En la cabeza de Punta Peuco, la dupla de psicólogas que evaluó rasgos psicopáticos de 101 exuniformados presos: “En general las conductas no eran impulsivas, eran organizadas”
Durante años, en tribunales, comisiones de verdad y debates públicos, Chile especuló sobre el perfil psicológico de quienes ejecutaron la represión estatal: ¿fanáticos ideológicos, soldados obedientes, hombres desbordados por el contexto o personalidades especialmente predispuestas a la violencia? Esa discusión, hasta ahora, había sido moral e histórica. Nunca clínica. Elizabeth León-Mayer y Joanna Rocuant cambiaron ese escenario: durante más de un año ingresaron a Punta Peuco para entrevistar y evaluar al 84% de sus condenados con el principal instrumento internacional para medir psicopatía. El resultado —publicado junto al creador del test, Robert Hare— constituye el primer estudio científico directo sobre violadores de derechos humanos en Chile y revela un hallazgo incómodo: menos impulsividad que en la delincuencia común, pero niveles excepcionalmente altos de frialdad emocional, manipulación y ausencia de culpa.
Por Sebastián Palma 14 de Febrero de 2026
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Un adulto mayor se sienta frente a la psicóloga forense Elizabeth León-Mayer. Está condenado por delitos de lesa humanidad y cumple condena en el penal Punta Peuco. La entrevista es clínica, estructurada, parte de una batería internacional diseñada para medir rasgos de personalidad. En un momento, ella le formula una pregunta simple: si alguna vez ha pensado en sus víctimas.
Él la mira fijo.
—¿Qué víctima? —responde.
La psicóloga insiste. Entonces agrega:
—Yo solo maté comunistas.
Para la psicóloga, no existen rasgos de culpa.
Al día siguiente, sin embargo, lo vio en televisión. Sentado junto a un sacerdote, pedía perdón públicamente. El religioso hablaba de reflexión, de arrepentimiento, de conciencia. La escena contrastaba con la entrevista del día anterior en el penal. “Yo quedé helada”, recuerda. Para ella, ese desfase entre el discurso público y la ausencia privada de remordimiento era parte del mismo patrón que el estudio terminaría documentando: frialdad emocional, manejo instrumental del relato y ausencia de atribución interna de responsabilidad.
Durante años, una pregunta ha atravesado los procesos judiciales, los informes de verdad y las discusiones públicas en Chile: ¿qué tipo de personas fueron, psicológicamente, quienes ejecutaron la represión estatal durante la dictadura? La respuesta existe desde hace tres años, publicada en el Journal of Criminal Justice —revista académica internacional revisada por pares y con alto impacto en criminología—, pero en Chile pasó prácticamente inadvertida.
Una de las autoras del informe es la propia Elizabeth León-Mayer, quien validó en Chile la Psychopathy Checklist-Revised (PCL-R) y lleva más de dos décadas estudiando la psicopatía en contextos penitenciarios. El artículo fue firmado junto a Robert D. Hare —creador del instrumento y considerado la principal autoridad mundial en psicopatía—, Joanna Rocuant Salinas, Jorge Folino y Craig S. Neumann.
El estudio entregó por primera vez una respuesta basada en evaluaciones clínicas directas. No relatos ni hipótesis morales: evidencia empírica. El informe entrevistó y evaluó a 101 condenados por crímenes de lesa humanidad recluidos en Punta Peuco, lo que equivale al 84% de la población total del penal.
Todos fueron sometidos a la Psychopathy Checklist-Revised (PCL-R), uno de los instrumentos clínicos más utilizados a nivel internacional para medir psicopatía en contextos forenses. El primer resultado parece, a simple vista, desconcertante: los condenados por delitos de lesa humanidad en Punta Peuco obtuvieron un puntaje promedio de 21,06, prácticamente idéntico al de los delincuentes comunes (20,93).
