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En 2004, finalizando el gobierno de Ricardo Lagos, la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, conocida como Comisión Valech, difundió un informe complementario al informe Rettig de 1991, que reveló la práctica sistemática de la tortura como método de persecución política durante la dictadura de Pinochet. Las limitaciones de los acuerdos políticos del momento y la protección de los derechos de los involucrados determinaron que el informe omitiera los nombres de los victimarios y declarara el secreto sobre el testimonio particular de cada víctima por 50 años.

En ese momento, yo dirigía una revista creada con más voluntarismo que recursos, Plan B. Pasábamos por un momento difícil. El equipo estaba agotado tras haber pasado por varias crisis –entre ellas, una bien pragmática: no pagábamos sueldo-. Sin embargo, sabíamos también que pocos medios estaban en condiciones o dispuestos a vocear el contenido del informe. De todas las alternativas posibles, decidimos poner el foco en las torturas a las mujeres. Específicamente, mujeres embarazadas. Así llegamos a Haydée Oberreuter, una ex prisionera política que nunca había contado públicamente los crueles castigos que recibió mientras estuvo detenida en el cuartel Almirante Silva Palma de Valparaíso. Con enormes contradicciones, pues ni siquiera a sus hijos había relatado los detalles de esta pesadilla, accedió a darme la entrevista, motivada por la necesidad de exponer lo que el informe negaba: el rostro de las víctimas y la existencia de los victimarios. También quería que la Armada reconociera su participación en la represión, ámbito en el que esa institución, a diferencia del Ejército, había logrado imponer la idea de que su participación fue marginal.

El reportaje fue publicado bajo el título: “Perdí mi guagua por las torturas de la Armada”, sobre una fotografía de Haydée con el rostro limpio de maquillaje. Fue uno de los últimos números del Plan B. Poco después de eso, agotadas las fuerzas y con el equipo inicial pulverizado, bajamos la cortina.
Sin embargo, algo asombroso e inesperado sucedió con ese reportaje.

La Remington de Vicente

En un quiosco de Santiago, el abogado Vicente Laureano Bárzana Yutronic, compró un ejemplar de ese Plan B. Cuando digo abogado, no se imagine usted a un señor de terno de paño y clientes portentosos. No. Piense más bien en un señor considerado por sus compañeros de generación como un outsider. Un fastidioso que podía sacar de sus casillas al abogado más comprometido con los derechos humanos, con sus insistentes visitas para proponer toda clase de presentaciones ante la justicia internacional reclamando contra la desidia de la justicia chilena. Así solía hacer con su ex compañero de curso Roberto Garretón, por ejemplo, cuando el emblemático abogado de la Vicaría de la Solidaridad estaba en la cancillería encargado de la temática. Piense usted en un hombre que compraba todas las revistas de izquierda, se las llevaba a su casa y leía detenidamente cada reportaje buscando evidencia de tantas injusticias.

Él, orgulloso de su origen croata, consideraba intolerable quedarse quieto o mudo, y entonces, desenfundaba su máquina de escribir Remington, una reliquia de 1940, y se daba a la tarea de preparar escritos demandando la acción inmediata de la justicia.

Bárzana presentaba sus escritos cumpliendo todas las formalidades legales y con bien sustentados argumentos sobre las convenciones internacionales y la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad, y era un distinguido integrante de la Asociación Americana de Juristas, con sede en Valparaíso. Pero hubiera sido difícil en el Chile seducido por la tecnología y la importancia de las apariencias, que alguien tomara en cuenta sus presentaciones escritas a máquina -y no en computador- con innumerables correcciones a mano, porque su máquina omite algunas letras y otras las pone por encima o por debajo de la línea en que deben ir, y con su firma sobre un membrete de letras victorianas.

Como era habitual en él, el 2 de diciembre de 2004 pidió temprano y recién salido de imprenta su ejemplar de Plan B y se indignó al leer el testimonio de Haydée Oberreuter y el de Susana Bugeño, otra ex prisionera torturada mientras estaba embarazada.

Habría que haber tenido seca la sangre para no estremecerse. Yo misma derramé muchas lágrimas escribiendo ese artículo. Diga usted si no. En aquel reportaje Haydée contaba que tenía 19 años en 1973. Vivía en Viña, había sido reina de belleza y se vestía a la moda, pero también quería cambiar el mundo. Estudiaba Historia y era dirigente universitaria. Después del golpe tuvo a su primera hija y siguió ayudando en la clandestinidad a sus compañeros del Mapu. Hasta que en noviembre de 1975, en el cuarto mes de su segundo embarazo, fue detenida en Santiago y trasladada al cuartel Silva Palma Valparaíso. Allí también estaban secuestradas su madre y su hija, de apenas un año de edad. El reportaje narraba:

Lo primero que le hicieron a Haydeé en el cuartel Silva Palma fue someterla a un supuesto examen médico, que consistió en desnudarla frente a una decena de marinos, que hicieron sus propios “chequeos” toqueteando su cuerpo.

