como un parásito aloja los cuerpos más extraños. Es el deber de todos impedir que crezca y se desarrolle. Me parece que la intolerancia del animalismo, o de lo que se disfraza de tal para trollear ha dejado de ser un tema anecdótico para convertirse en algo preocupante. Un grupo, armado de la certeza de tener la verdad, insulta, amenaza de muerte y otros males a cualquiera que se atreva a cuestionar sus creencias. Como son políticamente correctos y están a la moda nadie hace o dice nada. Su nivel de odio no tiene nada que envidiarle al de los neonazis que mataron a Zamudio. No han matado a nadie todavía pero han silenciado ya a mucha gente. Si eso no es incitación al odio, no sé que es.