Sin embargo, al desagregar la medición, emerge uno de los hallazgos más relevantes del estudio. Los presos de Punta Peuco presentan niveles excepcionalmente altos de frialdad emocional, manipulación y ausencia de culpa, lo que en términos técnicos corresponde al factor interpersonal-afectivo de la psicopatía. En esta dimensión, sus puntajes se ubican cerca del percentil 92 en comparación con delincuentes internacionales. Un 10% alcanzó el puntaje máximo posible, algo que entre delincuentes comunes ocurre en apenas el 0,5% de los casos.
En contraste, los uniformados presos obtuvieron puntajes bajos en impulsividad, conducta antisocial y descontrol vital, rasgos típicamente asociados al delincuente común. El dato desmonta una imagen extendida: la violencia no fue producto del caos ni del desborde, sino de la planificación.
El estudio concluye que la mayoría de los evaluados encaja en un perfil específico, denominado “callous–conning”: sujetos fríos, calculadores, socialmente funcionales, capaces de ejercer violencia extrema sin remordimiento y sin antecedentes visibles de conducta antisocial. Un tipo de personalidad que —según advierten los autores— no solo puede pasar inadvertida en instituciones jerárquicas, sino que incluso puede ser seleccionada y promovida por ellas.
León-Mayer asegura que envió los resultados a la Subsecretaría de Derechos Humanos con la expectativa de que el Estado incorporara esta evidencia al debate público y a las políticas de memoria. Dice que nunca obtuvo respuesta.

Entrevisando a violadores de derechos humanos en Punta Peuco
A comienzos de los años 2000, la psicóloga forense Elizabeth León-Mayer comenzó a trabajar con Gendarmería y a especializarse en la evaluación de psicopatía. Se formó directamente con el canadiense Robert D. Hare —profesor emérito de la Universidad de Columbia Británica y creador del Psychopathy Checklist-Revised (PCL-R)—, considerado la mayor autoridad mundial en la materia. Desde entonces, impulsó la validación y aplicación del instrumento en Chile.
Gendarmería, consciente de la necesidad de entender las dimensiones psicológicas de los internos, comenzó a utilizar el instrumento importado a Chile por León-Mayer. Así, la mujer comenzó a aplicar su instrumento en cárceles de norte a sur, entrevistando a cientos de reclusos y capacitando a los psicólogos de la institución.
Fue en ese contexto, durante uno de los talleres de capacitación en la Escuela de Gendarmería, cuando ocurrió el giro que daría origen al estudio. Mientras exponía sobre el PCL-R ante funcionarios de la institución, un alto mando pidió sentarse a escuchar. Al terminar la presentación, le comentó que el tema le parecía interesante. León-Mayer no dudó en responderle que Gendarmería tenía una población especialmente relevante que nunca había sido evaluada con ese estándar clínico: los internos de Punta Peuco.
Según recuerda León-Mayer, le dijo que esos hombres iban a morir sin que el país supiera quiénes eran psicológicamente. Que no existía una caracterización rigurosa de sus rasgos, ni de sus estructuras de personalidad.
El alto mando le preguntó si estaba dispuesta a realizar la investigación. Ella respondió que sí. Aunque la institución no contaba con recursos para financiar el estudio, León-Mayer decidió hacerlo de todas formas. En ese momento trabajaba en la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) y propuso desarrollar el proyecto junto a la psicóloga Joanna Rocuant, quien sí pertenecía formalmente a Gendarmería. Entre ambas ingresaron a Punta Peuco para evaluar, uno a uno, a los condenados.
“En términos de impulsividad en general las conductas eran más bien planificadas, no eran impulsivas, eran organizadas. Había muchos temas de cofradía, de mantener ciertos códigos, sin duda eso no tiene nada que ver con un desborde o una reacción o algo reactivo, sino más bien con una convicción en el hacer y en la planificación de las acciones”, dice Rocuant.
“Muchos de ellos tenían trayectorias de vida estructuradas: terminaron el colegio, formaron familia, mantuvieron trabajos estables. Pero al indagar en el plano vincular aparecía una afectividad superficial, relaciones sin profundidad y ausencia de culpa. Esa normalidad externa no excluye rasgos psicopáticos; simplemente los encubre”, añade la funcionaria de gendarmería.