“Para mi desgracia, me había quedado una cicatriz muy rebelde de la cesárea por mi primera hija. Con lo que me hicieron, la cicatriz se abrió y sangraba. Entonces, después de hacerme un falso fusilamiento, alguien tuvo la brillante idea de hacerme una ‘autopsia’. Agarraron un corvo y me hicieron un enorme tajo, mientras hacían una declamación: ‘Esto es para que, en adelante, ninguno de estos hijos de puta pueda tirarte sin saber que nosotros estuvimos aquí’”.

Haydeé cuenta que por esa herida entraron después cables con electricidad “y toda clase de cosas”.
“Cuando empecé con síntomas de pérdida, eso era una fiesta. Gritaban que le estaban haciendo un servicio a la Patria eliminando a un terrorista… Mi Sebastián, convertido en terrorista antes de venir al mundo, se quedó en el cuartel Silva Palma”.

La diferencia entre Vicente Bárzana y otros lectores, es que él creyó que podía hacer algo. Alentado por su esposa, desenfundó su Remington y ese mismo día redactó una querella, en su casa en Ñuñoa.

Locos argumentos

En 2004, a pesar de la reactivación de las causas por violaciones a los derechos humanos se provocó la detención de Pinochet en Londres (en 1998) y su posterior regreso a Chile (en 2001), había una especie de límite más o menos explícito a cuánto abarcar. Las torturas sin “resultado de muerte”, a pesar de la contundencia del Informe Valech, se consideraban entonces y todavía hoy, tácitamente, fuera del ámbito de lo enjuiciable. Y más difícil aún era pretender enjuiciar a oficiales de la Armada, respecto de quienes los juicios por violaciones a los derechos humanos se cuentan con las manos.

Nada de esto, sin embargo, era obvio para Vicente Bárzana, quien en su mundo paralelo vivía ajeno a tales razonamientos. Lo obvio para él era, entre otras cosas, que los testimonios publicados por Plan B constituían “antecedentes graves de crímenes contra la humanidad” y que le eran aplicables diversos tratados internacionales, algunos incluidos en la legislación nacional, otros no, pero no importaba, porque de todos modos debían prevalecer sobre la legislación local. Recordaba el abogado, quien en los inicios de su carrera fue juez de Letras, que dichos pactos obligaban a los Estados signatarios a “respetar (no sólo) la dignidad e integridades de las víctimas detenidas, sino la moral y sicológicas, lo que de acuerdo a los atroces relatos de estas víctimas no fue así; hay un caso grave sin duda donde puede verse que la víctima pierde su hijo como consecuencia de las atroces torturas, lo cual es genocidio, sin perjuicio de ser un aborto provocado por golpes, por violencia física”, delitos de los cuales eran responsables, decía, agentes del Estado.


Lectura de foto: Imagen del escrito que presentó Vicente Laureano Bárzana en favor de Haydée Oberreuter

Bárzana pedía la designación de un juez especial de derechos humanos para tramitar la causa e investigar tanto las torturas denunciadas como la muerte del hijo de Haydée Oberreuter. No hay excusa posible, decía Bárzana, para no investigar, puesto que cualquier argumento para excusar su comportamiento “repugnante” había sido ya descartado en juicios como el de Nuremberg, que no aceptó la idea de la obediencia debida, y por la propia Corte Suprema, que había desechado a esas alturas la posibilidad de aplicar la prescripción o la Amnistía a los delitos de lesa humanidad.

Bárzana argumentaba que a pesar de no ser representante legal de las víctimas, tenía pleno derecho a interponer aquella denuncia, pues “la Humanidad es el bien jurídico lesionado” y cualquiera, en conocimiento de hechos de tal gravedad, estaba autorizado a hacerlo. Y concluía pidiendo que un juez especial investigara y procesara a los autores materiales e intelectuales de los delitos de tortura, aborto y todos los que el tribunal lograra establecer, imponiendo las más severas penas a los hechores.

EL 9 de diciembre de 2004, la Corte de Apelaciones de Valparaíso le puso un timbre de recibido al escrito de Bárzana, que éste jamás vio. Como en casi todo lo demás que ha presentado, no volvió a saber del caso.

Una gota en la telaraña

En 2013, casi diez años después de haber escrito ese artículo, Haydée Oberreuter me contactó por facebook. No nos habíamos visto desde aquella entrevista en 2004, cuando la entrevisté, pero sentía especial cariño y admiración por ella, así que acepté encantada su invitación a tomarnos un café. No podía imaginar lo que iba a contarme.