Un trabajo internacional
Las dimensiones de la investigación causaron tanta expectación en el mundo de la criminología que el propio mentor de León-Mayer, el doctor Robert Hare, solicitó sumarse a la investigación. Es la propia psicóloga quien rememora la génesis del estudio.
—¿Cómo fue adentrarse en Punta Peuco? ¿Los presos estaban obligados a dar la entrevista o fue voluntario?
—En términos generales no es una obligación. Ahora pasan dos cosas. Una, es que en las cárceles generalmente los presos están aburridos. Entonces, ante cualquier contacto humano te dicen que sí. Pero, además, los sujetos psicopáticos en general tienden a decir que sí. Y muchos sujetos psicopáticos de repente pasan incluso por donde tú estás entrevistando y te preguntan, ¿me van a entrevistar a mí?
—¿Qué otros rasgos particulares tiene los internos de Punta Peuco respecto a los presos comunes?
—En las cárceles tradicionales, los puntajes más altos suelen concentrarse en el componente antisocial y en la llamada “trayectoria vital”: historias marcadas por conductas delictivas tempranas, con un inicio promedio a los 13 años en hombres y a los 20 en mujeres. Para esos casos, los rasgos interpersonales y afectivos —como la manipulación o la frialdad emocional— tienden a aparecer en niveles más bajos.
En Punta Peuco ocurre lo inverso. Allí, los factores interpersonal y afectivo aparecen significativamente elevados. Se trata de sujetos que se vinculan desde el mando, el control y el narcisismo, con altos niveles de manipulación y escasa empatía, pero sin la impulsividad ni el desorden conductual que caracterizan al delincuente común.
—¿Son una especie de criminales al revés?
—Exacto. Además está la manipulación y la mentira patológica, el componente afectivo aparece especialmente elevado. Son sujetos marcadamente fríos, con escasa capacidad de empatía, sin culpa ni remordimiento. Destaca también la ausencia de lo que en psicología se denomina “sentido atribucional interno”: la capacidad de reconocer como propios los actos cometidos y asumir responsabilidad por ellos.

“Los mandos medios y bajos fueron escogidos por su capacidad de antisocialidad y manejo del poder”
Más allá del perfil psicológico, el informe también traza un retrato sociodemográfico detallado de los entrevistados.
No hay nombres ni historias individuales, pero sí datos concretos. La muestra —que abarcó al 84% de la población de Punta Peuco— incluyó hombres entre 50 y 90 años, con una edad promedio de 71. El 77% estaba casado, cerca del 9% era viudo y más del 11% se encontraba divorciado o separado. Dos tercios provenían del Ejército y un tercio de fuerzas policiales; el 65% correspondía a oficiales —entre ellos generales, brigadieres y coroneles— y un 33% a suboficiales.
El estudio incorporó además revisión de antecedentes médicos, psicológicos y judiciales. No se registraron diagnósticos psiquiátricos previos, ni deterioro cognitivo significativo. El 63% declaró no consumir alcohol y apenas un 1% presentó antecedentes de consumo problemático de drogas. Las condenas incluían homicidio (44 casos), secuestro (49), conspiración (4) y tortura o privación ilegal de libertad (4). Los datos fueron recolectados bajo consentimiento informado y tratados de forma completamente anonimizada, lo que permite sostener el análisis en evidencia clínica sin exponer identidades individuales. Así lo expresa León-Meyer:
—¿Cómo se expresaba esa frialdad que pudo constatar?
—Recuerdo que les preguntábamos si alguna vez habían pensado en las víctimas. Se quedaban mirando y respondían: “¿Qué víctima?”. Uno en particular me dijo: “¿Qué víctima? Yo solo maté comunistas”. Para él, los comunistas no eran personas.
Le pregunté entonces si estaba arrepentido. Me respondió: “¿Por qué voy a estar arrepentido?”. Al día siguiente —esto fue un martes— lo vi en televisión, junto a un sacerdote, pidiendo perdón públicamente. El cura decía que estaban arrepentidos, que habían reflexionado. Yo quedé helada.
—Uno de cada diez de los condenados obtuvo el puntaje máximo en frialdad emocional y manipulación. Eso casi no ocurre entre delincuentes comunes, ¿cierto?
—Es mucho menos frecuente entre delincuentes comunes.
—¿Qué tipo de personalidad describe alguien que alcanza el máximo puntaje en esa dimensión?
—El máximo puntaje en frialdad corresponde al componente emocional. Incluye ausencia de culpa y remordimiento, falta de afectividad, incapacidad de amar o vincularse, crueldad, falta de empatía y también incapacidad para reconocer el acto cometido. Eso es lo que puntúa en ese nivel.
—¿Esto se daba solo en los altos mandos o también en mandos medios y bajos?
—Una de las cosas que vimos es que muchos de los mandos medios y bajos fueron escogidos. No fueron azarosos. Como ellos dicen: “A mí me mandaron”. No, no te mandaron. Fuiste escogido, porque eras el sargento que peor trataba a los que estaban en formación.
—¿Entonces el aparato represivo fue capaz de seleccionar personas con mayor psicopatía?
—Exactamente. O, al menos, con mayor capacidad de antisocialidad y manejo del poder.
—Los presos comunes puntúan muy alto en impulsividad, pero los de Punta Peuco puntúan más bajo. ¿Cómo dialoga eso con la imagen cultural del torturador como alguien desbordado?
—No, no eran ni desbordados, ni sádicos. La forma en que se planteaban en la entrevista, la manera en que hablaban de todo, no tenía nada de desborde. No había impulsividad. Incluso amenazaban. Recuerdo que uno, al comenzar la entrevista, me dijo: “Usted está aquí para preguntarme cosas”. Yo le dije que sí. Entonces agregó: “Pero acuérdese que acá el experto en interrogatorio soy yo”. Le respondí: “Yo no lo voy a interrogar, lo voy a entrevistar. Es distinto”. Y ahí se quedó en silencio.
—La edad promedio de sus entrevistados era de 71 años. ¿La psicopatía cambia con el tiempo o se mantiene a lo largo de la vida?
—La psicopatía es algo que se manifiesta desde muy chiquitito y se mantiene a lo largo de la vida. Lo que cambia es la forma de expresión. Un sujeto de 74 o 75 años ya no puede actuar como lo hacía cuando tenía 30. ¿Te fijas? En el caso, por ejemplo, de los abusadores sexuales —y esto está documentado— lo que ocurre con el envejecimiento es que cambia el perfil de la víctima, pero no necesariamente el rasgo. En el caso de ellos, es obvio que hoy no pueden salir a torturar, no están dadas las circunstancias. Pero la estructura de personalidad no desaparece.
—¿Cómo debería dialogar esta evidencia científica con los procesos de memoria y justicia en Chile?
—Debería dialogar. Lamentablemente parece que fue considerada una papita caliente y se cajoneó. Yo la mandé incluso a la Subsecretaría de Derechos Humanos para que la publicaran, para que dijeran algo: “Miren lo que tenemos”. Nunca más me llamaron.
Y estamos hablando de un estudio único en el mundo que evalúa clínicamente a un grupo grande de violadores de derechos humanos.
—Después de estudiar a estos 101 hombres, ¿qué lección deja este trabajo para parte de una sociedad que trató de instalar el “nunca más”?
—Hay una frase que dice que los pueblos que no conocen su historia tienden a repetirla. Esto es historia. Historia de Chile, con evidencia científica, publicada en una revista internacional de gran peso. Yo creo que Chile debiera de conocerlo. Debería de saber sobre cómo son. Muchos de ellos se están muriendo, entonces sepamos cómo son esos personajes. Acá hay evidencia. Acá hay una evidencia científica sólida.