Me dijo que después del reportaje vivió una crisis importante. Las revelaciones causaron tal impacto en su familia, que no sabía cómo manejarlo. Su hija se enteró de esa manera que había perdido a su hermano por nacer en el Silva Palma. Algunos amigos la llamaban, con un cierto dejo de reproche, y le preguntaban: “¿Por qué no nos contaste?”

Haydée se encerró en la casa, aterrada de salir y responder más preguntas. Uno de esos días apareció un policía en la puerta de su casa. Preguntó por ella. Presa del pánico, respondió que allí no vivía nadie de ese nombre.

Envuelta en viejos fantasmas, pensó que venían a detenerla.

Un oficial de la policía tuvo que llamarla por teléfono para calmarla un poco y lograr que abriera la puerta.

Recién entonces, por primera vez, se enteró de la existencia de Vicente Bárzana. Los policías no podían creer que no lo conociera.

Increíblemente, la Corte de Apelaciones había acogido su denuncia y había designado una jueza para investigar. Como una gota de agua deslizándose por una frágil telaraña, el caso empezó a avanzar. El tribunal porteño se declaró incompetente y la causa pasó por varias manos hasta que llegó a Santiago, a manos del magistrado Alejandro Solís.

Poco antes de retirarse del Poder Judicial, Solís logró identificar al grupo de agentes de la Armada que establecieron en el cuartel Silva Palma uno de los menos conocidos centros de tortura en Chile y dictó los procesamientos de: Manuel Atilio Leiva Valdivieso, Juan de Dios Reyes Basaur, Juan Orlando Jorquera Terrazas y Valentín Evaristo Riquelme Villalobos como autores del delito de torturas en contra de Haydée Oberreuter.

Contra el pronóstico del más optimista defensor de los derechos humanos, la causa iniciada por un ciudadano cualquiera, había llegado más lejos que cualquier otro caso por torturas.

-¿Y te has contactado con él?-, le pregunté.

-No-, me respondió. Había hecho algunos intentos infructuosos, pero la verdad es que no sabía si el señor vivía aún.

-Búsquemoslo, le propuse.

Pocos días después Haydée dio con una dirección, muy cerca de donde ella vivía cuando me dio la entrevista. No había teléfono, ni correo electrónico para pedir una cita, así que decidimos simplemente presentarnos en su puerta, a comienzos de septiembre de 2013.

Dimos con una casa que parecía abandonada. Había a la entrada dos timbres. Uno para la planta alta y otro para la planta baja. Ninguno de los dos respondió. Después de esperar un rato, decidimos escribirle una nota y la dejamos enganchada en el candado. No sabíamos si la recibiría, no sabíamos siquiera si esa era su casa, pero, como él hizo alguna vez en este caso, lanzamos nuestro mensaje en una botella confiando en lo imposible.

Inspiración divina

Esa misma tarde, me llegó un mensaje de correo electrónico de don Vicente y acordamos una visita.
Haydée y yo nos presentamos en su casa el 11 de septiembre de 2013. Un viejo alto y sonriente nos esperaba ataviado con un grueso chaleco y boina y nos invitó a pasar a su casa, dominada por la bandera de Croacia y fotografías de su mujer. Afuera, las calles estaban semivacías, los trabajadores se iban temprano a sus casas, pensando que, como siempre, el día terminaría con fogatas y protestas.

Durante las dos horas que estuvimos allí, don Vicente nos contó que su esposa había fallecido hacía poco y cuánto la extrañaba. El día que no lo encontramos, explicó, se debía a que había salido a una misa en su recuerdo. Por supuesto, no recordaba específicamente el escrito que había presentado por Haydée. Ha presentado tantos en estos años. Ahora, dijo, se disponía a denunciar ante las cortes internacionales a los médicos que, en su opinión, fueron negligentes en el tratamiento médico de su esposa. O quizá, peor. Han pasado tantas cosas, reclamó.

Haydée le contó que tras su paso por el Silva Palma estuvo varias veces detenida en cuarteles secretos durante la dictadura. En cada ocasión, los agentes ocuparon la táctica de secuestrar también a su madre o a alguno de sus hijos (2) para lograr su detención. En los 90, tras el retorno a la democracia, Haydée fue contratada para trabajar en el Ministerio Secretaría General de Gobierno, que dirigía Enrique Correa. Ahí estaba cuando ocurrió el movimiento de tropas que motivó el llamado caso de los Pinocheques.

“Ese día, al llegar a mi casa, en la puerta me esperaban mi hija, entonces una adolescente, y mi hijo pequeño, con los bolsos hechos. Mi hija me dijo imperativamente: ‘Si ahora no te vas de Chile, mi hermano y yo nos vamos solos a Alemania’. Estaba lista para asilarse. Mi familia me decía: ‘Se acabó la dictadura, ¡para ya!’.
Y eso fue lo que intenté hacer. Por eso, cuando apareció la policía a buscarme a mi casa tras la denuncia que usted presentó, yo, sin ninguna racionalidad, negué que yo era Haydée”, le confesó a su benefactor.

En un segundo intento, los policías le explicaron que estaban allí por una denuncia por torturas en su nombre:
“Yo inmediatamente pensé: ‘Esto es un montaje’. Me había pasado la vida tratando de convencer a los prisioneros que pasamos por el Silva Palma de presentar una querella colectiva sin suerte, y sabía que nadie, si no había sido yo, habría interpuesto esa denuncia. Así que les dije: ‘Díganme quién la presentó.’ Y cuando me leyeron su nombre: Vicente Laureano Bárzana Yutronic, más me convencí de que era un montaje. ‘¡No lo conozco!’, les dije. ‘¿Además, no podían inventar un nombre más raro?’ Los eché. Les dije que no me iba a prestar para sus mentiras”, continuó.

Haydée relató en el encuentro con don Vicente que le tomó bastante tiempo y varias averiguaciones darse cuenta de que se trataba de una presentación legítima y con la mejor de las intenciones. Entonces, pidió una nueva cita a los policías y ratificó el testimonio que había entregado a Plan B.

“Me negó como Pedro a Cristo”, le dijo sonriendo Vicente a Haydée, antes de explicar su forma de vivir y razonar. Profundamente creyente, el abogado se siente un instrumento de Dios.

“No existen los accidentes”, le dijo. “Yo estuve preso en Villa Alemana y Quillota, viví torturas y falsos fusilamientos y fui uno de los pocos sobrevivientes entre quienes cayeron conmigo. Y creo que sobreviví porque tenía una misión que cumplir”.

Bárzana contó que el 70 por ciento de los escritos con que ha sembrado los tribunales chilenos parten de un artículo de prensa. Y si no ve acogida en Chile, no trepida en acudir a los tribunales internacionales, donde también lo conocen. Dijo que su perseverancia se la debe a su sangre croata. “Nosotros fuimos los primeros en enfrentamos y derrotar a Hitler”, afirmó y lamentó que “la cobardía” esté metida en la sangre de “muchos chilenos”.

Aquella visita fue la primera vez que alguien le dio noticias de algún resultado por sus acciones y la agradeció, pero no se mostró particularmente impresionado por los pasos de la justicia chilena. Lo avanzado le parecía, obviamente, insuficiente. Aconsejó continuar el pleito en los tribunales internacionales. “Para eso estoy yo”, dijo, “dispuesto a seguir adelante”.


Lectura de foto: Haydée Oberreuter, Vicente Bárzana y Alejandra Matus

“Usted ha hecho algo único”, intentó explicarle Haydée. “Más allá de lo que haga la Justicia, para mí usted es una suerte de héroe ciudadano, una persona que reacciona con el corazón y con su capacidad profesional por alguien a quien no conoce. Es por eso que en mi nombre y en nombre de mi familia, vengo a agradecerle, porque ninguna de las diatribas de la que estamos hablando serían posible si usted no hubiera actuado”.

“Siempre he vivido mi profesión como una misión”, respondió él. “Todos los seres sufrientes son mi prójimo”, dijo convencido. “Yo trabajo callado, en silencio. Les agradezco la visita, pero de verdad que no espero recompensas. Mi hermano dice que estoy loco, que debí haber sido ministro de Corte, pero no me interesa. Soy feliz haciendo estas cosas. ¿Quieren tomar tecito?”

Don Vicente nos mostró las portadas de revistas que tiene plastificadas y colgadas en sus paredes. Nos enseñó la Remington en la que escribió su presentación y se sometió sonriente a la obligada sesión de fotos.


Lectura de foto: La máquina de escribir Remington donde el abogado Bárzana ha escrito todas sus presentaciones legales

Insistimos en decirle que lo consideramos un héroe y él aparentemente siguió sin aquilatar el elogio. Sólo nos pidió que lo visitásemos de nuevo. Nosotras no lo hemos hecho. Estamos atascadas en nuestras vidas ocupadas, siempre corriendo. Nos cuesta encontrar el momento. En tanto, el caso ha seguido avanzando. El nuevo magistrado a cargo de la causa, cerró el sumario y dictó acusaciones en contra de los procesados. La sentencia es inminente.

Don Vicente sigue esperándonos confiado, sin reprocharnos nada. El sí sabe que los imposibles ocurren.

*La autora es periodista de investigación y académica de la UDP

Lee el reportaje de Alejandra Matus en el desaparecido diario “Plan B”